martes, 13 de marzo de 2012

La Abuela Carlota

Daniel R. Scott

¡Mi abuela Carlota de visita en casa! A esta querida matrona nacida en 1891 teníamos treinta años sin verla. ¿A qué se debió ausencia tan larga? No lo sabemos, pero hoy está aquí, como venida de un remoto pasado, y eso es lo que importa. Tiene la provecta edad de 123 años pero se le nota la reciedumbre en la complexión, seguridad en el andar y claridad en el hablar, como la última vez que la vi, en diciembre de 1980.Cierto: se vio gravemente enferma a consecuencia de una caída que sufrió una tarde lluviosa y fría de mayo, hasta un punto tal que estuvo varios días en coma, en terapia intensiva, en la ciudad de Caracas, pero hela aquí del todo recuperada. Verdaderamente un milagro genético cortesía de los Power, apellido longevo de origen irlandés.

La visita me trajo algo así como una iluminación. "No puedo dejar pasar la oportunidad de entrevista", me dije. "¿Y si se marcha unos treinta años más o no vuelve?" Sabido es por todos como ella, en las tardes, se sienta en el jardín de la casa de mi tía Antonieta, el mismo lugar donde funciona la academia Dr. "José Gregorio Hernández", y le cuenta a las visitas o a todo aquel que quiera oírle historias verídicas y llenas de nostalgia de los día de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. A veces su tono se eleva tanto que parece estar recitando poemas épicos de su propia invención. Esto es algo que heredó de la idiosincrasia irlandesa: contar viejas y desteñidas historias y eventos de los días ya idos y olvidados por otros. Y mi vieja abuela sabe mucho de la San Juan decimonónica, lo que para nosotros los del siglo XXI es sumamente valioso desde el punto de vista historiográfico y de las fuentes orales.

Revisé pues minuciosamente mi habitación, los escritorios, las gavetas, los rincones, la casa entera y no pude hallar mi vieja grabador de periodista al que le falta una tecla. Mientras sudaba la gota gorda buscando el artefacto mi abuela observaba impávida, traslúcida, sentada en la mesa del comedor, con una mirada extraña que parecía observarme no desde este 2012 sino desde un lejano lugar del siglo XX y de aun mucho más atrás: su mirada parecía observarme desde las postrimerías del siglo XIX. Parecía tener deseos de partir al más allá que le aguardaba Sentí cierto estremecimiento y escalofrío, pero no me preste atención de lo atareado que andaba... ¡Ay abuelita cuantos años y años sin verte! ¡Tres decenios! Hasta le sobreviviste a papá que murió de noventa y dos años! Y el dichoso grabador sin aparecer por ningún lado." Estoy cansado de decirles una y otra vez que no me lo presten!" vociferé perdiendo la compostura, cosa rara en mí. "Lo necesito precisamente para estas ocasiones especiales".

En eso apareció mamá, apacible, conciliadora como siempre, con la solución al problema, como siempre. "No te preocupes hijo" intervino. "Entrevista a tu abuela y yo lo anotaré todo taquigráficamente". Cierto. Ya lo había olvidado. ¡Qué torpe soy! Mi madre fue una excelente profesora de mecanografía y taquigrafía, lo que al caso me calza como anillo al dedo. "Gracias mamá" dije un poco avergonzado. Me dirigí entonces a mi abuela apresurado, sintiendo dentro de mí la rara impresión que ese momento era una visión pronto a desvanecerse. La escena perdía sus colores sus texturas, como si el paso del tiempo, impaciente, cambiara las horas por meses. Pregunté:"¡Qué cosas no habrás visto desde 1891 hasta hoy! Háblame de la sociedad y costumbres de los días de Cipriano Castro y de Juan Vicente Gómez". Mi abuela respondió entre suspiros lejanos, reflexivamente, con la voz quebrada por la antigüedad del siglo y medio recorrido:"¡Hijo, ¡no tienes la más mínima idea de lo que he visto y llevo sellado en mi corazón". Dicho lo cual, mi abuela se levantó de la mesa y salió al campo detrás de nuestra casa a conversar con los campesinos que cortaban la leña para la nueva casa de un hato. Mamá se paralizó cual estatua. No se movía lo más mínimo. Se congeló. Parecía la imagen de una fotografía. Me sobresalté nuevamente. Me acerqué y miré la taquigrafía de sus notas pétreas: garabateadas cual jeroglíficos egipcios en grafito, pude ver el vestigio insignificante de las escuetas palabras que mi abuela pronuncio antes de ponerse en pie e irse...

Entonces, como otras veces, me desperté de ese sueño. No ha sido el primero ni tampoco será el último. Parece ya una tradición escribir relatos e historias familiares basándome en los ardides e informes de mi mundo onírico. Es verdad: vi a mi abuela en diciembre de 1980, y sufrió un coma en junio de 1981, pero murió el 27 de ese mismo mes. Jamás se recuperó. Y mamá, maestra de mecanografía y taquigrafía, ya casi un año que murió. Salí de mi habitación, todavía aturdido por la oleada onírica. En la sala la tv encendida: mi cuñada veía un programa de opinión.

"Cuñada: soñé con mi abuela Carlota y mamá"
22 Febrero 2012

jueves, 8 de marzo de 2012

LA PROVINCIA DEL GUÁRICO

(A propósito del 164 aniversario de su autonomía)

FELIPE HERNÁNDEZ G.
felipehernandez56@yahoo.es
UNESR/Cronista Municipal

El sábado 11 de febrero de 2012, se cumplieron 164 años de la creación de la Provincia del Guárico, en esa fecha, pero en 1848, el presidente de la República, general José Tadeo Monagas, firmó el ejecútese del decreto mediante el cual dividió en tres la antigua provincia de Caracas o de Venezuela, independizando los territorios de Aragua y Guárico.
Desde el punto de vista histórico, el estado Guárico en la época colonial conformaba los Llanos de Caracas que pertenecían a la Provincia de Venezuela, erigida según real cédula del 27 de marzo de 1526. La creación con el nombre de provincia de Guárico data del 11 de febrero de 1848 por resolución del Congreso Nacional, con los cantones Calabozo, Chaguaramas, Orituco y Ortiz; que hasta ese momento pertenecían a la provincia de Caracas. Siendo designada como capital, la ciudad de Todos los Santos de Calabozo, y como primer gobernador, el general liberal Blas Bruzual, natural de Cumaná.
La primera Asamblea Legislativa del Guárico fue instalada el 3 de noviembre de 1848.
En 1854 el Guárico estaba constituido por los cantones Calabozo, Chaguaramas, El Sombrero, Orituco, Ortiz y Unare; y según el censo de ese año su población era de 109.331 habitantes. La provincia fue confirmada en la Ley de División Territorial del 28 de abril de 1856, cuando pasó a formar parte de las 21 provincias de Venezuela hasta 1864, cuando fue declarado estado independiente, parte integrante de los Estados Unidos de Venezuela. Aunque a mediados del año 1863 desapareció como provincia, porque al triunfar la Federación con la firma del Tratado de Coche, se constituyó en Calabozo un gobierno provisorio federal integrado por el general Anselmo Vivas, Pedro Pablo Sarmiento y Diego Brito Real, quienes declararon el estado federal Guárico; el cual fue ratificado luego en la Constitución sancionada el 22 de abril de 1864.
En 1879 pasó a formar parte del Gran estado del Centro con Bolívar (actual Miranda), Guzmán Blanco (actual Aragua), Apure y Nueva Esparta. En 1889 este gran estado fue llamado Miranda. En 1898 adquiere nuevamente su autonomía, la cual le es ratificada mediante decreto del presidente de la República, general Cipriano Castro, el 16 de diciembre de 1899. Desde esta fecha permanece como estado independiente aún cuando ha sufrido cambios en su territorio. Sus límites con el estado Aragua se fijaron mediante protocolo firmado en 1933.
Entre los años 1901 y 1909, la entidad vuelve a recuperar su antigua fisonomía, ocurren cambios en sus distritos. Ya a finales del siglo había tenido otros cambios en su estructura interna. Ahora absorbe al estado Apure, llega hasta Achaguas, más pierde a Altagracia de Orituco que entra a pertenecer al estado Miranda y a Zaraza al estado Bermúdez (hoy Anzoátegui). El distrito Roscio, con Ortiz y El Sombrero, y distrito Bruzual pertenecían al estado Aragua.
La primera capital del Guárico fue Calabozo debido a la presencia del mayor núcleo humano cargado de historia política. José Tadeo Monagas, es quien decide fijar en Calabozo la capital, la cual dura hasta el 15 de octubre de 1874 cuando el general Joaquín Crespo Torres, con el pretexto de una supuesta peste en Calabozo, decreta el traslado de la capital del Estado a Ortiz. La capital del Guárico no permaneció mucho tiempo en Ortiz, solo cuatro años, desde 1874, hasta 1878 en una primera fase, y desde 1879 hasta 1881, en una segunda etapa; es decir, seis años. Para volver a Calabozo hasta 1934 cuando la capital es trasladada a San Juan de los Morros por disposición del general Juan Vicente Gómez, y de un acuerdo entre las legislaturas de Guárico y Aragua, donde también hubo trueque de territorios, en la cual Aragua cedió a San Juan de los Morros y Guárico le otorgó a Aragua las poblaciones de Taguay y Barbacoas.
En la actualidad, el estado Guárico conjuntamente con los estados Portuguesa, Cojedes, Apure y Barinas integran la región de los Llanos. En lo que respecta a su División Político Territorial, para el año 1970, contaba con 7 Distritos, luego en 1988, desaparece la figura de los distritos, pasando estos a ser Municipios Autónomos quedando para este entonces la entidad dividida en 14 Municipios. Hoy en día y de acuerdo con la Reforma Parcial de la Ley de División Político Territorial publicada en la Gaceta Oficial Nº 22 del 16 de septiembre de 1993 el estado Guárico cuenta con 15 municipios y 39 parroquias.

Valle de la Pascua, febrero 2011.

sábado, 25 de febrero de 2012

Las diferencias entre Roscio y Miranda, una aproximación a través de la relación epistolar de Roscio con Andrés Bello

Ponencia Presentada en el
Ciclo de Conferencias Dimensiones de Juan Germán Roscio
Primer Prócer Civil de la República
(San Juan de los Morros, 24 de febrero del 2012)
Despacho del Viceministro para África
del Ministerio del Poder Popular para Relaciones Exteriores
Sociedad Bolivariana del Estado Guárico

Jeroh Juan Montilla

Investigar en historia requiere un desapasionamiento sostenido, y muchísimo más es su necesidad cuando llega el momento de realizar los análisis respectivos y establecer las apreciaciones finales. Esta actitud constituye un requisito ético para quien aspira a visualizar las elusivas y complicadas verdades que generan el estudio de series, sistemas, acontecimientos y personajes históricos. No hay que olvidar que el historiador oscila forzosamente entre la musa del narrador y la lupa o cuchilla del científico. El ejercicio de un más o menos acertado estilo historiográfico requiere evitar en lo posible las trampas de la emotividad política o los engañosos vericuetos de la neutralidad intelectual.

En el estudio de la historia venezolana el periodo independentista constituye una cantera propicia para forjar mitos de todos los gustos, mitos tanto exaltadores como encubridores. En muchos casos esto a las claras es intencional, consciente, responde a intereses, pero en otros se deja ver la existencia de una especie de inconsciente profesional que arropa el ejercicio de lo historiográfico. Un inconsciente en todo el sentido freudiano del término, claramente represor y censurador, que solo sabe expresarse a través de lo simbólico, con su férrea sintaxis y categorías de lo correcto.

Juan Germán Roscio

Todavía el discurso historiográfico venezolano, aun aquel que se proclama insurgente, sigue encabalgado sobre un modelo de permanente y sobreactuada reverencia ante los vencedores. A pesar de la penetración de corrientes de muy diverso cuño, el discurso historiográfico sobre el periodo mencionado no deja de ser modelado por el viejo ritornelo romántico. Se apuesta en el fondo a incrementar la sacralización del periodo, y hasta la novedosa visibilización de los excluidos a veces tiende a democratizar la idolatría romántica, a aumentar el número de residentes de nuestro Olimpo patriótico. Se ha escrito mucha historia para la divinización y muy poca para la humanización. La historia no es meramente un propósito de bronces y mármoles, sino también un asunto donde se debaten razones y vísceras. No es el cumplimiento de la felicidad o la fatalidad de un irreversible destino sino la más cruda y fascinante contingencia de lo humano. La certidumbre en estos tiempos parece requerir cierta dosis de irreverencia.

Un aspecto poco profundizado en lo que respecta al periodo antes mencionado es el que toca las relaciones internas de la política patriótica, ese mundillo de antagonismos personales y grupales que una veces roe y otra fortalece contingentemente la consecución de los propósitos generales. La parte viva donde la política de los actores del momento deja ver sus abstractas sublimidades entrelazadas con las carnales excrecencias de sus apasionamientos. La situación dentro de las filas patriotas no era el ejercicio ejemplar de un acuerdo permanente, sino que los desacuerdos eran un verdadero caldo de cultivo donde se escenifica una puja de intereses y poderes grupales y personales. Eran verdaderamente seres de carne y hueso, capaces de equivocaciones e injusticias. Este marasmo debe estudiarse y exponerse profunda, serena y ampliamente, sin los frenos de los compromisos ideológicos, ni los temores sobre lo políticamente correcto o incorrecto. Esta problemática situación en el bando patriota se ha trasladado al discurso de los historiadores, estos toman partido por uno u otro grupo, por uno u otro personaje. Son comunes los términos exaltatorios o los descalificadores, calificativos como fidelidad o traición son las expresiones que terminan por sintetizar superficialmente situaciones y personajes. El poder discursivo de los historiadores ha establecido dos irreconciliables panteones, el de los mentirosos y el de los sinceros, el de los héroes falsos y el de los verdaderos. Olvidándose que establecer lo absoluto en lo ético siempre está en una confrontación insoluble con lo contingente de la política.


Andrés Bello

El caso de las diferencias o antagonismos entre Juan Germán Roscio y Francisco de Miranda es paradigmático, ha inclinado, en muchos trabajos, la balanza historiográfica a favor del Generalísimo en detrimento del jurista Roscio. Por ejemplo dos emblemáticos historiadores como Augusto Mijares y Mariano Picón Salas, tildan de imprudente, cruel y envidioso a Roscio por sus apreciaciones sobre Miranda. El historiador Reinaldo José Bolívar (2010) frente a esta situación expresa acertadamente que: “Contraponer la figura de Juan Germán Roscio con la de Francisco de Miranda ha sido uno de los elementos que más daño ha hecho a la objetividad histórica con la cual debe estudiarse al héroe guariqueño” (pág. 100) Constituyendo esto una puntada más sobre el velo de olvido con que se ha cubierto la figura de este importante venezolano en la celebración bicentenaria de la independencia. El autor llega a preguntarse el porqué de tanta omisión sobre esta figura, hace de su texto, Los olvidados del Bicentenario, todo un intento de establecer contrargumentos ante lo que pueda mancillar la imagen patriótica de Roscio. Lo hace con la intención de cerrar este capítulo de equivocaciones e injusticias historiográficas, tal es su empeño que en el subtítulo de su libro comienza con la expresión juicio final. Por cierto, solo en el ámbito sagrado de la Biblia es donde se concibe el juicio final, entre los contingentes y mudables seres humanos el juicio final histórico es un imposible, creo que la imagen de Roscio estará permanente haciendo historia, siendo sometida irremediablemente a las distintas figuraciones que les dieran en gana establecer a los futuros venezolanos. Ahora bien, en el contexto temporal que vivimos la respuesta es simple, está exclusión solo responde a ese mecanismos que arriba llamo lo inconsciente en los profesionales venezolanos de la historia, expresado en una obsesiva exaltación de lo militar sobre lo civil, al parecer el ejercicio sangriento de las armas resulta más cónsono con la vieja idea Olímpica del proceso independentista que el árido confrontar de razones de los intelectuales de aquel momento. La misma figura de Miranda padece ese mismo tratamiento, un elemento fascinante, como es la aventura intelectual que revelan sus escritos, a través de diarios y proyectos políticos, es opacada por su accidentado trajinar del militarista en los distintos frentes europeos. Sin embargo, vemos, como ejemplo de una nueva tendencia, que dos historiadores entre otros, Carlos Pernalete e Inés Quintero, en las biografías que ambos escriben de Roscio y Miranda, la situación conflictiva es tratada abiertamente, con más mesura, sin tomar partido por uno u otro, sino mas bien desnudando las causas en que se apoyaron para realizarlas. El propósito ahora es intentar aproximarnos a este episodio de la historia venezolana e intentar hurgar un poco más en las motivaciones que animaron a tan importantes protagonistas. Parafraseando a Unamuno cuando estudia a Kant, podemos decir que nuestro interés está colocado más en los hombres Roscio y Miranda, hombres de corazón y cabeza, que en los abstractos roles del tribuno y del Generalísimo. Interesan más los seres de carne hueso que los ya inmortales que se debaten por su precaria eternidad.

Francisco de Miranda

Cuando Juan Germán Roscio ejerce la Secretaría de Relaciones Exteriores en Caracas escribe seis cartas a Andrés Bello, mientras este último realiza gestiones diplomáticas a nombre de la Junta Suprema de Caracas en Londres. De esta correspondencia nos atraen especialmente dos, la del 9 de junio y la del 31 de julio del año 1811. Esta corta pero intensa relación epistolar primeramente deja ver una profunda confianza entre estos dos prohombres. Roscio inicia su primera carta del día 29 de junio de 1810 con la expresión: Amigo y compañero Bello. Se nota en ella un tono de confianza propio de la camaradería política, donde le informa sus preocupaciones ante lo que ocurre en España y sobre la actitud y acontecimientos en las provincias disidentes a la causa separatista. En el resto de las cartas Roscio cambia su expresión inicial por una más afectuosa: Mi amado Bello. A excepción de la del 31 de julio donde añade a la anterior expresión las palabras: compatriota y amigo. Vemos como los lazos de amorosa intimidad fraterna son reforzados con el sentir patriota. Roscio parece apelar a este sentimiento político ante el carácter de las severas expresiones que va emitir a continuación. Esta carta es la más extensa y la que deja al descubierto de modo crudo y sincero las duras opiniones de Roscio ante las actividades de Miranda. Son diversos los hechos que en esta carta Roscio evalúa del proceder político del Generalísimo. Aquí, por asunto de espacio, vamos a tratar solo dos aspectos de esta correspondencia. Es innegable la fuerte decepción que atraviesa todas las líneas que se refieren a Miranda. En el segundo párrafo Roscio relata la actitud desagradecida de Miranda ante los beneficios conferidos:

Pero en ninguno de nuestros periódicos habrá V. leído, ni leerá siquiera una acción de gracias por estos beneficios, porque el beneficiado no ha producido ningún rasgo de gratitud que inspira el derecho natural. Él había protestado en su primera instancia que dirigió desde esa corte, y en la segunda que hizo en La Guaira, solicitando permiso para venir a esta ciudad, que su ánimo era el de colocarse en la clase de simple ciudadano, y pasar entre los suyos el último resto de su vida. Pero cuando recibió el grado y sueldos referidos, no estaba todavía contento, porque aspiraba al de General de primera clase y al sueldo que los Tenientes Generales debían tener en América con arreglo a las ordenanzas de España. (Bello, Andrés (1984) Pág. 28, tomo XXV)

Pienso que hasta cierto punto es una ingenuidad por parte de Roscio creer que un hombre de fuertes inquietudes políticas como Francisco de Miranda llegue al país a conformarse con ser un simple ciudadano. Es explicable las falsas promesas de este, para nadie es un secreto que Miranda desde su estancia en Europa inspiraba recelo dentro de los cenáculos independentistas caraqueños. Quintero (2001) dice:

Respecto a Miranda, las recomendaciones verbales habían sido que se defendiesen de él o aprovechasen su concurso ‘…solo de algún modo que fuese decente a su comisión’, según se lo manifestó Andrés Bello muchos años después a su biógrafo Miguel Luis de Amunátegui. (Pág. 77)

Es obvio que Bello y Roscio comparten entonces la misma desconfianza política sobre Miranda. Es también evidente las razones de este recelo, Miranda se movía por el mundo solicitando a distintas naciones ayudas para un proyecto independentista americano, proyecto noble pero de fuerte acento personalista. Tampoco es desconocido el fuerte empeño de este para imponer sus ideas. No es para nosotros hoy una consternación ni desmerita su figura reconocer la particular pedantería de Miranda. Aquella serie de gestos prepotentes, distintos a la cortesía criolla, debieron parecerle un horror de mala educación a Roscio. Ahora bien las iniciativas políticas del Miranda por el mundo estaban plagadas de zigzags, impuestos por las maniobras propias de la política internacional, aparte que implicaban de fondo la peligrosa tutela de las potencias europeas. Todo esto generaba mucha suspicacia, y daba soterrados argumento a sus opositores dentro del bando independentista. Ahora el uso del ardid de decir algo para ganar tiempo y hacer posteriormente lo contrario es la norma usual que ha dictado la conveniencia entre los políticos, digamos que esa misma estratagema es la que usan hábilmente los patriotas frente a España, simulan en un primer momento defender los derechos de Fernando VII, y posteriormente de acuerdo a como evolucionan los acontecimientos en la península las cosas en Caracas van derivando ha desatar paulatinamente el nudo colonial.

El otro elemento a destacar son las aseveraciones que Roscio emite sobre la Sociedad Patriótica y las actuaciones de Miranda en esta. De este organismo dice:

Tolerada por el gobierno la tertulia patriótica con el deseo de que trabajase algunos planes de Constitución, de Confederación, o de otro objeto importante a caracas y Venezuela, tomó algún cuerpo, y degeneró en un mimo de gobierno, o censor de sus operaciones. Pero este exceso nació de algunos miembros del Congreso, que lo eran también de la tertulia, y que resentidos de no haber prevalecido su opinión en el Cuerpo Legislativo, la reproducían en aquella sociedad, hallaban apoyadores, y censuraban las resoluciones de la Diputación General de Venezuela. Algo se ha moderado este exceso. Su número pasa de 200 y nada ha hecho en utilidad de Venezuela ni de ninguna de sus provincias. (Bello, Andrés (1984) Pág. 32, tomo XXV)

Roscio rechaza de plano las actuaciones de la Sociedad Patriótica, la considera un organismo de extremistas que pretenden acelerar imprudentemente el proceso de transformación social y político. Una especie de cofradía de jacobinos criollos alborotadores. Roscio más adelante, en la misma carta, informa con cierto sarcasmo que el mismo Miranda habiendo sido propuesto como presidente de la Sociedad Patriótica no llegó ni alcanzar los votos para vicepresidente. Que solo a través de maniobras de prensa, la ayuda de los Ribas y haber ganado la opinión de los pardos puedo obtener finalmente la presidencia de la misma, Roscio remata llamándola velorio patriótico. Califica a sus miembros de “…jugadores de gobierno, semejante a muchachos que remedan las Juras, los avances, los ensayos militares, las maromas y volantines, los diablitos y gigantes, las tarascas y otras funciones religiosas, y profanas.” (Bello, Andrés (1984) Pág. 33, tomo XXV) Realmente estos calificativos que achacan infantilidad política a los miembros de este nutrido club responden en Roscio a una concepción particular del ejercicio de la política donde la mesura y el cálculo marcan el ritmo de sus acciones. En cambio Miranda se mueve como pez en el agua dentro del mundo contradictorio del club patriótico. Hombre formado bajo fragor idealista de la ilustración, ama la polémica y el debate de las ideas. El pensamiento político de Roscio se alza sobre un piso teológico de revolucionaria amplitud pero que mantiene el carácter sobrio de la religión católica dominante. Miranda es el sospechoso de masonería, tiene la calificación de ateo, es llamado irreligioso por Roscio, sin embargo, hay que decirlo, es un convencido creyente de la libertad en las prácticas religiosas. Es un diletante político, un entusiasta que sabe que hacer política es un constante tejemaneje, una interminable maraña haceres. La desmesura del verbo mirandino toma su mejor prueba en los debates del Congreso donde llega hasta sufrir la agresión de una bofetada por parte del presbítero y diputado Ramón Ignacio Méndez, y todo por su encendida e impaciente propuesta de asumir sin más dilaciones la independencia. Es interesante apreciar a través de esta carta que a pesar de estar unidos en el negocio público de la independencia hay una especie de distanciamiento moral entre las familias mantuanas caraqueñas, se señala de un lado a los escandalizadores y del otro a los decentes: Roscio al final de la carta, después de una disgregación en otros temas, dice: “Vuelvo a Miranda para decir a V. que su actual conducta trae la desconfianza de la mayor y mas sana parte del vecindario. Sus amigos más notables son los Toros, los Ribas Herrera y los Bolívares. Diseminador de la discordia y chisme, no da un paso de conciliación.” (Bello, Andrés (1984) pág. 38, tomo XXV) Vaya patota de amigos que tenía Miranda, esta camada alborotadora son los muchachos que comandaran los destinos inmediatos del país. Esta cita deja traslucir lo tan humano que eran estos hombres que toman la iniciativa de fraguar las bases políticas de Venezuela, personalmente los percibos más próximos, me identifico más con ellos, porque los siento mis iguales morales al momento de confrontar nuestras virtudes y miserias históricas.

Vemos entonces, para finalizar, dos concepciones distintas de lo político, cruzadas de la acritud lógica de las diferencias, pero que es un asunto circunstancial, porque como siempre los criterios políticos están atrapados bajo el imperio de las circunstancias. Puede que para junio de 1811 la desconfianza y la pugnacidad marcara los pareceres, pero por esa magia que dan los acontecimientos ya para el 31 de julio Roscio tiene una opinión distinta de Francisco de Miranda, dice en la carta de esa fecha: “Después de mi prolija carta entró Miranda en el Congreso como diputado de uno de los territorios capitulares de Barcelona, y su conducta en este encargo le granjeó mejor concepto. Se portaba bien y discurría sabiamente…” (Bello, Andrés (1984) Pág. 40, tomo XXV) Párrafos más adelante Roscio habla de las opiniones divididas ante la acción militar de Francisco de Miranda en la toma de la alzada Valencia, como siempre los pasos del Generalísimo van tener exaltadores y vituperadores al mismo tiempo. Esta expresión de que Miranda ahora se portaba bien tiene su explicación lógica, ya Miranda para el momento está en una situación distinta, ya está más dentro del aparato gubernamental y ejerce funciones hasta militares, forma parte de la porción más comprometida del gobierno. Al año siguiente los dos forman parte del triunvirato y tienen que decir juntos el espinoso asunto de la capitulación ante Monteverde. Dos caracteres distintos marcados por la exclusión racial de la sociedad mantuana, pero que desde el principio al fin las circunstancias los reúne para trazar un párrafo importante de la historia venezolana.

BIBLIOGRAFIA

Bello, Andrés (1984) Obras completas. Caracas: Fundación La Casa de Bello.

Bolívar, Reinaldo José (2010) Los olvidados del Bicentenario. Juicio final al mestizo Juan Germán Roscio Nieves. Caracas: Fundación Editorial El perro y la rana.

Cardozo, Manuel (1991) Juan Germán Roscio, prócer de la moral y el civismo. Caracas: Ediciones Trípode.

Flores, Jonás (2007) Postura de la iglesia católica en el proceso de emancipación de Venezuela. Caracas: Fundación Editorial El perro y la rana.

Pernalete, Carlos (2008) Juan Germán Roscio. Caracas: El Nacional.

Picón Salas, Mariano (S.f.) Francisco de Miranda. S.c.: Cuarto Festival del libro venezolano.

Quintero, Inés (2006) Francisco de Miranda. Caracas: El Nacional.

Rodríguez, Adolfo (2007) Juan Germán Roscio, el máximo constituyente venezolano. San Juan de los Morros: Alcaldía Bolivariana de Roscio.

Roscio, Juan Germán (1983) El triunfo de la libertad sobre el despotismo. Caracas: Monte Ávila.

Ugalde, Luis (1992) El pensamiento teológico político de Juan Germán Roscio. Caracas: La Casa de Bello.

miércoles, 15 de febrero de 2012

PEDRO SIVIRA : BALUARTE DE LA LITERATURA GUARIQUEÑA

Edgardo Malaspina

Tras su muerte (20.10.2010) Pedro Sivira dejó un legado escritural sólido que nutre el arsenal literario guariqueño, producto de su actividad a tiempo completo como escritor, periodista, poeta y ensayista.

Nació en San Lorenzo , Estado Falcón (29.10.1945), y desde muy pequeño se trasladó con su familia hasta Las Mercedes del Llano, pueblo que atrajo con sus ofertas petroleras a muchos venezolanos de todos los confines del país, y al que dedicó en gran parte su obra novelística. En efecto, sus dos grandes novelas LOS FANTASMAS Y LOS RESIDENTES (1976) y LA W.C COMPANY (1993) son inspiraciones y recuerdos de su infancia y adolescencia mercedenses. Pedro es uno de los representantes más genuinos de la literatura venezolana relacionada con la vida petrolera.

EL NOVELISTA

Arturo Uslar Pietri con su artículo “La siembra del petróleo” vislumbró las consecuencias nefastas, económicas y sociales, para el país del uso no adecuado de las ganancias provenientes de la explotación del oro negro.

El petróleo no se sembró y sobrevinieron las desigualdades sociales.Pedro Sivira vaticina esta especie de orden del caos que estamos viviendo en su primera novela publicada en 1976, Los Fantasmas y los residentes. El tema de la obra es la fiebre del petróleo y presuponía para el escritor guariqueño un gran reto: la cuestión habìa sido abordada por los colosos de nuestra literatura: Rómulo Gallegos, Miguel Otero Silva y Ramón Díaz Sánchez. No obstante, Pedro Sivira salió airoso porque su obra es superior en la forma cruda, realista y fidedigna de manejar y llevar hasta el lector la verdadera historia de la explotación petrolera. Al paso de las páginas se va formando la imagen de un mosaico de las vivencias más sencillas, las alegrías y tristezas de los hombres y mujeres que buscando mejoras y con alma de aventureros se alistaron en la empresa de taladrarle la panza a la tierra y extraerle lo chorros de felicidad. Por otro lado, y mas importante aún, está la “tragedia de los espíritus”, como solía decir Pedro Emilio Coll. Me refiero a los personajes de la novela: Petra, María, Manuel Pantoja, Thompson, Finnegan, don Antero, etc., con todas sus diferentes biografías de grandezas y naderías que coinciden en el escenario tormentoso de la fiebre del oro negro.

Capítulo aparte merece la vida de Juan Valenzuela, personaje principal de la novela, en la que particularmente veo el fracaso, la angustia y la desilusión de no haber sembrado el petróleo. Valenzuela, de humilde pescador, sin recursos mínimos para sustentar a su numerosa prole, pasa a ser el prototipo de la debacle moral de nuestros días. De un pata en el suelo llegó a ser supervisor de producción de la compañía petrolera y, al mismo tiempo, se transformó de un puntual guardián de su amada familia en un arrogante jefe hedonista, cuyo dios estaba representado sólo por el dinero.

“Juancho, como era conocido por todos sus compañeros, había aparecido uno de los tantos días de la semana con su mujercita Anicasia y sus cinco tripones del Oriente del país”. “…se dedicaba a un conuquito de yucas y ocumo y a la pesca de alta mar pero que el hambre era mucha”. “Con sus ropas que los medio vestían, permanecieron en el claro cerca del molino…” Y, luego de la metamorfosis, siendo supervisor y al recibir el sueldo: “Sin preocuparse de contar el dinero, saco un billete de 50 bolívares y pensó que si uno de los hijos que tenía con Anicasia no venía a buscarlo, a lo mejor se los mandaba con e Rey Dormido. Palpó el bulto de billetes con los dedos y se supo con los 2.300 ó 2.500 bolívares libres de compromiso”

En La W.C Company, con mucho más nitidez podemos notar que Pedro Sivira intenta y logra lo que ya han conseguido los grandes de la literatura: hacer de aquello parajes de la infancia, llenos de nostalgia multidimensional y gullivérica el ensueño predilecto de sus relatos, es decir, el pueblo que nos vio crecer es la razón de inspiración del escritor. Así como García Márquez hace de su ciudad natal el mítido Macondo en Cien años de soledad, Pedro Sivira, con la magia de la poesía transforma nada menos y nada más que a Las Mercedes del Llano en eje central de sus novelas.

Muchos de los hechos narrados en ambas novelas ocurrieron verdaderamente en Las Mercedes del Llano, además, es fácilmente identificable la galería de personajes pueblerinos y populares que hasta hace poco deambulaban por las calles mercedenses con sus biografías a cuestas, impregnadas con los rasgos típicos, físicos y psicológicos que les adjudica o identifica y resalta Pedro Sivira, haciéndoles portadores de ese humor ligeramente triste, a la Chejov, y que a su vez hace grande y subliminal la vida cotidiana de los pueblos.

Argenis Rodriguez alguna vez comentó las novelas de Pedro Sivira y dijo que las mismas convertían a su autor en uno de los escritores más sobresalientes de la literatura guariqueña.

EL POETA

Pedro debutó en el mundo de la literatura con dos poemarios, ambos publicados en 1975 :TENTATIVA y EXTRAÑAS COINCIDENCIAS. En tiempos de bachillerato los leí e hice comentarios elogiosos en círculo de amigos y en una hoja con pretensiones de periódico elaborada en batea.

En los últimos tiempos Pedro decantó su estilo e hizo una poesía muy hermosa, llena de imágenes profundamente filosóficas. Sus poemas los publicó en “ediciones particulares” , la variante venezolana de la rusa “samoizdat” .

En estos versos el poeta quiere compartir sus reflexiones espirituales, por eso sencillamente escribe: “El contenido de esta obra puede ser copiado, recitado, fusilado y citado a conveniencia de quien se identifique con esta producción” .

De El rayo luminoso que eres tú (La cara oculta del amor es la guerra.2007) citamos el poema Milagrosamente:

¿Qué por qué te llamo Rayo luminoso?

Sencillo…

porque fui primavera

supe de los calores del verano.

Mis huesos temblaron con la lluvia y el frío

Conocí lo amargo del otoño.

…Y un buen día

acoplaste todas las edades en una sola,

La del amor y la eternidad.

Porque sembraste una gran fuerza en lo profundo

de mi corazón

que me transformó en infinito.

Me hiciste infinito que trasciende tiempo y espacio.

Tibisay Vargas Rojas dijo de este poemario: “Un rayo es una fractura luminosa en el espacio, un instante que acontece inesperado, breve, pero perdurable en la impresionable memoria de quienes lo presenciamos…este (es el ) trabajo de Pedro Sivira…hombre acostumbrado al quehacer con la palabra, siempre por el surco de una narrativa bien plantada en el ámbito regional…”

El otro poemario Palabras para olvidarme de la vida tiene apreciaciones del destacado bardo Alberto Hernández: “ En Pedro Sivira se encuentran las preocupaciones acumuladas, un retardo del hombre ante su propia raíz… La poesía de Sivira es un intento, a dejar de estar cansado. Es el mismo cansancio muy buscando su única alternativa: romper con la seca tendencia del desgano, mutilar el sueño y la ilusión. Es una empresa asaz, peligrosa, es másd, nos puede agotar el reposo. Pero vale la pena”.

El último poema de esta obra es muy elocuente hasta en su nombre: Tengo que descontar mis pasos:

Tengo que desenterrar mis huellas y

seleccionar con cuidado de cristal

purificadas gotas

almacenadas por descuidos invernales.

Aunque tema.

Aunque tiemble.

Aunque todos los pasos del rencor me señalen

y se sumen paralelos a mi desgracia

o, a mi dicha.

...si .Tengo que descontar mis pasos.

HOMBRE DE LETRAS

Pedro Sivira era un escritor en el sentido más completo y sublime del oficio, es decir, en correspondencia con el paradigma según el cual el escritor no es el que escribe, sino el que no puede vivir sin escribir.

Fue uno de los precursores del periodismo cultural en Guárico conjuntamente con Lalo González.. Esta labor la desempeñó en El Nacionalista (El Nacionalista y la Cultura, Culturales de El Nacionalista) y en La Antena (Papeles del Llano). Publicó revistas como Centauro y Kandil.

Guillermo Morón, Edgardo Malaspina y Pedro Sivira. En la casa del gran historiador. Caracas.1996.

Pedro también cultivo el ensayo histórico (El paso de la historia, Alberto Carnevalli, Jesús Bandres) y desde la perspectiva semiológica hizo importantes aportes en el análisis de los discursos de personalidades de la vida pública nacional. Montones de libros lo rodeaban en su mesa de trabajo, bajó un árbol en el patio de su casa. Porque para establecer una comparación o un paralelo histórico, uno solo, tenía que leerse todo un libro.

UN BOHEMIO

Pedro fue un bohemio que hizo lo que quiso: leer y escribir. Su mundo fue el ocio creativo, su biblioteca y el culto a Baco. La pluma calificada de Alí Almeida escribió en Sivirianas:

Pasa la bohemia

y de pronto gira

para gritar:

Sivira…!


El arrendajo

que no lee,

pero que mira,

en el Florilegio

del paisaje

halla un verso

de Sivira


Roca, espiga, pan,

vino, mujer,lira,

flotan en los sueños

de Sivira.

El Motor de aire desafía la segunda Ley de la Termodinámica. Invento de un guariqueño.