Rebeca Vargas
Con los años,
los castigos fueron aumentando tanto en su frecuencia como en su crueldad, los
vecinos sufrían por lo que sucedía en esa casa, pese a que trataron de ayudar, Josefina
no cambió, ni se avergonzaba de su proceder, su voz se alzaba y su ser
prepotente, enfermo y cruel tomaba el control de sí misma, esto a raíz del daño
que ella misma sufrió en su niñez por parte de sus padres, por lo que sólo daño
y el mal, era lo que conoció y lo que sabía dar. Conforme fue creciendo Raúl,
así era la ira de Josefina, un día se podía escuchar cómo los llantos del niño
trataban de salir de esa casa, cuando María, pasando por el lugar llevada por la
curiosidad que le causaba en parte la situación, pudo ver al niño amarrado en
sus manos y pies bajo el frío de la lluvia de aquél día. Esa imagen rompió su
corazón al mismo tiempo de incrementar su enojo con Josefina por su crueldad,
María corrió a su casa, donde explicó todo lo que vio a su familia, llorando
por lo sucedido, su madre le dice con tono bajo y dulce; Dios sabe porque
suceden las cosas, Dios sabe cuándo castigar el daño causado…Dios lo hará.
Al correr los
días, los vecinos se reunieron entre sí, buscando una solución ante tanta
maldad, el señor Juan, el carpintero dijo “hay que denunciarla”, mientras que
la señora Ofelia quien era la panadera del pueblo suplicó “deberían quitarle al
niño, por Dios”… transcurrían las horas y no sabían que hacer, hasta que la
madre de María, la señora Isabel, les comentó “hay que hablar con ella, Dios
nos dé las palabras adecuadas para que entre en razón, está poseída por el
mal”. Siendo algo nuevo para todos en el pueblo, no tenían las fuerzas para
denunciar a la señora Josefina, el miedo los invadía casi tanto como la
cobardía, así que, pues llegado el momento, pasaron cerca de la casa del horror,
sintiendo temor ante lo que podrían ver, pero el silencio les ganó, no se
escuchaba nada en esa casa… era como si la vida no habitara allí, así que
dejaron de insistir y volvieron a sus casas. En pie, cerca de la ventana estaba
Josefina, la culpable, observando lo que iba suceder, riendo por el poder que
sentía a costa del miedo que le causaba al pueblo, su hijo dormía, eran las
únicas horas que el pequeño Raúl tenía paz y felicidad, encontrando estas horas
su salida frente al dolor que crecía en su corazón, así no sintiera ganas de
dormir se veía obligado hacerlo, para mantenerse a salvo de su madre la malvada
bruja, no sabía por qué su madre no lo quería y nunca pasó tiempo con su padre,
éste se había ido de la casa al saber del embarazo de su mujer, tal como figura
no tenía cuán aferrarse, no sabía que era eso de un padre.
María no sabía
cómo ayudar, siendo aún muy niña, desconocía el camino para sacar al pequeño
Raúl de la casa, no sé mucho sobre la bruja, pensaba María, así que día tras
día se la jugaba con ideas para salvar aquél niño. En las tardes, se comenzó hacer
frecuente los juegos con los demás niños del pueblo, aquellos que culminaban
sus tareas diarias, gozaban de algunas horas de recreación, sus madres solían
acompañarlos, tanto por el cuidado de ellos como por las ganas de ver al niño
Raúl. Finalmente, estas actividades dieron resultado, Josefina viendo desde su
ventana cómo las demás madres salían y se reunían para largas tertulias, le
vino a la mente el poder formar parte de eso, sin embargo, lograr aquello
significaría dejar salir a jugar a su hijo, con lo que fácilmente se expondrían
como carnada frente al pueblo. No obstante, las ganas de salir de aquella casa
estaban ganando terreno en la vida solitaria y fría de Josefina, por lo que se
dispuso hacerlo, un día se arregló y perfumó, al igual que lo hizo con su hijo,
aquella imagen, lejos de ser querida dejaba ver una luz de esperanza para sus
vecinos, aunque más adelante se dieran cuenta que sólo era una vil mentira.
Tal como una
familia feliz, fue aquel encuentro entre Josefina, su hijo y el resto del
pueblo, Raúl contento y ansioso temblaba por jugar con alguien más, por su
parte, su madre, con la cara en alto iba pensando alguna estrategia para
esquivar los comentarios que de seguro tendría que dar explicaciones sobre las
torturas que tenía en casa. Tal como una brisa nueva, el aroma de su perfume
llegó al lugar del encuentro, las madres contentas salieron a su encuentro,
mientras soltaba a su hijo para que éste compartiera con los demás, en ese
momento la libertad se apoderó del pequeño, callado y con la cara baja se
acercó al grupo de niños que aguardaban su presencia, más que por el juego, por
la curiosidad sobre su vida y los castigos que le proporcionaba su madre casi a
diario. Sin embargo, nadie comentó nada, ni del lado de las madres, ni del lado
de los niños, por temor a que ese día no se repitiera, tanto habían luchado por
hacer salir de esa terrible casa al niño que un paso en falso arruinaría todo,
pudo más la solidaridad y el amor que los juicios a éstos. María, tomando la
iniciativa, le tomo de la mano y juntos agarraron una pelota, con ella, los
demás corrían y reían sin parar, las lágrimas se habían ido para el pequeño
Raúl, eso era mágico. Mientras la felicidad rondaba por un lado, las tertulias
de las madres con Josefina iban para los quehaceres de la casa u otra noticia
de un pueblo cercano, esto le llamó la atención a la bruja, ya que pudo ver que
nadie interferiría con la forma en que criaba a su hijo, así que determinó
seguir saliendo en las tardes tal como si viviera dos vidas distintas, dentro
de casa se convertía en la bruja cruel y fría, fuera de esta, era la madre
recta y hasta llegando ser perfecta según su propio criterio.
Conforme pasaron
las semanas, el pequeño Raúl iba creciendo viviendo entre el horror y las horas
en que su risa era autentica, llegando el tiempo en ir a la escuela, para su
sorpresa su madre lo inscribió en una muy apreciada por sus vecinos y amigos,
fuera de esto, no sospechaba lo que vendría en esta etapa, sería algo que
terminaría de trastornar su vida para siempre. Como resultado, el primer día de
escuela podría significar un gran desafío para la gran mayoría de los niños y
sus padres, esto, no fue lo que sucedió con Raúl, su madre camino a la escuela
iba dando amenazas y prediciendo castigos para su hijo si éste se portaba mal;
llegado a la puerta transformó su cara frente a la maestra como si la felicidad
de aquella entrega fuese sublime, Marta, era el nombre de aquella mujer que
abría los brazos para recibir a los niños. De cualquier modo, para el pequeño Raúl, fue
impresionante, le dio la mano a su maestra y se dispuso entrar al salón, en el
justo momento que empezó la clase, se vio perdido, no podía entender este
sistema nuevo, fácil pero difícil de procesar, para él, fue una gran lucha que
daba inicio en su vida. La maestra observando la situación le daba esperanzas y
palabras que motivaron al pequeño; su primera tarea estaba lista en su
cuaderno, emocionado por mostrarle a su madre, por un momento olvido la bruja
que había sido para él, llegando a su casa, corrió al regazo de su madre, le
hablaba de lo vivido mientras recibía un tajante desplante por su madre, “no
quiero saber de eso, no me interesa, vete”.
Luego de recibir
la desilusión de su madre, el pequeño Raúl trataba de cumplir con sus tareas,
aunque sin la ayuda de su madre, la maestra poco a poco se dio cuenta de la
situación que vivía el niño, pudo escuchar entre los pasillos las terribles
cosas que se decían de aquella esquina, la casa del horror de Josefina. Un
sentimiento de dolor y angustia la invadieron, igual que las madres, quería
ayudar pero en ese tiempo la sociedad no estaba preparada para asumir un tema
considerado tabú, además, su trabajo era enseñar en la escuela, y así lo
mantuvo. Un día de primavera, la tarea que debían realizar en casa eran los
números del 1 al 20…, esto preocupó en gran manera al pequeño Raúl, los números
le resultaban poco agradables y menos en su entender, llegado el tiempo de
hacer la tarea, su madre, le iba diciendo uno a uno la secuencia numérica, pero
el pequeño no podía seguirle el paso, cuando ésta le preguntaba por alguno de
ellos, vacilaba en responder, lo que enardecía a su madre, al punto de provocar
en ésta la búsqueda de un objeto para lastimarlo, en rededor visualizó una
escoba y un cinturón, optó por el cinturón, volviéndose hacia su hijo le
amenazó “si vuelves a equivocarte te castigaré bestia”, esto logró que las
piernas le temblaran al pequeño por el miedo de la bruja. Luego de un descanso,
podía decir los números, pero llegando al final se saltaba dos, apenas hubo
percatado del error veía como la mano de su madre se alzaba contra él y el
cinturón le hacia la marca en su cuerpo, uno tras otro fueron los azotes
recibidos y los gritos sin medir, aquellas palabras “eres un bruuuuto, bestia”,
herían más que los azotes, cuando la madre hubo descargado su furia quedaba el
pequeño sentado en un rincón de la sala, llorando en tono bajo por amenaza de
la bruja, le dolía tanto el cuerpo que no lo podía mover, solo se apretaba
fuerte con sus manos a manera de consuelo, al pasar la hora y escuchando que su
madre se iba a su cama, se levantaba y corría al baño, cerraba con el seguro y
pedía a ese ser imaginario que mantenía vivo para platicar, que lo sacara de
allí.
La vida no había
sido mejor para el pequeño, pese a esto, salía a jugar cuando se lo permitían y
fue desarrollando una doble personalidad, tratando de tapar su dolor, riendo
por segundos con sus amigos, los vecinos del pueblo cómplices de las torturas
impartidas a Raúl, se fueron olvidando del horror que sufría el niño, se
enfocaron a tratarlo mejor cuando éste jugaba en el pueblo. Las torturas se
desarrollaron con más presión al ir creciendo Raúl, pero éste, fue albergando
un odio mayor y violento hacia su madre, los castigos duraban horas si era
preciso, ya los cinturones no formaban parte, también lo hicieron: escobas,
máquinas de escribir, mecates y cualquier objeto que alcanzara Josefina en
plena furia. Pasaron los años, y el pequeño se convirtió en un adolescente
problemático y sin estudios, dejando éstos desde que era niño, no tenía interés
alguno en estudiar, se convirtió en un ser cruel y enfermo gracias a todo el
daño que le dieron en casa, su madre ya entrando a la vejez seguía maldiciendo
y dando palabras hirientes hacia él, sólo que por su edad no tenía las mismas
fuerzas que anteriormente le permitían golpear al niño hasta su cansancio.
La personalidad
de Raúl era incierta, un día trataba de mejorar pero desistía rápidamente, sus
amigos cambiaron, eran vagos como los tildaban en el pueblo, amantes del licor,
drogas y porte de armas. Esto dio pie para la afianza del mal en la bestia, del
mismo modo que le era sumiso al líder de la banda, dejando que éste jugara con
fuegos artificiales en él, para disfrute del grupo, algo que María nunca
olvidaría, esa noche decembrina, corría la cortina lo suficiente para ver lo
que sucedía en la calle, los vagos estaban al acecho, habían comprado unos
juegos explosivos y tomaron a Raúl, lo agarraron de las manos mientras otro le
metía dentro de su ropa interior por la parte trasera un explosivo, encendiendo
la mecha y dejando que este explotara lastimando a Raúl, los gritos le eran
habitual, el dolor era insoportable incluso después de recibir peores palizas a
cargo de su madre. Todos reían al ver retorcer en el piso a la bestia, clamaba
por ayuda, la sangre comenzaba salir de su ropa interior, recorriendo las
piernas y finalmente llegando al suelo, fue entonces que lo dejaron allí y se
fueron… María soltó un fuerte grito y salieron los vecinos, dieron los primeros
auxilios y al ver que era su hijo quien estaba herido, Josefina solo dijo “bien
hecho” y cerró la puerta tras de sí, sin embargo, los demás siguieron prestando
ayuda hasta que le vendaron la herida con varios puntos de sutura. Esa noche,
Raúl durmió bajo la vigilancia de la familia de María, saliendo hacia su casa
al día siguiente, caminando con la cara al piso, sentía vergüenza y rabia por
lo sucedido, pero no era tiempo de vengarse, sino de sanar sus heridas.
El siguiente
paso en la vida de aquel hombre fue las drogas y las orgias que disfrutaban con
la banda, siendo una de ellas de gran crueldad, puesto que habían llamado a una
chica para una celebración, al llegar al lugar, se dio cuenta que no era nada
pensado horas antes de su partida de casa, en ese lugar habían más de 7
hombres, que bajo los efectos del alcohol, hicieron un lecho con un colchón
usado y entre todos abusaron de la chica, quien gritaba a lo más que podía,
pero otro le puso la mano en la boca para evitar que los vecinos escucharan y
dieran parte a la policía. Aquella noche fue trágica, había sido la primera vez
que Raúl era parte de tal escena, cuando llego su turno al final del encuentro,
no pudo hacerlo bien, sentir que los demás lo veían y después de todo el daño
infringido a la chica, quien apenas podía moverse, simplemente le gano terreno,
no pudo terminar… en su lugar, sintió lastima, esperando que los demás se
fueran, aguardó con la joven para sacarla de ese lugar. A la mañana siguiente,
se vio sentado en la puerta de su casa, perdido en sí mismo, los pensamientos
iban y venían, si algo estaría sano en aquel entonces se dañó por completo, la
culpa le tocaba el hombro, tratando de hacerlo salir de ese agujero negro, pero
fue ignorado, se levantó y busco de nuevo a la chica, pretendiendo darle
afecto, del que no tenía idea que era, pero en su mente, se decía “quizás si le
llevo algo, se sienta mejor”, aquella joven no respondió a sus visitas, pero
tampoco le denuncio ni al grupo, su miedo era mayor, no quería sufrir más.
Un día de invierno, hubo discutido con su madre, quien no dejaba de maldecir el día de su nacimiento, ya de edad avanzada, frágil pero con la voz fuerte aún, su hijo sufrió un tirón en sí mismo, levantando la mano y golpeando a su madre hasta que se cansó, la mujer yacía en el piso, inmóvil, pero seguía respirando dijo él, así que le dejó allí y se fue a dormir, en paz describió el mismo en la cama. A partir desde ese entonces, los golpes fueron parte del día a día en esa casa, la esquina del terror, la madre quien ahora recibía las palizas y azotes, gritaba en ayuda, los vecinos reaccionaron llamando a la policía, pero una vez estando en la puerta de la casa, salía la señora Josefina diciendo que había sido un error, se había caído y su hijo no era culpable, el agente veía la sangre en la cara de la señora, pero si ésta negaba el asunto no podía hacer nada. Fue un duro golpe para el pueblo, ver que prefería negar la situación a encerrar a su hijo en la prisión, desde allí, eran habituales los pedidos de ayuda, los gritos, el sonido de los platos rotos, vasos contra la pared, sillas en el piso dañadas después de haber servido para darle golpes a la bruja. Parecía que ambos disfrutaban de la relación enferma y tóxica que llevaban, por muy duro de asimilar, el pueblo le dio la espalda y dejo de atender a sus llamados, estaban cansados de aquella esquina, querían borrarla del pueblo. María recordó aquellas palabras de su madre “Dios sabe porque suceden las cosas, Dios sabe cuándo castigar el daño causado…Dios lo hará”, es verdad madre, afirmó, el daño dado el daño recibido…
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