lunes, 21 de septiembre de 2009

Douglas Buaiz

Daniel R. Scott


La por demás dolorosa partida de Douglas Buaiz, bella y noble personas de esas que ya no se encuentran dentro de los insensibles hormigueros humanos, me cerco de repente, como una emboscada enemiga, y no miento que al enterarme de la infausta noticia, algo de mí y de muchos se nos fue con él también, porque cuando un joven prometedor de la inestimable calidad humana y con la cortesía de otros siglos parte para el siempre ineludible viaje misterioso que todos realizaremos algun día, inevitablemente algo de nosotros también fenece y se va. Es así. Todos morimos un poco. Nos sentimos disminuidos aunque el dule recuerdo del que se va de alguna manera nos hace más grandes.
¿Qué puedo decir del buen amigo Douglas que ya su hermano, ( quien lamentablemente no pudo asistir a las exequias de su hermano por causas mayores ) no hay dicho en un conmovedor escrito que nos envió vía internet? Se trata de un conmovedor escrito de Yuri Buaiz, que además de darnos una reseña de la trayectoria y las peripecias ideológicas del amigo que se nos fue, asimismo es una joya de esas que salen de la parte más noble del corazón humano y que solo pueden engendrar el verdadero amor filial. Yo por mi parte digo: Más que su profesión, donde supo destacarse con la inteligencia que le es caracteristica a su familia, siempre me llamo la atención su calidad humana sin tizne moral, el saludo amable sin rastros de hipocresía, su apreciación justa de la vida y de las cosas, la bondad natural que era el reflejo y adorno de su rostro y el cual inspiraba confianza a todo aquel que se le acercara a él como amigo.
¿Y qué decir de su familia, los Buaiz, a quienes papá y yo solíamos visitar de contínuo, y con quienes se enfrascaba a disertar o contradecir amablemente temas de carácter político o ideólogico? Despues de la caída del Muro de Berlín papa le hizo notar no sin poca malicia a Yuri el supuesto fracaso del comunismo, a lo que él contesto: "Es que ellos no eran comunistas, Comunista soy yo." Una familia de esas que ya no se ven, que aún no se ha tragado la desgarradora postmodernidad, a la que solemos aplicar el cliché de los de "La San Juan de Ayer", de aquellas que te dan la bienvenida con gesto afable, amplia sonrisa y una humeante y tradicional taza de café. Estas familias ya se extinguen.
Unos quince o diez dias antes de su deceso, un domingo por la tarde, viniendo yo de no sé donde, me encontré a mi amigo Douglas. Venían de una parcela. Despues del acostumbrado saludo saturado de amabilidad y mucha humildad ( una de sus cualidades por excelencia ) me preguntó que como estaba, con la virtud sagrada de su afecto y, acto seguido, me invitó a su casa. "Tienes tiempo que no pasas," me dijo. "Acercate por allá para que te tomes una taza de café y hablemos un rato." Yo le respondí que iría y les mandé por su intermedio saludos a su familia, pero algunas minucias domésticas y laborales me impidieron ir y heme aquí ahora, lamentandome. A veces ignoramos cuan estúpidos podemos llegar a ser al no darle la importancia que ciertas cosas y personas se merecen.
Es de noche, la noche del último adios, como dicen los poetas y camaradas. Veo lágrimas y flores por doquier. Observo condolencias en rostros más confundidos que compungidos. ! Es que era tan joven! ¿Por qué se nos va una vida que es juventud, promesa, proyecto de vida? Justamente lo que no debemos preguntar. Camino hacia el féretro. Me asomo con cierto temor. ¿Qué veré? Preferiría recordarle vivo. Lo contemplé por largo rato. Seguía siendo él. Las virtudes no habían abandonado. Se negaban abandonar su faz. Seguia siendo él y hasta esperé que me hablara.
Parecía el escultórico perfil de una estatua griega.
18 Septiembre 2009

Imagen tomada de http://linch.wordpress.com/2007/04/19/adios/

FOTOGRAFÍAS DE LA HISTORIA

El poeta e ingeniero Enrique Mujica y el periodista y cronista de la ciudad Argenis Ranuarez en el auditorium de la Casa de la Cultura de San Juan de los Morros (Foto: Ilio Colmenárez)(Jeroh Montilla. Si desea ver con más nitidez y detalles la fotografía, haga click sobre la misma)

Dámaso Figueredo, vegas de Guardatinajas

VOZ DE BARRANCO Y SABANA


Alberto Hernández


** El tono de los arrieros: la quejumbre de la tarde de potros cerreros, amadrinados por la mirada de ese llano que se pierde a cada rato, es la señal de Dámaso Figueredo más allá de todos los intentos por amistarse con las sombras.

** Desde Guardatinajas, en las caramas del río Tiznados, se siente la voz de quien regresa a diario a sus calles y solares. En Maracay, mientras tanto, soñó la semblanza de la eternidad.


Seguramente cantaba algún pájaro sabanero en el momento del alumbramiento de María Nicomedes, allá en el hato “Merecurito” en 1939, y de seguro fue así porque la criatura –pocos años después- comenzó a imitar el canto, los tañíos y las distintas voces del monte, ese tan amado y tomado de sorpresa por el niño Dámaso Figueredo, hijo de José Antonio Robles.

En las luces de adentro, en los rastrojos y apagados fogones de la sabana. En la marca del oso hormiguero, o en la mirada del cunaguaro, en la niebla del miedo, donde la cacería y el arreo imperan, Dámaso advirtió la danza de la canoa y la fiebre nerviosa de su río Tiznados, una mancha serpentina –casi detenida- que el llano atajó en Guardatinajas.


Más caminos


A la señal de la mirada, majado el becerro: la voz en falsete por ser muchacho “sin garganta aún”, Dámaso pasó alambres por lo bajo y supo de los atascos de animales en los barrizales del Tiznados, por los lados de “las Ventanas”, llamado sitio de Pueblo Nuevo, por ese afán de aventura pionera. La copla y la fiesta en los patios tenían en este hijo del campo terreno abonado para el desafío del verso improvisado. Cómo lo miraría la madre o el viejo Robles al entonar con voz recia la rutina de la faena, o los sinsabores de una dolencia, en medio de los caminos solitarios, llenos de sol o luna, señales para el largo trecho del silencio. Cómo se descubriría él mismo sacando el grito, la voz que corre sobre la piel del caballo, o sobre los saltos de la canoa que cruza sigilosa el lomo pesado de esa culebra amarilla, o los barrancos de La Atahona. El diablo de Florentino lo retó varias veces. Dicen que Agapito Medina podía dar fe de este asunto.


Río adentro


Dice mucho el río. Y éste lo nombra desde adentro. Dámaso lleva los pies cubiertos del barro de las orillas, la mirada como de paisaje lejano en una tonada ronca, conversadita, que está a punto de reventar mientras mira a lo lejos a Agapito, canoero equilibrista, de piernas cambas, arqueadas para el reto del agua y sus bestias, hundiendo en el cieno del coporo y la palometa el silencio de su travesía. Lleva los ojos puestos en la tarde que se agacha detrás de los chaparros. La mano derecha espanta los insectos del aire. Ha cachilapeado en San Antonio, fundo de Pedro Sosa. Supo de Andrés Delgado Jiménez y Gregoria Orozco en la bondad de sus palabras, en Santa Bárbara. Madrugó la leche y la natilla, el cincho y el canto de ordeño en las empalizadas de Corralito y en Los Araguaneyes, donde Nicolás Llovera comenzó a perder la vista mientras las garzas aturdidas se enlazaban en el cielo. Y el río siempre allí, en el mismo sitio, de frente: de un lado, la sabana acostada entre caños y rozas; del otro, Guardatinajas con Agustín Linares y Ángel López, entre amanecidas y versos improvisados. Dámaso se traía el río en los oídos, con todo su silencio. Por eso cuando cantaba la corriente viajaba en la conversación de sus canciones. Lento, revelado en las caramas, en los descansos del babo.


Viene cayendo la tarde…


Dámaso pudo decir –como lo dijo- que era hijo de la tarde, porque de ella venía, como en el poema de Vicente Gerbasi, venido de la noche. Viene desde La Atahona, con la fresca conversa de Gregorio Jiménez, Ignacio Parra y otros agricultores que hicieron horas sobre el surco, bajo sol inclemente de Guárico. Pero faltaba mucha historia para encontrarlo en Aragua. Faltaba mucho oírlo cantar con ese dejo mesurado, alejado de abusos contra su campesina tenencia, para decir desde la desnudez de su origen: “Viene cayendo la tarde en Guardatinajas”, y despedirse y hacerse leyenda en esquinas y madrugadas, en su veguera insistencia.


Otros caminos


En Maracay, porque ya el llano no era –como él mismo decía con nostalgia- se moría e medio de la más impune de las majaderías de politiqueros y recién avispados.

El río se le perdió todo en la ciudad. Sin embargo, allí estaba su memoria para hacer versos y letanías de Las Galeras de El Pao, o una elegía para Blas Ruiz, el Chicote del llano, un homenaje a la brega y al silencio de los agraciados del polvo último.

Las cuerdas de Lionzo Vera, Cándido Herrera y Eladio Bolívar llevaron por esos pueblos fiesta y bordón en la aguda mirada de Dámaso y Rafael Martínez, Rafael Bastidas, María Carrizales para el contrapunteo, ese entre la vida y la muerte, para descifrar también a Orlando Araujo, llanero del piedemonte barinés.

El camino postrero de Dámaso Figueredo se leía –el tiempo y el descuido lo borraron- en la puerta de entrada a Guardatinajas: “La soga que se revienta corriendo mismo se empata”, la metaforización de un silencio que tiene continuidad en cada verso que se oye por allí, desgaritado en plena sabana, como buscando gente, como buscando el río.


Dámaso “resucitado”


Años después de la muerte de Dámaso, mi amigo el músico Telésforo Naranjo, integrante del Cuarteto, lo oyó cantar a las orillas del río. Telésforo se encontraba de pesca con unos amigos cuando de pronto escucho los rasgueos de un cuatro y la voz de Dámaso entre los mogotales. Llevado por la curiosidad, Naranjo se internó en el monte y encontró a Dámaso sentado, recostado de un árbol, cantando. “Me quedé tieso, pero tuve la osadía de acercarme y saludarlo”. Entonces Dámaso se levantó y saludó al inoportuno. De la misma estatura, bastante moreno, el hombre se acercó al otro y le aclaró: -Yo soy José Figueredo. Sí, hermano de Dámaso”. Entonces se armó la fiesta, tomaron y pescaron juntos en medio de las canciones de Dámaso.

Mi también amigo José murió hace poco, impregnado del sudor del tiempo. Lleno de la voz que siempre lo paseó por esos montes de Dios.

jueves, 10 de septiembre de 2009

El viejo Titán de Ortiz

José Obswaldo Pérez*





LOS FANTAMAS DE LA GUERRA siempre andaban rondando por los cuartos de las viejas casas de Ortiz. La guerra, decía don Arturo Rodríguez, fue otro de los males que afectó la prosperidad de la localidad. “Fue como otra plaga más”, sentenciaba. De él oímos los cuentos de la Guerra Federal como leyendas favoritas de la abuela Evarista Moreno Vilera. Ella, tan gustosa de hablar, contaba las hazañas vandálicas de Martín Espinoza, el terrible sanguinario que creó zozobras en los Llanos. De las locuras de un tal Pedro Aquino; de las acechanzas de Vicentino Hurtado, en los lados del Palmar de Paya. O las malhechorías de los encarbonados del Tiznados y Ortiz.

De esos fantasmas de la guerra debió don Arturo Rodríguez haber oído de su abuela el de Caicamaro. Un ser sumergido, en mutismo zamarro, convertido en leyenda. Una analepsis o flashback nos lleva, en amena conversación, a la fábula de ese personaje desconocido de la memoria histórica orticeña. Todo comenzó con una entrevista al poeta, en el solar de su casa bajo unas matas de mangos y con el fondo de una cortina natural de cantos de pájaros que no extraviaron las palabras del conversador.

Ya estaba envejecido. Aquella mañana bajo por la calle hasta llegar a la plaza del pueblo. Cruzó la diagonal y siguió hasta el edificio donde funcionaba el Cuartel General, ante las miradas esquivas y curiosas de los parroquianos que lo veían embelezados, sin ni siquiera una sonrisa se mostrara en aquel rostro hierático, casi fantasmal. Era Caicamaro, llamado el Titán de Ortiz. Un ser extraño, quien mataba a sangre fría y sin conciencia política. Era un alma fría, calculadora; jamás llegó a soñar en cosas hermosas. Para él sólo la guerra tenía valor y un significado de existencia.

- Era un individuo – decía Arturo – que, a ciencia cierta, no se sabía qué era. Si un jefe de partido, un jefe de guerrilla, un cuatrero o bandolero.

- No se sabe – volvió a responder Arturo-. Pero, si se puede decir que era un hombre de mucha valía.

Cabalgaba la llanura con sus veinte hombres, saciados de vida y revolución. Corría sobre el lomo e’ pelo de su caballo zaino, entre pedregosas colinas y serranías circunvecinas del pueblo de Ortiz. Iba como el viento, sin rumbo fijo, echando plomo a cualquier movimiento sospechoso de enemigos o no enemigos. Así era aquel hombre, misterioso y místico. Algunas veces se mantenía con los godos y otras ocasiones con los amarillos, levantando proclamas a favor de Ezequiel Zamora, el Héroe del Deber Cumplido.

Arturo describe a Caicamaro como un hombre de mediana estatura, de pelo liso y ojos negros. Dicen que era oriundo de San Francisco de Tiznados. Pero nadie ha podido comprobar esto.

La última vez que estuvo en Ortiz fue para despedirse. Murió a toque de desguello, una bala se le atragantó en la garganta. Sus manos estaban sangretadas, cuyas huellas dejo grabadas en las paredes de una casa de alto, sede del Cuartel General, testimonio que recoge el poeta orticeño don Arturo Rodríguez en este verso:


“Sobre la página gris,

de paredes

dejó su herencia de sangre,

El Titán del viejo Ortiz

sobre tumba ignorada,

cayó su orgullo llanero.

Sin ningún adiós postrero,

Ni lágrimas derramadas.

Se hizo leyenda su fama

Y se perdió en la lejanía

Repitiendo en el eco clama

Fue jefe de gran valía”


*José Obswaldo Pérez, Nativo de Ortiz. Es licenciado en Periodismo egresado de la Universidad Central de Venezuela. Cuenta estudios de especialización en Gerencia Municipal. Magister de Historia de Venezuela y actualmente es aspirante a doctor en Ciencias de la Educaciòn en la Universidad Rómulo Gallegos.

Fotografía tomada de http://www.flickr.com/photos/13270037@N04/1360905151/

sábado, 5 de septiembre de 2009

BIBLIOGRAFÍA BÁSICASOBRE LA HISTORIA DE VALLE DE LA PASCUA


DR. FELIPE HERNÁNDEZ G.

PROFESOR TITULAR

UNESR. Núcleo Valle de la Pascua.



En los últimos treinta años, el interés por el estudio de la Historia Regional y Local ha cobrado una relevancia de importancia, esta necesidad la han puesto de manifiesto los habitantes de las comunidades, entendidas como tales, desde las grandes ciudades, los pueblos y caseríos, hasta las localidades más humildes o apartadas. Nos referimos a ese interés por conocer sobre el devenir de los espacios geográficos donde vivimos, donde ha transcurrido y transcurre nuestro acontecer y el de nuestros mayores. Es común que las personas que viven en una comunidad se pregunten ¿Qué era esto?, ¿Cómo era?, ¿Quiénes fueron los primeros que aquí llegaron?, ¿En qué año?, ¿Cómo llegaron?, ¿Por qué vinieron para acá?, ¿Por qué se llama así?, ¿Quién le puso el nombre?, etc.

Es la vocación por la pequeña historia, por la historia parroquial o la historia de campanario, como la llaman algunos, porque su límite alcanza hasta donde llega el tañer de las campanas de la iglesia, o hasta donde llega el radio de acción de la cotidianidad de cada individuo, representado ese espacio por lo que comúnmente se considera como propio, porque ahí están los afectos, los recuerdos, lo que nos identifica, lo que se ha alcanzado en la vida: mi casa, mi calle, mi escuela, los afectos, la bodega, el mercado, donde están los vecinos, que a su vez son mis amigos, es decir, donde transcurre la vida en el día a día, el acontecer, y así, a medida que se van develando incógnitas, se van ampliando los límites y el interés por nuevos descubrimientos.

Tomando como referencia las premisas expuestas, como habitantes de esa comunidad pujante, conocida como: VALLE DE LA PASCUA, capital del municipio Leonardo Infante del estado Guárico, llamada indistintamente de manera cariñosa: La ciudad de palma y sol, capital económica del Guárico, encrucijada de caminos, y hasta de manera pretenciosa y figurada: La princesa guariqueña o la princesa del llano venezolano; en alusión a títulos de nobleza que no tuvo por ser pueblo de formación espontánea en torna al hato, la res y la posada donde pasar la noche durante el período colonial y hasta bien entrado el siglo XX, aunque meritorio porque es una manera de expresar amor y valoración a este terruño, que ha llevado a otros a poner en boga la expresión “Como La Pascua no hay”. Todos esos calificativos son válidos, puesto que con ellos sólo se expresa un sentimiento de identidad y arraigo, que motiva a sus mejores ciudadanos a reconocerla y reconocernos, haciendo de ella la ciudad que todos aspiramos.

En este caso, ante ese interés por conocer e investigar sobre la historia de Valle de la Pascua, les presentamos un muestrario aproximado de una bibliografía básica para su estudio.


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BANCO MERCANTIL Y AGRÍCOLA. (1980): Estados de Venezuela: Guárico, No. 1. Caracas: Publicaciones del Banco Mercantil y Agrícola CA. Septiembre, 1980.

BOLETÍN INFORMATIVO DE LA CÁMARA DE COMERCIO Y PRODUCCIÓN DEL DISTRITO INFANTE DEL ESTADO GUARICO. (04/11/1988): Voz Empresarial, No. 1. Valle de la Pascua.

CÁMARA DE COMERCIO Y PRODUCCIÓN DEL DISTRITO INFANTE ESTADO GUARICO. (s/f): Boletín del Ejército 2º, de Oriente. No. 1. Parte Oficial de la Batalla de Valle de la Pascua. Boletín Informativo.

CASTELLANOS, Rafael Ramón. (Compilador). (1967): Apuntes Estadísticos del Estado Guárico. Caracas: Biblioteca de Temas y Autores Guariqueños.

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CORPOLLANOS. (1995): Municipio Leonardo Infante. Situación Actual y Perspectivas. Calabozo. Octubre, 1995.

CUNILL GRAU, Pedro. (1984): El País Geográfico en el Guzmanato. Talleres Gráficos del Congreso de la República. Caracas.

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DE ARMAS CHITTY, J. A. (1979): Historia del Guárico 1532-1800. Tomos I y II. San Juan de los Morros: Ediciones de la Universidad Rómulo Gallegos.

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FUNDACIÓN POLAR. (1988): Diccionario de la Historia de Venezuela. Caracas: Fundación Polar. Editorial Ex libris.

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GONZÁLEZ ARZOLA, Parminio. (1988): El Periodismo en Venezuela. San Juan de los Morros: Publicaciones de Corpollanos. Editorial Cultura.

GONZÁLEZ CONTRERAS, Miguel. (1978): Casimba. San Juan de los Morros: Editorial los Llanos.

GRATEROL TELLERIA, Ángel. (1982): Camino Andado. Caracas: Talleres Tipográficos de Miguel Ángel García e Hijo.

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HERNÁNDEZ G. Felipe. (2006): Historia de Valle de la Pascua. En los Llanos del Guárico. 1725-2000. Caracas: Talleres Tipográficos de Miguel Ángel García e Hijo.

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LÓPEZ GARCÉS, Carlos. (1985): Bicentenario de Valle de la Pascua. h/s.

LORETO LORETO, Blas. (1989): Historia del Periodismo en el Estado Guárico. Caracas: Academia Nacional de la Historia.

MAGALLANES, Manuel Vicente. (1983): Los Partidos Políticos en la Evolución Política de Venezuela. Caracas: Ediciones Centauro.

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NÚÑEZ VILORIA, José de J. (1992): Reseña Histórica de la Parroquia Nuestra Señora de la Candelaria. Homenaje a María de Candelaria. Valle de la Pascua: Archivo de la Catedral de Valle de la Pascua.

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martes, 1 de septiembre de 2009

La escultura urbana en San Juan de los Morros


Blanca Allegra Arteaga

Abogada y escultora venezolana

Email: blancaallegra@gmail.com





Dentro del contexto artístico escultórico nos encontramos y tenemos contacto desde niños con una categoría de Escultura llamada Urbana, que se define de la siguiente manera de acuerdo a la artista Rita Valentina Giusti Bello:


“Se conoce como escultura urbana a toda pieza escultórica realizada con el propósito de embellecer de forma artística a diversos entornos urbanos dando a conocer un mensaje reflexivo a la sociedad que habite en ella. Por lo tanto, una de las características primordiales de este elemento, consiste en dar un lenguaje propio donde el arte sea el medio comunicacional entre lo que se considera obra-espectador,

logrando así mas que la percepción de un elemento ornamental, la concepción de un generador de ideas, sentimientos y emociones que conlleven a lazos de filiación entre el arte y el ser humano.”



El Leandro con Bandera de Alejandro Colina


La escultura urbana existe y nace con las urbes, muchas de ellas constituyen el elemento expresivo e identificatorio de una ciudad, tal es el caso hoy en día de la estatua de la Libertad en Nueva York, el “San Juanote” escultura de 20 metros en San Juan de los Morros,

María Lionza en Caracas, la escultura de La Madre, en los Médanos de Coro, las esculturas de Simón Bolívar y demás Próceres de la Independencia, ubicadas generalmente en las Plazas Bolívar de cada una de las capitales de nuestros estados, por dar algunos ejemplos.

Por ser los Parques, plazas, lugares de esparcimiento y recreación, esculturas como éstas se hacen necesarias para la comunidad en general, pues se muestran como la representación humana del sitio, transmiten a sus visitantes y hacen inolvidable los momentos y disfrute del lugar, convirtiéndose en muchos casos atractivos turísticos del sitio. A ello se agrega el valor artístico y el incremento del patrimonio artístico del Municipio al cual pertenezcan.


La Elíptica de Adolfo Estopiñan

El objetivo fundamental de las esculturas urbanas es poner en contacto directo con el arte, a los visitantes de Parques, Plazas, Monumentos históricos, Centros Recreacionales y a la comunidad en general y a la vez realzar y valorizar los sentimientos, costumbres comunes, hechos y personajes históricos, la belleza humana y demás argumentos con los que más se identifican las comunidades y las personas.

Cascada en Aguas Termales de Blanca Allegra

En San Juan de los Morros contamos con varias esculturas urbanas, que se han hecho parte de nuestro patrimonio histórico y religioso, asimismo constituyen una muestra artística pública y turística, como son el caso de la escultura de San Juan Bautista, Patrono de la ciudad, ubicada en la Plaza Bolívar de nuestra ciudad, hecha y quiero resaltar públicamente el reconocimiento que bien merece su único autor el escultor italiano Renzo Bianchini. (Autor asimismo de la escultura Juana La Avanzadora, ubicada en Maturín), vaciada en concreto, de 20 metros de alto. También merece mención especial la bella escultura El Leandro, cuyo autor es el escultor venezolano Alejandro Colina (autor entre otras de María Lionza, los Caciques Guaicaipuro, Manaure, toda su obra caracterizada por ser indigenista) ubicada en el Monumento a la Bandera, en la Av. Miranda de nuestra ciudad.

En San Juan de los Morros, tenemos entre otras más, varias esculturas públicas; frente al Colegio de Médicos, está ubicada a la entrada de la ciudad, la obra llamada La Elíptica, del escultor valenciano Adolfo Estopiñan, que representa a una mujer contorsionista. En el Centro Spa Aguas Termales, se ubica entre otras, la escultura titulada La Cascada de mi autoría, que representa a una mujer bañándose en la cascada, vaciada en bronce. Asimismo en el mismo Centro, la obra titulada Péndulo del Tiempo, del conocido escultor Raúl Sánchez, a la entrada de la ciudad, frente al terminal de pasajeros, recientemente colocada, se encuentra la escultura Roscio, en homenaje al Prócer Juan Germán Roscio, (de quien el Municipio toma su nombre) del escultor José Manuel Fuentes. De reciente colocación en La Villa Deportiva de nuestra ciudad, nos deleitan esculturas alusivas a las actividades deportivas que allí se desarrollan, obras representando a los toros coleados, a la natación, al tenis, etc.

San Juan Bautista de Renzo Bianchini

Muy poca importancia, le han merecido estas obras ni a las autoridades, ni a los mismos ciudadanos, muy poco se habla de sus orígenes, su historia, mucho menos de sus autores y es bueno resaltar su importancia para la comunidad, el aporte que nos merecen a todos, denunciar el deterioro que cada una de ellas presenta y la necesidad de su pronta RESTAURACIÓN, para el disfrute de habitantes, visitantes y mantenimiento presente y futuro del Patrimonio Artístico, a través del cual se manifiesta y transmite nuestra cultura popular, religiosa e histórica.

San Juan de los Morros, 31 de agosto de 2009

Fotografias: Blanca Allegra Arteaga

El Motor de aire desafía la segunda Ley de la Termodinámica. Invento de un guariqueño.