Oswaldo Loreto
Entender el siglo XVII implica
reconocer una de las crisis más silenciosas pero feroces de la historia, ese
intento de borrar el pasado en nombre de la razón. Mientras el mundo se
deslumbraba con la precisión de la geometría y las matemáticas, la historia
quedó arrinconada y tachada de ser un simple cúmulo de leyendas sin fundamento.
Fue en ese momento cuando surgió la figura de Giambattista Vico para plantear
una verdad que hoy parece obvia pero que en su día fue un cuestionamiento
disruptivo al sistema. El ser humano solo puede conocer de verdad aquello que
él mismo ha construido. Para este pensador napolitano no podemos pretender
entender la naturaleza con la misma exactitud que a nosotros mismos porque la
naturaleza es obra divina, pero la sociedad, las leyes y las lenguas son
nuestras. Esta premisa rompió el tablero de su época al demostrar que el
conocimiento nace de la experiencia compartida de vivir en comunidad, más allá
de las fórmulas frías.
Esa
idea cambió las reglas del juego de forma radical. Mientras personajes como
Descartes subestimaban el estudio de lo antiguo por considerarlo subjetivo y
carente de rigor, nuestro autor devolvió la dignidad al relato humano. Propuso
que la historia no es una ciencia de segunda categoría, al contrario, es la
ciencia suprema porque funciona como el espejo de nuestra propia creación. Si
las matemáticas son claras es porque son una abstracción que inventamos
nosotros mismos. Por lo tanto, la vida civil con sus conflictos y sus avances
debería ser igual de descifrable si aprendemos a leerla correctamente. No se
trata de verificar únicamente si un documento tiene un sello original, aunque
eso también sea importante. Lo fundamental es entender la necesidad humana que
hizo que ese papel existiera. Vico nos enseñó que detrás de cada dato hay un
latido humano y una intención que la geometría jamás podrá captar por sí sola.
Lo
más fascinante de este pensamiento es el rechazo a la idea de que el mundo
siempre camina hacia mejor de forma lineal. Se planteó que las civilizaciones
no avanzan en línea recta, pues se mueven en ciclos de ascenso y caída. Es una
especie de ritmo vital, los famosos corsi
e ricorsi, donde las naciones pasan necesariamente por tres etapas. Primero
llega la edad de los dioses donde el hombre vive sumergido en el miedo a lo
sagrado y explica todo a través de la religión. Luego sigue la edad de los héroes
donde la fuerza y el orgullo de los nobles dictan las leyes de la
supervivencia. Finalmente se alcanza la edad de los hombres donde la razón y la
igualdad democrática parecen dominarlo todo. Pero aquí viene la advertencia que
hoy suena más real que nunca ya que cuando la razón se vuelve fría, egoísta y
puramente analítica, la sociedad se desmorona desde adentro. Ese exceso de
intelectualismo termina rompiendo los lazos que nos mantienen unidos y provoca
que volvamos al punto de partida para aprender de nuevo a ser humanos.
Esta
forma de ver las cosas le dio un valor enorme a lo que antes se consideraba
como elementos irrelevantes, como los mitos y la poesía antigua. Antes de Vico
se pensaba que los cuentos de la antigüedad eran simples mentiras para
entretener a gente ignorante, pero él descubrió que el mito es la primera
verdad de los pueblos. El hombre antiguo no tenía conceptos abstractos ni diccionarios
así que explicaba su realidad con imágenes poderosas y con gestos cargados de
significado. Cuando desarmamos el lenguaje estamos haciendo una autopsia a la
mente humana en su estado más puro, en lugar de diseccionar palabras muertas.
Entender cómo hablaban nuestros antepasados y cómo daban nombre a sus miedos es
la única forma de saber por qué sentimos y pensamos como lo hacemos hoy. Es
pasar de la simple anécdota de los libros de texto a la profundidad real de la
conciencia colectiva que nos une a través de los siglos.
La
lucha de Vico fue también una batalla por el sentido común frente a la soberbia
del racionalismo extremo. Él veía con preocupación cómo sus contemporáneos
querían convertir la vida en un laboratorio olvidando que el hombre es un ser
de pasiones, de imaginación y de memoria. Para él la memoria no era un almacén
de datos viejos, representaba la facultad misma que nos permite ser algo más
que animales atrapados en el presente. Sin la historia somos seres amnésicos
caminando a ciegas. Por eso su obra es un grito de resistencia que nos invita a
mirar las instituciones no como estructuras dadas por la naturaleza, las vemos
como conquistas heroicas que costaron sangre y esfuerzo. Las leyes no cayeron
del cielo ni son fórmulas lógicas, son el resultado de hombres que un día
decidieron dejar de matarse para empezar a vivir bajo reglas comunes.
Al
final, lo único que queda es una defensa cerrada de la humanidad frente al
asedio de los números y los datos fríos que pretenden explicarlo todo sin alma.
Somos los arquitectos de un edificio que se construye todos los días pero que
solo tiene sentido si no olvidamos los cimientos que lo sostienen. El pasado no
es un peso que cargamos ni un adorno para lucir en los libros, es la biografía
viva de lo que somos en este instante. Cada ley que nos rige y cada miedo que
nos frena nació en algún punto de ese ciclo que seguimos recorriendo sin darnos
cuenta. El legado de esta ciencia nueva no nos hace expertos en fechas de
batallas olvidadas, nos hace dueños de nuestra propia realidad al recordarnos
que la historia es, por encima de todo, la aventura de habernos inventado a
nosotros mismos en medio del caos. Nuestra tarea no es solo narrar lo que pasó,
consiste en comprender por qué seguimos siendo, en esencia, los mismos seres
que buscaban respuestas en medio del trueno y el relámpago.
Desde
mi perspectiva considero que la verdadera potencia de este pensamiento reside
en la responsabilidad que nos otorga sobre nuestro propio destino. Al ser los
humanos los únicos que hemos construido nuestra propia civilización tenemos la
capacidad real de entenderla y controlarla, siempre y cuando no olvidemos el
rastro de nuestra humanidad en el proceso. Entender que somos hijos de nuestras
propias creaciones sociales nos obliga a ser vigilantes de las instituciones
actuales, pues si nosotros las levantamos nosotros también tenemos el poder de
reformarlas. Para mí esta es la verdadera esencia de Giambattista Vico, el
recordatorio de que no somos náufragos en el tiempo, somos navegantes con
brújula propia en un mapa de aciertos y errores que nos pertenece por derecho
de autoría.
En
definitiva, conocer nuestra historia no es un ejercicio de nostalgia, es el
acto de reclamar la propiedad sobre nuestra propia civilización.
Bibliografía
Berlin, I. (2008). Vico y Herder. Alianza Editorial.
Cassirer,
E. (1993). La filosofía de la Ilustración. Fondo de Cultura Económica.
Mondolfo,
R. (1956). Giambattista Vico. Editorial Losada.
Vico,
G. (1995). Ciencia Nueva (R. de la Villa, Trad.). Tecnos. (Obra original
publicada en 1725).
Villacañas,
J. L. (2001). La filosofía histórica de Vico. Revista de Filosofía, 26,
11-34.

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