viernes, 3 de junio de 2011

RUTAS DE FE

UNA IMAGEN, UNA PUERTA, UN CAMINO…

TIBISAY VARGAS ROJAS


Los caminos de Dios son insondables, el hombre, los surca…

Para quienes vivimos en estos predios que los estados Guárico y Aragua ven reverdecer fulgurosamente cuando el invierno abre sus venas de agua, el nombre de Nuestra Señora de La Misericordia y Caridad, es, más que familiar, íntimo.

La fe del creyente local tiene en su corazón espacio y en sus labios invocación para la llama mariana de esta advocación, que según crónicas nació a principios del siglo XVII en suelo venezolano, en la casa familiar del entonces Alcalde de la Santa Hermandad Don Luís Ximénez de Rojas, de origen español, quien veneraba en altar familiar una pequeña imagen al óleo sobre madera de la Virgen de La Caridad, seguramente traída de España, y quizá herencia de familia.

La vivienda de Ximénez de Rojas se ubicaba en la sabana de El Chaparral de Suata (hoy San Juan de los Morros), espacio abarcado en jurisdicción por la ciudad madre o cantón del centro del país para entonces, San Sebastián de Los Reyes, fundada el 6 de enero de 1585 por el Capitán Sebastián Díaz de Alfaro, conquistador español natural de Sanlúcar de Barrameda, que atravesando vicisitudes y seis mudanzas, logró su asiento definitivo en las márgenes del río Caramacate. El 6 de enero del presente esta ciudad aragueña cumplió 409 años de fundada, y sus límites originales, imprecisos por cambios de asiento, a decir de historiadores y cronistas, abarcaban jurisdiccionalmente parte de los hoy estados Aragua, Guárico, Miranda, Carabobo, Cojedes, Portuguesa, y Apure.

Un incendio destruye la casa de Ximénez de Rojas, y el portento de quedar incólume entre las cenizas la imagen devocional, convierte a la zona de El Chaparral en lugar de culto y peregrinaje, hasta que la fama del prodigio, y testimonio de fe de quienes solicitaron en su necesidad a La Virgen de La Caridad el auxilio divino, hace que el 22 de enero de 1692, la imagen fuera trasladada a la ciudad de San Sebastián por disposición del 1lmo. Sr. Obispo de la Diócesis de Caracas y Venezuela para entonces, Don Diego Baños y Sotomayor, para su mayor protección en la iglesia parroquial, y con miras a la construcción en la ciudad de un templo para su exclusivo culto, que quedó concluido a finales de 1731.

Allí se entronizó entonces la imagen de la Virgen de La Caridad, para quedar como Patrona de la ciudad, que ya tenía a San Sebastián Mártir como Patrono desde su fundación, y posteriormente, para efectos de asegurar el mantenimiento del culto a la venerada imagen que desbordaba el afecto de feligreses y peregrinos desde su entronización, se fundó una hermandad que administrara bienes, e imprimiera responsabilidades, y que lleva por nombre desde el 4 de junio de 1792, de Cofradía de Nuestra Señora de La Caridad.

Todo este periplo acontecido a la imagen, ha marcado profunda huella en los devotos sansebastianeros, pero no menor aun, en los originales…

En reciente paseo por los predios de El Chino, caserío aledaño a San Juan de los Morros, y al cual se accede desde esta población a la altura de la zona de La Puerta, del lado derecho de la carretera nacional hacia Villa de Cura, las demostraciones de fe a Nuestra Señora de La Caridad, me conmovieron profundamente, y sé que de igual modo a mi esposo Jeroh, nuestra hija Valeria, mi amiga sansebastianera Belén Cristina, su esposo Alejandro, y a sus tres pequeños hijos, con quienes compartíamos el paseo de un soleado día de aventuras entre petroglifos y puntos de referencia histórica, como la antigua casa del Presidente del Estado Aragua para los años cuarenta Aníbal Paradisi, hoy abandonada, aunque en buen estado de conservación, y sobre la que pesan leyendas locales.

Nuestra sorpresa al descubrir a cuatro horas de transitar por carretera de tierra y difícil acceso, que el amigo Alejandro sorteó felizmente, la presencia de pequeñas oquedades talladas en la dura roca que flanquea el camino, y que resguardaban en su seno imágenes de la Virgen de La Caridad, con pequeños exvotos, flores y cirios, sobrepasó nuestro asombro. Y es que entonces caí en cuenta de la vecindad del primitivo enclave del culto: cerca, muy cerca, están los predios de El Chaparral.

Vecinos del lugar, gente de campo, que entrega a la tierra su esfuerzo diario, dan fe de que en el corral de ganado de una propiedad privada de la zona, están aún los vestigios de asiento de la que fuera otrora casa de Luís Ximénez de Rojas, propietario de la imagen, y por tanto, lugar de nacimiento del culto a Nuestra Señora de La Caridad, manifiestan además, que una pequeña capilla marca el sitio del portento.

No pudimos llegar hasta allí pues lo avanzado de la hora, y una avería del vehículo, nos hicieron poner marcha de regreso a San Juan. Sin embargo, es ya promesa en mi interior retornar cuando sea posible, para ver con mis propios ojos lo referido, y placerme en la memoria de un colectivo marcado por una fe popular que los siglos no han mermado, y que por el contrario, como relicario de amor profundo se mantiene en el recuerdo, y se cultiva hacia una imagen, más allá de una puerta, un camino…

sábado, 28 de mayo de 2011

LA HEROÍNA DE ORITUCO (Notas biográficas)

Carlos A. López Garcés

Cronista de Altagracia de Orituco

Municipio José Tadeo Monagas

Estado Guárico

1.- Ejecuciones colectivas

Doña Josefa María Ramírez está considerada como una heroína orituqueña. Su analfabetismo no le impedía identificarse con los objetivos de la independencia antihispánica. Fuerzas realistas, comandadas por Francisco Tomás Morales, la pasaron por las armas en la plaza pública de San Rafael de Orituco, quizás el día viernes primero de julio de 1814, junto con don Francisco Antonio Castro, su segundo esposo, y José Francisco Calzadilla, un hijo de su primer matrimonio, según Adolfo Antonio Machado, respetable cronista gracitano del siglo XIX. Ella demandó que ejecutaran primero a su marido porque dudaba de la convicción política de él, a diferencia de la suya que, aun antes de fallecer, la demostró gritando que la patria viviera. Su fama está asociada con el estoicismo que habría mantenido en el trance de la muerte segura y cruel y, sobre todo, por la exhortación que le habría hecho a su esposo para que muriese con serenidad en aras del patriotismo, de acuerdo con afirmaciones de Telasco Macpherson, historiador y académico de la décima novena centuria. La ejecución de aquellos tres personajes habría sido a machetazos por orden de Francisco Rosete (lugarteniente de Morales), quien los había detenido en Altagracia de Orituco, de donde eran vecinos. Macpherson añadió que fueron ajusticiados después de presenciar el asesinato de otros patriotas. Aquellas ejecuciones colectivas habrían conmovido intensamente a las comunidades orituqueñas.

2.- Una mujer peleona y un hombre inocente

Don Manuel Ramírez (¿pariente de la heroína?), quien fungía de Comandante Militar y Político del Valle de Orituco y Sub-delegado de la Real Hacienda, afirmó, el 18 de marzo de 1815, refiriéndose a doña Josefa María Ramírez y a su esposo don Francisco Castro, que éste era un hombre muy ingenuo y vivía ocupado solamente de sus labranzas y que aquella mujer era muy amiga de pelear con todos y por esto se había granjeado algunos enemigos. Agregó que a ellos los habían sacado de su vivienda, sin tomar conocimiento de sus causas y los mataron en San Rafael, al principio de la reconquista. Apenas habían transcurrido nueve meses de aquellas ejecuciones públicas.

3.- Bienes secuestrados

Doña Josefa María Ramírez había dejado ciertos bienes en Altagracia de Orituco, los cuales estaban constituidos por vegas de cacao, esclavos y algunos animales. Estas propiedades fueron secuestradas por el gobierno realista, entonces representado por don Vicente González, a la sazón comisionado especial para tales efectos en el Valle de Orituco por la Junta Superior de Secuestros. El comandante don Manuel Ramírez supo de esta operación el propio 18 de marzo de 1815, por intermedio de Francisco Méndez, el teniente que él había destacado en Altagracia para esa finalidad.

4.- Otras crueldades

La muerte de doña Josefa María Ramírez, de su esposo y de su hijo y el secuestro de sus bienes, no fueron las únicas atrocidades cometidas en esos días de la llamada reconquista del gobierno hispánico en Orituco. Otros pobladores de Altagracia, San Rafael y Lezama también sufrieron los atropellos cometidos por las fuerzas monárquicas. Varias propiedades fueron secuestradas y algunos de sus dueños ejecutados, aunque otros emigraron huyéndole a la represión.

5.- Dos matrimonios y cuatro hijos

Doña Josefa María Ramírez procreó cuatro hijos, por lo menos, en el matrimonio con don Francisco Calzadilla, su primer esposo, de quien enviudó en fecha desconocida. Esta pareja estaba identificada como personas blancas pertenecientes a la feligresía de Altagracia. Aquellos descendientes eran dos varones y dos hembras. Uno de los hombres era José Francisco de los Santos, quien nació en 1791 y fue el asesinado en San Rafael por las tropas del Rey a los 22 años de edad; el otro tenía por nombre José María del Espíritu Santo, cuyo nacimiento sucedió en 1793 y fue el que se integró al ejército de los libertadores. Una de las hembras era Paula, todavía menor de edad en 1793; la otra era conocida como María de Jesús y estaba casada con José María Ramírez, quienes fueron catalogados como personas quietas y pacíficas en 1815, por el comandante don Manuel Ramírez, mencionado en párrafos anteriores.

No hay noticias confiables acerca de hijos de la heroína Ramírez concebidos en su matrimonio con don Francisco Castro, el cual fue celebrado el 25 de noviembre de 1804, por el cura José Francisco Aponte, en la iglesia de la parroquia Nuestra Señora de Altagracia de Orituco, de donde eran feligreses ambos contrayentes.

6.- Una familia numerosa y adinerada

Doña Josefa María Ramírez pertenecía, tanto por el parentesco paterno como por el materno, a una extensa familia de dueños de tierras, cacaotales, cañamelares, otros cultivos, esclavos, semovientes, casas y otros bienes. Ella era hija de don Tomás José Ramírez y doña Juana María Sarmiento, vecinos de la parroquia altagraciana. Este matrimonio tuvo doce hijos en total, cuyos nombres eran los siguientes: Tomás Nicolás, María Josefa, María de Jesús, María Manuela, Juan José, Juana María, Josefa María, José Lorenzo, María Fernanda y Tomás José; además, María del Rosario y María Merced, quienes murieron a tierna edad.

7.- Una mujer severa

Es factible suponer que doña Josefa María Ramírez era una mujer de carácter fuerte, muy severa. Esto la habría inducido a castigar excesivamente a una esclava ajena de nombre María, quien falleció como consecuencia de tales maltratos. El dueño de esta esclava, don José Rodríguez Camejo demandó a la agresora, quien fue hecha prisionera, enjuiciada en Altagracia de Orituco y puesta en libertad mediante el convenio de una fianza. Don Pedro Nolasco Castro se constituyó en fiador de la imputada, ante don Tomás Hernández Martínez, Teniente Justicia Mayor del Valle de Orituco, el 26 de octubre de 1804, un mes antes de celebrarse el segundo casamiento de la acusada. Este juicio continuaba aún en abril de 1805; no hay datos disponibles que indiquen cuándo ni cómo finalizó.

8.- Una patriota gracitana

Falta aclarar lo que sucedió con los cadáveres de los ejecutados en Orituco, en aquellos momentos tan dramáticos, aterradores y conmovedores ocasionados por la guerra anticolonialista. Hay particular interés en los restos de doña Josefa María de Jesús Ramírez Sarmiento, una patriota nacida en Altagracia de Orituco, el 24 de abril de 1768, conforme puede deducirse de la partida de bautismo correspondiente, firmada por el presbítero Santiago González Fonte.

Las noticias relacionadas con la heroína Ramírez son muy escasas. Las fuentes apenas contienen datos que sirven para aproximarse a la vida de tan célebre fémina, cuyo heroísmo debe trascender a la inmortalidad como una actitud que dignifique el gentilicio orituquense. Debe aclararse que el propósito no es transfigurarla con juicios de valores equivocados, sino presentarla como el ser humano que, con su entorno familiar y otros semejantes, convivió inmersa en la dinámica de la sociedad colonial, cuyas contradicciones económicas, sociales y políticas se agravaron tanto que ocasionaron la crisis bélica de la cual ella fue víctima también(1).

(1) Este trabajo es un extracto del libro Doña Josefa María Ramírez (heroína de Orituco), de mi autoría. (C.L.G.)

miércoles, 20 de abril de 2011

ANIMA DEL TAGUAPIRE EN ORITUCO*

Carlos A. López Garcés

Cronista de Altagracia de Orituco

1.- Una vivencia juvenil

El río Guayas es límite entre los distritos Monagas y Urdaneta de los estados Guárico y Aragua, respectivamente. A la orilla de él, en territorio guariqueño y a un lado de la carretera que comunica de San Rafael de Orituco a Taguay, tiene vivienda don Agustín Sosa, a quien puede identificarse brevemente así: hombre humilde; ochentiséis años de edad (según confesión propia, aunque su hijo Ramón expone razones para concluir que deben de ser ochentidós u ochentitrés); aspecto fuerte; estatura mediana; cabeza pequeña; cabellos canosos; cutis tostado por el sol a pesar del uso frecuente de sombrero; ojos pequeños; bigote blanco, escaso y bien recortado; cauteloso; lleno de experiencias valiosas; conversador bueno y animado; jinete excelente y caminador de gran resistencia; padre y abuelo varias veces; trabajador de largas jornadas, honesto siempre y activo actualmente; agricultor y criador básicamente; creyente convencido, poseedor de fe infinita y de intuición excepcional; curandero acertador y ensalmista eficiente por empeños de otros; hospitalario; amigo de mucha gente hasta más allá de donde alcanza la imaginación… y tuvo la oportunidad de conocer y auxiliar al Anima del Taguapire, “personificada” en Rosendo Mendoza. El mismo señor Sosa contó emocionado el caso conocido por pocas personas. Esa es para él una vivencia juvenil inolvidable(1).

Don Agustín Sosa (1900-1998). Auxilió a Rosendo Mendoza y fue el primero en invocarlo como Ánima del Taguapire. Foto: Ramón Alberto “Beto” Mirabal Zapata, 1990.


2.- Un enfermo desconocido

De acuerdo con el dato impreciso de la edad del relatador, uno de los años comprendidos desde 1920 hasta 1924 transcurría también con apacibilidad aparente. El general Juan Vicente Gómez era el mandamás de Venezuela. Los quehaceres domésticos se cumplían rutinariamente con pocas variaciones. El período de sequía se había establecido con su inclemencia característica. Don Agustín tenía veinte años de existencia; vivía entonces en Las Guabinas (caserío del distrito Monagas, estado Guárico) cuando a las seis de la tarde, aproximadamente, de un día que el narrador no recuerda ahora con exactitud, a su casa se presentó un hombre desconocido para él; andaba a pie; era viejo, de figura muy delgada, estatura baja, piel oscura (“negro”), cabello ensortijado, etcétera; llegó con unos trapitos enrollados debajo del brazo. Era Rosendo Mendoza, quien residía en las montañas de El Criollo (sitio donde convergen los estados Aragua, Miranda y Guárico); de allí había salido muy afectado por una diarrea sintomática del llamado colerín. Rosendo Mendoza debió de confesar su nombre y procedencia a don Agustín, quien reveló así mismo esa información, confiado acaso de la honestidad de aquél.

El caminante insistía en seguir a pie; sin embargo, el señor Sosa lo convenció para que pernoctara en su casa esa noche, ante la peligrosidad del camino por la abundancia de tigres en la zona. Don Agustín decidió llevarlo hasta el hospital San Antonio de Altagracia de Orituco. Antes informó su decisión a don Juan Agustín Freites, a la sazón Comisario de El Pegón, lugar vecino a Las Guabinas; le solicitó que lo acompañara a trasladar al enfermo para evitarse complicaciones judiciales, pues preveía un desenlace fatal. Aquella autoridad acató la petición.

El paciente había empeorado al amanecer del día siguiente. Se alistaban para partir muy temprano, oscuro aún, con agua suficiente para todos. Aperaban los burros cuando supieron que Rosendo Mendoza no era jinete y se negaba a cabalgar en esos animales por temor a caerse (hecho extraño en un hombre de esa época, ¿o el temor lo motivaba la debilidad que sentía?). Don Agustín le pedía que se montara para viajar más cómodos, pero aquél se negaba porfiadamente, hasta que se convenció de lo razonable del pedimento.

Iniciaron la marcha cuando amaneció. Hicieron funcionar todas sus voluntades. Iban conscientes de la gravedad del caso. Eran las dos de la tarde, quizás. Habían andado más de ocho horas. Faltaban aproximadamente dos kilómetros y medio para llegar a San Rafael de Orituco cuando Rosendo Mendoza se agravó más; tanto que no pudo continuar. Pedía agua; ésta se les había agotado. Por esta razón los acompañantes decidieron acampar a la sombra de un taguapire, que era la única más cerca que encontraron en aquella vía desolada. Don Agustín Sosa resolvió inmediatamente buscar ayuda en San Rafael de Orituco. Juan Agustín Freites se quedó con el enfermo.

Natividad Arocha dio el auxilio demandado por don Agustín; juntos se encaminaron al sitio donde estaba Rosendo Mendoza. Este había fallecido cuando aquéllos llegaron. Al muerto lo prepararon y trasladaron al cementerio de San Rafael de Orituco. Allí lo velaron. Al día siguiente lo enterraron.

3.- Una reseña respetable

Don Leopoldo Olivares aseguró que todo ese asunto sucedió en 1918. Este fue el año de la gripe española; sin embargo, aclaró que éste no fue el mal conque murió Rosendo Mendoza. El informador conoció estos pormenores porque así se los comunicó su madre. El es habitante de San Rafael de Orituco; tiene sesentiocho años de edad; nació justamente en 1918. Su reseña es respetable, pues es investigador preocupado de crónicas orituqueñas. Se empeñó en buscar el acta de defunción de Rosendo Mendoza en el archivo de la Prefectura de San Rafael de Orituco, pero no la consiguió, lamentablemente; aún así su inquietud por el caso no cesa(2).

La fecha de aquel fallecimiento no ha sido esclarecida ni por testigos presenciales siquiera. La duda continúa. Sí se sabe que fue de tarde, porque “el sol se había cambiado hacia el poniente”.

4.- Un espacio para la devoción

La milagrosidad del “ánima” de Rosendo Mendoza comenzó y se difundió pronto. En el lugar donde falleció aquel paciente, bajo la sombra de un taguapire, colocaron una cruz pequeña de madera. Un montón de piedras de escasas dimensiones aumentaba lentamente; representaba la sumisión y reverencia de los creyentes, los cuales depositaban sus limosnas en un perolito puesto allí con esa finalidad. Así le manifestaban además el agradecimiento por los servicios realizados a un “ánima” que tuvo nombre antes de demostrar su “capacidad milagrosa”. Se le llamó Anima del Taguapire y tuvo celador desde el principio. Natividad Arocha fue el primer encargado de atender bien el sitio donde seres devotos asistían a pagar sus deudas a esa “ánima”; algunas personas lo mencionan como el “fundador” de ella.

Las dádivas eran generalmente monedas de poca cuantía (de acuerdo con la posibilidad económica de cada devoto), como acostumbraban expresar la gratitud a las “ánimas de los caminos”.

5.- El primer milagro

No ha sido posible aclarar cuando comenzaron los “milagros” de Rosendo Mendoza. No obstante, don Agustín Sosa explicó: eso fue al poco tiempo de morir aquél. El recordó que a los ocho días de ese suceso, por culpa de un perro majadero y muy ladrador, se soltó un burro suyo, el cual había amarrado en el patio de su casa, en Las Guabinas. La Tierra reseca le permitía seguir las huellas del animal ese mismo día. El seguimiento se facilitaba porque el asno había huido con un mecate largo atado al cuello, cuyo rastro estaba en el suelo polvoriento. Don Agustín llegó al Paso del Memo, en el sitio denominado Tuira, aproximadamente a catorce kilómetros de Las Guabinas. Allí divisó al burro reunido con un ganado ajeno. Los animales, sorprendidos, se internaron en la montaña. El rastreador, angustiado, temía la pérdida del suyo, que podía alejarse en dirección al oeste, hacia las montañas de El Chaparral, mucho más distante de donde estaba y de su residencia. El señor Sosa se quitó el sombrero en ese momento, se arrodilló completo y, con mucha fe, dijo en voz alta mirando al cielo: ¡Ánima del Taguapire, haz que mi burro aparezca! Don Agustín vio enseguida que el asno venía moviendo mucho las orejas, como lo hacen cuando buscan orientación. El peticionario, reconfortado, se quedó esperando; estuvo parado, estático, hasta cuando pudo agarrar fácilmente al burro con la mano. Después se supo que Rosendo Mendoza era “milagroso” y que su “ánima” tenía nombre: es el Ánima del Taguapire. Así la invocó don Agustín Sosa para pedirle la ayuda antes relatada. El señor Sosa se interesó posteriormente en encontrar algún familiar de Rosendo Mendoza; jamás lo logró.

6.- Dos testimonios interesantes

Juan Domingo Ledezma, un vecino setentón de San Rafael de Orituco, recordó recientemente: cierta vez, cuando venía solo de su conuco, miró a un hombrecito (después supo que era Rosendo Mendoza) que lo llamaba desesperadamente pidiéndole agua. Atendió al llamado; se convenció que era una persona diarreica quien lo requería. No pudo satisfacer el pedimento porque la de él se había agotado. Buscó por allí cerca, pero no halló. Así se lo informó al enfermo y se lamentó ante Dios por no auxiliarlo como merecía. El sediento respondió resignado que tal vez eso le convendría. Juan Domingo se enteró luego que el hombrecito murió ese día.

Doña Ernesta de Barrios, doña Leticia Betancourt (hoy fallecida) y su hija doña Asunción de Urbina (tiene actualmente ochentiocho años de edad) presenciaron igualmente aquel acontecimiento. Ellas buscaban una vaca andariega cuando encontraron al hombre moribundo; resolvieron ayudarlo; tuvieron tiempo para llevarle atol y agua, pero el enfermo alcanzó apenas a beber de lo segundo.

7.- Un oratorio remodelado

El árbol donde acampó Rosendo Mendoza desapareció. En ese sitio fabricaron una capilla pequeña; ahora la han reformado y ampliado; el 24 de julio retropróximo la inauguraron con actos religiosos, que incluyeron una peregrinación desde San Rafael de Orituco hasta ese oratorio recién remodelado. Este templo está ubicado aproximadamente a dos kilómetros y medio de San Rafael de Orituco, a un lado de la segunda curva de la carretera que conduce de ese pueblo a Taguay (vía San Juan de los Morros), conocida como la Curva del Anima del Taguapire. Personas devotas acuden allí a cumplir sus promesas. Llama la atención que la tumba de este difunto sólo la visitan ocasionalmente algunos seres piadosos; ahora está abandonada.

8.- Dos ánimas y un mismo nombre

Algunos confunden el “ánima” de Rosendo Mendoza con la de Francisca Duarte, pues ambas se llaman Anima del Taguapire. El primero tiene templo en Orituco, como quedó dicho; la segunda lo tiene en la vecindad de Santa María de Ipire. Nadie sabe exactamente quien fue Rosendo Mendoza. Próspero Infante contó poéticamente la vida de Pancha Duarte; a ella también le cantó José Antonio De Armas Chitty(3); y hasta una oración le han escrito, a diferencia del otro que no la tiene todavía, aunque hay quienes piensan redactarla.

Don Nicolás Olivares habló de la desinformación existente acerca de la identidad del Anima del Taguapire. Para él (al igual que para muchos) era Pancha Duarte; así lo creyó por largo tiempo, máxime cuando obtuvo la confirmación de un “médium”, según confesó. Don Nicolás es hermano de Leopoldo, antes mencionado; tiene sesentiseis años de edad; es nativo de San Rafael de Orituco donde reside; cronista preciso; conversador y escritor de palabra fácil, coherente y agradable; es uno de los recursos intelectuales del Orituco.

9.- Una creencia reciente

Las circunstancias dramáticas que caracterizaron la enfermedad, agonía y muerte de aquel hombre, desconocido y misterioso, influyeron quizás en el proceso de veneración popular del Ánima del Taguapire. El culto al “espíritu” de Rosendo Mendoza se ha incrementado en los últimos años. Muchas personas promueven actualmente esta adoración. Es un ejemplo de milagrería popularizada; sin intervención del Vaticano; sin juicios santificadores previos; pero fundamentada en la fe de los cultores, los cuales acuden a ella ante algún problema de difícil solución.

Hay una verdad entre todas las dudas que puedan surgir: la milagrosidad del Ánima del Taguapire es una creencia tradicional del Orituco de reciente formación.

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* Este trabajo fue publicado por primera vez en el Dario La Prensa, año II, Nº 748, San Juan de los Morros, sábado 16 de agosto de 1986, p. 7.

(1) Don Agustín Sosa falleció en Taguay, estado Aragua, el 12 de agosto de 1998, a los noventa y ocho años de edad, cuando aún conservaba una admirable lucidez.

(2) El señor Leopoldo Olivares murió en Altagracia de Orituco, el 28 de enero de 2003, cuando tenía ochenta y cuatro años de edad.

(3) Al momento de publicar este trabajo en 1986, el señor Salvador Ochoa, nativo de San Rafael de Orituco, ya había escrito un soneto titulado Ánima del Taguapire en febrero de 1974, el cual estuvo inédito hasta 1996, cuando fue publicado en el poemario Riberas del Orituco del mismo autor.

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