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lunes, 23 de julio de 2018

LA IMPORTANCIA ESTRATÉGICA DE LA VILLA DE CALABOZO DURANTE LA CAMPAÑA DEL CENTRO (1818) Y EN OTROS MOMENTOS DE LA GUERRA DE INDEPENDENCIA


Ubaldo Ruiz
 (Escuela de Historia de la Universidad “Rómulo Gallegos”. Calabozo, Guárico)

           
Como es sabido, dentro del largo y complejo proceso que representó la guerra de independencia se realizó la denominada campaña del centro, durante los meses iniciales del año 1818. Hace poco acaban de celebrarse sus primeros doscientos años, ocasión propicia para revisar nuevamente aquellos acontecimientos y generar debates conducentes a interpretaciones que permitan apreciar nuevos aspectos de una realidad, que como todas las realidades, fue infinitamente rica en matices. La presente es una propuesta con la pretensión de que sea sometida a la crítica, y de ser posible, que contribuya con esos debates. Tiene como centro argumentativo una exposición relativa a la importancia que pudo haber tenido la Villa de Todos los Santos de Calabozo dentro de las estrategias seguidas por algunos jefes militares durante ese período de la contienda emancipadora.
            La campaña del centro, concebida por Bolívar durante los meses finales del año 1817, tuvo como objetivo final la toma por los patriotas de la capital política, la ciudad de Caracas, desde Angostura, donde se había establecido el gobierno provisional de la República mediante varios decretos de El Libertador, como los que crearon el Consejo de Estado y el Consejo de Gobierno. Al respecto el historiador José Gil Fortoul (1978) afirma que Bolívar
Decretó, finalmente, que mientras no estuviese libre la mayor parte del territorio ni se pudiese establecer el gobierno representativo, el Jefe Supremo tendría un “Consejo provisional de Estado” (30 de octubre) para informar en los asuntos administrativos, y un “Consejo de Gobierno” (5 de noviembre) en quien delegaría algunas de sus facultades durante su ausencia en campaña.

                Para ese momento el ejército republicano tenía bajo su dominio el territorio de Guayana, el cual se comunicaba desde allí con la ciudad de Barcelona y la isla de Margarita, además de una parte del territorio de Apure, en donde campeaban las tropas llaneras al mando del caudillo José Antonio Páez. Por su parte las divisiones realistas comandadas por el general Pablo Morillo controlaban el resto de Venezuela y prácticamente toda la Nueva Granada. Bolívar consideraba que para la liberación de Venezuela era indispensable la toma de su ciudad capital. Por ello trazó el plan de conducir sus fuerzas desde Angostura hasta Caracas.
            A fin de llevar a cabo ese plan consideró auxiliarse con los llaneros de Páez, con quien había sostenido un intercambio epistolar desde el mes de julio de 1817. Carlos Alfonzo Vaz (1982) asegura que a partir de allí “continúan los contactos escritos entre El Libertador y Páez, mediante una correspondencia periódica.” Agrega este autor que en una carta fechada en octubre Bolívar le participa al jefe llanero: “Dentro de quince días, sin falta alguna, marcharemos llevando una fuerte expedición con todos los elementos necesarios para concluir, si es posible, esta campaña”. Obviamente  dentro de los planes de Bolívar ya estaba prevista la realización de la campaña del centro, aunque esta vino a realizarse algunos meses después.
            Cuando las circunstancias lo permitieron, en diciembre, se pudo dar inicio a la prometida campaña para liberar la capital. Para ello Bolívar envía una avanzada al mando del general Zaraza, que cruzó el Orinoco al sur de la provincia de Barcelona, pero fue derrotada por el general español Miguel de la Torre en el sitio denominado La Hogaza, al sur de Valle de la Pascua. Gracias a este triunfo, La Torre fue condecorado con la orden de San Fernando, expedida por el propio Rey, la cual le fue conferida en Calabozo el 16 de mayo de 1819, según informó la Gaceta de Caracas en su edición número 162 del miércoles 2 de junio de 1819.
            Al saber la derrota de Zaraza, dice Gil Fortoul (1978) que “Bolívar regresa a Angostura, organiza con su acostumbrada rapidez otra división de hasta 3.000 hombres, … remonta el Orinoco (31 de diciembre) y a los pocos días (enero) incorpora en San Juan de Payara parte de las fuerzas de Páez…”; sin embargo, la información clave de la campaña la da el propio Bolívar en una carta que envía desde el mencionado pueblo al Consejo de Gobierno el día 5 de febrero de 1818. En ella el máximo jefe republicano prevé una victoria decisiva sobre Morillo, quien “ha establecido su Cuartel General en Calabozo y ha concentrado allí sus fuerzas”. Del texto se puede interpretar que Bolívar pudiera haber pensado en obtener la independencia de Venezuela al infligirle una derrota al caudillo español en esta ciudad llanera, pues en la misiva afirma acerca de las tropas de Morillo, que “…batidas estas, San Fernando, Barinas, y toda la provincia de Caracas caerán en nuestras manos sin otra operación que marchar.”, y al final remata diciendo: “Yo espero tener dentro de muy poco la satisfacción de participar a V. E. una victoria completa y decisiva.” Citado por C. Alfonzo Vaz (1982).
            En la nombrada carta de Bolívar este afirma, como ha podido leerse más arriba que Morillo había establecido su cuartel general en Calabozo y concentrado en ella sus fuerzas. Si atendemos a lo afirmado por el historiador español Salvador de Madariaga, el mencionado oficial hispano tomó casi desde un principio a la Villa de Calabozo como el centro de sus operaciones militares y administrativas. Ello toma más importancia si se considera, tal como lo escribe el citado autor que la fuerza comandada por Morillo constituyó “…la expedición más numerosa que había cruzado el Atlántico desde el descubrimiento de América…” Madariaga (1959).
            Al hacer una revisión de lo escrito por varios historiadores, entre ellos Madariaga (1959) y Gil Fortoul (1978), se puede constatar que la expedición de Morillo, con aproximadamente 15.000 efectivos, arribó a Margarita el 7 de abril de 1815; a Caracas llegó el 11 de mayo; puso sitio a Cartagena de Indias desde el 1 de septiembre hasta el 6 de diciembre. De allí partió para Santa Fe de Bogotá, adonde arribó el 26 de marzo de 1816. En esta capital virreinal permaneció hasta “mediados de noviembre”, cuando, como afirma Madariaga (1959), “Enviando a La Torre por delante se puso en marcha hacia Venezuela…”. A principios de 1817 Morillo envía una carta al Capitán General, Salvador de Moxó, diciendo Madariaga que “Este documento está fechado en Calabozo, donde había instalado sus reales…”. El caudillo español realiza durante ese año 1817 una campaña por el oriente, en donde, como se ha afirmado más arriba había uno de los enclaves republicanos: el 13 de mayo está en El Chaparro, el 17 de julio en Margarita, y el 19 de agosta arriba a Cumaná.
            Durante los últimos meses de 1817, mientras se encontraba organizando la República y atendiendo los complejos problemas de insubordinación de algunos miembros de su oficialidad, como Mariño, Arismendi, Bermúdez, y el caso más emblemático protagonizado por Manuel Piar, Bolívar ha debido prestar mucha atención a los movimientos y a la disposición de las fuerzas de Morillo. A propósito del establecimiento de sus tropas en Calabozo, mencionado por Bolívar en la susodicha carta del 5 de febrero de 1818, Madariaga (1959) dice que
A fines de 1817 (…) Las divisiones de combate se encontraban: la primera, al mando de La Torre, cubriendo la línea de El Sombrero a El Calvario; la segunda, extendida desde Caracas a Valencia; la cuarta, bajo Aldama, en Nutrias, y la quinta, que mandaba Calzada, en Camaguán…
            En esta cita de Madariaga se puede observar el celo de Morillo por establecer todo un frente móvil a los bastiones republicanos de Oriente, Guayana y Apure, y cómo en la disposición de las mencionadas divisiones queda Calabozo casi en medio de un anillo de tropas, lo que confirmaría la situación estratégica que tenía en aquellas condiciones bélicas la Villa de Todos los Santos, y explicaría los planes de Bolívar para sorprender a Morillo en la ciudad guariqueña, y forzarlo allí a una batalla decisiva para la independencia de Venezuela, por lo cual es posible afirmar que Calabozo constituyó en esas circunstancias históricas, por lo menos para la visión de El Libertador, el núcleo de su atención para emprender la famosa campaña del centro y conquistar el objetivo político representado por la ciudad capital de Caracas.
            Tal como lo planificó Bolívar, el ejército republicano sorprendió a Morillo en la Villa de Calabozo, al amanecer del 12 de febrero de 1818. Las fuerzas realistas estaban dispuestas, según el historiador Adolfo Rodríguez (2004), de este modo:
El regimiento de caballería Húsares de Fernando VII reducido a 230 hombres y uno de cazadores del Navarra, ocupando la Misión de Abajo. El batallón de Castilla (450) hombres), en la Misión de Arriba; los batallones de la Unión, de 600 plazas y el de Navarra de 700 situados en el propio Calabozo.
            Hay que aclarar que las misiones nombradas eran dos antiguos pueblos de misión ubicados a distancia de una legua de Calabozo, siguiendo el río Guárico, corriente arriba la de Arriba, y corriente abajo la otra; hoy día ambas poblaciones están integradas al área urbana de la ciudad. Por su parte, las fuerzas republicanas estaban dispuestas de la siguiente manera: en el Estado Mayor, Bolívar, Soublette y Santander, la infantería marchaba en el centro, en dos columnas; la caballería de Páez a la derecha, la de Sedeño a la izquierda, y la de Monagas a la retaguardia. El desarrollo de la batalla, aunque resultó en una victoria parcial para los republicanos, no tuvo la condición de decisiva pues no se pudo destruir a las fuerzas monárquicas, las cuales se hicieron fuertes dentro de la ciudad, y después de aguantar un sitio de dos días pudieron salir huyendo hacia El Sombrero. Al final la campaña fracasó y Bolívar tuvo que regresar a Guayana sin lograr el objetivo propuesto. Morillo por su parte, volvió a establecer “sus reales” en Calabozo, en donde permaneció durante aproximadamente un año y medio más.
            En los meses que siguieron a la finalización de la campaña del centro, el general Pablo Morillo, dentro de su plan de mantener a raya  el avance de los republicanos hacia la capital, decidió tomar la ofensiva contra Páez, con miras a llegar hasta la propia Guayana. Quizás ni sospechaba que ya Bolívar estaba concibiendo una nueva campaña que lo llevaría hasta la Nueva Granada por el páramo de Pisba y Boyacá, pero siempre administrando el oficial hispano sus asuntos desde la Villa de Calabozo. Madariaga (1959) afirma que “Con su base en Calabozo, Morillo decidió tomar la ofensiva, con ánimo de deshacerse de él (Páez), para, luego, reconquistar la Guayana”. Eso lo intentó desde enero de 1819, pero después de sufrir varias derrotas sucesivas de manos de los llaneros, entre ellas la de las Queseras del Medio en abril, y con la cercanía del invierno, “decidió retirarse del todo, y cruzando el Apure el 14 de mayo, se volvió a Calabozo…” Teniendo como “su base” a esta ciudad, continuó Morillo sus actividades hasta que las noticias de la liberación de la Nueva Granada por Bolívar, y la presencia de este en Cúcuta, obligaron al Mariscal español a cambiar su frente de guerra hacia los Andes, ya a finales de 1819.
            La importancia estratégica de la Villa de Todos los Santos de Calabozo durante el desarrollo de la guerra de independencia ha sido notada por varios historiadores. El biógrafo de Bolívar, el alemán Gerhard Masur (1977), califica a esta ciudad, en los tiempos de la actuación de Boves como “…Calabozo, la capital de la región que aprovisionaba a Caracas…). Refiriéndose a la misma época, el biógrafo de Boves, Edgardo Mondolfi Gudat, asegura, después de considerar “la ubicación estratégica de Calabozo”, que esta ciudad era una especie de “atalaya desde donde podían pulsarse las distintas reacciones que suscitaban los hechos de Caracas en otras localidades más apartadas como San Fernando, Achaguas…” Adolfo Rodríguez (2008), no duda en calificar a Calabozo como “Capital de la guerra”, precisamente durante el período de la actuación del general Pablo Morillo. De la preferencia de este oficial por la ciudad guariqueña, dice Rodríguez (2008): “El cuartel general central de su Armada lo sitúa en Calabozo por múltiples ventajas determinantes, sobre todo su posición central en el teatro de la guerra.”
            De modo que no fue una casualidad, sino el producto de su clara visión estratégica de la guerra y de la política que El Libertador Simón Bolívar previó una posible acción militar contra el ejército expedicionario más importante enviado por España a sus colonias americanas, al mando del general Pablo Morillo, la cual, escenificada en la Villa de Todos los Santos de Calabozo, pudo ser decisiva para la independencia definitiva de Venezuela. De acuerdo a la opinión de los historiadores citados, y al estudio de los acontecimientos, queda clara la importancia estratégica de la ciudad de Calabozo dentro del marco de las acciones de aquella contienda, que nos legó la independencia política, y permitió el establecimiento de la República de Venezuela.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
ACOSTA SAIGNES, Miguel (2009) Bolívar. Acción y Utopía del Hombre de las Dificultades. Caracas: Fundación Editorial El Perro y La Rana.
ALFONZO VAZ, Carlos (1982) Los Muxica Guariqueños de la Independencia. San Juan de los Morros: Editorial Los Llanos.
GIL FORTOUL, José (1978) Historia Constitucional de Venezuela. Tomo IX. México: Editorial Cumbre, S. A. Biblioteca Simón Bolívar.
MADARIAGA, Salvador (1959) Bolívar. Tomo I. Buenos Aires: Editorial Sudamericana.
MASUR, Gerhard (1977) Simón Bolívar. Barcelona, España: Círculo de Lectores.
MONDOLFI GUDAT, Edgardo (2005) José Tomás Boves. Caracas: C. A. Editora El Nacional. Biblioteca Biográfica Venezolana.
RODRÍGUEZ, Adolfo (2004) Calabozo Siglo XIX. San Juan de los Morros: Publicaciones del Rectorado de la Universidad Rómulo Gallegos.
RODRÍGUEZ, Adolfo y otros (2008) Ponencias. III Encuentro de Historiadores y Cronistas de Venezuela en Calabozo. Caracas: Miguel Ángel García e Hijo, S. R. L.

Imagen tomada de https://taimaboffil.wordpress.com/2010/12/01/1%C2%BA-de-diciembre-1817-bolivar-inicia-campana-del-centro-un-nuevo-intento-por-sumar-caracas-a-la-causa-de-la-independencia-oposicion-de-paez-frustra-el-proyecto/

jueves, 19 de abril de 2018

CALABOZO EN LA RUTA DE LAS CASAS MUERTAS


Ubaldo Ruiz


    Uno de los rasgos que más ha definido el carácter de los venezolanos, considerados en su conjunto social, desde su cristalización como pueblo en la época de la dominación hispana, y que mantiene invicta su vigencia en esta segunda década del siglo XXI, ha sido aquel que ha tendido a desdeñar las obras construidas por nuestros ascendientes.
    No importa si se trata de instituciones, o de infraestructuras materiales, el afán ha sido edificar sobre ruinas. Ruinas inducidas, provocadas, ocasionadas. Se sospecha que la Historia no es pertinencia sino obsolescencia, que en vez de génesis armónica y fuente de comprensión, lo viejo es antagónico de lo nuevo, estorbo del progreso. Esta actitud ha marchado triunfalmente a pesar (o quizás debido a eso) de la persistencia de un discurso oficial que ha reducido la Historia a un continuado y abyecto culto al héroe, conceptuado como caudillo militarista.
    Por esa vía hemos visto plasmarse sobre la misma página nacional cinco repúblicas, más de veinte constituciones, y una larga sucesión de nombres oficiales del país, de circunscripciones y divisiones político- territoriales, de denominaciones de ámbitos y parajes públicos. Un país convertido en cuartilla borroneada y vuelta a escribir mil veces, en grotesco palimpsesto, en insólita yuxtaposición de cementerios de instituciones.
    Por esa misma vía hemos sido testigos de la desaparición de los más grandes conjuntos arquitectónicos construidos en otros siglos en las principales ciudades históricas de Venezuela. Las casas tradicionales fueron sucumbiendo sistemáticamente, algunas asesinadas impunemente por la pérfida asociación entre lucro y Estado, en las ciudades beneficiadas por la industria y el comercio. En las poblaciones menos afortunadas las dejaron morir la desidia y la ineptitud oficiales.
    Calabozo y Ortiz han compartido muchas cosas a través del tiempo de sus existencias, pues están ubicadas en la misma ruta de los llanos altos, del comercio ganadero y de las montoneras, en la misma carretera troncal. Compartieron la capitalidad del Estado Guárico, así como muchos personajes que realizaron actos destacados en ambas poblaciones. Y han compartido la tragedia de ver morir sus casas históricas. Están en la misma ruta de las casas muertas.
    El caudillo español José Tomás Boves trajinó muchas veces estas rutas, como comerciante de caballos y como jefe de tropas, pero estableció residencia y tienda en Calabozo. La tradición ubica el inmueble en la calle que quizás él oyó mencionar con el nombre “de El Calvario”, pero que después se ha llamado sucesivamente “de Colón”, “Crespo”, y hoy se conoce como calle “cuatro”. Lo que queda de la vieja edificación ha perdido una tapia, demolida hace poco tiempo por orden de un organismo oficial, pese a las denuncias de la comunidad, de instituciones y de personalidades.
    Parafraseando al poeta Andrés Eloy Blanco, podríamos asegurar que hoy en Calabozo “agoniza la tradición”, pues lo que ocurre con la tapia de Boves hace juego con el derrumbe de las tapias de la casa “Juana María”, habitada por el General Páez, y con el estado ruinoso de las casas  ocupadas por el escritor Daniel Mendoza, y de muchas otras edificaciones similares. Quisieron las circunstancias que Calabozo llegara a contar con el casco histórico más extenso del país, pero quien visite hoy esa zona de valor histórico difícilmente podrá evitar horrorizarse ante el espectáculo de sus casas moribundas, y quizás se sienta impulsado a decir con el bardo cumanés “malaya la mano avara” que asesina la Historia en Calabozo.

jueves, 29 de marzo de 2012

GERMANA PIÑA, DESTACADA MUJER PARDA DE LA ÉPOCA COLONIAL EN LA VILLA DE CALABOZO

Ubaldo Ruiz*





Para las décadas finales del siglo XVIII, cuando la sociedad venezolana se aprestaba a encarar la gesta independentista, el grupo social denominado entonces “pardo” era el más numeroso dentro del variado espectro de castas o clases sociales, que según ciertos autores, como Antonio Mieres (1968; 241), componían la población de la futura República de Venezuela. Dice el citado autor que aunque algunos han utilizado el vocablo “pardos” para referirse a “cualquier tipo de miscegenación racial”, él prefiere darle el significado que entonces le otorgaba la legislación española, es decir, considerar en el referido grupo solo a aquellos “que tuvieran sangre negra en cualquier grado”; y remataba afirmando que “de manera general, pardo significa de color oscuro, moreno”. El grupo social de los pardos fueron de importante actuación durante la época colonial; por ejemplo, es sabido que las localidades de Curiepe, en el hoy estado Miranda, y Nirgua, en el actual estado Yaracuy, fueron fundadas por gentes de ese origen étnico.

En el caso de la Villa de Todos los Santos de Calabozo, las Matrículas Parroquiales (ARCHIVO HISTÓRICO DE LA ARQUIDIÓCESIS DE CARACAS, AHAC) revelan, que para el año de 1796, de una población total de 4.495 habitantes, existían 2.022 pardos; 1.639 blancos; 458 esclavos; 154 indios; 147 mestizos; y 75 negros libres. Allí se refleja lo que se afirma al principio acerca de lo numeroso de los pardos con relación a los demás grupos sociales; lo cual quiere decir que Calabozo no constituía una excepción, sino una afirmación de la situación presentada en la Capitanía General de Venezuela. Es importante considerar que en la Calabozo de finales del período colonial los pardos representaban casi la mitad de la población total de la Villa, tal como ha podido observarse.

Pero los pardos se destacaban no solo por su presencia cuantitativamente mayoritaria; es conocido que muchos integrantes de clases segregadas, como los mestizos y los pardos, lograron conquistar posiciones económicas y sociales originalmente reservadas a los blancos. Es ilustrativo el caso del mestizo Juan Germán Roscio, graduándose de abogado en la Real y Pontificia Universidad de Caracas, e ingresando al Colegio de Abogados. Muchos pardos llegaron a ser dueños de haciendas y hatos, y de otros bienes muebles e inmuebles. El historiador Lucas Guillermo Castillo Lara refiere que en Calabozo, desde la época de su fundación, algunos pardos que se avecindaron en el recién erigido pueblo, se incorporaron como poseedores de fundos rurales. Castillo Lara (1996). El mismo autor afirma que con motivo de la instalación del primer cabildo calaboceño, un grupo de pardos intentó infructuosamente formar parte de ese primigenio ayuntamiento, reservado exclusivamente a los blancos; igualmente solicitaron construir un templo aparte. Esos datos hablan de un conglomerado social que de cierta forma hacía sentir su presencia dentro de una sociedad estratificada y segregacionista.

Durante esas décadas finales de la época colonial se formó en la Villa de Todos los Santos de Calabozo una comunidad ubicada hacia los límites orientales de la población, la cual fue conocida desde esos tiempos como el “barrio Arriba”. Este sector de la ciudad estuvo habitado desde un principio, de acuerdo a la interpretación hecha de algunos documentos de la época, por personas que no formaban parte de los grupos sociales considerados como de los principales de la Villa, es decir, de los blancos. En ese barrio se construyó, entre 1797 y 1804, el templo de Nuestra Señora de la Merced o las Mercedes, por lo que desde entonces se ha conocido al sector referido con ese nombre de advocación mariana. Durante la edificación de ese templo, los sacerdotes que dirigieron la construcción, afirmaron numerosas veces que ello se hacía con las limosnas que ofrendaban aquellas gentes, a pesar de sus “indigencias y falta de decencia” (AHAC); igualmente escribe el Presbítero Francisco Betancourt al Obispo el 18 de mayo de 1801, que “son los vecinos de este referido templo gente pobre y la mayor parte ruda e ignorante…”, que sin embargo lograron levantar una iglesia que hoy en día constituye un buen ejemplo del arte colonial venezolano. Las opiniones de los religiosos revelaban, no la pobreza material de los vecinos de la Merced, sino más bien su pertenencia a grupos sociales que no eran los blancos o principales de la Villa, que si tomamos en cuenta la proporción de la población parda, no sería descabellado suponer que esos vecinos pertenecían a este mayoritario grupo social.

El barrio Arriba o barrio de la Merced, que ocupó el lado Este de la antigua Villa de Todos los Santos de Calabozo, se comenzó a formar a partir de la segunda mitad del siglo XVIII con población de origen pardo, y llegó a constituir el sector más extenso de toda la ciudad de entonces. Partiendo de la plaza principal, se contaban tres calles hacia el Norte, en lo que después se llamó barrio del Río; hacia el Sur llegaron a existir dos calles, en un sector que llegó a denominarse barrio de la Sabana primero, y más tarde barrio del Cementerio; hacia el Poniente se formó el barrio Abajo, después llamado del Carmen, el cual contó con tres calles; pero hacia el Naciente, en donde se ubicó el ya mencionado barrio Arriba o de la Merced, la vieja villa colonial contaba, para finales del siglo XVIII, con al menos seis calles, en una de las cuales tuvo su casa de habitación la extraordinaria mujer objeto de este trabajo. Tenemos entonces que el sector más populoso y extenso del Calabozo colonial era el que estaba habitado por los pardos.

El fenómeno descrito, de una villa llanera de finales del ochocientos, cuyo sector urbano más importante, demográficamente y en extensión territorial, estaba conformado por los pardos, formaba parte de una realidad que armonizaba con lo que ocurría en otras localidades de la Capitanía General. Según afirma Manuel Alfredo Rodríguez en su discurso de incorporación a la Academia Nacional de la Historia ANH (2002; 11 y ss.), los pardos de finales de la época colonial representaban “un papel muy similar al jugado en la contemporánea por la llamada ´clase media´”, y agrega además, que “adquirieron la habilidad técnica necesaria para elaborar materias primas, aprovecharon los prejuicios de la época para señorear numéricamente todos o casi todos los gremios artesanales”. El autor citado señala que, al igual que hizo la burguesía en Europa, los pardos libres de Venezuela favorecieron el proceso de urbanización en las principales ciudades de la provincia. A Calabozo habría que incluirla en ese proceso, pues en 1780, de acuerdo a lo que revela el intercambio epistolar entre el Teniente Justicia Mayor de la villa y el Gobernador de la provincia, contaba esta ciudad llanera entonces con dos compañías urbanas de blancos, y dos de pardos AGN (Gob. y Cap. Gen. 1780); además, la existencia de gremios de pardos se infiere por la presencia aquí de varios alarifes y albañiles, como es el caso del pardo Andrés José Carrera, quien participó en la construcción de dos iglesias dentro de la villa, durante el período estudiado.

La presencia de esas dos compañías urbanas de pardos en la villa de Calabozo es algo más importante de lo que parece a primera vista. Considérese que en la ciudad de Caracas, según se afirma en el Diccionario de Historia de la Fundación Polar (1988; Tomo E-O; 928), se congregaron, para el año de 1696, “seis compañías, de las cuales 3 eran de blancos, 2 de pardos libres y una de negros”; además, el hecho de que fueran urbanas, significaba que eran formados por los vecinos, quienes las sostenían con sus propios recursos; dice la misma fuente (p. 929) “En los textos y documentos consultados, con frecuencia hallamos referencias sobre milicias urbanas, milicias regladas y milicias disciplinadas. Las primeras eran aquellas unidades formadas por vecinos, sin sujeción a reglamentos y, por lo general, sostenidas a expensas de sus integrantes”. Imagínese una pequeña ciudad llanera que tuviera la capacidad de mantener el mismo número de milicias urbanas de pardos que la ciudad capital unos ochenta años antes. Definitivamente era importante la presencia urbana de los pardos en el Calabozo de finales de la colonia.

En ese barrio de la Merced, o barrio Arriba, vivió una mujer, parda precisamente, cuyo nombre ha permanecido enterrado en el olvido, pero que en su momento se destacó dentro de esa pequeña sociedad llanera de finales de la colonia. Aunque no realizó ninguna hazaña (que se sepa), solo vivió su vida cotidiana, muy probablemente de ama de casa; y aunque no se ha obtenido abundante información para elaborar una semblanza completa de este personaje, sí se tiene la suficiente como para asegurar que fue una mujer destacada. Esa mujer se llamó Germana Piña.

El historiador Lucas Guillermo Castillo Lara (1996; 67) dice que uno de los fundadores del pueblo de Todos los Santos de Calabozo, avecindado aproximadamente en el año de 1726, fue el pardo Francisco Ignacio Aparicio, y agrega que con él debió llegar su yerno Juan Francisco “Piña o Peña”. Ambos obtuvieron solar y tierras de labor. Por cierto que el mencionado historiador afirma que uno de los linderos que separaba las tierras de ambos personajes era una quebrada llamada de Juan Pobre, “nombre que tendría su origen en la pobreza de Peña”. No se sabe si este “Piña o Peña” fue pariente de Germana, aunque por lo poco abundante del apellido, existe mucha probabilidad de que lo fuera. El solar de este pardo debió ubicarse muy cerca de la plaza principal (hoy plaza Bolívar), pues alrededor de ese sitio se trazaron las primeras manzanas. En el proceso de consolidación del pueblo, con el paso de los años, ha debido acentuarse la estratificación social, originando el desplazamiento de la gente no blanca hacia las orillas de la población. Ello ha podido resultar en la formación de los primeros barrios de Calabozo, uno de los cuales fue el ya nombrado barrio Arriba o de la Merced, en donde tuvo su residencia Germana Piña.

Las Matrículas Parroquiales del 1790 AHAC (Mp. 10) revelan la existencia en la Villa de Todos los Santos de Calabozo de una casa, consagrada a San Ubaldo, la cual estaba habitada, entre otros, por Francisco Noriega, Germana Piña, “su mujer”, y un hijo de ambos, Juan Merced, todos pardos, y desde luego, sin la partícula de “don” o “doña”. Se ignora dónde estaba ubicada exactamente dicha casa. Como puede apreciarse, Germana Piña era una mujer casada y con hijos; sin embargo, y a pesar de su condición social, y de ser mujer en una sociedad patriarcal, su nombre destacó más que el de su consorte, según se advierte en los documentos consultados. Por ejemplo, por esos años de 1790 el albañil Andrés José Carrera vendió un solar a Germana Piña. El documento, ubicado en la Sección Real Hacienda del Archivo General de la Nación AGN, del mes de octubre de 1801, dice a la letra que “En veinte y dos de dicho mes me hago cargo de cuatro pesos y cuatro reales, que he cobrado de Andrés Carrera, alcabala doble, de cuarenta y cinco pesos en que vendió un solar a Germana Piña ha más de diez años, y por no haberlos pagado se le exigió doble”, y firman, Cousin, el funcionario, y Andrés José Carrera. Nótese cómo en el contrato no se menciona a Francisco Noriega, sino a “su mujer” Germana Piña.

Tal como se comentó en el caso de la casa de habitación de Germana Piña, aquí tampoco se conoce dónde estuvo ubicado ese solar; pero si consideramos que Andrés José Carrera fue un albañil, que participó en la construcción de la iglesia hoy Catedral Metropolitana, y en la de la Merced, y que su nombre nunca se escribió acompañado de la partícula “don”, ambas circunstancias serían reveladoras de que él no perteneció a los blancos, sino que por el contrario debió pertenecer al grupo de los pardos, quienes para la época se dedicaban a ese tipo de oficios. Y si se toma en cuenta que la Merced fue un barrio de pardos, podríamos suponer, que tanto la casa de Germana Piña, como el solar comprado al mencionado albañil, han debido estar ubicados en el barrio Arriba o de la Merced. Ello, además puede deducirse de la información obtenida en el Registro de Calabozo (RC).

El tradicional Registro de Calabozo (RC) contiene documentos desde el año de 1825, pero en algunos de ellos se menciona que el origen de las casas y solares se remonta a la época colonial. De esos documentos se ha tomado información que permite afirmar que en el año de 1833 existía una calle en el barrio de la Merced, llamada “de las Piñas”, en donde tuvo su casa Germana Piña. Esa circunstancia obliga a formularse preguntas relativas a si el nombre de la calle en cuestión se tomó de esta mujer. Esa calle corresponde a la actual carrera seis de Calabozo, y la residencia de nuestro personaje estuvo ubicada en la esquina que forma esa vía al cruzarse con la hoy calle cinco, antigua calle Real y después de Bolívar. Existe alta probabilidad de que tal nombramiento haya sido por la costumbre de la gente de señalar algunos sitios con el nombre (o apellido en este caso) de personas muy conocidas; el plural sugeriría que existieron varias mujeres con el citado apelativo, pero la presencia de Germana en numerosos documentos hacen inclinar la opinión hacia una preponderancia de ella.

La importancia que pudo haber alcanzado Germana Piña para el imaginario colectivo del antiguo barrio de la Merced se puede percibir en el hecho de que su nombre se utilizaba para ubicar las direcciones que se daban entonces; aun en documentos legales, como los de protocolo de compra-venta de casas y solares, se utilizaba el nombre de Germana Piña en el sentido mencionado. Por ejemplo, en uno de los citados papeles se puede leer que el diez de marzo de 1831, la señora Ceferina Hernández le vendió un solar a la señora María del Carmen Laya el cual, según indica textualmente el documento (RC), “está situado en la esquina arriba de la Merced frente de la señora Germana Piña, calle de Bolívar”. Y en un aparte se señala que el mencionado solar fue heredado por la vendedora de su legítima madre, la señora Cecilia de León, en 1794, dato que habla de lo remoto que era la existencia de esa calle que después se llamó “de las Piñas”.

Algo de especial ha debido tener Germana Piña para que tales cuestiones ocurrieran. Es probable, que por alguna razón se haya convertido en la persona más conocida del sector, o que haya realizado alguna labor social (como partera, artesana, etc.); quizás representó para la gente del barrio, una especie de matrona o mujer ejemplar en algún sentido; también habría que considerar su personalidad, que la llevó a realizar contratos de compra-venta de propiedades inmuebles, en vez de su marido (al menos no se ha localizado ninguno en donde este aparezca contratando), personalidad que estaría presente en la mente de los vecinos, cuando su nombre se utilizaba para bautizar calles, hecho aceptado hasta por las instituciones de la ciudad, como el Registro inmobiliario. En todo caso, que una mujer como Germana Piña se haya destacado en el seno de la sociedad colonial, caracterizada, entre otras cosas por ser patriarcal, y por su férrea estratificación y segregación racial, no deja de ser algo excepcional para alguien que, además de ser mujer, perteneció a la casta desdeñada de los pardos. Hoy habría que señalar el lugar en donde estuvo ubicada su casa, y recordar que la calle en donde vivió Germana Piña se llamó “de las Piñas”. Sería un acto de justicia para la memoria de alguien que mereció de sus contemporáneos ese reconocimiento, pero también constituiría un acto de justicia para esta ciudad de Calabozo, a fin de que su memoria histórica no corra la misma suerte de Germana Piña.

REFERENCIAS


BIBLIOGRÁFICAS:

CASTILLO LARA, L. G. (1996) Villa de Todos los Santos de Calabozo. El Derecho de Existir Bajo el Sol. Calabozo: Fondo Editorial Carlos del Pozo.

FUNDACIÓN POLAR (1988) Diccionario de Historia de Venezuela. Caracas: Fundación Polar.

MIERES, Antonio (1968) Historia de Venezuela. Documentos Adjuntos. Primer Año de Humanidades. Caracas: Editor A. Mieres.

RODRÍGUEZ, Manuel Alfredo (2002) Discurso de Incorporación a la Academia Nacional de la Historia. Caracas: Academia Nacional de la Historia.

RUIZ, Ubaldo (2007) Un Símbolo Calaboceño. Iglesia y Parroquia de las Mercedes. 1795-1858. Caracas: Fondo Editorial Ipasme.


DOCUMENTALES:

ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN AGN.

Secciones: Real Hacienda; Gobernación y Capitanía General.

ARCHIVO HISTÓRICO DE LA ARQUIDIÓCESIS DE CARACAS

Secciones: Matrículas Parroquiales Mp. 10 Calabozo; Parroquias 19 Pa. Calabozo.

REGISTRO DE CALABOZO RC.

Libros de Protocolos.

*Profesor de la Maestría Historia de Venezuela (UNERG-Venezuela)

El Motor de aire desafía la segunda Ley de la Termodinámica. Invento de un guariqueño.