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domingo, 12 de abril de 2026

HOMENAJE AL ESCRITOR PEDRO SIVIRA

Jeroh Juan Montilla
El día viernes 10 de abril en horas de la mañana, en el auditorio Juan Germán Roscio de la Casona Universitaria (UNERG) en San Juan de los Morros, estado Guárico, los estudiantes de la maestría de Historia de Venezuela (corte 2026) de esta universidad realizaron un excelente evento como un gesto de reconocimiento a una obra literaria que narrativamente explora y expone un importante y decisivo momento en la historia regional guariqueña, el boom petrolero en la zona de Las Mercedes y Roblecito. El evento se tituló. “Petróleo y cafecito, un homenaje al escritor Pedro Sivira Reyes”. La obra de Pedro Sivira nos muestra como la llegada de la industria petrolera le dio un vuelco a nuestra región, tradicionalmente agrícola y ganadera. El llamado por unos, oro negro, y por otros excremento del diablo, cambió radicalmente el modo de ser de una comunidad llena de fuertes tradiciones heredadas del siglo XIX. De la noche a la mañana Las Mercedes pasa a convertirse en una especie de centro neurálgico que recibe en su seno de modo imprevisto y a borbotones ríos de personas que protagonizan así una diáspora interna de familias enteras buscando así ser parte de la gracia económica que trajo la instalación de la industria petrolera en la región guariqueña. Pedro Sivira (1945-2010) publicó dos importantes novelas “Los fantasmas y los residentes” (1982) y “La W.C. Company” (1993), aparte de otros textos de poesía y ensayo histórico. Nacido en el estado Falcón, lo traen sus padres, bajo el empuje de la diáspora petrolera de ese tiempo, a los 3 años de edad, eso hizo de Sivira un guariqueño adoptivo tanto que la municipalidad de Las Mercedes lo oficializó como mercédense. Durante muchísimos años trabajó como jefe de redacción en el diario El Nacionalista en San Juan de los Morros, allí dirigió importantes y decisivas páginas semanales que les dieron cabida y rostro a diversas figuras de la literatura y la cultura guariqueña. El evento contó con la emotiva presencia de los hermanos del escritor, Saúl y Arcadia, como de sus hijos Juan Francisco, Mary Cecilia, Pedro Alberto y Anny junto algunos nietos. El programa del evento, excelentemente organizado, conducido bajo la presentación del maestrante Pablo Caracas, contó con las palabras inaugurales del doctor Luis Ascanio, coordinador de la Maestría de Historia de Venezuela; lectura de la hoja de vida del escritor Pedro Sivira a cargo de la maestrante Géminis Pumara; charla sobre la narrativa petrolera en la obra de Pedro Sivira por parte del profesor Jeroh Juan Montilla; bautizo del poemario “El rayo luminoso que eres tú”, libro inédito del autor, junto a la presentación del díptico “Acto de Palabra”, editado por Viento Del Sur Editores (Arturo Álvarez D’Armas, 2013), este bautizo y presentación fue acompañado de unas palabras por parte de la poeta Tibisay Vargas Rojas. Se develó un retrato del escritor como un regalo de los maestrantes a los familiares de Sivira. Cerró la programación con una velada musical por parte de la violinista Valeria Andreina Loreto González, y una lectura de algunos poemas de Sivira por parte de los poetas Salvador Lara y Pablo Velásquez junto con la maestrante María del Rosario Moreno, finalmente un ameno compartir donde se degustó café y unas deliciosas pastas por la permanente difusión de la obra de Pedro Sivira. Es importante reconocer la organización y dirección de este evento por parte de los maestrantes: Arturo López y María del Rosario Moreno. Se suman los nombres del resto de los maestrantes de esta especial corte: Jean Carlos Olivo, José Gustavo Morán, Deivi Suárez, Rita Figueroa, Basília Herrera, Oswaldo Loreto, Alejandro Infante y Williams Piñero, cada uno tuvo su aporte de trabajo, como futuros historiadores, en esta actividad que busca rescatar y dar a conocer la historia de nuestra región, parte fundamental de la historia nacional.

viernes, 18 de noviembre de 2022

PERRAS Y ESCORPIONES

Jeroh Juan Montilla

(Dedicatoria en memoria de los míticos barberos de la vieja barbería Iberia de San Juan de los Morros: de izquierda a derecha, José Liborio Orellana (Buche), Emilio Villalobos y Anibal (los tres de la foto), extensiva al nieto de Buche, Carlos Orellana, mi barbero de hoy en día)

¿Una guerra secreta? Dos palabras, dos situaciones imposibles de conciliar en la realidad. Una guerra por sí misma no puede ser secreta, puede estar cruzada, inundada de secretismo, pero ella en su manifestación no tiene nada de oculto, es guerra por su mismo obsceno exhibicionismo. Definitivamente no hay guerras invisibles, ni mudas, ni sordas, no hay guerra que pueda sustraerse al fisgoneo de los sentidos y mucho menos existe una guerra que no sea entre los hombres ¿Qué quiso decir el señor Orio con éso?
Me explico: el señor Orio es uno de los barberos de enfrente. Son dos en realidad, pero Orio es quien me afeita. Usted es mi exclusivo cliente profesor, son sus palabras. El otro barbero es el señor Po. Él nunca me ha afeitado, dice que por nada en el universo va traicionar la exclusividad que tengo con el señor Orio. Ahora, no es exactamente enfrente donde se ubica la barbería, es diagonal al edificio donde está mi apartamento. Son dos pisos y una planta baja, mi apartamento ocupa por completo el último piso, tiene balcón hacia la calle y hacia atrás. Realmente barbería y edificio están esquina contra esquina. Confieso que a la barbería no solo asistía por un servicio de corte de cabello, me gustaba también, por lo menos dos veces a la semana, ir a conversar con estos barberos, oírles hablar de las historias más disparatadas de sus correrías de inmigrantes, eran historias como en clave, salpicadas de raros nombres de pueblos de los cuales yo jamás había oído. Parecían suceder en territorios que estaban fuera de este mundo, con una geografía increíble y en un tiempo impreciso, nunca daban fechas y todos los términos y nombres no aparecían en ninguna enciclopedia o diccionario por mi conocido. Pero hasta cierto punto, no sé por qué, estas historias estaban cubiertas de cierto inexplicable manto de credibilidad. Ellos sabían darle verosimilitud y chispa a sus curiosos relatos.
Decía al principio algo sobre la guerra. Todo sucedió entre una tarde y una madrugada. Esa tarde me tocaba mi afeitada mensual, y mientras esperaba mi turno, ya que había un cliente delante en la silla del señor Orio, leía un voluminoso libro de mi biblioteca personal. Soy profesor de historia universal en postgrado, y esa vez estaba preparando una clase magistral sobre las guerras de la realeza anglosajona. Llevé a la barbería ese libro sobre la Guerra de las Dos Rosas, me hastiaba la espera, y ya el montón de viejas y amarillentas revistas de la barbería habían perdido mi interés.
El señor Orio me dedicó esa vez miradas interrogativas, mientras chasqueaba acompasadamente su tijera. Pasaba una y otra vez su mirada de la cabeza de su cliente al libro abierto sobre mis piernas. Yo espiaba con gusto sus movimientos por el rabillo del ojo, su curiosidad me parecía algo cómica. De repente, no aguantando la curiosidad, me preguntó: -¿Qué lee usted profesor?
Levantado los ojos del libro, le respondí: -Leo sobre la guerra entre la Casa Lancaster y la Casa York, La Guerra de las Dos Rosas.
El señor Orio rio quedamente. -Ah, sí. La de la rosa roja contra la rosa blanca y viceversa. El mismo cuentico de siempre, la rivalidad familiar, sangre contra sangre, toda guerra en este planeta es de los hombres contra los hombres, una misma especie contra sí misma, algo insólito fuera de la Tierra. En esta que usted investiga no ocurre nada distinto, ambas casas son hijas de la casa Plantagenet, la casa de la retama. Mi madre tenía una enorme retama en el patio. Lo único que combatía con ella eran los cálculos renales de mi padre.
Confieso que me asombró que el señor Orio conociese esa historia. Ante su última frase solo me quedó fue sonreír. De inmediato añadí: -Una guerra fratricida de casi 72 años-.
No dijo nada, solo colocó su tijera sobre la mesa de utensilios y lentamente comenzó a inspeccionar la cabeza del cliente mientras giraba la silla. Al final dijo: -Listo- El cliente se levantó, le pagó y se despidió, entonces el señor Orio me hizo una señal con la barbilla, me levanté, dejé el libro sobre un mueble y me senté en su silla de barbero. Del otro lado de la estancia estaba el señor Po, un barbero gordo e italiano, muy silenciosamente se dedicaba a limpiar su instrumental de trabajo. El señor Po parece como de setenta años, su aspecto, a pesar de lo robusto, es casi inmaterial. El señor Orio en cambio es de nacionalidad siriaca, cabello encanecido, pero aspecto más vigoroso, según el mismo ha dicho en una ocasión tiene sesenta años, de esos, cuarenta en el país.
Al sentarme, el señor Orio colocó sobre mí su capa de barbero, un trozo de tela negra que cubrió mi cuerpo hasta la cintura, por delante y atrás. De inmediato la perra, llamada Anunciante gruñó hacia la calle, unos segundos después las otras dos perras hicieron lo mismo, todos le dedicamos una mirada a cada una. Olvidaba decirlo, estos dos barberos traían diariamente consigo a la barbería a tres inmensas perras. Una dálmata de manchas negro azuladas llamada Anunciante, una robusta buldog, de pelambre amarillenta llamada Pesante y una pastor alemán llamada Virgin. Esos extraños nombres aun no entiendo a que respondían, nunca lo pregunté. La barbería tiene dos entradas, una hacia la calle tres y la otra hacia la carrera cuatro. Anunciante siempre se echaba en la que da hacia la calle tres, mientras que Pesante lo hace en la otra, Virgin siempre estaba en un rincón, agazapada en su propio silencio. Allí pasaban toda la jornada, por lo menos en la que a mí me tocaba participar mensualmente. Las tres semejaban guardianes míticos que en sus perennes posiciones dibujaban un triángulo donde Orio y Po parecían resguardarse. Al rato, después de otear y husmear hacia un punto impreciso de la calle, Anunciante bajó las orejas, lo inquietante al parecer se había alejado, se echó de regreso a su silenciosa mansedumbre. Otro tanto hizo Pesante en la otra puerta y Virgin al fondo de la barbería.
-Anunciante, hace honor a su nombre- dijo misteriosamente el señor Po.
-Andan por allí, las tres perciben cada vez más cerca el olor de esas alimañas. La constelación parece estar entrando a su tiempo de desafío. Es triste pero ya era tiempo-Riposta Orio. Tras esto se desató un silencio tenso.
La tijera del señor Orio reanudó su chasquear sobre mi cabeza y el crujido del cabello comenzó a inundar mis oídos. La atmósfera entonces como por arte de magia perdió la tensión. Orio y Po volvieron a ser los mismos. El señor Orio, reanudando el tema de la guerra de las dos rosas, con un dejo de arrogancia dijo: -Setenta y dos años es nada profesor. Hubo y hasta hay guerras más largas, de milenios, hasta de millones de años. ¿Verdad Po?
-Umjú.- Respondió éste, agregando: -Esas guerras que cuentan esos libros suyo profesor son solo un remedo ruidoso, una simple escaramuza. Le repito, un remedo, un remedo de otro enfrentamiento que las modela, las trasciende, la guerra verdadera, la que nosotros conocemos. La guerra de las dos rosas fue reflejo, profesor. Todo y todos comenzamos y terminamos en un reflejo.
Orio remató diciendo: -La verdadera guerra, la única, es la gran guerra secreta, y esa no es de hombre contra hombre, es de una especie contra otra distinta, y esa no sale en ningún libro de historia de este mundo. Ella es de un tiempo donde no existía el tiempo. Fue y aun es entre los venenosos zubenitas y los canis, los grandiosos cazadores.
¿Canis y zubenitas? Nunca había escuchado o leído sobre esos nombres. La curiosidad me llevó a preguntar: -¿Esas son etnias sirias o de Italia?-El señor, dejando de afeitarme comenzó a reírse, otro tanto hizo el señor Po.
-Le dije que es una guerra secreta, el mundo no tiene conocimiento de ella, aunque hay que admitir que de vez en cuando padece sus efectos, los cuales hombres comunes y científicos explican erróneamente cómo catástrofes naturales.
Los barberos volvieron a cruzar de modo cómplice y risueño sus miradas. No los comprendía y no me quedó sino sonreír con ellos, atascado en mi ignorancia, consolándome para mis adentros con la idea de que este par de viejos nuevamente estaban tomándome el pelo con sus extrañas historias.
…………………………………………………………………………….
Esa noche avancé bastante en la lectura del libro. Leí y releí sobre la enfermedad mental del rey Enrique VI de Lancaster. Locura y ambición, dos ingredientes que nunca faltan. Definitivamente esta era una guerra, en verdad nada extraordinaria, una guerra más, el acto histórico más rutinario de los hombres. Sin embargo, tanta veces leyendo en estos libros el mismo proceso de matanzas, bajo las mismas excusas me llevó esa noche a una sospecha: Tal vez Orio y Po tengan razón sobre la conspiración que nos trasciende. Cerré mi libro y, después de realizar unos apuntes, me fui a la cama, pero antes me tomé tres vasos de vino moscatel, y algo mareado caí entre las sábanas, eso me rendiría como un lirón pensé, pero tuve un dormir agitado. Soñé que estaba en medio de un jardín de apelmazadas plantas de rosas blancas y rojas, yo corría huyendo de unos ladridos y gruñidos invisibles, y en mi carrera sentía como las espinas me rasgaban, parecían las cuchillas de unos feroces soldados que me atacaban sin piedad. Por un momento, ya sin aliento me detuve, y entonces percibí que los ladridos y gruñidos surgían de todos lados, y cada rosa fue transformándose en unas fauces locamente atestadas de colmillos puntiagudos y pétalos como pinzas.
Me desperté sudoroso. Vi instintivamente el reloj, las tres de la madrugada. Por un inexplicable impulso me levanté, crucé la sala y salí al balcón y por una loca analogía me acordé de la suerte de Enrique VI de Lancaster en la Torre de Londres, asesinado en medio de uno de sus ataques mentales. Sacudí esa imagen respirando el aire fresco de la madrugada, miré con alivio hacia el cielo, la constelación de Orión brillaba con fuerza, parecía huir por el firmamento, sin embargo la de Escorpio atenazaba con rabia uno de sus talones más luminosos. Me maravilló ver como la fanfarronería del cazador podía ser derrotada por un minúsculo aguijón. Luego bajé lentamente mis ojos hacia la esquina de la barbería y casi me caigo por la baranda del susto. Ante las dos puertas de la barbería había dos enormes cosas de un azul luminiscente, cada una semejante a una especie de aparato mecánico de complicada tecnología, con un par de brazos mecánicos terminados en tenazas. Estas cosas llevaban en la parte trasera otro brazo rematado en una especie de punzón al rojo vivo. Se apoyaban en cuatro patas a cada lado. La visión comenzó a marearme. Las tenazas hurgaban en las puertas. Pero de repente se aquietaron. Entonces percibí una quietud y un silencio absoluto en la noche. Aquellas cosas no emitían ningún ruido. Era como si el espacio de la ciudad había sido sacado del cauce ruidoso del tiempo. Comencé a sudar nuevamente. Aquellas cosas azules intensificaron su luminiscencia, sentí que sabían que las observaba, se dieron vuelta y sus tenazas me señalaron. ¿Sería que pronto vendrían por mí? Sería una víctima ajena a esta guerra que no me corresponde, la secreta, la verdadera. Todo comenzó a oscurecerse, me sentí en un negro túnel, al fondo veía dos puntos azules de luz apagándose con lentitud, ¿Acaso esto mismo no fue lo último en ver Enrique VI de Lancaster mientras cortaban su garganta? Entonces todo se volvió negro.
……………………………………………………………………..
¿Una guerra secreta? Dos palabras imposibles de conciliar en la realidad. Una guerra por sí misma no puede ser secreta. Eso dije al comenzar este relato. La verdad es que la luz del sol dándome en rostro fue lo que me despertó al día siguiente. Estaba asquerosamente untado de mi propio vómito. Ese día los barberos no abrieron, ni al siguiente ni los posteriores, ya han pasado tres meses. ¿Qué habrá pasado con ellos? Todo esto es tan misterioso. He realizado averiguaciones y la casa donde estaba la barbería no tiene dueño. Nadie sabe dónde vivían los señores Orio y Po junto con sus perras. ¿Sería una alucinación lo que vi esa noche frente a sus puertas? ¿Serían los efectos del moscatel? ¿Y mi sueño con aquellas rosas mordientes, llenas de tenazas y pinzas? ¿Y eso de la guerra secreta entre los canis y los zubenitas? ¿Perros y escorpiones? ¿Cómo puede una guerra ser algo secreto? Un secreto entre bandos, para serlo, necesita por lo mínimo complicidad. Como profesor de historia desde hace tiempo sé que los seres humanos no somos dueños del curso de nuestro destino, si es que puede llamarse así esas sucesivas reiteraciones que llamamos historia. No somos responsables de nuestras acciones en el pasado ni en el presente, y el futuro solo es la expectativa de la misma redundancia. Esto puede sonar cómodo o mejor dicho cínico. Pero mi sospecha de una conspiración de orígenes desconocidos se ha fortalecido con mi visión de aquella madrugada y el gruñir de las perras aquella tarde. Algo se está librando bajo el pesado manto de la ignorancia humana ¿Quiénes en realidad eran Orio y Po? ¿Qué querían confesarme entre líneas, siempre bajo el matiz absurdo y jocoso de sus historias? ¿Eran esos enormes escorpiones azules lo que inquietaba a sus perras…? ¿Eran?

sábado, 4 de junio de 2022

EL OTRO LADO*


Francisco Rodríguez Sotomayor
“Remembering speechlessly we seek the great forgotten language, the lost lane-end into heaven, a stone, a leaf, an unfound door. Where? When?”
Thomas Wolfe (Look Homeward, Angel)

Fue un miércoles de enero. Mi tío Guillermo manejaba la ranchera camino al hospital. La abuela adelante, Fernanda y yo atrás, y el auto olía a guardado, sonaba incoherente, la calle puesta ahí asoleándose en la claridad de un mediodía traspuesto.

Metiendo yo un pie en la ducha los gritos de mi abuela resonaron en toda la casa. Se murió, se murió, exclamaba al teléfono. Yo estaba desnudo; agarré la toalla y saqué la cabeza por la puerta. Se murió, decía. Quién se murió. Tu tía Edna, me dijo entre lágrimas. Cerré la puerta del baño y ahora sí me supe desnudo, inerme. En eso me tocan la puerta y me apuran: báñate rápido para irnos. Murió la tía Edna, me dije, y pensé en el liceo lejano y ridículo.

Luego nos montamos en el carro. Fernanda viendo por la ventana, ambos vestidos con el uniforme. La prueba de biología, organismos unicelulares y pluricelulares, perdida. Y Fernanda nada que hablaba. Nadie hablaba en realidad, al menos no unos con otros. Sentía que el tío Guillermo me veía por el retrovisor, cada vez que ponía los ojos allí tenía la impresión de que iba a decirme algo, pero no, seguía conduciendo. La única voz era la de mi abuela Genara: avisando a tal o cual de que Edna había muerto con un mismo monólogo fatal de que se complicó con el apéndice y no hubo manera pues de la noche a la mañana se fue, tú sabes cómo es, sí, ya vamos para allá, aquí andan los muchachos. Sin muchas variaciones transcurrían los diálogos telefónicos; del otro lado de la línea suponía monosílabos, huecos de silencio. Desde entonces asocié su tono de llamada con la muerte.

Ellos eran una trinchera, un fortín, dos muros infranqueables. Porque uno estaba acechado en el ajetreo.

En el estacionamiento del hospital distinguí autos familiares. Mi tío Guillermo aparcó y nos bajamos. Un ir y venir de abrazos, de llantos reventando. Fernanda y yo nos sentamos en la acera frente a la ranchera. Ella cargaba el uniforme beige y la mirada que evitaba la mía. Llama a mamá y papá, le dije. Ya lo hice, ya vienen. Y siguió naufragando su atención por el hospital; los veía a ella y al tumulto más allá de la familia.

Al rato llegaron mamá y papá. Parecían tranquilos. Fernanda y yo no nos separamos de ellos hasta que todo pasó. Ellos eran una trinchera, un fortín, dos muros infranqueables. Porque uno estaba acechado en el ajetreo. Las enfermeras, los médicos, las camillas, el hedor a hospital; la idea de que alguien faltaba en el montón y el inagotable tono de llamada de la abuela Genara. Era un acorralamiento de no saber a qué mirar.

Papá mantenía su silencio. Los brazos los posaba en los hombros de Fernanda y míos. Todavía era más alto que yo. Le pregunté que qué hacíamos. Hay que esperar, me respondió.

—¿Esperar qué? —pregunté.

—Que saquen el cuerpo.

No quería salir de las simples frases y no lo obligué. Traté de imaginar el rostro dormido de la tía Edna; la única similitud que pude hallar, porque una cara muerta jamás la había visto. Figuré su cuerpo tendido, inmóvil, esperando salir. Aunque la verdadera espera latía de este lado, en la inquietud de la abuela Genara, en el no sé qué de papeles que digan si Fulana ya dejó atrás el mundo y nadie la vio más, que ayer era una seguridad sólida y hoy es una imagen dormida atrapada tras una pared.

En eso el tío Guillermo se acercó. No deben tardar en sacarla, la vamos a velar en La Milagrosa, dijo. Papá le contestó que, ah, bueno, nosotros vamos y venimos entonces. Sentí un ligero empuje de papá hacia el bululú de la familia. Algo en mí se resistía a ir, pero terminé aceptando. Nos acercamos a la abuela Genara, cuya faz hallé enlodada, difusa, innombrable. Y la abracé sin decir. Un lenguaje inefable entre los dos, un magnetismo, el camino de regreso a su casa, el olor de la ranchera, la ducha corriendo y perdiéndose en el laberinto, los veinte dedos sosteniendo otra espalda. Con eso dije bastante.

—Nosotros vamos y venimos —le dijo papá.

La abuela asintió.

—Vayan ustedes y me traen agua, yo me quedo —dijo mamá. Fernanda se mantuvo lejos, viendo todo a través de un cristal ignoto.

Nuestra visita a la casa fue apresurada. Por segunda vez tuve que ducharme; me sentía sucio, y en el recorrido a la funeraria tuve la certeza de que esa suciedad no logré quitármela. Faltaban un par de horas para que se apagara el sol; una llama se enciende desde otro lado y la única certeza del fuego es que vive a merced de algo más allá que es su principio y su fin para siempre. Había mucha gente en el velorio, y la mayoría eran desconocidos para mí. Al entrar vi un cúmulo alrededor del ataúd, a Cristo en su cruz. No llegué más lejos, no di un paso más. Papá permanecía detrás de mí, le vi y me hizo señas de salir. Mejor estar afuera.

Nos sentamos en un banco. Fernanda estaría tal vez con mamá o quién sabe. Me asombró la cantidad de gente que había. De todas las edades. Cada uno de los que estábamos allí giraba en torno a un recuerdo, pero yo no lo conseguía. El sitio era un retorcer de estómago y una suciedad persistente. Era una falta de enfoque. Alzaba mi cabeza tratando de dar con algo. Me fijé en la puerta y no se cerraba nunca. Siempre alguien saliendo o entrando. Uno de esos fue mi tío Guillermo. Él también escudriñaba, luchaba por un poco de aire. Noté que nos vio a papá y a mí. Se acercaba, tanteaba. Llegó hasta nosotros pesado.

Es mejor que nos quedemos aquí, hijo, es mejor que te quedes con la última vez que la viste.

—No entiendo, hace poco estaba bien, de repente anoche palo abajo y nada la levantó, y listo, ahí está.

Nos dijo esto vacilante. Se notaba atento a la periferia, de su voz emanaba un jadeo de gato entre cuatro paredes.

—¿La vieron? —nos preguntó.

Quizá era eso lo que estaba perdido.

—Yo quiero verla —le dije.

—Es mejor que nos quedemos aquí, hijo, es mejor que te quedes con la última vez que la viste —me dijo papá.

Volteé a ver a mi tío Guillermo.

—Es verdad, es mejor —dijo apoyando a papá.

Entonces en la puerta seguía el movimiento, ese abrir y cerrar, el ir y venir de la gente. Busqué dando tumbos, hice fuerza, unas arrugas se me hicieron de recordar. Y esa última vez no salió por ningún lado.

*(Publicado originalmente en Letralia el jueves 2 de junio de 2022, https://letralia.com/letras/narrativaletralia/2022/06/02/el-otro-lado/?fbclid=IwAR3HlXZYq4dL72_6oUIj8GeI3u3-U1wBJ9yLMRPbSGcKpbRRXy5jL8PsySg)

sábado, 6 de marzo de 2021

JOSEFINA, LA CULPABLE!

Rebeca Vargas 

En un pueblo silencioso, de pocas casas, vivían personas trabajadoras y amables, casi no salían de sus hogares para hablar con los vecinos, tenían vidas ocupadas o al menos eso era lo que se pensaba… sin embargo, había una esquina, la casa de Josefina Cruz, durante más de 30 años fue punto de referencia en dolor y gritos. Varias veces al mes, el terror se apoderaba del lugar, se podían escuchar cómo los llantos cobraban vida, las malas palabras eran habituales en esa esquina, por parte de Josefina y su único hijo, la bestia Raúl, quien desde que nació fue atormentado por su madre, continuos golpes y maltratos fueron los que cobijaron al bebé Raúl, nunca fue querido, ni disfrutó de una caricia de amor, desterrado del aprecio de su madre, se batía entre la vida y la muerte con cada episodio de odio que recibía de ella.

Con los años, los castigos fueron aumentando tanto en su frecuencia como en su crueldad, los vecinos sufrían por lo que sucedía en esa casa, pese a que trataron de ayudar, Josefina no cambió, ni se avergonzaba de su proceder, su voz se alzaba y su ser prepotente, enfermo y cruel tomaba el control de sí misma, esto a raíz del daño que ella misma sufrió en su niñez por parte de sus padres, por lo que sólo daño y el mal, era lo que conoció y lo que sabía dar. Conforme fue creciendo Raúl, así era la ira de Josefina, un día se podía escuchar cómo los llantos del niño trataban de salir de esa casa, cuando María, pasando por el lugar llevada por la curiosidad que le causaba en parte la situación, pudo ver al niño amarrado en sus manos y pies bajo el frío de la lluvia de aquél día. Esa imagen rompió su corazón al mismo tiempo de incrementar su enojo con Josefina por su crueldad, María corrió a su casa, donde explicó todo lo que vio a su familia, llorando por lo sucedido, su madre le dice con tono bajo y dulce; Dios sabe porque suceden las cosas, Dios sabe cuándo castigar el daño causado…Dios lo hará.

Al correr los días, los vecinos se reunieron entre sí, buscando una solución ante tanta maldad, el señor Juan, el carpintero dijo “hay que denunciarla”, mientras que la señora Ofelia quien era la panadera del pueblo suplicó “deberían quitarle al niño, por Dios”… transcurrían las horas y no sabían que hacer, hasta que la madre de María, la señora Isabel, les comentó “hay que hablar con ella, Dios nos dé las palabras adecuadas para que entre en razón, está poseída por el mal”. Siendo algo nuevo para todos en el pueblo, no tenían las fuerzas para denunciar a la señora Josefina, el miedo los invadía casi tanto como la cobardía, así que, pues llegado el momento, pasaron cerca de la casa del horror, sintiendo temor ante lo que podrían ver, pero el silencio les ganó, no se escuchaba nada en esa casa… era como si la vida no habitara allí, así que dejaron de insistir y volvieron a sus casas. En pie, cerca de la ventana estaba Josefina, la culpable, observando lo que iba suceder, riendo por el poder que sentía a costa del miedo que le causaba al pueblo, su hijo dormía, eran las únicas horas que el pequeño Raúl tenía paz y felicidad, encontrando estas horas su salida frente al dolor que crecía en su corazón, así no sintiera ganas de dormir se veía obligado hacerlo, para mantenerse a salvo de su madre la malvada bruja, no sabía por qué su madre no lo quería y nunca pasó tiempo con su padre, éste se había ido de la casa al saber del embarazo de su mujer, tal como figura no tenía cuán aferrarse, no sabía que era eso de un padre.

María no sabía cómo ayudar, siendo aún muy niña, desconocía el camino para sacar al pequeño Raúl de la casa, no sé mucho sobre la bruja, pensaba María, así que día tras día se la jugaba con ideas para salvar aquél niño. En las tardes, se comenzó hacer frecuente los juegos con los demás niños del pueblo, aquellos que culminaban sus tareas diarias, gozaban de algunas horas de recreación, sus madres solían acompañarlos, tanto por el cuidado de ellos como por las ganas de ver al niño Raúl. Finalmente, estas actividades dieron resultado, Josefina viendo desde su ventana cómo las demás madres salían y se reunían para largas tertulias, le vino a la mente el poder formar parte de eso, sin embargo, lograr aquello significaría dejar salir a jugar a su hijo, con lo que fácilmente se expondrían como carnada frente al pueblo. No obstante, las ganas de salir de aquella casa estaban ganando terreno en la vida solitaria y fría de Josefina, por lo que se dispuso hacerlo, un día se arregló y perfumó, al igual que lo hizo con su hijo, aquella imagen, lejos de ser querida dejaba ver una luz de esperanza para sus vecinos, aunque más adelante se dieran cuenta que sólo era una vil mentira.

Tal como una familia feliz, fue aquel encuentro entre Josefina, su hijo y el resto del pueblo, Raúl contento y ansioso temblaba por jugar con alguien más, por su parte, su madre, con la cara en alto iba pensando alguna estrategia para esquivar los comentarios que de seguro tendría que dar explicaciones sobre las torturas que tenía en casa. Tal como una brisa nueva, el aroma de su perfume llegó al lugar del encuentro, las madres contentas salieron a su encuentro, mientras soltaba a su hijo para que éste compartiera con los demás, en ese momento la libertad se apoderó del pequeño, callado y con la cara baja se acercó al grupo de niños que aguardaban su presencia, más que por el juego, por la curiosidad sobre su vida y los castigos que le proporcionaba su madre casi a diario. Sin embargo, nadie comentó nada, ni del lado de las madres, ni del lado de los niños, por temor a que ese día no se repitiera, tanto habían luchado por hacer salir de esa terrible casa al niño que un paso en falso arruinaría todo, pudo más la solidaridad y el amor que los juicios a éstos. María, tomando la iniciativa, le tomo de la mano y juntos agarraron una pelota, con ella, los demás corrían y reían sin parar, las lágrimas se habían ido para el pequeño Raúl, eso era mágico. Mientras la felicidad rondaba por un lado, las tertulias de las madres con Josefina iban para los quehaceres de la casa u otra noticia de un pueblo cercano, esto le llamó la atención a la bruja, ya que pudo ver que nadie interferiría con la forma en que criaba a su hijo, así que determinó seguir saliendo en las tardes tal como si viviera dos vidas distintas, dentro de casa se convertía en la bruja cruel y fría, fuera de esta, era la madre recta y hasta llegando ser perfecta según su propio criterio.

Conforme pasaron las semanas, el pequeño Raúl iba creciendo viviendo entre el horror y las horas en que su risa era autentica, llegando el tiempo en ir a la escuela, para su sorpresa su madre lo inscribió en una muy apreciada por sus vecinos y amigos, fuera de esto, no sospechaba lo que vendría en esta etapa, sería algo que terminaría de trastornar su vida para siempre. Como resultado, el primer día de escuela podría significar un gran desafío para la gran mayoría de los niños y sus padres, esto, no fue lo que sucedió con Raúl, su madre camino a la escuela iba dando amenazas y prediciendo castigos para su hijo si éste se portaba mal; llegado a la puerta transformó su cara frente a la maestra como si la felicidad de aquella entrega fuese sublime, Marta, era el nombre de aquella mujer que abría los brazos para recibir a los niños.  De cualquier modo, para el pequeño Raúl, fue impresionante, le dio la mano a su maestra y se dispuso entrar al salón, en el justo momento que empezó la clase, se vio perdido, no podía entender este sistema nuevo, fácil pero difícil de procesar, para él, fue una gran lucha que daba inicio en su vida. La maestra observando la situación le daba esperanzas y palabras que motivaron al pequeño; su primera tarea estaba lista en su cuaderno, emocionado por mostrarle a su madre, por un momento olvido la bruja que había sido para él, llegando a su casa, corrió al regazo de su madre, le hablaba de lo vivido mientras recibía un tajante desplante por su madre, “no quiero saber de eso, no me interesa, vete”.

Luego de recibir la desilusión de su madre, el pequeño Raúl trataba de cumplir con sus tareas, aunque sin la ayuda de su madre, la maestra poco a poco se dio cuenta de la situación que vivía el niño, pudo escuchar entre los pasillos las terribles cosas que se decían de aquella esquina, la casa del horror de Josefina. Un sentimiento de dolor y angustia la invadieron, igual que las madres, quería ayudar pero en ese tiempo la sociedad no estaba preparada para asumir un tema considerado tabú, además, su trabajo era enseñar en la escuela, y así lo mantuvo. Un día de primavera, la tarea que debían realizar en casa eran los números del 1 al 20…, esto preocupó en gran manera al pequeño Raúl, los números le resultaban poco agradables y menos en su entender, llegado el tiempo de hacer la tarea, su madre, le iba diciendo uno a uno la secuencia numérica, pero el pequeño no podía seguirle el paso, cuando ésta le preguntaba por alguno de ellos, vacilaba en responder, lo que enardecía a su madre, al punto de provocar en ésta la búsqueda de un objeto para lastimarlo, en rededor visualizó una escoba y un cinturón, optó por el cinturón, volviéndose hacia su hijo le amenazó “si vuelves a equivocarte te castigaré bestia”, esto logró que las piernas le temblaran al pequeño por el miedo de la bruja. Luego de un descanso, podía decir los números, pero llegando al final se saltaba dos, apenas hubo percatado del error veía como la mano de su madre se alzaba contra él y el cinturón le hacia la marca en su cuerpo, uno tras otro fueron los azotes recibidos y los gritos sin medir, aquellas palabras “eres un bruuuuto, bestia”, herían más que los azotes, cuando la madre hubo descargado su furia quedaba el pequeño sentado en un rincón de la sala, llorando en tono bajo por amenaza de la bruja, le dolía tanto el cuerpo que no lo podía mover, solo se apretaba fuerte con sus manos a manera de consuelo, al pasar la hora y escuchando que su madre se iba a su cama, se levantaba y corría al baño, cerraba con el seguro y pedía a ese ser imaginario que mantenía vivo para platicar, que lo sacara de allí.

La vida no había sido mejor para el pequeño, pese a esto, salía a jugar cuando se lo permitían y fue desarrollando una doble personalidad, tratando de tapar su dolor, riendo por segundos con sus amigos, los vecinos del pueblo cómplices de las torturas impartidas a Raúl, se fueron olvidando del horror que sufría el niño, se enfocaron a tratarlo mejor cuando éste jugaba en el pueblo. Las torturas se desarrollaron con más presión al ir creciendo Raúl, pero éste, fue albergando un odio mayor y violento hacia su madre, los castigos duraban horas si era preciso, ya los cinturones no formaban parte, también lo hicieron: escobas, máquinas de escribir, mecates y cualquier objeto que alcanzara Josefina en plena furia. Pasaron los años, y el pequeño se convirtió en un adolescente problemático y sin estudios, dejando éstos desde que era niño, no tenía interés alguno en estudiar, se convirtió en un ser cruel y enfermo gracias a todo el daño que le dieron en casa, su madre ya entrando a la vejez seguía maldiciendo y dando palabras hirientes hacia él, sólo que por su edad no tenía las mismas fuerzas que anteriormente le permitían golpear al niño hasta su cansancio.

La personalidad de Raúl era incierta, un día trataba de mejorar pero desistía rápidamente, sus amigos cambiaron, eran vagos como los tildaban en el pueblo, amantes del licor, drogas y porte de armas. Esto dio pie para la afianza del mal en la bestia, del mismo modo que le era sumiso al líder de la banda, dejando que éste jugara con fuegos artificiales en él, para disfrute del grupo, algo que María nunca olvidaría, esa noche decembrina, corría la cortina lo suficiente para ver lo que sucedía en la calle, los vagos estaban al acecho, habían comprado unos juegos explosivos y tomaron a Raúl, lo agarraron de las manos mientras otro le metía dentro de su ropa interior por la parte trasera un explosivo, encendiendo la mecha y dejando que este explotara lastimando a Raúl, los gritos le eran habitual, el dolor era insoportable incluso después de recibir peores palizas a cargo de su madre. Todos reían al ver retorcer en el piso a la bestia, clamaba por ayuda, la sangre comenzaba salir de su ropa interior, recorriendo las piernas y finalmente llegando al suelo, fue entonces que lo dejaron allí y se fueron… María soltó un fuerte grito y salieron los vecinos, dieron los primeros auxilios y al ver que era su hijo quien estaba herido, Josefina solo dijo “bien hecho” y cerró la puerta tras de sí, sin embargo, los demás siguieron prestando ayuda hasta que le vendaron la herida con varios puntos de sutura. Esa noche, Raúl durmió bajo la vigilancia de la familia de María, saliendo hacia su casa al día siguiente, caminando con la cara al piso, sentía vergüenza y rabia por lo sucedido, pero no era tiempo de vengarse, sino de sanar sus heridas.

El siguiente paso en la vida de aquel hombre fue las drogas y las orgias que disfrutaban con la banda, siendo una de ellas de gran crueldad, puesto que habían llamado a una chica para una celebración, al llegar al lugar, se dio cuenta que no era nada pensado horas antes de su partida de casa, en ese lugar habían más de 7 hombres, que bajo los efectos del alcohol, hicieron un lecho con un colchón usado y entre todos abusaron de la chica, quien gritaba a lo más que podía, pero otro le puso la mano en la boca para evitar que los vecinos escucharan y dieran parte a la policía. Aquella noche fue trágica, había sido la primera vez que Raúl era parte de tal escena, cuando llego su turno al final del encuentro, no pudo hacerlo bien, sentir que los demás lo veían y después de todo el daño infringido a la chica, quien apenas podía moverse, simplemente le gano terreno, no pudo terminar… en su lugar, sintió lastima, esperando que los demás se fueran, aguardó con la joven para sacarla de ese lugar. A la mañana siguiente, se vio sentado en la puerta de su casa, perdido en sí mismo, los pensamientos iban y venían, si algo estaría sano en aquel entonces se dañó por completo, la culpa le tocaba el hombro, tratando de hacerlo salir de ese agujero negro, pero fue ignorado, se levantó y busco de nuevo a la chica, pretendiendo darle afecto, del que no tenía idea que era, pero en su mente, se decía “quizás si le llevo algo, se sienta mejor”, aquella joven no respondió a sus visitas, pero tampoco le denuncio ni al grupo, su miedo era mayor, no quería sufrir más.

Un día de invierno, hubo discutido con su madre, quien no dejaba de maldecir el día de su nacimiento, ya de edad avanzada, frágil pero con la voz fuerte aún, su hijo sufrió un tirón en sí mismo, levantando la mano y golpeando a su madre hasta que se cansó, la mujer yacía en el piso, inmóvil, pero seguía respirando dijo él, así que le dejó allí y se fue a dormir, en paz describió el mismo en la cama. A partir desde ese entonces, los golpes fueron parte del día a día en esa casa, la esquina del terror, la madre quien ahora recibía las palizas y azotes, gritaba en ayuda, los vecinos reaccionaron llamando a la policía, pero una vez estando en la puerta de la casa, salía la señora Josefina diciendo que había sido un error, se había caído y su hijo no era culpable, el agente veía la sangre en la cara de la señora, pero si ésta negaba el asunto no podía hacer nada. Fue un duro golpe para el pueblo, ver que prefería negar la situación a encerrar a su hijo en la prisión, desde allí, eran habituales los pedidos de ayuda, los gritos, el sonido de los platos rotos, vasos contra la pared, sillas en el piso dañadas después de haber servido para darle golpes a la bruja. Parecía que ambos disfrutaban de la relación enferma y tóxica que llevaban, por muy duro de asimilar, el pueblo le dio la espalda y dejo de atender a sus llamados, estaban cansados de aquella esquina, querían borrarla del pueblo. María recordó aquellas palabras de su madre “Dios sabe porque suceden las cosas, Dios sabe cuándo castigar el daño causado…Dios lo hará”, es verdad madre, afirmó, el daño dado el daño recibido…

miércoles, 24 de febrero de 2021

NUEVO LIBRO DEL ESCRITOR EDGARDO MALASPINA

 Jeroh Juan Montilla

Ayer, martes 23 de febrero del 2021, por Whatsapp recibí un hermoso regalo, un nuevo libro de mi amigo el escritor, editor, cronista y médico guariqueño Edgardo Malaspina, titulado LA LITERATURA GUARIQUEÑA, dicho texto aglutina lo que fueron 10 años (1998-2008) de fructífera labor en la Asociación Civil Editorial Guárico, una década dedicada tesonera y sacrificadamente a publicar el hacer literario e historiográfico de nuestro gran estado Guárico. Realmente una labor histórica, nos llena este texto de mucho orgullo y nostalgia, sentimos que fueron momentos preciosos que tristemente hoy están tronchados, vivimos entre la amargura y la incertidumbre, sin saber si alguna vez podamos recuperar este tipo de iniciativas culturales, es triste decirlo pero el hacer editorial en nuestro país está casi desaparecido, peor en el estado Guárico que ya es una actividad desaparecida tanto en el campo oficial como en el privado.

Dicen que la esperanza es lo último en perderse ¿Tenemos aún entre nosotros a esta dama? Tal vez esta iniciativa de Edgardo, dentro de lo que hoy llamado el universo de las redes sociales, sea un vislumbre de que todavía hay promesa e ilusión en nuestros corazones, que el futuro es una perspectiva de mejores tiempos, solo digamos como devotos cristianos amén, en la espera de lo milagroso. Aprovecho la oportunidad para colocarles aquí el link a dicho libro (https://drive.google.com/file/d/1fCe1spl_o1G-K-VszR9JtskgluvMKpEo/view?usp=sharing
). También les informo que el mismo será el post  que inaugurará un nuevo grupo de Facebook que prontamente crearé: TEMAS Y PUBLICACIONES DE LA LITERATURA GUARIQUEÑA. Felicitaciones Edgardo, los escritores guariqueños te estamos infinitamente agradecidos.

viernes, 4 de octubre de 2019

LA POESÍA OCULTA DE LUZ ESTHER RANUÁREZ BALZA, VIOLETA IMPERIAL

Jeroh Juan Montilla
Los estados de ánimo son el piso del existir. Puedo sonar dogmático, pero esa condición me parece indiscutible. Los seres humanos son meramente un estado de ánimo, estamos reducidos a ello y no podemos evitarlo. El estado de ánimo nos determina tanto en lo objetivo como en lo subjetivo, filtra todas nuestras impresiones, dicta el camino de todos nuestros haceres. Los estados de ánimo son variadísimos, unos caen bajo el imperio de una emoción, otros bajo el dictado del sentimiento. En el lenguaje del filósofo Martin Heidegger a esta condición se le llama Stimmung. El límite humano donde lo ontológico y lo sicológico se vuelven una sola cosa, la puerta del mundo, en voz de otros intérpretes como Pilar Gilardi González: “un temple anímico que nos determina y antecede”
Quiero con esta nota dedicarle unas líneas a la tristeza. Decir cuánto debe la literatura a ella. El terreno de lo triste es el más fecundo para la escritura. Lo interesante es que en el cedazo de lo literario la tristeza pierde su consistencia original, esa crudeza que va de lo salobre a lo agridulce, lo literario la cuece hasta embellecerla, dándole una pátina de idealidad, volviéndola soportable y olorosa a nostalgia. Y es que la tristeza es tan pegajosa, tan envolvente que su proximidad termina contagiándonos. Nos ablanda y nos derrama.
Si usted, por comodidad u otro motivo, elude el detalle, el leer directamente a un autor, y se decide entonces por las visiones panorámicas, cuando abre un manual de literatura o un libro de historia de la literatura termina por creer que todo lo que aparece en esas páginas, escritas por un experto, revela toda la redondez de ese orbe, es la santa palabra de los breviarios explicativos. Pero esa es solo una fachada, el canonizado rostro que nos deja la mezquindad o la generosidad de la fama, ella, villana o heroína, es la que dicta casi todo lo que se reseña, critica o comenta literariamente. Pero eso no es únicamente la literatura, eso es apenas la superficie, el oleaje. Todo aquello que se ha editado no es toda la literatura existente o imaginable. Debajo hay mucho universo, hay más literatura en el anonimato que en las voluminosas enciclopedias o millones de títulos dedicados a vociferarla, esa clandestinidad creadora es un universo más inabarcable que todas las obras de cualquier género ya publicadas. Piense usted en el ingente número de escritores desconocidos, malogrados, ocultados por el férreo y circunstancial filtro del mercado editorial. Cuantos han sucumbido a la timidez. Figúrese la existencia innumerable de aquellos escritores cuyos textos quedaron atrapados en cajones y gavetas, enterrados y desaparecidos para siempre. No discuto que sean literariamente buenos o pésimos, sino me quedo en el propósito, el mero intento de volver palabras escritas un persistente estado de ánimo, gesto frustrado, opacado, ignorado para siempre por culpa del mismo escritor o del medio que le tocó padecer.
Luz Esther Ranuárez Balza parece estar en la interminable lista de este inventario. Tengo en mi mesa un libro único suyo, un solo ejemplar de factura artesanal, seguramente hecho por ella misma, hojas amarillentas transcritas a vieja máquina de escribir, recortadas y después pegadas en las páginas de un cuaderno tapa dura, de cubierta gris con el título “Aromas del camino” con recuadro y letras color oro. Un libro solitario de 61 poemas bajo la formalidad del metro y la rima, además de 8 textos en prosa. Todos escritos al parecer entre los años 40 y 70 del siglo XX, unos con su nombre, otros con sus siglas y algunos con un seudónimo, Violeta Imperial. Este libro llegó a mí como una rareza bibliográfica, un tesoro familiar impregnado del áspero olor de lo guardado por muchos años, fue, en un gesto de confianza, un préstamo que le hizo a mi curiosidad el dueño del ejemplar, mi amigo el cronista Argenis Ranuárez, sobrino de la poeta. Esta emotiva mujer nació en Zaraza, estado Guárico, en 1924, vivió muchísimos años en San Juan de los Morros, fue empleada del Banco de Venezuela y del Instituto Braille de Caracas, en los años de su ancianidad va a vivir a Barquisimeto donde a los 85 años de edad, en el 2009, fallece. Un ser humano de vida común, aparentemente sin las pretensiones de alcanzar las fulguraciones del prestigio público. Una fachada discreta que no delata ese tumulto pasional que se cocina a fuego lento en el silencio de llevar el poema como un diario personal. Todo su hacer poético se desarrolló meramente en su círculo de intimidad, un escribir para sí misma, sin ninguna manifestación pública de tal mundo, nunca publicó ninguno de sus poemas.
La tristeza es el estado de ánimo que une todo este poemario, la costura que le da cuerpo, una melancolía macerada en el desamor, aderezada con el gusto romántico por lo imposible, como si la autenticidad del amor solo puede medirse con la terrible vara del tormento, o el auto-tormento por lo que no tendremos nunca. Véase algunos títulos del poemario: Vano dolor, Traición y olvido, Triste mirada, De ti no quiero nada, Cuando no estás…, No sé qué anhelo…, Tu silencio, Volvamos al amor, Injusticia, Tu odio, Huyo de mí…, Abandonada, etc., etc.
Pregunto: ¿el dolor se padece o se cultiva? Padecerlo es lo evidente, basta tener sensibilidad. Ahora, cuando se cultiva se toma una ventaja, no es meramente que eres su presa sino que también eres su domador, no puedes desprenderte de él, es tu sombra, pero, paradójicamente, tienes el pulso necesario para educar tu dolor. Estos poemas dejan constancia de la educación de ese niño, de cómo una lacerante tristeza puede aprender cortesía, las buenas maneras del olvido y el rencor. Todo un aprendizaje para alcanzar la incertidumbre:
“No sé qué anhelo
No anhelo siquiera el vago secreto/ de tu alma, ni el porqué de tus horas…/ No pienso si ríes y menos si lloras/ Mi sentir, amigo, es pálido… discreto…// No pretendo ceñir a mis antojos/ tu sueño que va de prejuicio en prejuicio/ ni ansío siquiera el menor sacrificio/ y dejo que miren muy lejos mis ojos…// Prefiero silencio…amarga distancia/ y en mi soledad el frío y el invierno/ y en mi noche de pueblo escuchar en calma/ la voz imposible que acaso te nombra…/ Y cuando al fin mi recuerdo bese tu alma/ sienta que besa apenas tu sombra…”
Amigo o amiga lector, ¿has leído alguna vez los poemas de Christina Rossetti? Una de las voces más singulares del prerrafaelismo, inglesa (1830-1894) Mujer atormentada, de una fuerte devoción religiosa siempre bajo los embates tentadores y redentores del amor. Fuera de lo odioso u honorable de las comparaciones me atrevo a ubicar en el mismo espíritu escritural prerrafaelista el poema de Luz Esther que leímos más arriba. Seguro estoy que ella nunca leyó a esta inglesa, apenas es en 1997 cuando la editorial española Hiperión publica una primera antología en castellano de Christina Rossetti. La historia la mantuvo en el olvido hasta la década del 70 del siglo pasado cuando algunas feministas comenzaron a estudiarla. Los poetas no necesitan conocerse, ni leerse para vibrar en los mismos tonos. Por ejemplo, leamos este trozo del poema “Canción de la novia” de Rossetti: “¡Oh, es tarde para el amor, tarde para la alegría,/ tarde, demasiado tarde!/ has vagado en el camino por mucho tiempo,/ has dudado frente a la puerta:/ la encantada paloma sobre la rama/ murió sin un compañero;/ la encantada princesa en su torre/ durmió detrás de las rejas;/ su corazón se encogía de pesar/ mientras tú la obligabas a esperar.” Confrontadas ambas poetas vemos la misma finura afectiva ante las íntimas catástrofes del amor, un mismo estado de ánimo, igual excelencia escritural pero distinto destino, la inglesa, rescatada, publicada y colmada de elogios, ya un signo que marca rutas en el hacer literario de un siglo, en cambio la venezolana cayó bajo el duro destino de mucha de nuestra poesía, sobre todo la escrita por mujeres, el olvido, el encierro de la gaveta o la definitiva lápida de la inexistencia. Quiera Dios que sus familiares herederos puedan, alguna vez, publicarla completamente para beneplácito de la justicia literaria. Estas palabras que escribo pretenden lo mismo.
Para finalizar podemos concluir haciendo algunas consideraciones valorativas de estilo y forma sobre la poesía de Luz Esther, sobre la naturaleza de su intencionalidad, tanto emotiva como estética. Toda su escritura cuenta con el sello del drama, algo ajeno al gusto de estos tiempos, mas dados a la ironía y al cinismo. Yo, como lector, he aprendido a no leer exclusivamente desde mi tiempo, intento con más empeño el esfuerzo de ubicarme en otros zapatos, ahora transito con más frecuencia páginas de épocas muy lejanas donde los corazones y estados de ánimo se manifestaban de modo distinto, capaces de ingenuidades y malicias sentimentales hoy insólitas, de amar, odiar, alegrarse y entristecerse de modo tan diferente a como hoy lo hacemos. La poesía de Luz Esther está llena de mucha solemnidad romántica, sus lugares comunes e inusuales son otros, ella exprime el fruto del amor con la apropiada exageración de su tiempo, tiene un modo de entrega y arrebato cercano al vino de la desmesura y la piedad. Lo romántico es una tradición y como cualquier acervo tiene sus contextos propios que incluyen normas y artificios, todos volcados a reforzar lo característico de la práctica romántica, cuestiones como la obsesiva conciencia del yo, eje emocional simbolizado concretamente en esa víscera llamada corazón, centro y periferia de exaltaciones y retraimientos amorosos. Otro rasgo de la idiosincrasia apasionada es lo insuficiente que resulta el teatro de la vida para resistir los acosos imaginativos. También puede añadirse la disposición al mito como recurso paranoico para administrar las frecuentes recaídas en las bellas alucinaciones o deslumbramientos estéticos. En la poesía de Luz Esther podemos destacar tres vértices: el corazón, la muerte y la soledad. Del primero ella escribe: “y tenaz en la dicha que no alcanza/ persiste el corazón equivocado.” El ejercicio de lo inútil como el auténtico logro del ser obnubilado, o como sentencia en otro poema: “A lo largo del camino entristecido,/ fatigado se arrastra el corazón…” El segundo leimotiv, la presencia insobornable de la muerte: “Tu suerte no es mi suerte/ ni es la hora para amarnos/ pero si es para olvidarnos/ si es posible hasta la muerte.” Por lógica fatídica la vida es el ámbito donde se posterga el encuentro absoluto de los amantes. Y el tercer y definitivo vértice, la soledad: “En la amarga soledad de su aislamiento/ y en el vacío total de su esperanza.” El castigo como destino inexplicable, duro y paradójico, con la resignación a cuestas, “vagaré silenciosa en el desierto/ sin más tesoros que mis ilusiones.” Amar parece ser lo imperdonable. Confieso que uno de mis actuales afanes lectores es catar y disfrutar mucha literatura de este tipo, romántica y clásica, de sabor pesado o repelente a los paladares contemporáneos. Lo que ahora se califica como rimbombante y cursi, a mí me parece respetable y gustosa literatura, un delicioso descubrimiento. Solo hay que saber leerla. En si no existe, de modo absoluto, ni buena ni mala literatura, son nuestras inclinaciones lectoras que potestativamente las califican de ese modo, en verdad ella es como el amor y el odio, una cuestión de gustos. Cierro estas líneas con una epístola que la poeta le hace a su riguroso maestro de vida y escritura:
“A TI, AMIGO DOLOR….
!Oh, dolor!... soledad y misterio… caprichosa y fiera la vida me acecha y agobiada estoy, ya no sé por dónde voy y sufre también por mí la primavera deshojando pétalos y llanto… y fue mi cruz aquel cariño santo que el mismo dolor se lo llevó y es que tu dolor, no quieres nada, ni siquiera la burla compasiva de otro amor… sólo tú, fuerza invisible, ocupas mi corazón… porque ya mis labios no se espantan si te nombran.
Y es que tú, dolor, me enseñas la farsa funesta del alma y de las cosas y me deslizo contigo por el mundo, porque yo soy tuya como tú eres mío y así los dos en codicia gitana de la eterna espera, vagaremos por una senda sonámbula y oscura en la barca trágica de mi destino fatal…
Nunca más florecerán los campos, ni habrá celaje azul en la naciente aurora, no habrán arrullos de palomas, ni orquesta de alondras en los nidos, ni recuerdos sublimes y floridos, ni frescura en la vida de las rosas…Sólo tu, dolor estás en todo y me rindo a ti sumisa y muda, has de mí lo que quieras, dolor… arrástrame si es posible como un tronco derrumbado hasta el fondo de los áridos valles…
Pasa la tormenta, pasa el amor, todo se desvanece y hasta las dudas volaron con las aves del cariño… Porque tú, dolor, eres el grito amargo que en el fondo de mi silencio cubre de luto mis sueños… y me enseñaste a padecer callando en el sufrir… tú marcas la senda que habré de seguir y juntos los dos así marcharemos con la eterna promesa: ‘PERDONAR Y MORIR’…!”

viernes, 30 de marzo de 2018

JOSÉ FRANCISCO MARTÍNEZ ARMAS



Carlos A. López Garcés
Cronista de Orituco

            Fue un humanista guariqueño, autodidacta y polifacético, a quien el tintineo del gentilicio le repiqueteaba en las intimidades del espíritu. Las cualidades humanas que caracterizaron su existencia útil le acreditaron para merecer el recuerdo perdurable. Fue hombre de inteligencia clara, amistad cordial, conversación fluida y agradable, receptividad a las buenas intenciones y a las solicitudes justas, observación prudente, comentarios positivos, cooperación espontánea, honestidad imperturbable y sin mezquindades ni egoísmos; en fin, un ser humano en la expresión exacta de los términos. Vivió impregnado de espiritualidades y sin los angustiosos ni atosigantes amasamientos de capitales abultados malamente.



José Francisco Martínez Armas (1912-1996). Fotografía tomada del Diccionario biográfico-cultural del estado Guárico, escrito y publicado por Lorenzo Rubín Zamora (Caracas, 1974, p. 163).


            Don José, como lo llamaba con respeto la gente joven, falleció víctima del mal de Alzheimer, en Altagracia de Orituco, a las diez y media de la mañana del día lunes 15 de julio de 1996, en su residencia ubicada en la calle Santiago Gil-Norte, entre la Ilustres Próceres y la Colombia. Estaba próximo a cumplir 84 años de edad, pues nació en Zaraza el 4 de octubre de 1912. Era hijo de Miguel A. Martínez y María Esther Armas Santos de Martínez. Quedó huérfano muy niño. Llegó jovencito a Altagracia de Orituco,  procedente de su pueblo natal y acompañado de su padre, quien trabajaba como telegrafista en la estación gracitana. Fue alumno de la Escuela Federal Ángel Moreno (centro docente para varones que funcionó en Altagracia, de 1924 a 1956), a la cual ingresó el 7 de enero de 1929 para continuar el tercer grado, que había iniciado en una escuela zaraceña. Contrajo matrimonio con Amanda Gutiérrez Carchidio y de esta unión nacieron Esther, Delia y José Francisco.
 Aprendió la telegrafía para ganarse la vida y la ejerció como operario en Altagracia y Cumaná, durante veinticinco años hasta 1960, cuando fue jubilado por el Ministerio de Comunicaciones. Obtuvo el certificado de locutor, conocía de avicultura y enseñó castellano a empleados extranjeros de la Creole Petroleum Corporation. Fue un tangófilo cautivado por Carlos Gardel y taurófilo (¿paradoja?) admirador de los hermanos Girón, del Diamante Negro y de Manolete. Su vocación para versificar con sensibilidad motivó que se le identificara, cariñosamente, como Poeta Martínez; así fue confirmado en tierras orituqueñas donde enraizó sus afectos infinitos. Cantos sencillos a la fauna, a la flora y, en fin, a la naturaleza prodigiosa, vertidos en décimas y sonetos, predominan en su apreciable poesía, la que revela una pasión ornitofílica, como puede observarse en Paraje (Caracas, 1975) y en periódicos de Altagracia y de San Juan de los Morros.
            Debe resaltarse que José Francisco Martínez realizó actividades cronísticas con mucho esmero e intensa devoción, asumiendo, espontáneamente, la obligación de reconstruir hechos históricos de nuestros pueblos, sobre todo de los de Orituco e insistió en destacar virtudes personales ajenas. Pruebas de estas afanosas voluntades productivas son los libros siguientes: Reminiscencias de Zaraza: 1891-1936 (Caracas, 1963), una recopilación de notas periodísticas relativas a esta población guariqueña; Historia del béisbol en Altagracia de Orituco: 1907-1936 (Caracas, 1972), título éste que explica por sí mismo y Ellos también en el recuerdo (Caracas, 1981), un compendio de microbiografías de personajes populares que moraban en Altagracia de Orituco durante el siglo XX; además, publicó estos folletos: Servidores del telégrafo (Caracas, 1968), relato biográfico de don Valeriano Tinedo Moreán, experimentado telegrafista chaguaramense;  Dr. Pedro María Arévalo Cedeño: una vida consagrada al bien común (Caracas, 1970), reputado médico vallepascuense, muy respetado y apreciado en los pueblos de Orituco, donde contribuyó tesoneramente con la fundación y operatividad del Hospital San Antonio y del Colegio Guárico, que funcionaron en Altagracia en el siglo XX; Ángel Santiago González (Caracas, 1974), resumen de la vida corta y productiva de un joven intelectual y deportista gracitano, fallecido en 1925, a los 23 años de edad, que es el epónimo del estadio principal de Altagracia; El Grupo Escolar José Ramón Camejo de Altagracia de Orituco (Caracas, 1976) y Próspero Infante y la Escuela Federal Graduada Ángel Moreno (1984). Estos dos últimos folletos contienen importantes datos para comprender la evolución educativa altagraciana, desde 1924 hasta 1975. Dejó inéditos varios trabajos: Jefes civiles y concejales del distrito Monagas y presidentes del estado Guárico (en la primera mitad del siglo XX);  Algunas familias de Orituco y el poemario Recuerdos de Zaraza. Son conocidas algunas muestras de la interesante y variada colección fotográfica de motivos altagracianos, que logró captar y reunir desde joven como testimonios del transcurso del siglo XX.
Muchas crónicas escritas por el Poeta Martínez fueron publicadas en los diarios El Universal de Caracas, Alborada de Altagracia de Orituco y El Nacionalista de San Juan de los Morros, pero, básicamente, en Topano, periódico tabloide, de publicación mensual, fundado por el propio Martínez y Luis Emilio Infante, que circuló en Altagracia de Orituco desde mayo de 1964 hasta mayo de 1968, con el sano propósito de divulgar valores culturales orituqueños, destacando temas históricos, geográficos, literarios, folclóricos y humanos en general, sin parcialidades políticas. Martínez adquirió cierta experiencia periodística en sus tiempos juveniles gracitanos, cuando editaba la revista Terrón y los periódicos El Surco, Alfa y La Ñapa, que dirigió con dignidad junto con otros jóvenes contemporáneos.
José Francisco Martínez Armas debe ser considerado como uno de los cronistas confiables del siglo XX orituqueño, aun cuando haya incurrido en menudas equivocaciones propias de humanos, que no desacreditan su trabajo respetable por valioso. Colaboró con el Dr. José Ramón Medina en la elaboración de una antología poética del estado Guárico. Fue cofundador del Club Orituco, un “centro social” que agrupaba a la high life  altagraciana de los años cincuenta del siglo XX, donde se estimulaba la realización de acontecimientos culturales interesantes por influencias martinecinas. Ejerció la Secretaría del Concejo del Distrito Monagas guariqueño en 1954-1955, cuando eran tiempos del perezjimenato. Desempeñó el cargo de Secretario Privado del Gobernador del Estado Guárico, Dr. José Ignacio González Aragort, en 1969-1970, cuando comenzaba la primera presidencia del Dr. Rafael Caldera. Suya es la letra del Himno a Don José Ramón Camejo, escrito en 1975, para ser cantado por alumnos de esta escuela, con la música de los docentes Nelson Tortolero, Dalia de Dorta y Clara Carpio de Alfonso.  Martínez Armas fue Secretario de Cultura y Relaciones Públicas de la Fundación Dr. Pedro María Arévalo Cedeño, la cual contribuyó a crear en 1981 y a funcionar para provecho altagraciano.
Careció de apasionamientos político-partidistas, aunque no ocultó su admiración por el general Isaías Medina Angarita ni sus críticas al Dr. Arturo Uslar Pietro por integrarse con el Frente Nacional Democrático (FND) al llamado Gobierno de Amplia Base, propiciado por el presidente Raúl Leoni (militante accióndemocratista), en 1964. Martínez no admitió tal conciliación con quienes pretendieron difamar al notable intelectual venezolano. No fue perezjimenista; sin embargo, fue acusado de serlo por algunos adversarios de esta dictadura, vinculados a Acción Democrática, quienes idearon expulsarlo de Altagracia recién derrocado aquel gobierno, pero no lograron el objetivo porque se impuso la razón, finalmente, y el tiempo eliminó las consecuencias de estos sinsabores. Trabajó un corto lapso en el Ministerio de Educación, cuando este organismo lo dirigía el Dr. Julio de Armas. Vivió en Los Rosales, Caracas, después de jubilado como telegrafista, sin olvidar al Orituco, adonde viajaba con frecuencia. El Concejo del otrora Distrito Monagas del Estado Guárico, presidido por el ciudadano Pedro Celestino Itriago, lo declaró Hijo Ilustre de Altagracia de Orituco, junto con el pintor Efraín López González (Chepín) y el profesor Pedro Durán, el 4 de junio de 1987. Le temió mucho a la muerte; no obstante, solicitó seriamente la colocación en su tumba, a modo de epitafio, de los siguientes versos que memorizaba en junio de 1987: “Cuando me entierren aquí: / Ruego a una mano piadosa / que siembre junto a mi fosa / una mata de alelí”.
Los ciudadanos Arturo Graffe Armas, Erasmo Padilla Alvarado y Rafael Vicente Arévalo, tres fieles amigos de Martínez Armas cumplieron aquel requerimiento sublime del poeta, tiempo después de su deceso, en un gesto de fraternal solidaridad.
El poeta Martínez poseyó el privilegio de la buena y admirable memoria, hasta que lo afectó el mal de sus años finales. Fue enterrado en el Cementerio General de Altagracia de Orituco, en la mañana del día siguiente de su deceso. El profesor Arturo Graffe Armas, la señora Eva Luisa de Gómez y la docente Hilmar Hernández de Constant pronunciaron emotivas palabras de despedida ante el cadáver, en la Fundación Dr. Pedro María Arévalo Cedeño, de la cual fue miembro fundador y celoso guardián de su operatividad; allí le fue rendido un breve homenaje, que incluyó el Himno del Grupo Escolar José Ramón Camejo, cantado por alumnos de esta escuela.
            La obra de José Francisco Martínez Armas debe ser difundida para favorecer el conocimiento histórico de Orituco en particular y del Guárico en general. La Alcaldía del municipio José Tadeo Monagas del estado Guárico puede y debe auspiciar este propósito ennoblecedor.

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