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domingo, 12 de abril de 2026

HOMENAJE AL ESCRITOR PEDRO SIVIRA

Jeroh Juan Montilla
El día viernes 10 de abril en horas de la mañana, en el auditorio Juan Germán Roscio de la Casona Universitaria (UNERG) en San Juan de los Morros, estado Guárico, los estudiantes de la maestría de Historia de Venezuela (corte 2026) de esta universidad realizaron un excelente evento como un gesto de reconocimiento a una obra literaria que narrativamente explora y expone un importante y decisivo momento en la historia regional guariqueña, el boom petrolero en la zona de Las Mercedes y Roblecito. El evento se tituló. “Petróleo y cafecito, un homenaje al escritor Pedro Sivira Reyes”. La obra de Pedro Sivira nos muestra como la llegada de la industria petrolera le dio un vuelco a nuestra región, tradicionalmente agrícola y ganadera. El llamado por unos, oro negro, y por otros excremento del diablo, cambió radicalmente el modo de ser de una comunidad llena de fuertes tradiciones heredadas del siglo XIX. De la noche a la mañana Las Mercedes pasa a convertirse en una especie de centro neurálgico que recibe en su seno de modo imprevisto y a borbotones ríos de personas que protagonizan así una diáspora interna de familias enteras buscando así ser parte de la gracia económica que trajo la instalación de la industria petrolera en la región guariqueña. Pedro Sivira (1945-2010) publicó dos importantes novelas “Los fantasmas y los residentes” (1982) y “La W.C. Company” (1993), aparte de otros textos de poesía y ensayo histórico. Nacido en el estado Falcón, lo traen sus padres, bajo el empuje de la diáspora petrolera de ese tiempo, a los 3 años de edad, eso hizo de Sivira un guariqueño adoptivo tanto que la municipalidad de Las Mercedes lo oficializó como mercédense. Durante muchísimos años trabajó como jefe de redacción en el diario El Nacionalista en San Juan de los Morros, allí dirigió importantes y decisivas páginas semanales que les dieron cabida y rostro a diversas figuras de la literatura y la cultura guariqueña. El evento contó con la emotiva presencia de los hermanos del escritor, Saúl y Arcadia, como de sus hijos Juan Francisco, Mary Cecilia, Pedro Alberto y Anny junto algunos nietos. El programa del evento, excelentemente organizado, conducido bajo la presentación del maestrante Pablo Caracas, contó con las palabras inaugurales del doctor Luis Ascanio, coordinador de la Maestría de Historia de Venezuela; lectura de la hoja de vida del escritor Pedro Sivira a cargo de la maestrante Géminis Pumara; charla sobre la narrativa petrolera en la obra de Pedro Sivira por parte del profesor Jeroh Juan Montilla; bautizo del poemario “El rayo luminoso que eres tú”, libro inédito del autor, junto a la presentación del díptico “Acto de Palabra”, editado por Viento Del Sur Editores (Arturo Álvarez D’Armas, 2013), este bautizo y presentación fue acompañado de unas palabras por parte de la poeta Tibisay Vargas Rojas. Se develó un retrato del escritor como un regalo de los maestrantes a los familiares de Sivira. Cerró la programación con una velada musical por parte de la violinista Valeria Andreina Loreto González, y una lectura de algunos poemas de Sivira por parte de los poetas Salvador Lara y Pablo Velásquez junto con la maestrante María del Rosario Moreno, finalmente un ameno compartir donde se degustó café y unas deliciosas pastas por la permanente difusión de la obra de Pedro Sivira. Es importante reconocer la organización y dirección de este evento por parte de los maestrantes: Arturo López y María del Rosario Moreno. Se suman los nombres del resto de los maestrantes de esta especial corte: Jean Carlos Olivo, José Gustavo Morán, Deivi Suárez, Rita Figueroa, Basília Herrera, Oswaldo Loreto, Alejandro Infante y Williams Piñero, cada uno tuvo su aporte de trabajo, como futuros historiadores, en esta actividad que busca rescatar y dar a conocer la historia de nuestra región, parte fundamental de la historia nacional.

viernes, 18 de noviembre de 2022

PERRAS Y ESCORPIONES

Jeroh Juan Montilla

(Dedicatoria en memoria de los míticos barberos de la vieja barbería Iberia de San Juan de los Morros: de izquierda a derecha, José Liborio Orellana (Buche), Emilio Villalobos y Anibal (los tres de la foto), extensiva al nieto de Buche, Carlos Orellana, mi barbero de hoy en día)

¿Una guerra secreta? Dos palabras, dos situaciones imposibles de conciliar en la realidad. Una guerra por sí misma no puede ser secreta, puede estar cruzada, inundada de secretismo, pero ella en su manifestación no tiene nada de oculto, es guerra por su mismo obsceno exhibicionismo. Definitivamente no hay guerras invisibles, ni mudas, ni sordas, no hay guerra que pueda sustraerse al fisgoneo de los sentidos y mucho menos existe una guerra que no sea entre los hombres ¿Qué quiso decir el señor Orio con éso?
Me explico: el señor Orio es uno de los barberos de enfrente. Son dos en realidad, pero Orio es quien me afeita. Usted es mi exclusivo cliente profesor, son sus palabras. El otro barbero es el señor Po. Él nunca me ha afeitado, dice que por nada en el universo va traicionar la exclusividad que tengo con el señor Orio. Ahora, no es exactamente enfrente donde se ubica la barbería, es diagonal al edificio donde está mi apartamento. Son dos pisos y una planta baja, mi apartamento ocupa por completo el último piso, tiene balcón hacia la calle y hacia atrás. Realmente barbería y edificio están esquina contra esquina. Confieso que a la barbería no solo asistía por un servicio de corte de cabello, me gustaba también, por lo menos dos veces a la semana, ir a conversar con estos barberos, oírles hablar de las historias más disparatadas de sus correrías de inmigrantes, eran historias como en clave, salpicadas de raros nombres de pueblos de los cuales yo jamás había oído. Parecían suceder en territorios que estaban fuera de este mundo, con una geografía increíble y en un tiempo impreciso, nunca daban fechas y todos los términos y nombres no aparecían en ninguna enciclopedia o diccionario por mi conocido. Pero hasta cierto punto, no sé por qué, estas historias estaban cubiertas de cierto inexplicable manto de credibilidad. Ellos sabían darle verosimilitud y chispa a sus curiosos relatos.
Decía al principio algo sobre la guerra. Todo sucedió entre una tarde y una madrugada. Esa tarde me tocaba mi afeitada mensual, y mientras esperaba mi turno, ya que había un cliente delante en la silla del señor Orio, leía un voluminoso libro de mi biblioteca personal. Soy profesor de historia universal en postgrado, y esa vez estaba preparando una clase magistral sobre las guerras de la realeza anglosajona. Llevé a la barbería ese libro sobre la Guerra de las Dos Rosas, me hastiaba la espera, y ya el montón de viejas y amarillentas revistas de la barbería habían perdido mi interés.
El señor Orio me dedicó esa vez miradas interrogativas, mientras chasqueaba acompasadamente su tijera. Pasaba una y otra vez su mirada de la cabeza de su cliente al libro abierto sobre mis piernas. Yo espiaba con gusto sus movimientos por el rabillo del ojo, su curiosidad me parecía algo cómica. De repente, no aguantando la curiosidad, me preguntó: -¿Qué lee usted profesor?
Levantado los ojos del libro, le respondí: -Leo sobre la guerra entre la Casa Lancaster y la Casa York, La Guerra de las Dos Rosas.
El señor Orio rio quedamente. -Ah, sí. La de la rosa roja contra la rosa blanca y viceversa. El mismo cuentico de siempre, la rivalidad familiar, sangre contra sangre, toda guerra en este planeta es de los hombres contra los hombres, una misma especie contra sí misma, algo insólito fuera de la Tierra. En esta que usted investiga no ocurre nada distinto, ambas casas son hijas de la casa Plantagenet, la casa de la retama. Mi madre tenía una enorme retama en el patio. Lo único que combatía con ella eran los cálculos renales de mi padre.
Confieso que me asombró que el señor Orio conociese esa historia. Ante su última frase solo me quedó fue sonreír. De inmediato añadí: -Una guerra fratricida de casi 72 años-.
No dijo nada, solo colocó su tijera sobre la mesa de utensilios y lentamente comenzó a inspeccionar la cabeza del cliente mientras giraba la silla. Al final dijo: -Listo- El cliente se levantó, le pagó y se despidió, entonces el señor Orio me hizo una señal con la barbilla, me levanté, dejé el libro sobre un mueble y me senté en su silla de barbero. Del otro lado de la estancia estaba el señor Po, un barbero gordo e italiano, muy silenciosamente se dedicaba a limpiar su instrumental de trabajo. El señor Po parece como de setenta años, su aspecto, a pesar de lo robusto, es casi inmaterial. El señor Orio en cambio es de nacionalidad siriaca, cabello encanecido, pero aspecto más vigoroso, según el mismo ha dicho en una ocasión tiene sesenta años, de esos, cuarenta en el país.
Al sentarme, el señor Orio colocó sobre mí su capa de barbero, un trozo de tela negra que cubrió mi cuerpo hasta la cintura, por delante y atrás. De inmediato la perra, llamada Anunciante gruñó hacia la calle, unos segundos después las otras dos perras hicieron lo mismo, todos le dedicamos una mirada a cada una. Olvidaba decirlo, estos dos barberos traían diariamente consigo a la barbería a tres inmensas perras. Una dálmata de manchas negro azuladas llamada Anunciante, una robusta buldog, de pelambre amarillenta llamada Pesante y una pastor alemán llamada Virgin. Esos extraños nombres aun no entiendo a que respondían, nunca lo pregunté. La barbería tiene dos entradas, una hacia la calle tres y la otra hacia la carrera cuatro. Anunciante siempre se echaba en la que da hacia la calle tres, mientras que Pesante lo hace en la otra, Virgin siempre estaba en un rincón, agazapada en su propio silencio. Allí pasaban toda la jornada, por lo menos en la que a mí me tocaba participar mensualmente. Las tres semejaban guardianes míticos que en sus perennes posiciones dibujaban un triángulo donde Orio y Po parecían resguardarse. Al rato, después de otear y husmear hacia un punto impreciso de la calle, Anunciante bajó las orejas, lo inquietante al parecer se había alejado, se echó de regreso a su silenciosa mansedumbre. Otro tanto hizo Pesante en la otra puerta y Virgin al fondo de la barbería.
-Anunciante, hace honor a su nombre- dijo misteriosamente el señor Po.
-Andan por allí, las tres perciben cada vez más cerca el olor de esas alimañas. La constelación parece estar entrando a su tiempo de desafío. Es triste pero ya era tiempo-Riposta Orio. Tras esto se desató un silencio tenso.
La tijera del señor Orio reanudó su chasquear sobre mi cabeza y el crujido del cabello comenzó a inundar mis oídos. La atmósfera entonces como por arte de magia perdió la tensión. Orio y Po volvieron a ser los mismos. El señor Orio, reanudando el tema de la guerra de las dos rosas, con un dejo de arrogancia dijo: -Setenta y dos años es nada profesor. Hubo y hasta hay guerras más largas, de milenios, hasta de millones de años. ¿Verdad Po?
-Umjú.- Respondió éste, agregando: -Esas guerras que cuentan esos libros suyo profesor son solo un remedo ruidoso, una simple escaramuza. Le repito, un remedo, un remedo de otro enfrentamiento que las modela, las trasciende, la guerra verdadera, la que nosotros conocemos. La guerra de las dos rosas fue reflejo, profesor. Todo y todos comenzamos y terminamos en un reflejo.
Orio remató diciendo: -La verdadera guerra, la única, es la gran guerra secreta, y esa no es de hombre contra hombre, es de una especie contra otra distinta, y esa no sale en ningún libro de historia de este mundo. Ella es de un tiempo donde no existía el tiempo. Fue y aun es entre los venenosos zubenitas y los canis, los grandiosos cazadores.
¿Canis y zubenitas? Nunca había escuchado o leído sobre esos nombres. La curiosidad me llevó a preguntar: -¿Esas son etnias sirias o de Italia?-El señor, dejando de afeitarme comenzó a reírse, otro tanto hizo el señor Po.
-Le dije que es una guerra secreta, el mundo no tiene conocimiento de ella, aunque hay que admitir que de vez en cuando padece sus efectos, los cuales hombres comunes y científicos explican erróneamente cómo catástrofes naturales.
Los barberos volvieron a cruzar de modo cómplice y risueño sus miradas. No los comprendía y no me quedó sino sonreír con ellos, atascado en mi ignorancia, consolándome para mis adentros con la idea de que este par de viejos nuevamente estaban tomándome el pelo con sus extrañas historias.
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Esa noche avancé bastante en la lectura del libro. Leí y releí sobre la enfermedad mental del rey Enrique VI de Lancaster. Locura y ambición, dos ingredientes que nunca faltan. Definitivamente esta era una guerra, en verdad nada extraordinaria, una guerra más, el acto histórico más rutinario de los hombres. Sin embargo, tanta veces leyendo en estos libros el mismo proceso de matanzas, bajo las mismas excusas me llevó esa noche a una sospecha: Tal vez Orio y Po tengan razón sobre la conspiración que nos trasciende. Cerré mi libro y, después de realizar unos apuntes, me fui a la cama, pero antes me tomé tres vasos de vino moscatel, y algo mareado caí entre las sábanas, eso me rendiría como un lirón pensé, pero tuve un dormir agitado. Soñé que estaba en medio de un jardín de apelmazadas plantas de rosas blancas y rojas, yo corría huyendo de unos ladridos y gruñidos invisibles, y en mi carrera sentía como las espinas me rasgaban, parecían las cuchillas de unos feroces soldados que me atacaban sin piedad. Por un momento, ya sin aliento me detuve, y entonces percibí que los ladridos y gruñidos surgían de todos lados, y cada rosa fue transformándose en unas fauces locamente atestadas de colmillos puntiagudos y pétalos como pinzas.
Me desperté sudoroso. Vi instintivamente el reloj, las tres de la madrugada. Por un inexplicable impulso me levanté, crucé la sala y salí al balcón y por una loca analogía me acordé de la suerte de Enrique VI de Lancaster en la Torre de Londres, asesinado en medio de uno de sus ataques mentales. Sacudí esa imagen respirando el aire fresco de la madrugada, miré con alivio hacia el cielo, la constelación de Orión brillaba con fuerza, parecía huir por el firmamento, sin embargo la de Escorpio atenazaba con rabia uno de sus talones más luminosos. Me maravilló ver como la fanfarronería del cazador podía ser derrotada por un minúsculo aguijón. Luego bajé lentamente mis ojos hacia la esquina de la barbería y casi me caigo por la baranda del susto. Ante las dos puertas de la barbería había dos enormes cosas de un azul luminiscente, cada una semejante a una especie de aparato mecánico de complicada tecnología, con un par de brazos mecánicos terminados en tenazas. Estas cosas llevaban en la parte trasera otro brazo rematado en una especie de punzón al rojo vivo. Se apoyaban en cuatro patas a cada lado. La visión comenzó a marearme. Las tenazas hurgaban en las puertas. Pero de repente se aquietaron. Entonces percibí una quietud y un silencio absoluto en la noche. Aquellas cosas no emitían ningún ruido. Era como si el espacio de la ciudad había sido sacado del cauce ruidoso del tiempo. Comencé a sudar nuevamente. Aquellas cosas azules intensificaron su luminiscencia, sentí que sabían que las observaba, se dieron vuelta y sus tenazas me señalaron. ¿Sería que pronto vendrían por mí? Sería una víctima ajena a esta guerra que no me corresponde, la secreta, la verdadera. Todo comenzó a oscurecerse, me sentí en un negro túnel, al fondo veía dos puntos azules de luz apagándose con lentitud, ¿Acaso esto mismo no fue lo último en ver Enrique VI de Lancaster mientras cortaban su garganta? Entonces todo se volvió negro.
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¿Una guerra secreta? Dos palabras imposibles de conciliar en la realidad. Una guerra por sí misma no puede ser secreta. Eso dije al comenzar este relato. La verdad es que la luz del sol dándome en rostro fue lo que me despertó al día siguiente. Estaba asquerosamente untado de mi propio vómito. Ese día los barberos no abrieron, ni al siguiente ni los posteriores, ya han pasado tres meses. ¿Qué habrá pasado con ellos? Todo esto es tan misterioso. He realizado averiguaciones y la casa donde estaba la barbería no tiene dueño. Nadie sabe dónde vivían los señores Orio y Po junto con sus perras. ¿Sería una alucinación lo que vi esa noche frente a sus puertas? ¿Serían los efectos del moscatel? ¿Y mi sueño con aquellas rosas mordientes, llenas de tenazas y pinzas? ¿Y eso de la guerra secreta entre los canis y los zubenitas? ¿Perros y escorpiones? ¿Cómo puede una guerra ser algo secreto? Un secreto entre bandos, para serlo, necesita por lo mínimo complicidad. Como profesor de historia desde hace tiempo sé que los seres humanos no somos dueños del curso de nuestro destino, si es que puede llamarse así esas sucesivas reiteraciones que llamamos historia. No somos responsables de nuestras acciones en el pasado ni en el presente, y el futuro solo es la expectativa de la misma redundancia. Esto puede sonar cómodo o mejor dicho cínico. Pero mi sospecha de una conspiración de orígenes desconocidos se ha fortalecido con mi visión de aquella madrugada y el gruñir de las perras aquella tarde. Algo se está librando bajo el pesado manto de la ignorancia humana ¿Quiénes en realidad eran Orio y Po? ¿Qué querían confesarme entre líneas, siempre bajo el matiz absurdo y jocoso de sus historias? ¿Eran esos enormes escorpiones azules lo que inquietaba a sus perras…? ¿Eran?

miércoles, 24 de febrero de 2021

NUEVO LIBRO DEL ESCRITOR EDGARDO MALASPINA

 Jeroh Juan Montilla

Ayer, martes 23 de febrero del 2021, por Whatsapp recibí un hermoso regalo, un nuevo libro de mi amigo el escritor, editor, cronista y médico guariqueño Edgardo Malaspina, titulado LA LITERATURA GUARIQUEÑA, dicho texto aglutina lo que fueron 10 años (1998-2008) de fructífera labor en la Asociación Civil Editorial Guárico, una década dedicada tesonera y sacrificadamente a publicar el hacer literario e historiográfico de nuestro gran estado Guárico. Realmente una labor histórica, nos llena este texto de mucho orgullo y nostalgia, sentimos que fueron momentos preciosos que tristemente hoy están tronchados, vivimos entre la amargura y la incertidumbre, sin saber si alguna vez podamos recuperar este tipo de iniciativas culturales, es triste decirlo pero el hacer editorial en nuestro país está casi desaparecido, peor en el estado Guárico que ya es una actividad desaparecida tanto en el campo oficial como en el privado.

Dicen que la esperanza es lo último en perderse ¿Tenemos aún entre nosotros a esta dama? Tal vez esta iniciativa de Edgardo, dentro de lo que hoy llamado el universo de las redes sociales, sea un vislumbre de que todavía hay promesa e ilusión en nuestros corazones, que el futuro es una perspectiva de mejores tiempos, solo digamos como devotos cristianos amén, en la espera de lo milagroso. Aprovecho la oportunidad para colocarles aquí el link a dicho libro (https://drive.google.com/file/d/1fCe1spl_o1G-K-VszR9JtskgluvMKpEo/view?usp=sharing
). También les informo que el mismo será el post  que inaugurará un nuevo grupo de Facebook que prontamente crearé: TEMAS Y PUBLICACIONES DE LA LITERATURA GUARIQUEÑA. Felicitaciones Edgardo, los escritores guariqueños te estamos infinitamente agradecidos.

lunes, 7 de septiembre de 2020

LA GRAN PAPELERIA DEL MUNDO EN SAN JUAN DE LOS MORROS

Jeroh Juan Montilla
En la historia de la guerra de la independencia de Venezuela hay una tercera vertiente de la cual siento que no se ha escrito puntualmente mucho, no se le ha analizado, me atrevo a pensar que ni siquiera se le ha tocado ni al descuido. Hasta ahora todo ese gran momento independista, que podemos calificar de trágico o heroico, abrumado con traumáticas desdichas y también con muchas expectativas o esperanzas ha sido delimitado en dos bandos, al parecer perfectamente configurados: los patriotas y los realistas. Después de 1830 la historia de este país, como es usual, la escribirían los vencedores, esta vez los patriotas. ¿Pero son esos dos los únicos bandos u orillas de este conflicto?, ¿los únicos actores sobre ese escenario que gustamos llamar el territorio nacional? Hay una historia cruda y otra historia oficializada, pero en si la historia es un río que en su superficie unas veces bulle con fragor y rigor, y otras se mantiene aparentemente apacible, pero que siempre nos impone su estruendo, molduras y serenidades. Sin embargo, debajo de esa cambiante superficie se mueven otras corrientes, anónimas, solapadas unas, sometidas otras. ¿Fue la guerra de la independencia un asunto exclusivo entre patriotas y realistas? Me atrevo a decir que no. En esta conflagración existió una tercera vertiente, otro bando, otro factor, estoy dispuesto a tomar el riesgo de afirmar que este sector era numéricamente significativo, por no decir la mayoría. Evidenciar ese bando es lo que motiva la presente nota. Éstos, son aquellos que decidieron mantenerse al margen, ni a favor ni en contra de ninguno de los dos bandos enfrentados, claro está que esta marginalidad no los eximió de padecer también los horrores de la guerra, de estar envueltos en ella directa e indirectamente. Ellos fueron los que no participaron, los no dispuestos a sacrificar a otro ni a sacrificarse ellos mismos, los que consideraban a los hechos independentistas una soberana tragedia, una insensatez que arrasaría con el país, ellos fueron los que no se dejaron conquistar por la vorágine pasional del momento.
En el año 1983 de la república de los vencedores en la guerra, se llevó a cabo en San Juan de los Morros un maravilloso evento titulado “Gran Papelería del Mundo”. Un grupo de escritores e intelectuales comandados por Caupolicán Ovalles (1936-2001) deciden recorrer el país exhibiendo la gran biblioteca que Caupolicán hereda de su abuelo el doctor Víctor Manuel Ovalles, esta biblioteca casualmente fue vista por el poeta Pablo Neruda, produciéndole tal maravilla que llegó a llamarla La Gran Papelería del Mundo, quedándose desde entonces bajo ese nombre. Víctor Manuel Ovalles Carlomán (1860-1955), nacido en San Juan de los Morros, fue un dedicado recopilador de libros y papeles, el valor y tamaño de su hemeroteca es inmenso. Fue además editor de periódicos, novelista, de profesión farmaceuta y profesor en UCV durante 25 años, fundador de la Sociedad Venezolana de Historia de la Medicina. El año de 1974 su nieto decide exhibir públicamente toda la papelería de su abuelo. En 1983 lo hace en la casa de la cultura de San Juan de los Morros, estado Guárico, que por cierto lleva el nombre de tan casi mítico personaje, Víctor Manuel Ovalles. Para refrendar con broche de oro el evento sus organizadores imprimen un folleto titulado “La Gran Papelería Del Mundo toma por asalto a San Juan de los Morros”, su portada es la imagen que ilustra esta nota. Entre los organizadores figuran nombres destacados como Saúl Alvarado Guzmán, Elí Galindo, Víctor Valera Mora, Luis Sutherland, Manuel Matute, Antonio Manrique y el mismo Caupolicán. Este interesante folleto, está ilustrado con 11dibujos de César Prieto (1882-1976), artista guariqueño de gran renombre. El folleto en su totalidad consiste, únicamente, en la transcripción de una carta que le envía don Miguel Méndez al doctor Ovalles desde Valle de Pascua en 1900, en él aparece una fotografía de la primera página de esta correspondencia. Dicha carta es toda la referencia que hace don Méndez sobre una entrevista a un anciano llamado Rafael Quintero para los años 1861 y 1862 en la jurisdicción de Espino (Guárico) Al principio comenta Méndez, pero después a lo largo de siete páginas asistimos a leer con fascinación la voz de Quintero en primera persona.
Es aquí donde conectamos el contenido de esta curiosa carta con lo que se menciona más arriba, en el primer párrafo de esta nota. Rafael Quintero es uno de esos venezolanos que decidieron colocarse al margen de la guerra y sus irreconciliables bandos. Él mismo nos relata que en 1813 “El teniente de Justicia de Santa Rita mandó a citar a todos los hombres útiles para el Servicio: el que tenía su caballo debía presentarse en él, y el que no tenía, apié; a mí me citaron a caballo; yo no asistí á la cita, lo que hice fue esconderme.” Más adelante Quintero dice que entendía que la guerra iba a ser larga y sangrienta: “…y como yo no tenía disposición de coger una lanza para matar ó que me mataran, me fui muy distante hácia las cabeceras del río Manapire, y en un lugar sumamente apartado y fuera del camino hize un rancho…” De allí en adelante Quintero narra con detalle sus peripecias junto sus perros Buenamigo y Centinela. Estuvo así hasta el año 1822. Viviendo al límite, él se califica de salvaje, casi igual al personaje de la novela “Robinson Crusoe” de Daniel Defoe. Se mudaba de sitio cuando percibía la cercanía de tropas, batallas o escaramuzas, comiendo morrocoyes, cachicamos, osos u otro animal del monte o de los ríos, perdió toda su ropa y tuvo que apañarse fabricando guayucos y chinchorros de moriche, en el largo transcurso de esos años olvidó hasta lo que era el habla. No les cuento más para no anticiparles la historia. Espero que alguna vez puedan tener el gusto de leer completamente el folleto (en la Biblioteca Pública Central de San Juan de los Morros hay un ejemplar) Lo significativo del caso es que este hombre es el reflejo indiscutible de los muchos que apostaron a la guía de la sensibilidad y a dejarse llevar por los parámetros de la misericordia, que no se dejaron dominar por el imperante resentimiento, el revanchismo o la plaga de la ambición. Hay un párrafo que me impacta, allí él dice: “A fines del año 1817 el día de la batalla de la Hogaza me encontraba montado en serro de Matía en las sabanas del hato de Barranca. Yo había subido á asar un Cachicamo, poco antes del mediodía vi hacia el naciente inclinado al Norte un fuego de fucilería y cañonazos, yo no sabía lo que eran cañones, pero los había oído nombrar antes de la guerra, y también me dijeron que sonaban muy duro; y considerando que, cuantos prójimos quedarían tendido en el campo de batalla se apoderó de mi una aflición tal que no pude menos que echarme a llorar, único consuelo que tuve en aquel momento; el fuego duró pero permanecí en aquel lugar hasta que la noche me obligó a bajar.” Confieso que, cada vez que releo este párrafo, también lloro.
Recientemente en textos de la filósofa y mística Simone Weil leí sobre su asombro cuando presenció el entusiasmo y regocijo de los combatientes republicanos de la guerra civil española (1936-1939) por matar al adversario. Se asombra de que, en medio de una cena o un almuerzo, hablen festivamente de la matanza, que nunca expresen, ni siquiera en la intimidad, la “…repulsión, el desgarro, ni tan solo la desaprobación por la sangre vertida inútilmente.” Que para ellos, desde una causa, ideología o el decreto de una autoridad humana o espiritual, resulte natural matar aquellos cuya vida se ha puesto en la categoría de los que no tienen precio. Simone Weil, una intelectual francesa de las primeras décadas del siglo XX coincide así al calco con los pareceres y sentimientos humanitarios de un llanero venezolano como Rafael Quintero, cuyo saber se reduce a bregar rudamente con reses y caballos. Es una lección de humanidad que no debemos dejar pasar bajo la mesa. Otra referencia que me asalta en este ejemplo es la del famoso relato “Bartleby, el escribiente” (1853) del narrador norteamericano Herman Melville. La anécdota del cuento es sobre un oficinista de Wall Street, un empleado eficiente, de aire solitario, que un día, después de muchos años, de la nada asume una actitud distinta, y ante cada orden que le dan en el trabajo, contesta con esta frase: “Prefería no hacerlo”. La misma marcó desde allí el rumbo del resto de su vida, su renuncia a los haceres del agobiante medio, trabajo y rutina personal, de ahora en adelante contestará así a cualquier orden o petición, desde allí se hace indoblegable, hay no haceres que hacen mucho, “Bartleby, el escribiente” es un relato que ha generado mucha tinta filosófica. Estas actitudes fuera de curso, tanto la de Weil, como la de Bartleby y la de Quintero pueden ubicarse dentro de lo que hoy se conoce como lo “políticamente incorrecto”. En la guerra de independencia lo correcto era ubicarse en uno de los dos bandos, o se era patriota o se era realista. Este llanero, saliéndose de lo obvio y apelando a algo más profundo y en conexión con nuestra especie, decide cumplir uno de más caros mandamientos cristianos: no matarás. Cuestión que más que mandamiento también puede verse como un indesarraigable sentimiento, ante la orden histórica de matar o ser muerto, él prefirió no hacerlo. Por ese sentir asumió todos los peligros de vivir en la soledad y acechanzas de los montes, se convirtió en un maravilloso desertor o traidor a los terribles empeños de la circunstancia histórica. Asumió cualquier riesgo por la vida, la suya, y la de su prójimo. Finalmente, me atrevo afirmar que el bando de este personaje era el de la mayoría de los venezolanos de aquel momento, las mayorías reales no participan sino que son arrastradas y sacrificadas en todas las guerras, cuestión que los historiadores no se atreven a evidenciar plenamente. Este texto de la Gran Papelería del Mundo es un documento que devela esa otra cara de nuestra historia.

EL HOSPITAL GUÁRICO

Jeroh Juan Montilla


Entre los libros de mi suegro, el señor Emilio Vargas, encontré este curioso folleto sobre el viejo hospital de San Juan de los Morros, conocido como “El Hospital Guárico”, creado por el famoso médico Rafael Zamora Arévalo en 1937, y que estuvo ubicado originalmente en la avenida Bolívar, en una vieja casona que llegó a ser sede de gobierno en los tiempos gomeros, como dicen popularmente. Esta edificación hoy se conoce como La Casona Universitaria, y en sus espacios funcionan el área de postgrado y el clínico universitario (Fundacliu) de la Universidad Rómulo Gallegos (UNERG).

El folleto tiene 16 páginas sin numeración, en un papel verde pastel, impreso en tinta esmeralda, tiene algunas fotografías que son las que ilustran esta nota (la primera ilustra la cubierta) Lo firma Ángel R. del Corral, boticario y practicante en el hospital en el hospital. No tiene fecha de edición, aunque, citando palabras del autor al inicio del texto: “Tengo plena seguridad que los Sanjuaneros de nacimiento y de sentimientos, han erigido en su corazón un ALTAR DE GRATITUD en honor a los BENEFICIOS recibidos durante cuarenta y nueve (49) años de este humilde y modesto establecimiento de salud…”, podemos deducir entonces que corre para el momento del escrito el año 1986. Hasta esa década estuvo funcionando este hospital que fue sustituido en ese mismo tiempo por el moderno hospital “Dr. Israel Ranuárez Balza”.


Lo significativo de esta publicación es que constituye un documento de una emblemática institución de salud de la ciudad, aparte de que en sus páginas se hace con justicia mención del personal y colaboradores de la época. Viene a ser un reconocimiento y un esfuerzo para que el olvido o el anonimato no borren los nombres, testimonios y anécdotas de estos honorables y sacrificados sanjuaneros. Ellos fueron Ángel R. Del Corral Belisario (practicante y auxiliar de farmacia), los doctores Luis Codecido y Alejandro Irazábal Deomulen (médico general y cirujano), los estudiantes de medicina Tulio Pineda, Jesús Mata D’Gregorio y Alberto Montenegro, los fieles colaboradores Lino José Flores, Alí Bustamante y Sebastiana Padilla García, las dedicadas a la suma entrega por el prójimo las monjas pertenecientes a la Congregación de las Hermanas de los Pobres de San José: Cecilia (anestesiólogo), María Dionisia, Adriana (superiora), Raquel, Micaela, Virginia y Dolores. Esta nota e imágenes pretenden la misma lucha contra el olvido.

































El Motor de aire desafía la segunda Ley de la Termodinámica. Invento de un guariqueño.