Este BLOG tiene como temática todo lo relativo a la historia, ayeres, actualidades, inactualidades y devenires del estado Guárico y de su capital, la ciudad de SAN JUAN DE LOS MORROS (VENEZUELA)
domingo, 12 de abril de 2026
HOMENAJE AL ESCRITOR PEDRO SIVIRA
viernes, 18 de noviembre de 2022
PERRAS Y ESCORPIONES
Jeroh Juan Montilla
sábado, 4 de junio de 2022
EL OTRO LADO*
Francisco Rodríguez Sotomayor
“Remembering speechlessly we seek the great forgotten language, the lost lane-end into heaven, a stone, a leaf, an unfound door. Where? When?”
Thomas Wolfe (Look Homeward, Angel)
Fue un miércoles de enero. Mi tío Guillermo manejaba la ranchera camino al hospital. La abuela adelante, Fernanda y yo atrás, y el auto olía a guardado, sonaba incoherente, la calle puesta ahí asoleándose en la claridad de un mediodía traspuesto.
Metiendo yo un pie en la ducha los gritos de mi abuela resonaron en toda la casa. Se murió, se murió, exclamaba al teléfono. Yo estaba desnudo; agarré la toalla y saqué la cabeza por la puerta. Se murió, decía. Quién se murió. Tu tía Edna, me dijo entre lágrimas. Cerré la puerta del baño y ahora sí me supe desnudo, inerme. En eso me tocan la puerta y me apuran: báñate rápido para irnos. Murió la tía Edna, me dije, y pensé en el liceo lejano y ridículo.
Luego nos montamos en el carro. Fernanda viendo por la ventana, ambos vestidos con el uniforme. La prueba de biología, organismos unicelulares y pluricelulares, perdida. Y Fernanda nada que hablaba. Nadie hablaba en realidad, al menos no unos con otros. Sentía que el tío Guillermo me veía por el retrovisor, cada vez que ponía los ojos allí tenía la impresión de que iba a decirme algo, pero no, seguía conduciendo. La única voz era la de mi abuela Genara: avisando a tal o cual de que Edna había muerto con un mismo monólogo fatal de que se complicó con el apéndice y no hubo manera pues de la noche a la mañana se fue, tú sabes cómo es, sí, ya vamos para allá, aquí andan los muchachos. Sin muchas variaciones transcurrían los diálogos telefónicos; del otro lado de la línea suponía monosílabos, huecos de silencio. Desde entonces asocié su tono de llamada con la muerte.
Ellos eran una trinchera, un fortín, dos muros infranqueables. Porque uno estaba acechado en el ajetreo.
En el estacionamiento del hospital distinguí autos familiares. Mi tío Guillermo aparcó y nos bajamos. Un ir y venir de abrazos, de llantos reventando. Fernanda y yo nos sentamos en la acera frente a la ranchera. Ella cargaba el uniforme beige y la mirada que evitaba la mía. Llama a mamá y papá, le dije. Ya lo hice, ya vienen. Y siguió naufragando su atención por el hospital; los veía a ella y al tumulto más allá de la familia.
Al rato llegaron mamá y papá. Parecían tranquilos. Fernanda y yo no nos separamos de ellos hasta que todo pasó. Ellos eran una trinchera, un fortín, dos muros infranqueables. Porque uno estaba acechado en el ajetreo. Las enfermeras, los médicos, las camillas, el hedor a hospital; la idea de que alguien faltaba en el montón y el inagotable tono de llamada de la abuela Genara. Era un acorralamiento de no saber a qué mirar.
Papá mantenía su silencio. Los brazos los posaba en los hombros de Fernanda y míos. Todavía era más alto que yo. Le pregunté que qué hacíamos. Hay que esperar, me respondió.
—¿Esperar qué? —pregunté.
—Que saquen el cuerpo.
No quería salir de las simples frases y no lo obligué. Traté de imaginar el rostro dormido de la tía Edna; la única similitud que pude hallar, porque una cara muerta jamás la había visto. Figuré su cuerpo tendido, inmóvil, esperando salir. Aunque la verdadera espera latía de este lado, en la inquietud de la abuela Genara, en el no sé qué de papeles que digan si Fulana ya dejó atrás el mundo y nadie la vio más, que ayer era una seguridad sólida y hoy es una imagen dormida atrapada tras una pared.
En eso el tío Guillermo se acercó. No deben tardar en sacarla, la vamos a velar en La Milagrosa, dijo. Papá le contestó que, ah, bueno, nosotros vamos y venimos entonces. Sentí un ligero empuje de papá hacia el bululú de la familia. Algo en mí se resistía a ir, pero terminé aceptando. Nos acercamos a la abuela Genara, cuya faz hallé enlodada, difusa, innombrable. Y la abracé sin decir. Un lenguaje inefable entre los dos, un magnetismo, el camino de regreso a su casa, el olor de la ranchera, la ducha corriendo y perdiéndose en el laberinto, los veinte dedos sosteniendo otra espalda. Con eso dije bastante.
—Nosotros vamos y venimos —le dijo papá.
La abuela asintió.
—Vayan ustedes y me traen agua, yo me quedo —dijo mamá. Fernanda se mantuvo lejos, viendo todo a través de un cristal ignoto.
Nuestra visita a la casa fue apresurada. Por segunda vez tuve que ducharme; me sentía sucio, y en el recorrido a la funeraria tuve la certeza de que esa suciedad no logré quitármela. Faltaban un par de horas para que se apagara el sol; una llama se enciende desde otro lado y la única certeza del fuego es que vive a merced de algo más allá que es su principio y su fin para siempre. Había mucha gente en el velorio, y la mayoría eran desconocidos para mí. Al entrar vi un cúmulo alrededor del ataúd, a Cristo en su cruz. No llegué más lejos, no di un paso más. Papá permanecía detrás de mí, le vi y me hizo señas de salir. Mejor estar afuera.
Nos sentamos en un banco. Fernanda estaría tal vez con mamá o quién sabe. Me asombró la cantidad de gente que había. De todas las edades. Cada uno de los que estábamos allí giraba en torno a un recuerdo, pero yo no lo conseguía. El sitio era un retorcer de estómago y una suciedad persistente. Era una falta de enfoque. Alzaba mi cabeza tratando de dar con algo. Me fijé en la puerta y no se cerraba nunca. Siempre alguien saliendo o entrando. Uno de esos fue mi tío Guillermo. Él también escudriñaba, luchaba por un poco de aire. Noté que nos vio a papá y a mí. Se acercaba, tanteaba. Llegó hasta nosotros pesado.
Es mejor que nos quedemos aquí, hijo, es mejor que te quedes con la última vez que la viste.
—No entiendo, hace poco estaba bien, de repente anoche palo abajo y nada la levantó, y listo, ahí está.
Nos dijo esto vacilante. Se notaba atento a la periferia, de su voz emanaba un jadeo de gato entre cuatro paredes.
—¿La vieron? —nos preguntó.
Quizá era eso lo que estaba perdido.
—Yo quiero verla —le dije.
—Es mejor que nos quedemos aquí, hijo, es mejor que te quedes con la última vez que la viste —me dijo papá.
Volteé a ver a mi tío Guillermo.
—Es verdad, es mejor —dijo apoyando a papá.
Entonces en la puerta seguía el movimiento, ese abrir y cerrar, el ir y venir de la gente. Busqué dando tumbos, hice fuerza, unas arrugas se me hicieron de recordar. Y esa última vez no salió por ningún lado.
*(Publicado originalmente en Letralia el jueves 2 de junio de 2022, https://letralia.com/letras/narrativaletralia/2022/06/02/el-otro-lado/?fbclid=IwAR3HlXZYq4dL72_6oUIj8GeI3u3-U1wBJ9yLMRPbSGcKpbRRXy5jL8PsySg)
sábado, 6 de marzo de 2021
JOSEFINA, LA CULPABLE!
Rebeca Vargas
Con los años,
los castigos fueron aumentando tanto en su frecuencia como en su crueldad, los
vecinos sufrían por lo que sucedía en esa casa, pese a que trataron de ayudar, Josefina
no cambió, ni se avergonzaba de su proceder, su voz se alzaba y su ser
prepotente, enfermo y cruel tomaba el control de sí misma, esto a raíz del daño
que ella misma sufrió en su niñez por parte de sus padres, por lo que sólo daño
y el mal, era lo que conoció y lo que sabía dar. Conforme fue creciendo Raúl,
así era la ira de Josefina, un día se podía escuchar cómo los llantos del niño
trataban de salir de esa casa, cuando María, pasando por el lugar llevada por la
curiosidad que le causaba en parte la situación, pudo ver al niño amarrado en
sus manos y pies bajo el frío de la lluvia de aquél día. Esa imagen rompió su
corazón al mismo tiempo de incrementar su enojo con Josefina por su crueldad,
María corrió a su casa, donde explicó todo lo que vio a su familia, llorando
por lo sucedido, su madre le dice con tono bajo y dulce; Dios sabe porque
suceden las cosas, Dios sabe cuándo castigar el daño causado…Dios lo hará.
Al correr los
días, los vecinos se reunieron entre sí, buscando una solución ante tanta
maldad, el señor Juan, el carpintero dijo “hay que denunciarla”, mientras que
la señora Ofelia quien era la panadera del pueblo suplicó “deberían quitarle al
niño, por Dios”… transcurrían las horas y no sabían que hacer, hasta que la
madre de María, la señora Isabel, les comentó “hay que hablar con ella, Dios
nos dé las palabras adecuadas para que entre en razón, está poseída por el
mal”. Siendo algo nuevo para todos en el pueblo, no tenían las fuerzas para
denunciar a la señora Josefina, el miedo los invadía casi tanto como la
cobardía, así que, pues llegado el momento, pasaron cerca de la casa del horror,
sintiendo temor ante lo que podrían ver, pero el silencio les ganó, no se
escuchaba nada en esa casa… era como si la vida no habitara allí, así que
dejaron de insistir y volvieron a sus casas. En pie, cerca de la ventana estaba
Josefina, la culpable, observando lo que iba suceder, riendo por el poder que
sentía a costa del miedo que le causaba al pueblo, su hijo dormía, eran las
únicas horas que el pequeño Raúl tenía paz y felicidad, encontrando estas horas
su salida frente al dolor que crecía en su corazón, así no sintiera ganas de
dormir se veía obligado hacerlo, para mantenerse a salvo de su madre la malvada
bruja, no sabía por qué su madre no lo quería y nunca pasó tiempo con su padre,
éste se había ido de la casa al saber del embarazo de su mujer, tal como figura
no tenía cuán aferrarse, no sabía que era eso de un padre.
María no sabía
cómo ayudar, siendo aún muy niña, desconocía el camino para sacar al pequeño
Raúl de la casa, no sé mucho sobre la bruja, pensaba María, así que día tras
día se la jugaba con ideas para salvar aquél niño. En las tardes, se comenzó hacer
frecuente los juegos con los demás niños del pueblo, aquellos que culminaban
sus tareas diarias, gozaban de algunas horas de recreación, sus madres solían
acompañarlos, tanto por el cuidado de ellos como por las ganas de ver al niño
Raúl. Finalmente, estas actividades dieron resultado, Josefina viendo desde su
ventana cómo las demás madres salían y se reunían para largas tertulias, le
vino a la mente el poder formar parte de eso, sin embargo, lograr aquello
significaría dejar salir a jugar a su hijo, con lo que fácilmente se expondrían
como carnada frente al pueblo. No obstante, las ganas de salir de aquella casa
estaban ganando terreno en la vida solitaria y fría de Josefina, por lo que se
dispuso hacerlo, un día se arregló y perfumó, al igual que lo hizo con su hijo,
aquella imagen, lejos de ser querida dejaba ver una luz de esperanza para sus
vecinos, aunque más adelante se dieran cuenta que sólo era una vil mentira.
Tal como una
familia feliz, fue aquel encuentro entre Josefina, su hijo y el resto del
pueblo, Raúl contento y ansioso temblaba por jugar con alguien más, por su
parte, su madre, con la cara en alto iba pensando alguna estrategia para
esquivar los comentarios que de seguro tendría que dar explicaciones sobre las
torturas que tenía en casa. Tal como una brisa nueva, el aroma de su perfume
llegó al lugar del encuentro, las madres contentas salieron a su encuentro,
mientras soltaba a su hijo para que éste compartiera con los demás, en ese
momento la libertad se apoderó del pequeño, callado y con la cara baja se
acercó al grupo de niños que aguardaban su presencia, más que por el juego, por
la curiosidad sobre su vida y los castigos que le proporcionaba su madre casi a
diario. Sin embargo, nadie comentó nada, ni del lado de las madres, ni del lado
de los niños, por temor a que ese día no se repitiera, tanto habían luchado por
hacer salir de esa terrible casa al niño que un paso en falso arruinaría todo,
pudo más la solidaridad y el amor que los juicios a éstos. María, tomando la
iniciativa, le tomo de la mano y juntos agarraron una pelota, con ella, los
demás corrían y reían sin parar, las lágrimas se habían ido para el pequeño
Raúl, eso era mágico. Mientras la felicidad rondaba por un lado, las tertulias
de las madres con Josefina iban para los quehaceres de la casa u otra noticia
de un pueblo cercano, esto le llamó la atención a la bruja, ya que pudo ver que
nadie interferiría con la forma en que criaba a su hijo, así que determinó
seguir saliendo en las tardes tal como si viviera dos vidas distintas, dentro
de casa se convertía en la bruja cruel y fría, fuera de esta, era la madre
recta y hasta llegando ser perfecta según su propio criterio.
Conforme pasaron
las semanas, el pequeño Raúl iba creciendo viviendo entre el horror y las horas
en que su risa era autentica, llegando el tiempo en ir a la escuela, para su
sorpresa su madre lo inscribió en una muy apreciada por sus vecinos y amigos,
fuera de esto, no sospechaba lo que vendría en esta etapa, sería algo que
terminaría de trastornar su vida para siempre. Como resultado, el primer día de
escuela podría significar un gran desafío para la gran mayoría de los niños y
sus padres, esto, no fue lo que sucedió con Raúl, su madre camino a la escuela
iba dando amenazas y prediciendo castigos para su hijo si éste se portaba mal;
llegado a la puerta transformó su cara frente a la maestra como si la felicidad
de aquella entrega fuese sublime, Marta, era el nombre de aquella mujer que
abría los brazos para recibir a los niños. De cualquier modo, para el pequeño Raúl, fue
impresionante, le dio la mano a su maestra y se dispuso entrar al salón, en el
justo momento que empezó la clase, se vio perdido, no podía entender este
sistema nuevo, fácil pero difícil de procesar, para él, fue una gran lucha que
daba inicio en su vida. La maestra observando la situación le daba esperanzas y
palabras que motivaron al pequeño; su primera tarea estaba lista en su
cuaderno, emocionado por mostrarle a su madre, por un momento olvido la bruja
que había sido para él, llegando a su casa, corrió al regazo de su madre, le
hablaba de lo vivido mientras recibía un tajante desplante por su madre, “no
quiero saber de eso, no me interesa, vete”.
Luego de recibir
la desilusión de su madre, el pequeño Raúl trataba de cumplir con sus tareas,
aunque sin la ayuda de su madre, la maestra poco a poco se dio cuenta de la
situación que vivía el niño, pudo escuchar entre los pasillos las terribles
cosas que se decían de aquella esquina, la casa del horror de Josefina. Un
sentimiento de dolor y angustia la invadieron, igual que las madres, quería
ayudar pero en ese tiempo la sociedad no estaba preparada para asumir un tema
considerado tabú, además, su trabajo era enseñar en la escuela, y así lo
mantuvo. Un día de primavera, la tarea que debían realizar en casa eran los
números del 1 al 20…, esto preocupó en gran manera al pequeño Raúl, los números
le resultaban poco agradables y menos en su entender, llegado el tiempo de
hacer la tarea, su madre, le iba diciendo uno a uno la secuencia numérica, pero
el pequeño no podía seguirle el paso, cuando ésta le preguntaba por alguno de
ellos, vacilaba en responder, lo que enardecía a su madre, al punto de provocar
en ésta la búsqueda de un objeto para lastimarlo, en rededor visualizó una
escoba y un cinturón, optó por el cinturón, volviéndose hacia su hijo le
amenazó “si vuelves a equivocarte te castigaré bestia”, esto logró que las
piernas le temblaran al pequeño por el miedo de la bruja. Luego de un descanso,
podía decir los números, pero llegando al final se saltaba dos, apenas hubo
percatado del error veía como la mano de su madre se alzaba contra él y el
cinturón le hacia la marca en su cuerpo, uno tras otro fueron los azotes
recibidos y los gritos sin medir, aquellas palabras “eres un bruuuuto, bestia”,
herían más que los azotes, cuando la madre hubo descargado su furia quedaba el
pequeño sentado en un rincón de la sala, llorando en tono bajo por amenaza de
la bruja, le dolía tanto el cuerpo que no lo podía mover, solo se apretaba
fuerte con sus manos a manera de consuelo, al pasar la hora y escuchando que su
madre se iba a su cama, se levantaba y corría al baño, cerraba con el seguro y
pedía a ese ser imaginario que mantenía vivo para platicar, que lo sacara de
allí.
La vida no había
sido mejor para el pequeño, pese a esto, salía a jugar cuando se lo permitían y
fue desarrollando una doble personalidad, tratando de tapar su dolor, riendo
por segundos con sus amigos, los vecinos del pueblo cómplices de las torturas
impartidas a Raúl, se fueron olvidando del horror que sufría el niño, se
enfocaron a tratarlo mejor cuando éste jugaba en el pueblo. Las torturas se
desarrollaron con más presión al ir creciendo Raúl, pero éste, fue albergando
un odio mayor y violento hacia su madre, los castigos duraban horas si era
preciso, ya los cinturones no formaban parte, también lo hicieron: escobas,
máquinas de escribir, mecates y cualquier objeto que alcanzara Josefina en
plena furia. Pasaron los años, y el pequeño se convirtió en un adolescente
problemático y sin estudios, dejando éstos desde que era niño, no tenía interés
alguno en estudiar, se convirtió en un ser cruel y enfermo gracias a todo el
daño que le dieron en casa, su madre ya entrando a la vejez seguía maldiciendo
y dando palabras hirientes hacia él, sólo que por su edad no tenía las mismas
fuerzas que anteriormente le permitían golpear al niño hasta su cansancio.
La personalidad
de Raúl era incierta, un día trataba de mejorar pero desistía rápidamente, sus
amigos cambiaron, eran vagos como los tildaban en el pueblo, amantes del licor,
drogas y porte de armas. Esto dio pie para la afianza del mal en la bestia, del
mismo modo que le era sumiso al líder de la banda, dejando que éste jugara con
fuegos artificiales en él, para disfrute del grupo, algo que María nunca
olvidaría, esa noche decembrina, corría la cortina lo suficiente para ver lo
que sucedía en la calle, los vagos estaban al acecho, habían comprado unos
juegos explosivos y tomaron a Raúl, lo agarraron de las manos mientras otro le
metía dentro de su ropa interior por la parte trasera un explosivo, encendiendo
la mecha y dejando que este explotara lastimando a Raúl, los gritos le eran
habitual, el dolor era insoportable incluso después de recibir peores palizas a
cargo de su madre. Todos reían al ver retorcer en el piso a la bestia, clamaba
por ayuda, la sangre comenzaba salir de su ropa interior, recorriendo las
piernas y finalmente llegando al suelo, fue entonces que lo dejaron allí y se
fueron… María soltó un fuerte grito y salieron los vecinos, dieron los primeros
auxilios y al ver que era su hijo quien estaba herido, Josefina solo dijo “bien
hecho” y cerró la puerta tras de sí, sin embargo, los demás siguieron prestando
ayuda hasta que le vendaron la herida con varios puntos de sutura. Esa noche,
Raúl durmió bajo la vigilancia de la familia de María, saliendo hacia su casa
al día siguiente, caminando con la cara al piso, sentía vergüenza y rabia por
lo sucedido, pero no era tiempo de vengarse, sino de sanar sus heridas.
El siguiente
paso en la vida de aquel hombre fue las drogas y las orgias que disfrutaban con
la banda, siendo una de ellas de gran crueldad, puesto que habían llamado a una
chica para una celebración, al llegar al lugar, se dio cuenta que no era nada
pensado horas antes de su partida de casa, en ese lugar habían más de 7
hombres, que bajo los efectos del alcohol, hicieron un lecho con un colchón
usado y entre todos abusaron de la chica, quien gritaba a lo más que podía,
pero otro le puso la mano en la boca para evitar que los vecinos escucharan y
dieran parte a la policía. Aquella noche fue trágica, había sido la primera vez
que Raúl era parte de tal escena, cuando llego su turno al final del encuentro,
no pudo hacerlo bien, sentir que los demás lo veían y después de todo el daño
infringido a la chica, quien apenas podía moverse, simplemente le gano terreno,
no pudo terminar… en su lugar, sintió lastima, esperando que los demás se
fueran, aguardó con la joven para sacarla de ese lugar. A la mañana siguiente,
se vio sentado en la puerta de su casa, perdido en sí mismo, los pensamientos
iban y venían, si algo estaría sano en aquel entonces se dañó por completo, la
culpa le tocaba el hombro, tratando de hacerlo salir de ese agujero negro, pero
fue ignorado, se levantó y busco de nuevo a la chica, pretendiendo darle
afecto, del que no tenía idea que era, pero en su mente, se decía “quizás si le
llevo algo, se sienta mejor”, aquella joven no respondió a sus visitas, pero
tampoco le denuncio ni al grupo, su miedo era mayor, no quería sufrir más.
Un día de invierno, hubo discutido con su madre, quien no dejaba de maldecir el día de su nacimiento, ya de edad avanzada, frágil pero con la voz fuerte aún, su hijo sufrió un tirón en sí mismo, levantando la mano y golpeando a su madre hasta que se cansó, la mujer yacía en el piso, inmóvil, pero seguía respirando dijo él, así que le dejó allí y se fue a dormir, en paz describió el mismo en la cama. A partir desde ese entonces, los golpes fueron parte del día a día en esa casa, la esquina del terror, la madre quien ahora recibía las palizas y azotes, gritaba en ayuda, los vecinos reaccionaron llamando a la policía, pero una vez estando en la puerta de la casa, salía la señora Josefina diciendo que había sido un error, se había caído y su hijo no era culpable, el agente veía la sangre en la cara de la señora, pero si ésta negaba el asunto no podía hacer nada. Fue un duro golpe para el pueblo, ver que prefería negar la situación a encerrar a su hijo en la prisión, desde allí, eran habituales los pedidos de ayuda, los gritos, el sonido de los platos rotos, vasos contra la pared, sillas en el piso dañadas después de haber servido para darle golpes a la bruja. Parecía que ambos disfrutaban de la relación enferma y tóxica que llevaban, por muy duro de asimilar, el pueblo le dio la espalda y dejo de atender a sus llamados, estaban cansados de aquella esquina, querían borrarla del pueblo. María recordó aquellas palabras de su madre “Dios sabe porque suceden las cosas, Dios sabe cuándo castigar el daño causado…Dios lo hará”, es verdad madre, afirmó, el daño dado el daño recibido…
miércoles, 24 de febrero de 2021
NUEVO LIBRO DEL ESCRITOR EDGARDO MALASPINA
Jeroh Juan Montilla
Ayer, martes 23 de febrero del 2021, por Whatsapp recibí un hermoso regalo, un nuevo libro de mi amigo el escritor, editor, cronista y médico guariqueño Edgardo Malaspina, titulado LA LITERATURA GUARIQUEÑA, dicho texto aglutina lo que fueron 10 años (1998-2008) de fructífera labor en la Asociación Civil Editorial Guárico, una década dedicada tesonera y sacrificadamente a publicar el hacer literario e historiográfico de nuestro gran estado Guárico. Realmente una labor histórica, nos llena este texto de mucho orgullo y nostalgia, sentimos que fueron momentos preciosos que tristemente hoy están tronchados, vivimos entre la amargura y la incertidumbre, sin saber si alguna vez podamos recuperar este tipo de iniciativas culturales, es triste decirlo pero el hacer editorial en nuestro país está casi desaparecido, peor en el estado Guárico que ya es una actividad desaparecida tanto en el campo oficial como en el privado.
Dicen que la esperanza es lo último en perderse ¿Tenemos aún entre nosotros a esta dama? Tal vez esta iniciativa de Edgardo, dentro de lo que hoy llamado el universo de las redes sociales, sea un vislumbre de que todavía hay promesa e ilusión en nuestros corazones, que el futuro es una perspectiva de mejores tiempos, solo digamos como devotos cristianos amén, en la espera de lo milagroso. Aprovecho la oportunidad para colocarles aquí el link a dicho libro (https://drive.google.com/file/d/1fCe1spl_o1G-K-VszR9JtskgluvMKpEo/view?usp=sharing). También les informo que el mismo será el post que inaugurará un nuevo grupo de Facebook que prontamente crearé: TEMAS Y PUBLICACIONES DE LA LITERATURA GUARIQUEÑA. Felicitaciones Edgardo, los escritores guariqueños te estamos infinitamente agradecidos.
viernes, 4 de octubre de 2019
LA POESÍA OCULTA DE LUZ ESTHER RANUÁREZ BALZA, VIOLETA IMPERIAL
Quiero con esta nota dedicarle unas líneas a la tristeza. Decir cuánto debe la literatura a ella. El terreno de lo triste es el más fecundo para la escritura. Lo interesante es que en el cedazo de lo literario la tristeza pierde su consistencia original, esa crudeza que va de lo salobre a lo agridulce, lo literario la cuece hasta embellecerla, dándole una pátina de idealidad, volviéndola soportable y olorosa a nostalgia. Y es que la tristeza es tan pegajosa, tan envolvente que su proximidad termina contagiándonos. Nos ablanda y nos derrama.
Si usted, por comodidad u otro motivo, elude el detalle, el leer directamente a un autor, y se decide entonces por las visiones panorámicas, cuando abre un manual de literatura o un libro de historia de la literatura termina por creer que todo lo que aparece en esas páginas, escritas por un experto, revela toda la redondez de ese orbe, es la santa palabra de los breviarios explicativos. Pero esa es solo una fachada, el canonizado rostro que nos deja la mezquindad o la generosidad de la fama, ella, villana o heroína, es la que dicta casi todo lo que se reseña, critica o comenta literariamente. Pero eso no es únicamente la literatura, eso es apenas la superficie, el oleaje. Todo aquello que se ha editado no es toda la literatura existente o imaginable. Debajo hay mucho universo, hay más literatura en el anonimato que en las voluminosas enciclopedias o millones de títulos dedicados a vociferarla, esa clandestinidad creadora es un universo más inabarcable que todas las obras de cualquier género ya publicadas. Piense usted en el ingente número de escritores desconocidos, malogrados, ocultados por el férreo y circunstancial filtro del mercado editorial. Cuantos han sucumbido a la timidez. Figúrese la existencia innumerable de aquellos escritores cuyos textos quedaron atrapados en cajones y gavetas, enterrados y desaparecidos para siempre. No discuto que sean literariamente buenos o pésimos, sino me quedo en el propósito, el mero intento de volver palabras escritas un persistente estado de ánimo, gesto frustrado, opacado, ignorado para siempre por culpa del mismo escritor o del medio que le tocó padecer.
Luz Esther Ranuárez Balza parece estar en la interminable lista de este inventario. Tengo en mi mesa un libro único suyo, un solo ejemplar de factura artesanal, seguramente hecho por ella misma, hojas amarillentas transcritas a vieja máquina de escribir, recortadas y después pegadas en las páginas de un cuaderno tapa dura, de cubierta gris con el título “Aromas del camino” con recuadro y letras color oro. Un libro solitario de 61 poemas bajo la formalidad del metro y la rima, además de 8 textos en prosa. Todos escritos al parecer entre los años 40 y 70 del siglo XX, unos con su nombre, otros con sus siglas y algunos con un seudónimo, Violeta Imperial. Este libro llegó a mí como una rareza bibliográfica, un tesoro familiar impregnado del áspero olor de lo guardado por muchos años, fue, en un gesto de confianza, un préstamo que le hizo a mi curiosidad el dueño del ejemplar, mi amigo el cronista Argenis Ranuárez, sobrino de la poeta. Esta emotiva mujer nació en Zaraza, estado Guárico, en 1924, vivió muchísimos años en San Juan de los Morros, fue empleada del Banco de Venezuela y del Instituto Braille de Caracas, en los años de su ancianidad va a vivir a Barquisimeto donde a los 85 años de edad, en el 2009, fallece. Un ser humano de vida común, aparentemente sin las pretensiones de alcanzar las fulguraciones del prestigio público. Una fachada discreta que no delata ese tumulto pasional que se cocina a fuego lento en el silencio de llevar el poema como un diario personal. Todo su hacer poético se desarrolló meramente en su círculo de intimidad, un escribir para sí misma, sin ninguna manifestación pública de tal mundo, nunca publicó ninguno de sus poemas.
La tristeza es el estado de ánimo que une todo este poemario, la costura que le da cuerpo, una melancolía macerada en el desamor, aderezada con el gusto romántico por lo imposible, como si la autenticidad del amor solo puede medirse con la terrible vara del tormento, o el auto-tormento por lo que no tendremos nunca. Véase algunos títulos del poemario: Vano dolor, Traición y olvido, Triste mirada, De ti no quiero nada, Cuando no estás…, No sé qué anhelo…, Tu silencio, Volvamos al amor, Injusticia, Tu odio, Huyo de mí…, Abandonada, etc., etc.
Pregunto: ¿el dolor se padece o se cultiva? Padecerlo es lo evidente, basta tener sensibilidad. Ahora, cuando se cultiva se toma una ventaja, no es meramente que eres su presa sino que también eres su domador, no puedes desprenderte de él, es tu sombra, pero, paradójicamente, tienes el pulso necesario para educar tu dolor. Estos poemas dejan constancia de la educación de ese niño, de cómo una lacerante tristeza puede aprender cortesía, las buenas maneras del olvido y el rencor. Todo un aprendizaje para alcanzar la incertidumbre:
“No sé qué anhelo
No anhelo siquiera el vago secreto/ de tu alma, ni el porqué de tus horas…/ No pienso si ríes y menos si lloras/ Mi sentir, amigo, es pálido… discreto…// No pretendo ceñir a mis antojos/ tu sueño que va de prejuicio en prejuicio/ ni ansío siquiera el menor sacrificio/ y dejo que miren muy lejos mis ojos…// Prefiero silencio…amarga distancia/ y en mi soledad el frío y el invierno/ y en mi noche de pueblo escuchar en calma/ la voz imposible que acaso te nombra…/ Y cuando al fin mi recuerdo bese tu alma/ sienta que besa apenas tu sombra…”
Amigo o amiga lector, ¿has leído alguna vez los poemas de Christina Rossetti? Una de las voces más singulares del prerrafaelismo, inglesa (1830-1894) Mujer atormentada, de una fuerte devoción religiosa siempre bajo los embates tentadores y redentores del amor. Fuera de lo odioso u honorable de las comparaciones me atrevo a ubicar en el mismo espíritu escritural prerrafaelista el poema de Luz Esther que leímos más arriba. Seguro estoy que ella nunca leyó a esta inglesa, apenas es en 1997 cuando la editorial española Hiperión publica una primera antología en castellano de Christina Rossetti. La historia la mantuvo en el olvido hasta la década del 70 del siglo pasado cuando algunas feministas comenzaron a estudiarla. Los poetas no necesitan conocerse, ni leerse para vibrar en los mismos tonos. Por ejemplo, leamos este trozo del poema “Canción de la novia” de Rossetti: “¡Oh, es tarde para el amor, tarde para la alegría,/ tarde, demasiado tarde!/ has vagado en el camino por mucho tiempo,/ has dudado frente a la puerta:/ la encantada paloma sobre la rama/ murió sin un compañero;/ la encantada princesa en su torre/ durmió detrás de las rejas;/ su corazón se encogía de pesar/ mientras tú la obligabas a esperar.” Confrontadas ambas poetas vemos la misma finura afectiva ante las íntimas catástrofes del amor, un mismo estado de ánimo, igual excelencia escritural pero distinto destino, la inglesa, rescatada, publicada y colmada de elogios, ya un signo que marca rutas en el hacer literario de un siglo, en cambio la venezolana cayó bajo el duro destino de mucha de nuestra poesía, sobre todo la escrita por mujeres, el olvido, el encierro de la gaveta o la definitiva lápida de la inexistencia. Quiera Dios que sus familiares herederos puedan, alguna vez, publicarla completamente para beneplácito de la justicia literaria. Estas palabras que escribo pretenden lo mismo.
Para finalizar podemos concluir haciendo algunas consideraciones valorativas de estilo y forma sobre la poesía de Luz Esther, sobre la naturaleza de su intencionalidad, tanto emotiva como estética. Toda su escritura cuenta con el sello del drama, algo ajeno al gusto de estos tiempos, mas dados a la ironía y al cinismo. Yo, como lector, he aprendido a no leer exclusivamente desde mi tiempo, intento con más empeño el esfuerzo de ubicarme en otros zapatos, ahora transito con más frecuencia páginas de épocas muy lejanas donde los corazones y estados de ánimo se manifestaban de modo distinto, capaces de ingenuidades y malicias sentimentales hoy insólitas, de amar, odiar, alegrarse y entristecerse de modo tan diferente a como hoy lo hacemos. La poesía de Luz Esther está llena de mucha solemnidad romántica, sus lugares comunes e inusuales son otros, ella exprime el fruto del amor con la apropiada exageración de su tiempo, tiene un modo de entrega y arrebato cercano al vino de la desmesura y la piedad. Lo romántico es una tradición y como cualquier acervo tiene sus contextos propios que incluyen normas y artificios, todos volcados a reforzar lo característico de la práctica romántica, cuestiones como la obsesiva conciencia del yo, eje emocional simbolizado concretamente en esa víscera llamada corazón, centro y periferia de exaltaciones y retraimientos amorosos. Otro rasgo de la idiosincrasia apasionada es lo insuficiente que resulta el teatro de la vida para resistir los acosos imaginativos. También puede añadirse la disposición al mito como recurso paranoico para administrar las frecuentes recaídas en las bellas alucinaciones o deslumbramientos estéticos. En la poesía de Luz Esther podemos destacar tres vértices: el corazón, la muerte y la soledad. Del primero ella escribe: “y tenaz en la dicha que no alcanza/ persiste el corazón equivocado.” El ejercicio de lo inútil como el auténtico logro del ser obnubilado, o como sentencia en otro poema: “A lo largo del camino entristecido,/ fatigado se arrastra el corazón…” El segundo leimotiv, la presencia insobornable de la muerte: “Tu suerte no es mi suerte/ ni es la hora para amarnos/ pero si es para olvidarnos/ si es posible hasta la muerte.” Por lógica fatídica la vida es el ámbito donde se posterga el encuentro absoluto de los amantes. Y el tercer y definitivo vértice, la soledad: “En la amarga soledad de su aislamiento/ y en el vacío total de su esperanza.” El castigo como destino inexplicable, duro y paradójico, con la resignación a cuestas, “vagaré silenciosa en el desierto/ sin más tesoros que mis ilusiones.” Amar parece ser lo imperdonable. Confieso que uno de mis actuales afanes lectores es catar y disfrutar mucha literatura de este tipo, romántica y clásica, de sabor pesado o repelente a los paladares contemporáneos. Lo que ahora se califica como rimbombante y cursi, a mí me parece respetable y gustosa literatura, un delicioso descubrimiento. Solo hay que saber leerla. En si no existe, de modo absoluto, ni buena ni mala literatura, son nuestras inclinaciones lectoras que potestativamente las califican de ese modo, en verdad ella es como el amor y el odio, una cuestión de gustos. Cierro estas líneas con una epístola que la poeta le hace a su riguroso maestro de vida y escritura:
“A TI, AMIGO DOLOR….
!Oh, dolor!... soledad y misterio… caprichosa y fiera la vida me acecha y agobiada estoy, ya no sé por dónde voy y sufre también por mí la primavera deshojando pétalos y llanto… y fue mi cruz aquel cariño santo que el mismo dolor se lo llevó y es que tu dolor, no quieres nada, ni siquiera la burla compasiva de otro amor… sólo tú, fuerza invisible, ocupas mi corazón… porque ya mis labios no se espantan si te nombran.
Y es que tú, dolor, me enseñas la farsa funesta del alma y de las cosas y me deslizo contigo por el mundo, porque yo soy tuya como tú eres mío y así los dos en codicia gitana de la eterna espera, vagaremos por una senda sonámbula y oscura en la barca trágica de mi destino fatal…
Nunca más florecerán los campos, ni habrá celaje azul en la naciente aurora, no habrán arrullos de palomas, ni orquesta de alondras en los nidos, ni recuerdos sublimes y floridos, ni frescura en la vida de las rosas…Sólo tu, dolor estás en todo y me rindo a ti sumisa y muda, has de mí lo que quieras, dolor… arrástrame si es posible como un tronco derrumbado hasta el fondo de los áridos valles…
Pasa la tormenta, pasa el amor, todo se desvanece y hasta las dudas volaron con las aves del cariño… Porque tú, dolor, eres el grito amargo que en el fondo de mi silencio cubre de luto mis sueños… y me enseñaste a padecer callando en el sufrir… tú marcas la senda que habré de seguir y juntos los dos así marcharemos con la eterna promesa: ‘PERDONAR Y MORIR’…!”















