miércoles, 20 de marzo de 2013

GENERAL ADOLFO CHATAING (Notas biográficas)


Carlos A. López Garcés
Cronista de Altagracia de Orituco




   General Adolfo Chataing Alonzo

(¿1855?-1897)


Fue uno de los personajes relevantes de la dinámica socio-política orituqueña de la segunda mitad del siglo XIX, de quien solo es factible mencionar algunos elementos, debido a la escasez de informaciones.

1.- Grupo familiar

Nació en Caracas, quizás en 1855. Hijo legítimo de Federico Chataing y Antonia Alonzo, vecinos caraqueños. Llegó joven a Altagracia de Orituco donde se residenció; aquí contrajo matrimonio eclesiástico el miércoles 1° de mayo de 1878, previo casamiento civil, con la señorita Rosa Ana Pérez, una altagraciense nacida el 13 de septiembre de 1854, hija legítima del señor Juan José Pérez y de doña Catalina Hurtado. La boda fue celebrada en la iglesia de la parroquia Nuestra Señora de Altagracia de Orituco, por un sacerdote no identificado en la partida correspondiente. De este matrimonio nacieron por lo menos dos hijos: Adolfo Isidro, el 15 de mayo de 1879, y Alfredo, el 28 de diciembre de 1880. Además, de acuerdo con comentarios tradicionales que han circulado “sigilosamente” entre pobladores altagracianos, Adolfo Chataing procreó una hija y un hijo mediante una relación afectiva extramatrimonial que mantuvo con María Celestina Adames; esos descendientes naturales fueron:
1-1.- Carmen Ramona Adames, nacida el 18 de marzo de 1894, casada con Arturo Arias, dedicada a oficios del hogar y a la venta de prendas de oro, adquiridas por su esposo en Guayana; fallecida el 28 de junio de 1981, a los 87 años de edad, como consecuencia de una cardiopatía crónica que le ocasionó un paro cardíaco.

1-2.- José Ángel Adames, nacido el 31de marzo de 1897, dedicado al cultivo de la intelectualidad y a la educación primaria en una escuela particular que sostuvo durante años; estudió en el seminario con la idea de hacerse sacerdote, sin lograr el objetivo; se conservó célibe; fue vilmente asesinado el 4 de noviembre de 1974 a los 77 años de edad. 



Tumba del general Adolfo Chataing, quien falleció el 16 de abril de 1897. Está ubicada en el Cementerio General de Altagracia de Orituco, el cual comenzó oficialmente a funcionar, aún inconcluso, el 26 de septiembre de 1885, por decisión de este ciudadano cuando fungía como primera autoridad civil del otrora distrito Guzmán Blanco y Presidente de la Junta de Fomento de dicha obra. Foto: C.L.G., viernes 24-08-2012. 
 
No hay noticias documentadas que sustenten esas paternidades ilegítimas; no obstante, la tumba de Adolfo Chataing, en el Cementerio General de Altagracia de Orituco, está identificada con una inscripción lapidaria que dice textualmente: “Adolfo Chataing / 1950 / Recuerdo de sus hijos / J.A.A. / y Carmen de Arias”. Esta lápida habría sido colocada por José Ángel Adames y su hermana Carmen Adames de Arias, lo que refuerza una información pública según la cual ambos eran hijos de aquel ciudadano.
Es oportuno decir que María Celestina Adames era más conocida sencillamente como Celestina, quien era nativa de Altagracia de Orituco, hija natural de Asunción Adames (¿?/26-08-1888), de oficios domésticos; falleció a los 85 años de edad, a las dos de la mañana (02:00 a.m.) del 6 de septiembre de 1955 como consecuencia de insuficiencia cardíaca. Tuvo siete hijos naturales más: Petra (1886-1972), Francisca (Panchita) (1889-¿?), Rosa María (1890-1890), Juan Rafael (1895-¿?), Santiago (1899-¿?), Eudoro Antonio (1902-1960) y Felipe Adames. María Celestina tuvo por lo menos una hermana materna: María de Jesús Adames, nacida el 22 de febrero de 1872.

2.- Identidad política

Adolfo Chataing estuvo identificado políticamente con el caudillaje del general Antonio Guzmán Blanco; esto lo vinculaba con el guzmanismo orituquense, en cuyo seno habría gozado de buena recepción por su prestigio, lo que le habría facilitado su ingreso a la administración pública para ocupar los siguientes cargos:
2-1.- Ejerció la máxima representación del concejo orituqueño en varias ocasiones, que le sirvieron para asimilar directamente los cambios de nombre de la entidad territorial representada, cuyo epónimo actual es José Tadeo Monagas desde 1889. Presidía el Concejo Municipal del departamento Cedeño, sección Guárico del estado del Centro, a la fecha del 15 de diciembre de 1880, cuando tenía 25 años de edad, aproximadamente; aún ejercía aquella presidencia en febrero de 1881. Desempeñaba nuevamente ese cargo el 31 de diciembre de 1886 y el mismo día y mes de 1887, cuando, desde mediados de 1881, había cambiado la denominación de departamento Cedeño por la de distrito Guzmán Blanco, correspondiente a la sección Guárico del estado Guzmán Blanco.
2-2.- Era el Jefe Civil del distrito en 1885, cuando la epidemia de fiebre amarilla hacía estragos en pobladores de Altagracia de Orituco, por lo que decidió en septiembre de aquel año, como primera autoridad civil, clausurar el viejo cementerio local que había sido hecho en 1847 (sito en el lado sur-oeste del cruce de las calles Chapaiguana y Ayacucho, donde ahora funcionan las oficinas de la Corporación Eléctrica Nacional, identificada con el acrónimo CORPOELEC) debido a la saturación por los cadáveres recientes. Esta grave realidad fue determinante para que Chataing, desde el 26 de septiembre de 1885 y aunque la obra estaba inconclusa, abriera al público los servicios del nuevo cementerio, ubicado en el extremo sur de la calle Gil Pulido (empalme con la Vuelvan Caras), cuyo cuartel sur-este estaba completamente lleno de nuevas víctimas de la epidemia en los últimos días de noviembre de ese mismo año, apenas a dos meses de su apertura y cuando ya habían disminuido los devastadores efectos de aquella terrible enfermedad, la más dañina de las padecidas por la población altagraciana del siglo XIX. Debe agregarse que Chataing era, además de la primera autoridad civil del distrito, el presidente de la Junta de Fomento de aquel nuevo cementerio general recién abierto, la cual integraban también Adolfo Antonio Machado y Reinaldo Alva.
Fue un funcionario público caracterizado por la fortaleza de su voluntad para afrontar casos complejos y animar a sus semejantes con el fin de procurar soluciones colectivas, lo que sustentaba su espíritu de solidaridad y de colaboración con sus conciudadanos, sobre todo en los momentos más difíciles y con los más menesterosos, cuando no extrañaba ver que dirigía personalmente esas labores.



Calle Adolfo Chataing de Altagracia de Orituco.  A la izquierda  se observa la casa que fue habitación del epónimo de esta vía, donde él falleció el 16 de abril de 1897 en circunstancias dudosas. Esta vivienda hace esquina con la calle Bolívar. Ha sido modificada varias veces; desde los años ochenta del siglo XX es la sede de la Policlínica del Llano C.A. (Foto: C.L.G., sábado 17-11-2012).


3.- Actividad militar

La significación del prestigio político, social y económico de Adolfo Chataing en el Orituco habría sido lo determinante para que fuese incorporado, con el grado de general, a las fuerzas de la Revolución Legalista dirigidas por Joaquín Crespo, con la finalidad de combatir las aspiraciones continuistas y anticonstitucionales del Presidente Raimundo Andueza Palacio. Chataing integró un grupo numeroso de vecinos orituqueños que estuvieron comandados por el general Tomás de Aquino Carballo, quien era amigo personal del general Crespo y fue electo para ejercer esa responsabilidad militar por decisión colectiva de renombrados orituquenses, que estaban en consonancia con aquel movimiento revolucionario crespista, entre quienes destacaban: Ovidio Pérez Bustamante, Eduardo Heraclio Machado, general Venancio Antonio Morín, doctor Luis Pérez B., Tobías Pérez B., Carlos Girón, doctor Luis María Sierra P., José Santiago Sierra, Lorenzo Velásquez Guzmán, Salvador Agustín Sierra P., Francisco Briceño, Leonardo Vargas, Manuel Pescador, Juan Pescador, Luis Felipe Pérez Vargas, Nicanor Velásquez, Antonio María Ramírez, Eustaquio Hernández, Juan Hernández, Benito Hernández, Jesús María Requena R. y Dalio Hernández, con los cuales fue conformado un ejército de más de dos mil soldados voluntarios orituquenses. 



Calle Adolfo Chataing de Altagracia de Orituco, estado Guárico.
 Desde el otrora  cerro  de  Venancia,  a  pocos  metros  delante  del
 empalme con la calle Bella Vista. (Foto: C.L.G., sábado 17-11-2012)
 
Chataing participó en la Batalla de Chaguaramas el 16 de abril de 1892, cuando fueron derrotados por las fuerzas gubernamentales, que estaban jefaturadas en el oriente del Guárico por el general José Ángel Hernández Ron. Aquel fracaso no amilanó la combatividad de los crespistas orituqueños, quienes decidieron reorganizarse al mando de Adolfo Chataing, Leonardo Vargas y Francisco Briceño con la formación de dos batallones que fueron incorporados a los generales Wenceslao Casado y Leoncio Quintana, para marchar hacia Ocumare del Tuy con el objeto de tomar esta población, lo que lograron exitosamente, a pesar de la valiente defensa hecha por el general Antonio Orihuela; pero luego fracasaron en Boquerón frente a fuerzas enemigas. Sin embargo, combatieron en Valencia, Puerto Cabello y otros lugares para reforzar el triunfo de Joaquín Crespo hasta entrar victoriosos a Caracas. Regresaron al Orituco cuando finalizaba octubre de 1892 y se reincorporaron a sus actividades de rutina. No hay datos que indiquen otras participaciones de Adolfo Chataing en actividades guerreras.

4.- Disparo mortal

El general Adolfo Chataing estaba dedicado a la agricultura, aunque había sido comerciante en sus días de joven veinteañero. Falleció en Altagracia de Orituco, a las cuatro y media de la tarde (04:30 p.m.) del día 16 de abril de 1897 (Viernes Santo), a los cuarentidós años de edad, como “consecuencia de una herida”, según lo anotado en la partida de defunción respectiva, que habría sido ocasionada por un tiro certero a la cabeza, hecho con un arma de fuego desde la calle y a través de una ventana, cuando estaba rasurándose en su casa de habitación, de acuerdo con informaciones aportadas por la señora Margarita Becea de Ortega, respetable vecina gracitana octogenaria, quien les oyó esa aseveración en varias ocasiones a las hermanas Trina y Luisa Amparo Ortega, cuando conversaban sobre ese caso. Ese habría sido el comentario que circulaba entre familiares, pues las hermanas Trina y Luisa Amparo Ortega, quienes murieron muy ancianas en la séptima década del siglo XX, eran tías de José Ortega Rojas, esposo fallecido de la informante Margarita Becea de Ortega, y primas de Clemente Mauro Ortega, casado con Carmen Luisa Pérez de Ortega, quien era hermana de Rosa Ana Pérez y ésta viuda del general Adolfo Chataing”. No hay noticias conocidas acerca de los pormenores de ese fallecimiento ni sobre el homicida.
Sin embargo, ha circulado una segunda versión acerca de la muerte de Adolfo Chataing. Ángel Metodio Delgado Silva, un altagraciano septuagenario, recordó que su maestro de sexto grado en la Escuela Federal Ángel Moreno de Altagracia de Orituco, el macaireño Tulio Atahualpa Castillo, acostumbraba conversarle a sus alumnos de temas orituquenses; en cierta ocasión les habló del general Chataing y, entre otras cosas, les dijo que éste se había suicidado. Queda la duda, porque tampoco hay datos aclaratorios con respecto a este suicidio. 


Firma del general Adolfo Chataing, Presidente del Concejo Municipal del otrora distrito Guzmán Blanco, estampada el 31 de diciembre de 1886, en el último folio del libro de defunciones del antiguo municipio Altagracia de Orituco correspondiente al año 1887. El Presidente del Concejo tenía la facultad de abrir los libros de registro de partidas de nacimientos, defunciones y matrimonios de los diferentes municipios que integraban el distrito respectivo. (Foto: C.L.G., jueves 20-09-2012)

5.- Recuerdo perdurable

Adolfo Chataing es el epónimo de una calle principal de Altagracia de Orituco, la cual se extiende a mil quinientos metros de longitud aproximada, en dirección oeste-este, desde la calle Bella Vista hasta la avenida Ilustres Próceres, cerca de la alcabala de la Guardia Nacional; está ubicada paralelamente entre las calles José Martí, por el norte, y la Julián Infante, por el sur. Esa vía ya era conocida como calle Chataing en 1925, cuando se acostumbraba a usar el apellido del epónimo para tales denominaciones. Este nombre perdura como un tributo a este reputado personaje del Orituco del último tercio del siglo XIX.
No existen datos que aclaren porqué a esa calle le asignaron específicamente esa denominación y no se la dieron a otra; sin embargo, es factible sospechar que la idea de dársela particularmente a esa vía, amén de otras justas razones posibles, habría sido, conforme con la versión del homicidio de Adolfo Chataing, porque el disparo fue hecho hacía su casa desde la calle que luego fue bautizada con su nombre; aunque también puede pensarse en que tal decisión habría estado relacionada, sencillamente, con la ubicación de la vivienda del afamado personaje.

6- Desaparición del apellido

Hay noticias de la existencia solamente de cuatro personas de apellido Chataing que fueron residentes de Altagracia de Orituco, desde los inicios de esta comunidad hasta el momento de redactar este escrito en noviembre de 2012. Todas estuvieron domiciliadas en esa población durante la segunda mitad del siglo XIX. Una fue Adolfo Chataing, quien es el motivo fundamental para la redacción de estas notas biográficas. Otras dos fueron Adolfo Isidro y Alfredo Chataing, hijos de aquel general. La cuarta, de nombre Guillermo Chataing, era un joven de veinticuatro años de edad, casado, comerciante, quien está citado, con esos rasgos de identificación, como la persona que se presentó ante la primera autoridad civil del municipio Altagracia de Orituco, el 18 de julio de 1891, para realizar el registro del nacimiento de la niña Isabel María, hija legítima de Eduardo Orta e Isabel Oramas, lo que había sucedido el 4 de julio de 1891. No hay datos conocidos que indiquen algún vínculo familiar, amistoso o de cualquier otra naturaleza, de ese Guillermo Chataing con Adolfo Chataing, quien era un muchacho de apenas doce o trece años de edad cuando nació Guillermo.
El apellido Chataing perdura en el Orituco solo como el epónimo de la calle mencionada anteriormente. Ese apelativo desapareció de tierras orituqueñas por causas desconocidas. Se ignora el destino de los hijos legítimos de Adolfo Chataing. Los descendientes naturales no tuvieron hijos; siempre vivieron en Altagracia de Orituco, donde murieron y con ellos se extinguió la descendencia de Chataing en suelo orituqueño.

CARTA ESCRITA POR EL GENERAL FELIPE SANTIAGO SALAVERRY ANTES DE SU MUERTE EN 1836

FELIPE HERNÁNDEZ G.
UNESR/Cronista de Valle De la Pascua


            En reciente viaje a la república de Perú, caminando por el centro y la plaza de armas de la ciudad de Arequipa, al pasar por los portales del lado este de la plaza, conseguimos expuesta en una pared del largo pasillo, una singular y llamativa placa de bronce con letras en relieve, donde se transcribe la carta que el prócer Felipe Santiago Salaverry escribió a su esposa, el día antes de su fusilamiento en dicha plaza, el 18 de febrero de 1836.   
            El general y político peruano Felipe Santiago Salaverry, nació en Lima, el 6 de mayo de 1806. Cuando cursaba estudios en el Colegio San Fernando, llegó el general José de San Martín a Perú; dada la admiración que sentía por el prócer,se presentó ante éste y se integró a su ejército como cadete, alcanzando luego el grado de teniente de la Legión Peruana. En 1824, fue nombrado capitán, tocándole batallar en muchos lugares, hasta la guerra de Colombia al lado del general José Domingo de La Mar y Cortázar. Pero al ser depuesto éste, en Piura,optó por retirarse del ejército.
            En 1831 fue nombrado subprefecto de la ciudad de Tacna, y al año siguiente, contrae matrimonio en esa ciudad, con doña Juana Pérez. Nuevamente vuelve al ejército durante el gobierno de Luis José de Orbegoso y Moncada, quien lo asciende a coronel y luego a general de brigada. A partir de este ascenso sólo piensa en ocupar la presidencia de la república, forma un poderoso ejército, toma por la fuerza el poder, y hace prisionero al mariscal Domingo Nieto.
            Ya como presidente, nombra a sus ministros. Conociendo de la existencia de un pacto entre el militar y político boliviano Andrés de Santa Cruz y el mariscal Orbegoso, para crear la Confederación Perú-Boliviana, se dispone a enfrentarlos, por lo que encarga de su puesto al general Juan José Salas. Después de algunas acciones, fue derrotado en la sangrienta batalla de Socabaya o batalla del Alto de la Luna en jurisdicción de Arequipa, y hecho prisionero el 7 de febrero de 1836.
            Sometido Salaverry a un proceso sumario y pese a la promesa que se le hizo, fue condenado a muerte. Su último deseo fue una pluma y unos folios, en los que escribió tres documentos: su testamento, una carta a su esposa Juana Pérez, y una protesta “ante la América” por su ejecución. El 18 de febrero de 1836, al lado de sus principales oficiales, fue fusilado en la Plaza de Armas de Arequipa. Se cuenta que cuando los fusileros hicieron la primera descarga, todos cayeron muertos, menos Salaverry, que se paró, dio un paso atrás y dijo: “La ley me ampara”, pero una nueva descarga acabó con su vida. Tras su muerte se erigió la Confederación Perú-Boliviana, entidad política que duraría hasta 1839.
            El texto de la carta dirigida a su esposa (copiado de la referida placa) dice:Arequipa-Perú, febrero 17-1836.
            Mí querida esposa: Dentro de pocos momentos voy a ser pasado por las armas, y te debo el último adiós; es este: Tú conocías bien mi corazón, y no puedes dudar de que mis intenciones, en toda mi vida pública, han sido muy puras: ellas se han dirigido a la felicidad y a la gloria de mí país, no obstante, el destino me preparaba un término horrible; conformémonos a él. Sólo siento, al morir, no haber labrado la fortuna de la mejor mujer que ha nacido, pero tu juicio, y tu talento valen más que todo, y estas dos brillantes dotes te quedan fortificadas y mejoradas por las desgracias. No te dejes envolver en ella. Tranquilízate, consuélate y vive para mis infortunados hijos que no tendrán otro apoyo. Tú los educarás para la virtud y les harás conocer mis inmerecidas desgracias. He pedido permiso para hacer un corto testamento, que te entregará mi hermano Juan. Consérvate eternamente en armonía con este buen muchacho, que te ayudará a sobrellevar tus penas. Adiós querida Juana; recibe el corazón de tu desventurado esposo.Felipe Santiago Salaverry.

A LOS CIEN AÑOS DE LA CREACIÓN DE LA ESCUELA GRADUADA “ARANDA”

Manuel Soto Arbeláez

            El día 25 de septiembre del corriente año 2012, se cumplirán cien años de la creación formal con especificación de su plantilla de maestros de la Escuela Graduada Aranda, según Resolución que transcribiré más abajo. La misma fue creada para funcionar en Calabozo entonces capital de nuestro estado Guárico. Según la señora profesora doña Elisa Pineda de Belisario, quien estudió en esa Institución en Calabozo, la misma fue pasada a San Juan de los Morros el mismo año del cambio de la capitalidad; es decir es sanjuanera desde 1934. A través de los años la Escuela Aranda ha sido un bastión importantísimo en la historia educacionista del Guárico en general y de Calabozo y San Juan en particular. En el año 1912 el Ministro de Instrucción Pública fue el abogado, historiador, esgrimista, caballista, polemista, creador positivista y hombre incondicional del Régimen don José Gil Fortoul.
            Se recuerda de esta escuela entre sus grandes directores a Antonio Miguel Martínez, natural de San José de Guaribe y a Roger López Marrero, natural de Zaraza. Así que sin más preámbulos transcribo la Resolución de la dicha creación:

                                                                               No. 37
Ministerio de Instrucción Pública, Dirección de Instrucción Popular, Caracas 25/09/1912, 103º y 54º

                                                      RESUELTO

            Por disposición del ciudadano General J. V. Gómez, Presidente de los Estados Unidos de Venezuela y de acuerdo a la Resolución de este Despacho, de fecha 16 de los corrientes, que crea 43 escuelas graduadas completas para toda la República, se nombra al personal docente de la Escuela Aranda que funcionará en la ciudad de Calabozo, en la forma que se expresa en seguida:

            Maestro # 1    Ciudadano Br. Juan Pablo Álvarez
            Maestro # 2    Ciudadano Br. Pedro Pablo Aranguren
            Maestro # 3    Ciudadano Br. José de J. Reyes Carballo
            Maestro # 4    Ciudadano Br. R. González González
            Maestro # 5    Ciudadano Br. Agustín Pío Varguillas
            Maestro # 6    Ciudadano Dr. Cecilio Sarmiento

            Comuníquese y publíquese, por el Ejecutivo federal
                                  
                                               D. Arreaza Monagas

viernes, 15 de febrero de 2013

La “Stravaganza” de Alberto Hernández

Giuseppe Campolo

                                                             Traducción libre: Fernando Gerbasi

Se preguntarán por qué el título. Si no lo hubiesen sacado de una de las primeras poesías del poemario, en el que el misterio del ciclista amalgama el “tiempo del Coliseo” con el “humo de los motores” –dedicado a Luis Tejada “que vivió en Italia” – si por lo tanto “Stravaganza” no tuviese su origen tan fácil de encontrar y concreto, si no fuese porque “el ruido alcanza el grito de un hombre desgarrado” (el grito de hoy y el grito en la fosa de los leones), parecería un distintivo impuesto con distancia critica, en el momento de entregar el manuscrito para su publicación. Pensamos que quizás con una dubitativa timidez, una mirada auto-irónica, de una aventura peligrosa del pensamiento acabado.
Pero que el Autor hubiese podido haber sentido una dosis de extrañeza en este trabajo suyo, que la haya quizás buscado, es una casualidad de nuestra imaginación. No se trata en realidad de extravagantes   componentes, porque ellos hacen parte de un único comportamiento del espíritu y tienen una cierta unidad estilística. Usando una métrica vanguardista, de aquella vanguardia perdida pero que permanece cercana, como una nostalgia, y que todavía ejerce una atracción que a pocos deja inmunes. El no es para nada un destructor, pues nada está descompuesta en la lirica; es el equilibrio el que reina, junto a aquel  suspiro participativo que es la marca extrema de la poesía. Nada es mas seguro que su fidelidad al ideal estético, en su fingir de infidelidad al ritmo,  que va por recorridos planos y luego invierte en sincopes improvisados, o en el querer aparecer como rebelde a los cánones de los versos, que escoge y libera y anarquiza, sin que se vislumbre al final una desacralización  del inquieto canto.
Hernández es pelegrino melancólico de la preocupada historia de Italia, “sentado en los escombros de mi memoria”, románticamente replegado sobre el trágico caleidoscopio de aquello que fue. El agudo sentimiento del poeta no encuentra redención en lo humano, ni una formula de la esperanza, porque nada deriva de la sangre y la cultura es anhelo: la Historia es su historia.  Y la desenvoltura temporal que es síntesis de la mente y libertad del espíritu, tiene el atractivo adicional de la mirada de un clarividente que tiene palabras para lo inatrapable.
(Antecede el poema Vibonati). El conjunto de casas en el valle de montes selváticos que es Canoabo, un paso al norte de Valencia y uno al oeste  de Puerto Cabello, es el ombligo del mundo del cual  el poeta hace relación de amor con Vibonati, portal de Italia y nudo universal del naufragio. Ese Juan Bautista que inmigra a Canoabo, pero nacido en Vibonati, no es otro que el padre de Vicente Gerbasi (“Padre de mi soledad/ Y de mi poesía”), gran poeta de quien no por casualidad el nuestro retoma emblemáticos versos; y, casi como una especie de identificación. Alberto Hernández, al igual que Vicente, vive Italia como suya, ama y obtiene  inspiración de nuestros poetas del siglo XX. Una poesía compleja y rica de referencias. Las dedicatorias son particularmente significativas.
Dante, Petrarca, Ungaretti, Quasimodo, Saba, Montale, Pasolini, Bocaccio, Cicerón son los poetas y hombres de letras de los cuales contempla aquello que en lo alto permanece. Escruta el respiro de las ciudades: Arles por donde "empieza Roma», Novara ( "Quien me sigue sabe de mi osadía." "), Bari, Módena ( "yo la vi en mi total ausencia"), Bolonia ( "mi adolescencia duele."), Milán ( "Supe de Santa Maria de Gracia / mientras el mundo destrozaba / la calle que perdimos entre las manos"), Venecia donde no fue nunca, y "qué cosa probará / Messina en el costado?" . También en la música revive a Italia, espejo del cosmos: Vivaldi ( "el cielo / se recoge en su única estación"), Verdi, ( "un salto para evadir el reloj parado"). Evoca artistas y personajes que han caracterizado su tiempo y el nuestro, junto con los héroes de la libertad y la compasión. Una reevaluación amorosa y conmovedora de la fascinante Italia: un examen de conciencia del fin del tiempo, con un legado de suave angustia en un   libro cerrado.

Stravaganza, del venezolano Alberto Hernández, publicado en Italia
En diciembre de 2012 fue publicado en Italia el poemario Stravaganza, del poeta y narrador venezolano Alberto Hernández, por el sello Eva Edizioni, como parte de su colección “Estrella Verde”, que es dirigida por Gerardo Vacana.

Traducido por Teresa Albasini Legaz, el libro de 120 páginas, una “crónica de viajes” según la editorial, ofrece una profunda observación poética de la península itálica a través de su historia y de sus expresiones artísticas —desde la arquitectura hasta la música—, y captura la esencia de Roma, Novara, Bolonia, Bari, Módena, Florencia y otros derroteros del país.

También se ocupa Hernández de estadistas, conquistadores y personalidades de la cultura italiana como Cicerón, César, Francisco de Asís, Giotto, Dante, Petrarca, Boccaccio, Vasari, Savonarola, Verdi, Ungaretti, Montale y Pasolini, entre otros, que han dejado huellas imborrables en la historia.

Nacido en Calabozo, Guárico, en 1952, Hernández es periodista y pedagogo. Tiene un postgrado en literatura latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar (USB) y fue fundador de la revista Umbra. Reside en Maracay, Aragua, donde dirige el suplemento cultural Contenido, que circula en el diario El Periodiquito.

Ha publicado, entre otros títulos, los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Bestias de superficie (1993), Nortes (1994) e Intentos y el exilio (1996), el ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981), el libro de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994) y el libro de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999), los ensayos aforísticos Poética del destino (2011), el libro de cuentos Relatos fascistas (2021).
 

La “Stravaganza” di Alberto Hernández
Ci si domanderà ragione del titolo. Se non fosse tratto da una delle prime poesie della raccolta, dove il mistero dei cicli impasta il «tempo del Colosseo» con il «fumo dei motori» – dedicata a Luis Tejada «che visse in Italia» – se dunque “Stravaganza” non avesse un’origine cosí rintracciabile e concreta, se non fosse che «Il rumore raggiunge il grido di un uomo straziato» (il rumore di oggi è il grido nella fossa dei leoni), parrebbe una targa imposta con distacco critico, nel momento di licenziare il manoscritto per la pubblicazione. Ci figuriamo quasi una dubbiosa timidezza, uno sguardo auto-ironico, a rischiosa avventura del pensiero conclusa.
Ma che l’Autore abbia potuto sentire una dose di bizzarria in questo suo lavoro, che l’abbia forse ricercata, è un azzardo della nostra immaginazione. Non si tratta infatti di estravaganti componimenti, perché essi fanno parte di un unico atteggiamento dello spirito ed hanno una certa unità stilistica. Usando una metrica d’avanguardia, di quell’avanguardia perduta ma rimasta cara, come una nostalgia, e che tuttora esercita un’attrazione e pochi lascia immuni, Egli non è mica un decostruttore, e nulla c’è di scomposto nelle liriche; e l’equilibrio vi regna, insieme a quell’afflato partecipativo che è il marchio estremo della poesia. Nulla è piú sicuro della sua fedeltà all’ideale estetico, nel suo fingersi infedele del ritmo, che manda per percorsi pianeggianti e poi storna in sincopi improvvise, o nel voler figurare ribelle ai canoni del verso, che scioglie e libera e anarchizza, senza che si ravvisi infine alcuna dissacrazione nell’inquieto canto.
Hernández è pellegrino malinconico nella travagliata storia d’Italia «seduta sulle macerie della mia memoria», romanticamente ripiegato sul tragico caleidoscopio di ciò che è stato. L’acuto sentimento del poeta non trova riscatto dell’umano, né una formula della speranza, giacché nulla argina il sangue, e la cultura è struggimento: la Storia è la sua storia. E la disinvoltura temporale, che è sintesi della mente e liberà dello spirito, ha il fascino aggiuntivo dello sguardo di un veggente che ha parole per l’inafferrabile.
«Cade l’universo su Canoabo. / Il poeta modella l’argilla di un itinerario: / guada verso il ponente degli Appennini / dove Vibonati plasma il foglio della poesia. / Il pane e il vino risolvono la memoria di Giovanni Battistia, / l’immigrante. /L’Italia entra ed esce dal tropico febbrile.» Il grumo di case a valle di monti selvosi che è Canoabo, un passo a nord di Valencia e uno a ovest di Puerto Cabello, è l’ombelico del mondo da cui il poeta fa perno d’amore in Vibonati, portale d’Italia e nodo universale del naufragio. Quel Giovanni Battista, immigrante a Canoabo, che è nato però a Vibonati, è padre di Vicente Gerbasi («Padre della mia solitudine. / E della mia poesia.»), grande poeta di cui non a caso il nostro riprende emblematici versi; e, quasi per una sorta di identificazione, Alberto Hernández, al pari di Vincente, vive l’Italia come sua, ama e attinge ispirazione dai poeti del nostro Novecento. Una poesia complessa e ricca di riferimenti. Le dediche particolarmente significative.
Dante, Petrarca, Ungaretti, Quasimodo, Saba, Montale, Pasolini, Boccaccio, Cicerone sono i poeti e uomini di lettere di cui contempla quel che di alto rimane. Scruta il respiro delle città: Arles da dove «comincia Roma», Novara («Chi mi segue sa del mio coraggio.»), Bari, Modena («Io la vidi nella mia totale assenza»), Bologna («La mia adolescenza duole.»), Milano («Seppi di Santa Maria delle Grazie / mentre il mondo distruggeva / la strada che persi tra le mani»), Venezia dove non fu mai, e «cosa proverà / Messina sul costato?». Anche nella musica ravvisa l'Italia specchio del cosmo: Vivaldi («il cielo / si raccoglie nella sua unica stagione»), Verdi, («un salto per evadere l’orologio fermo»). Evoca artisti e personaggi che hanno caratterizzato il loro tempo e il nostro, insieme agli eroi della libertà e della compassione. Una riconsiderazione amorosa e struggente del fasciame Italia: un esame di coscienza di fine tempo, con un retaggio di soave angoscia a libro chiuso.
Giuseppe Campolo
Alberto Hernández, Stravaganza, Edizioni Eva, collana “Stella verde”, diretta da Gerardo Vacana, Venafro, 2012, Trad. di Teresa Albasini Legaz, con testo spagnolo a fronte, pp. 120, € 12,00.

El Motor de aire desafía la segunda Ley de la Termodinámica. Invento de un guariqueño.