martes, 28 de abril de 2026

VICO CONTRA EL OLVIDO

      Oswaldo Loreto


Entender el siglo XVII implica reconocer una de las crisis más silenciosas pero feroces de la historia, ese intento de borrar el pasado en nombre de la razón. Mientras el mundo se deslumbraba con la precisión de la geometría y las matemáticas, la historia quedó arrinconada y tachada de ser un simple cúmulo de leyendas sin fundamento. Fue en ese momento cuando surgió la figura de Giambattista Vico para plantear una verdad que hoy parece obvia pero que en su día fue un cuestionamiento disruptivo al sistema. El ser humano solo puede conocer de verdad aquello que él mismo ha construido. Para este pensador napolitano no podemos pretender entender la naturaleza con la misma exactitud que a nosotros mismos porque la naturaleza es obra divina, pero la sociedad, las leyes y las lenguas son nuestras. Esta premisa rompió el tablero de su época al demostrar que el conocimiento nace de la experiencia compartida de vivir en comunidad, más allá de las fórmulas frías.

Esa idea cambió las reglas del juego de forma radical. Mientras personajes como Descartes subestimaban el estudio de lo antiguo por considerarlo subjetivo y carente de rigor, nuestro autor devolvió la dignidad al relato humano. Propuso que la historia no es una ciencia de segunda categoría, al contrario, es la ciencia suprema porque funciona como el espejo de nuestra propia creación. Si las matemáticas son claras es porque son una abstracción que inventamos nosotros mismos. Por lo tanto, la vida civil con sus conflictos y sus avances debería ser igual de descifrable si aprendemos a leerla correctamente. No se trata de verificar únicamente si un documento tiene un sello original, aunque eso también sea importante. Lo fundamental es entender la necesidad humana que hizo que ese papel existiera. Vico nos enseñó que detrás de cada dato hay un latido humano y una intención que la geometría jamás podrá captar por sí sola.

Lo más fascinante de este pensamiento es el rechazo a la idea de que el mundo siempre camina hacia mejor de forma lineal. Se planteó que las civilizaciones no avanzan en línea recta, pues se mueven en ciclos de ascenso y caída. Es una especie de ritmo vital, los famosos corsi e ricorsi, donde las naciones pasan necesariamente por tres etapas. Primero llega la edad de los dioses donde el hombre vive sumergido en el miedo a lo sagrado y explica todo a través de la religión. Luego sigue la edad de los héroes donde la fuerza y el orgullo de los nobles dictan las leyes de la supervivencia. Finalmente se alcanza la edad de los hombres donde la razón y la igualdad democrática parecen dominarlo todo. Pero aquí viene la advertencia que hoy suena más real que nunca ya que cuando la razón se vuelve fría, egoísta y puramente analítica, la sociedad se desmorona desde adentro. Ese exceso de intelectualismo termina rompiendo los lazos que nos mantienen unidos y provoca que volvamos al punto de partida para aprender de nuevo a ser humanos.

Esta forma de ver las cosas le dio un valor enorme a lo que antes se consideraba como elementos irrelevantes, como los mitos y la poesía antigua. Antes de Vico se pensaba que los cuentos de la antigüedad eran simples mentiras para entretener a gente ignorante, pero él descubrió que el mito es la primera verdad de los pueblos. El hombre antiguo no tenía conceptos abstractos ni diccionarios así que explicaba su realidad con imágenes poderosas y con gestos cargados de significado. Cuando desarmamos el lenguaje estamos haciendo una autopsia a la mente humana en su estado más puro, en lugar de diseccionar palabras muertas. Entender cómo hablaban nuestros antepasados y cómo daban nombre a sus miedos es la única forma de saber por qué sentimos y pensamos como lo hacemos hoy. Es pasar de la simple anécdota de los libros de texto a la profundidad real de la conciencia colectiva que nos une a través de los siglos.

La lucha de Vico fue también una batalla por el sentido común frente a la soberbia del racionalismo extremo. Él veía con preocupación cómo sus contemporáneos querían convertir la vida en un laboratorio olvidando que el hombre es un ser de pasiones, de imaginación y de memoria. Para él la memoria no era un almacén de datos viejos, representaba la facultad misma que nos permite ser algo más que animales atrapados en el presente. Sin la historia somos seres amnésicos caminando a ciegas. Por eso su obra es un grito de resistencia que nos invita a mirar las instituciones no como estructuras dadas por la naturaleza, las vemos como conquistas heroicas que costaron sangre y esfuerzo. Las leyes no cayeron del cielo ni son fórmulas lógicas, son el resultado de hombres que un día decidieron dejar de matarse para empezar a vivir bajo reglas comunes.

Al final, lo único que queda es una defensa cerrada de la humanidad frente al asedio de los números y los datos fríos que pretenden explicarlo todo sin alma. Somos los arquitectos de un edificio que se construye todos los días pero que solo tiene sentido si no olvidamos los cimientos que lo sostienen. El pasado no es un peso que cargamos ni un adorno para lucir en los libros, es la biografía viva de lo que somos en este instante. Cada ley que nos rige y cada miedo que nos frena nació en algún punto de ese ciclo que seguimos recorriendo sin darnos cuenta. El legado de esta ciencia nueva no nos hace expertos en fechas de batallas olvidadas, nos hace dueños de nuestra propia realidad al recordarnos que la historia es, por encima de todo, la aventura de habernos inventado a nosotros mismos en medio del caos. Nuestra tarea no es solo narrar lo que pasó, consiste en comprender por qué seguimos siendo, en esencia, los mismos seres que buscaban respuestas en medio del trueno y el relámpago.

Desde mi perspectiva considero que la verdadera potencia de este pensamiento reside en la responsabilidad que nos otorga sobre nuestro propio destino. Al ser los humanos los únicos que hemos construido nuestra propia civilización tenemos la capacidad real de entenderla y controlarla, siempre y cuando no olvidemos el rastro de nuestra humanidad en el proceso. Entender que somos hijos de nuestras propias creaciones sociales nos obliga a ser vigilantes de las instituciones actuales, pues si nosotros las levantamos nosotros también tenemos el poder de reformarlas. Para mí esta es la verdadera esencia de Giambattista Vico, el recordatorio de que no somos náufragos en el tiempo, somos navegantes con brújula propia en un mapa de aciertos y errores que nos pertenece por derecho de autoría.

En definitiva, conocer nuestra historia no es un ejercicio de nostalgia, es el acto de reclamar la propiedad sobre nuestra propia civilización.                                                                                                           

Bibliografía

 

Berlin, I. (2008). Vico y Herder. Alianza Editorial.

Cassirer, E. (1993). La filosofía de la Ilustración. Fondo de Cultura Económica.

Mondolfo, R. (1956). Giambattista Vico. Editorial Losada.

Vico, G. (1995). Ciencia Nueva (R. de la Villa, Trad.). Tecnos. (Obra original publicada en 1725).

Villacañas, J. L. (2001). La filosofía histórica de Vico. Revista de Filosofía, 26, 11-34.

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