Este BLOG tiene como temática todo lo relativo a la historia, ayeres, actualidades, inactualidades y devenires del estado Guárico y de su capital, la ciudad de SAN JUAN DE LOS MORROS (VENEZUELA)
lunes, 7 de septiembre de 2020
LA GRAN PAPELERIA DEL MUNDO EN SAN JUAN DE LOS MORROS
EL HOSPITAL GUÁRICO
Entre los libros de mi suegro, el señor Emilio Vargas, encontré este curioso folleto sobre el viejo hospital de San Juan de los Morros, conocido como “El Hospital Guárico”, creado por el famoso médico Rafael Zamora Arévalo en 1937, y que estuvo ubicado originalmente en la avenida Bolívar, en una vieja casona que llegó a ser sede de gobierno en los tiempos gomeros, como dicen popularmente. Esta edificación hoy se conoce como La Casona Universitaria, y en sus espacios funcionan el área de postgrado y el clínico universitario (Fundacliu) de la Universidad Rómulo Gallegos (UNERG).
El folleto tiene 16 páginas sin numeración, en un papel verde pastel, impreso en tinta esmeralda, tiene algunas fotografías que son las que ilustran esta nota (la primera ilustra la cubierta) Lo firma Ángel R. del Corral, boticario y practicante en el hospital en el hospital. No tiene fecha de edición, aunque, citando palabras del autor al inicio del texto: “Tengo plena seguridad que los Sanjuaneros de nacimiento y de sentimientos, han erigido en su corazón un ALTAR DE GRATITUD en honor a los BENEFICIOS recibidos durante cuarenta y nueve (49) años de este humilde y modesto establecimiento de salud…”, podemos deducir entonces que corre para el momento del escrito el año 1986. Hasta esa década estuvo funcionando este hospital que fue sustituido en ese mismo tiempo por el moderno hospital “Dr. Israel Ranuárez Balza”.
Lo significativo de esta publicación es que constituye un documento de una emblemática institución de salud de la ciudad, aparte de que en sus páginas se hace con justicia mención del personal y colaboradores de la época. Viene a ser un reconocimiento y un esfuerzo para que el olvido o el anonimato no borren los nombres, testimonios y anécdotas de estos honorables y sacrificados sanjuaneros. Ellos fueron Ángel R. Del Corral Belisario (practicante y auxiliar de farmacia), los doctores Luis Codecido y Alejandro Irazábal Deomulen (médico general y cirujano), los estudiantes de medicina Tulio Pineda, Jesús Mata D’Gregorio y Alberto Montenegro, los fieles colaboradores Lino José Flores, Alí Bustamante y Sebastiana Padilla García, las dedicadas a la suma entrega por el prójimo las monjas pertenecientes a la Congregación de las Hermanas de los Pobres de San José: Cecilia (anestesiólogo), María Dionisia, Adriana (superiora), Raquel, Micaela, Virginia y Dolores. Esta nota e imágenes pretenden la misma lucha contra el olvido.

viernes, 4 de octubre de 2019
LA POESÍA OCULTA DE LUZ ESTHER RANUÁREZ BALZA, VIOLETA IMPERIAL
Quiero con esta nota dedicarle unas líneas a la tristeza. Decir cuánto debe la literatura a ella. El terreno de lo triste es el más fecundo para la escritura. Lo interesante es que en el cedazo de lo literario la tristeza pierde su consistencia original, esa crudeza que va de lo salobre a lo agridulce, lo literario la cuece hasta embellecerla, dándole una pátina de idealidad, volviéndola soportable y olorosa a nostalgia. Y es que la tristeza es tan pegajosa, tan envolvente que su proximidad termina contagiándonos. Nos ablanda y nos derrama.
Si usted, por comodidad u otro motivo, elude el detalle, el leer directamente a un autor, y se decide entonces por las visiones panorámicas, cuando abre un manual de literatura o un libro de historia de la literatura termina por creer que todo lo que aparece en esas páginas, escritas por un experto, revela toda la redondez de ese orbe, es la santa palabra de los breviarios explicativos. Pero esa es solo una fachada, el canonizado rostro que nos deja la mezquindad o la generosidad de la fama, ella, villana o heroína, es la que dicta casi todo lo que se reseña, critica o comenta literariamente. Pero eso no es únicamente la literatura, eso es apenas la superficie, el oleaje. Todo aquello que se ha editado no es toda la literatura existente o imaginable. Debajo hay mucho universo, hay más literatura en el anonimato que en las voluminosas enciclopedias o millones de títulos dedicados a vociferarla, esa clandestinidad creadora es un universo más inabarcable que todas las obras de cualquier género ya publicadas. Piense usted en el ingente número de escritores desconocidos, malogrados, ocultados por el férreo y circunstancial filtro del mercado editorial. Cuantos han sucumbido a la timidez. Figúrese la existencia innumerable de aquellos escritores cuyos textos quedaron atrapados en cajones y gavetas, enterrados y desaparecidos para siempre. No discuto que sean literariamente buenos o pésimos, sino me quedo en el propósito, el mero intento de volver palabras escritas un persistente estado de ánimo, gesto frustrado, opacado, ignorado para siempre por culpa del mismo escritor o del medio que le tocó padecer.
Luz Esther Ranuárez Balza parece estar en la interminable lista de este inventario. Tengo en mi mesa un libro único suyo, un solo ejemplar de factura artesanal, seguramente hecho por ella misma, hojas amarillentas transcritas a vieja máquina de escribir, recortadas y después pegadas en las páginas de un cuaderno tapa dura, de cubierta gris con el título “Aromas del camino” con recuadro y letras color oro. Un libro solitario de 61 poemas bajo la formalidad del metro y la rima, además de 8 textos en prosa. Todos escritos al parecer entre los años 40 y 70 del siglo XX, unos con su nombre, otros con sus siglas y algunos con un seudónimo, Violeta Imperial. Este libro llegó a mí como una rareza bibliográfica, un tesoro familiar impregnado del áspero olor de lo guardado por muchos años, fue, en un gesto de confianza, un préstamo que le hizo a mi curiosidad el dueño del ejemplar, mi amigo el cronista Argenis Ranuárez, sobrino de la poeta. Esta emotiva mujer nació en Zaraza, estado Guárico, en 1924, vivió muchísimos años en San Juan de los Morros, fue empleada del Banco de Venezuela y del Instituto Braille de Caracas, en los años de su ancianidad va a vivir a Barquisimeto donde a los 85 años de edad, en el 2009, fallece. Un ser humano de vida común, aparentemente sin las pretensiones de alcanzar las fulguraciones del prestigio público. Una fachada discreta que no delata ese tumulto pasional que se cocina a fuego lento en el silencio de llevar el poema como un diario personal. Todo su hacer poético se desarrolló meramente en su círculo de intimidad, un escribir para sí misma, sin ninguna manifestación pública de tal mundo, nunca publicó ninguno de sus poemas.
La tristeza es el estado de ánimo que une todo este poemario, la costura que le da cuerpo, una melancolía macerada en el desamor, aderezada con el gusto romántico por lo imposible, como si la autenticidad del amor solo puede medirse con la terrible vara del tormento, o el auto-tormento por lo que no tendremos nunca. Véase algunos títulos del poemario: Vano dolor, Traición y olvido, Triste mirada, De ti no quiero nada, Cuando no estás…, No sé qué anhelo…, Tu silencio, Volvamos al amor, Injusticia, Tu odio, Huyo de mí…, Abandonada, etc., etc.
Pregunto: ¿el dolor se padece o se cultiva? Padecerlo es lo evidente, basta tener sensibilidad. Ahora, cuando se cultiva se toma una ventaja, no es meramente que eres su presa sino que también eres su domador, no puedes desprenderte de él, es tu sombra, pero, paradójicamente, tienes el pulso necesario para educar tu dolor. Estos poemas dejan constancia de la educación de ese niño, de cómo una lacerante tristeza puede aprender cortesía, las buenas maneras del olvido y el rencor. Todo un aprendizaje para alcanzar la incertidumbre:
“No sé qué anhelo
No anhelo siquiera el vago secreto/ de tu alma, ni el porqué de tus horas…/ No pienso si ríes y menos si lloras/ Mi sentir, amigo, es pálido… discreto…// No pretendo ceñir a mis antojos/ tu sueño que va de prejuicio en prejuicio/ ni ansío siquiera el menor sacrificio/ y dejo que miren muy lejos mis ojos…// Prefiero silencio…amarga distancia/ y en mi soledad el frío y el invierno/ y en mi noche de pueblo escuchar en calma/ la voz imposible que acaso te nombra…/ Y cuando al fin mi recuerdo bese tu alma/ sienta que besa apenas tu sombra…”
Amigo o amiga lector, ¿has leído alguna vez los poemas de Christina Rossetti? Una de las voces más singulares del prerrafaelismo, inglesa (1830-1894) Mujer atormentada, de una fuerte devoción religiosa siempre bajo los embates tentadores y redentores del amor. Fuera de lo odioso u honorable de las comparaciones me atrevo a ubicar en el mismo espíritu escritural prerrafaelista el poema de Luz Esther que leímos más arriba. Seguro estoy que ella nunca leyó a esta inglesa, apenas es en 1997 cuando la editorial española Hiperión publica una primera antología en castellano de Christina Rossetti. La historia la mantuvo en el olvido hasta la década del 70 del siglo pasado cuando algunas feministas comenzaron a estudiarla. Los poetas no necesitan conocerse, ni leerse para vibrar en los mismos tonos. Por ejemplo, leamos este trozo del poema “Canción de la novia” de Rossetti: “¡Oh, es tarde para el amor, tarde para la alegría,/ tarde, demasiado tarde!/ has vagado en el camino por mucho tiempo,/ has dudado frente a la puerta:/ la encantada paloma sobre la rama/ murió sin un compañero;/ la encantada princesa en su torre/ durmió detrás de las rejas;/ su corazón se encogía de pesar/ mientras tú la obligabas a esperar.” Confrontadas ambas poetas vemos la misma finura afectiva ante las íntimas catástrofes del amor, un mismo estado de ánimo, igual excelencia escritural pero distinto destino, la inglesa, rescatada, publicada y colmada de elogios, ya un signo que marca rutas en el hacer literario de un siglo, en cambio la venezolana cayó bajo el duro destino de mucha de nuestra poesía, sobre todo la escrita por mujeres, el olvido, el encierro de la gaveta o la definitiva lápida de la inexistencia. Quiera Dios que sus familiares herederos puedan, alguna vez, publicarla completamente para beneplácito de la justicia literaria. Estas palabras que escribo pretenden lo mismo.
Para finalizar podemos concluir haciendo algunas consideraciones valorativas de estilo y forma sobre la poesía de Luz Esther, sobre la naturaleza de su intencionalidad, tanto emotiva como estética. Toda su escritura cuenta con el sello del drama, algo ajeno al gusto de estos tiempos, mas dados a la ironía y al cinismo. Yo, como lector, he aprendido a no leer exclusivamente desde mi tiempo, intento con más empeño el esfuerzo de ubicarme en otros zapatos, ahora transito con más frecuencia páginas de épocas muy lejanas donde los corazones y estados de ánimo se manifestaban de modo distinto, capaces de ingenuidades y malicias sentimentales hoy insólitas, de amar, odiar, alegrarse y entristecerse de modo tan diferente a como hoy lo hacemos. La poesía de Luz Esther está llena de mucha solemnidad romántica, sus lugares comunes e inusuales son otros, ella exprime el fruto del amor con la apropiada exageración de su tiempo, tiene un modo de entrega y arrebato cercano al vino de la desmesura y la piedad. Lo romántico es una tradición y como cualquier acervo tiene sus contextos propios que incluyen normas y artificios, todos volcados a reforzar lo característico de la práctica romántica, cuestiones como la obsesiva conciencia del yo, eje emocional simbolizado concretamente en esa víscera llamada corazón, centro y periferia de exaltaciones y retraimientos amorosos. Otro rasgo de la idiosincrasia apasionada es lo insuficiente que resulta el teatro de la vida para resistir los acosos imaginativos. También puede añadirse la disposición al mito como recurso paranoico para administrar las frecuentes recaídas en las bellas alucinaciones o deslumbramientos estéticos. En la poesía de Luz Esther podemos destacar tres vértices: el corazón, la muerte y la soledad. Del primero ella escribe: “y tenaz en la dicha que no alcanza/ persiste el corazón equivocado.” El ejercicio de lo inútil como el auténtico logro del ser obnubilado, o como sentencia en otro poema: “A lo largo del camino entristecido,/ fatigado se arrastra el corazón…” El segundo leimotiv, la presencia insobornable de la muerte: “Tu suerte no es mi suerte/ ni es la hora para amarnos/ pero si es para olvidarnos/ si es posible hasta la muerte.” Por lógica fatídica la vida es el ámbito donde se posterga el encuentro absoluto de los amantes. Y el tercer y definitivo vértice, la soledad: “En la amarga soledad de su aislamiento/ y en el vacío total de su esperanza.” El castigo como destino inexplicable, duro y paradójico, con la resignación a cuestas, “vagaré silenciosa en el desierto/ sin más tesoros que mis ilusiones.” Amar parece ser lo imperdonable. Confieso que uno de mis actuales afanes lectores es catar y disfrutar mucha literatura de este tipo, romántica y clásica, de sabor pesado o repelente a los paladares contemporáneos. Lo que ahora se califica como rimbombante y cursi, a mí me parece respetable y gustosa literatura, un delicioso descubrimiento. Solo hay que saber leerla. En si no existe, de modo absoluto, ni buena ni mala literatura, son nuestras inclinaciones lectoras que potestativamente las califican de ese modo, en verdad ella es como el amor y el odio, una cuestión de gustos. Cierro estas líneas con una epístola que la poeta le hace a su riguroso maestro de vida y escritura:
“A TI, AMIGO DOLOR….
!Oh, dolor!... soledad y misterio… caprichosa y fiera la vida me acecha y agobiada estoy, ya no sé por dónde voy y sufre también por mí la primavera deshojando pétalos y llanto… y fue mi cruz aquel cariño santo que el mismo dolor se lo llevó y es que tu dolor, no quieres nada, ni siquiera la burla compasiva de otro amor… sólo tú, fuerza invisible, ocupas mi corazón… porque ya mis labios no se espantan si te nombran.
Y es que tú, dolor, me enseñas la farsa funesta del alma y de las cosas y me deslizo contigo por el mundo, porque yo soy tuya como tú eres mío y así los dos en codicia gitana de la eterna espera, vagaremos por una senda sonámbula y oscura en la barca trágica de mi destino fatal…
Nunca más florecerán los campos, ni habrá celaje azul en la naciente aurora, no habrán arrullos de palomas, ni orquesta de alondras en los nidos, ni recuerdos sublimes y floridos, ni frescura en la vida de las rosas…Sólo tu, dolor estás en todo y me rindo a ti sumisa y muda, has de mí lo que quieras, dolor… arrástrame si es posible como un tronco derrumbado hasta el fondo de los áridos valles…
Pasa la tormenta, pasa el amor, todo se desvanece y hasta las dudas volaron con las aves del cariño… Porque tú, dolor, eres el grito amargo que en el fondo de mi silencio cubre de luto mis sueños… y me enseñaste a padecer callando en el sufrir… tú marcas la senda que habré de seguir y juntos los dos así marcharemos con la eterna promesa: ‘PERDONAR Y MORIR’…!”
martes, 27 de agosto de 2013
BIBLIOGRAFÍA GUARIQUEÑA 2
BIBLIOGRAFÍA GUARIQUEÑA 1
Jeroh Montilla
Calles, sitios y aleros de Altagracia de Orituco, autor Pedro Natalio
Arévalo. Ediciones del Sistema Nacional de Imprentas Guárico. (2012) San
Juan de los Morros.
Que es
un pueblo o una ciudad sino un pequeño o enorme cesto de manzanas.
¿Cuantas manzanas tiene su ciudad? Desde niño me ha intrigado esa
expresión para denominar esas cuadriculas regulares o irregulares que
como células o neuronas forman el cuerpo de esos sitios de amores y
desamores, glorias y picardías, imaginaciones, crueldades y ternuras,
verdades y mentiras. Según algunos la expresión manzana como conjunto de
casas rodeadas de cuatro calles es de origen español, originaria del
siglo XVII y de antecedente francés. Recuerdo mi primeras correrias de
niño en darle la vuelta a la manzana. Todos esos recuerdos me asaltan
hojeando este libro del señor Pedro Natalio Arévalo sobre Altagracia de
Orituco donde este nos asoma a la historia menuda y oculta de muchas
calles, callejas y callejones de este pueblo de la región guariqueña de
Orituco. Un pasado que el moho sucesivo del tiempo cubre sin
misericordia, pero que el empeño de hombres amantes del pasado se empeña
en mantener vigente en los vericuetos esquivos de la memoria popular.
Sus páginas están magnificamente precedidas por textos explicativos y
prologantes del escritor Ramón Alberto Mirabal Zapata y el cronista Luis
López Garcés. La edición la realizó el Sistema Nacional de Imprentas
Guárico dirigido acertadamente por el poeta y docente Salvador Lara.
Recomendable su lectura.
sábado, 25 de febrero de 2012
Las diferencias entre Roscio y Miranda, una aproximación a través de la relación epistolar de Roscio con Andrés Bello
Investigar en historia requiere un desapasionamiento sostenido, y muchísimo más es su necesidad cuando llega el momento de realizar los análisis respectivos y establecer las apreciaciones finales. Esta actitud constituye un requisito ético para quien aspira a visualizar las elusivas y complicadas verdades que generan el estudio de series, sistemas, acontecimientos y personajes históricos. No hay que olvidar que el historiador oscila forzosamente entre la musa del narrador y la lupa o cuchilla del científico. El ejercicio de un más o menos acertado estilo historiográfico requiere evitar en lo posible las trampas de la emotividad política o los engañosos vericuetos de la neutralidad intelectual.
En el estudio de la historia venezolana el periodo independentista constituye una cantera propicia para forjar mitos de todos los gustos, mitos tanto exaltadores como encubridores. En muchos casos esto a las claras es intencional, consciente, responde a intereses, pero en otros se deja ver la existencia de una especie de inconsciente profesional que arropa el ejercicio de lo historiográfico. Un inconsciente en todo el sentido freudiano del término, claramente represor y censurador, que solo sabe expresarse a través de lo simbólico, con su férrea sintaxis y categorías de lo correcto.

Juan Germán Roscio
Todavía el discurso historiográfico venezolano, aun aquel que se proclama insurgente, sigue encabalgado sobre un modelo de permanente y sobreactuada reverencia ante los vencedores. A pesar de la penetración de corrientes de muy diverso cuño, el discurso historiográfico sobre el periodo mencionado no deja de ser modelado por el viejo ritornelo romántico. Se apuesta en el fondo a incrementar la sacralización del periodo, y hasta la novedosa visibilización de los excluidos a veces tiende a democratizar la idolatría romántica, a aumentar el número de residentes de nuestro Olimpo patriótico. Se ha escrito mucha historia para la divinización y muy poca para la humanización. La historia no es meramente un propósito de bronces y mármoles, sino también un asunto donde se debaten razones y vísceras. No es el cumplimiento de la felicidad o la fatalidad de un irreversible destino sino la más cruda y fascinante contingencia de lo humano. La certidumbre en estos tiempos parece requerir cierta dosis de irreverencia.
Un aspecto poco profundizado en lo que respecta al periodo antes mencionado es el que toca las relaciones internas de la política patriótica, ese mundillo de antagonismos personales y grupales que una veces roe y otra fortalece contingentemente la consecución de los propósitos generales. La parte viva donde la política de los actores del momento deja ver sus abstractas sublimidades entrelazadas con las carnales excrecencias de sus apasionamientos. La situación dentro de las filas patriotas no era el ejercicio ejemplar de un acuerdo permanente, sino que los desacuerdos eran un verdadero caldo de cultivo donde se escenifica una puja de intereses y poderes grupales y personales. Eran verdaderamente seres de carne y hueso, capaces de equivocaciones e injusticias. Este marasmo debe estudiarse y exponerse profunda, serena y ampliamente, sin los frenos de los compromisos ideológicos, ni los temores sobre lo políticamente correcto o incorrecto. Esta problemática situación en el bando patriota se ha trasladado al discurso de los historiadores, estos toman partido por uno u otro grupo, por uno u otro personaje. Son comunes los términos exaltatorios o los descalificadores, calificativos como fidelidad o traición son las expresiones que terminan por sintetizar superficialmente situaciones y personajes. El poder discursivo de los historiadores ha establecido dos irreconciliables panteones, el de los mentirosos y el de los sinceros, el de los héroes falsos y el de los verdaderos. Olvidándose que establecer lo absoluto en lo ético siempre está en una confrontación insoluble con lo contingente de la política.

Andrés Bello
El caso de las diferencias o antagonismos entre Juan Germán Roscio y Francisco de Miranda es paradigmático, ha inclinado, en muchos trabajos, la balanza historiográfica a favor del Generalísimo en detrimento del jurista Roscio. Por ejemplo dos emblemáticos historiadores como Augusto Mijares y Mariano Picón Salas, tildan de imprudente, cruel y envidioso a Roscio por sus apreciaciones sobre Miranda. El historiador Reinaldo José Bolívar (2010) frente a esta situación expresa acertadamente que: “Contraponer la figura de Juan Germán Roscio con la de Francisco de Miranda ha sido uno de los elementos que más daño ha hecho a la objetividad histórica con la cual debe estudiarse al héroe guariqueño” (pág. 100) Constituyendo esto una puntada más sobre el velo de olvido con que se ha cubierto la figura de este importante venezolano en la celebración bicentenaria de la independencia. El autor llega a preguntarse el porqué de tanta omisión sobre esta figura, hace de su texto, Los olvidados del Bicentenario, todo un intento de establecer contrargumentos ante lo que pueda mancillar la imagen patriótica de Roscio. Lo hace con la intención de cerrar este capítulo de equivocaciones e injusticias historiográficas, tal es su empeño que en el subtítulo de su libro comienza con la expresión juicio final. Por cierto, solo en el ámbito sagrado de la Biblia es donde se concibe el juicio final, entre los contingentes y mudables seres humanos el juicio final histórico es un imposible, creo que la imagen de Roscio estará permanente haciendo historia, siendo sometida irremediablemente a las distintas figuraciones que les dieran en gana establecer a los futuros venezolanos. Ahora bien, en el contexto temporal que vivimos la respuesta es simple, está exclusión solo responde a ese mecanismos que arriba llamo lo inconsciente en los profesionales venezolanos de la historia, expresado en una obsesiva exaltación de lo militar sobre lo civil, al parecer el ejercicio sangriento de las armas resulta más cónsono con la vieja idea Olímpica del proceso independentista que el árido confrontar de razones de los intelectuales de aquel momento. La misma figura de Miranda padece ese mismo tratamiento, un elemento fascinante, como es la aventura intelectual que revelan sus escritos, a través de diarios y proyectos políticos, es opacada por su accidentado trajinar del militarista en los distintos frentes europeos. Sin embargo, vemos, como ejemplo de una nueva tendencia, que dos historiadores entre otros, Carlos Pernalete e Inés Quintero, en las biografías que ambos escriben de Roscio y Miranda, la situación conflictiva es tratada abiertamente, con más mesura, sin tomar partido por uno u otro, sino mas bien desnudando las causas en que se apoyaron para realizarlas. El propósito ahora es intentar aproximarnos a este episodio de la historia venezolana e intentar hurgar un poco más en las motivaciones que animaron a tan importantes protagonistas. Parafraseando a Unamuno cuando estudia a Kant, podemos decir que nuestro interés está colocado más en los hombres Roscio y Miranda, hombres de corazón y cabeza, que en los abstractos roles del tribuno y del Generalísimo. Interesan más los seres de carne hueso que los ya inmortales que se debaten por su precaria eternidad.

Francisco de Miranda
Cuando Juan Germán Roscio ejerce la Secretaría de Relaciones Exteriores en Caracas escribe seis cartas a Andrés Bello, mientras este último realiza gestiones diplomáticas a nombre de la Junta Suprema de Caracas en Londres. De esta correspondencia nos atraen especialmente dos, la del 9 de junio y la del 31 de julio del año 1811. Esta corta pero intensa relación epistolar primeramente deja ver una profunda confianza entre estos dos prohombres. Roscio inicia su primera carta del día 29 de junio de 1810 con la expresión: Amigo y compañero Bello. Se nota en ella un tono de confianza propio de la camaradería política, donde le informa sus preocupaciones ante lo que ocurre en España y sobre la actitud y acontecimientos en las provincias disidentes a la causa separatista. En el resto de las cartas Roscio cambia su expresión inicial por una más afectuosa: Mi amado Bello. A excepción de la del 31 de julio donde añade a la anterior expresión las palabras: compatriota y amigo. Vemos como los lazos de amorosa intimidad fraterna son reforzados con el sentir patriota. Roscio parece apelar a este sentimiento político ante el carácter de las severas expresiones que va emitir a continuación. Esta carta es la más extensa y la que deja al descubierto de modo crudo y sincero las duras opiniones de Roscio ante las actividades de Miranda. Son diversos los hechos que en esta carta Roscio evalúa del proceder político del Generalísimo. Aquí, por asunto de espacio, vamos a tratar solo dos aspectos de esta correspondencia. Es innegable la fuerte decepción que atraviesa todas las líneas que se refieren a Miranda. En el segundo párrafo Roscio relata la actitud desagradecida de Miranda ante los beneficios conferidos:
Pero en ninguno de nuestros periódicos habrá V. leído, ni leerá siquiera una acción de gracias por estos beneficios, porque el beneficiado no ha producido ningún rasgo de gratitud que inspira el derecho natural. Él había protestado en su primera instancia que dirigió desde esa corte, y en la segunda que hizo en La Guaira, solicitando permiso para venir a esta ciudad, que su ánimo era el de colocarse en la clase de simple ciudadano, y pasar entre los suyos el último resto de su vida. Pero cuando recibió el grado y sueldos referidos, no estaba todavía contento, porque aspiraba al de General de primera clase y al sueldo que los Tenientes Generales debían tener en América con arreglo a las ordenanzas de España. (Bello, Andrés (1984) Pág. 28, tomo XXV)
Pienso que hasta cierto punto es una ingenuidad por parte de Roscio creer que un hombre de fuertes inquietudes políticas como Francisco de Miranda llegue al país a conformarse con ser un simple ciudadano. Es explicable las falsas promesas de este, para nadie es un secreto que Miranda desde su estancia en Europa inspiraba recelo dentro de los cenáculos independentistas caraqueños. Quintero (2001) dice:
Respecto a Miranda, las recomendaciones verbales habían sido que se defendiesen de él o aprovechasen su concurso ‘…solo de algún modo que fuese decente a su comisión’, según se lo manifestó Andrés Bello muchos años después a su biógrafo Miguel Luis de Amunátegui. (Pág. 77)
Es obvio que Bello y Roscio comparten entonces la misma desconfianza política sobre Miranda. Es también evidente las razones de este recelo, Miranda se movía por el mundo solicitando a distintas naciones ayudas para un proyecto independentista americano, proyecto noble pero de fuerte acento personalista. Tampoco es desconocido el fuerte empeño de este para imponer sus ideas. No es para nosotros hoy una consternación ni desmerita su figura reconocer la particular pedantería de Miranda. Aquella serie de gestos prepotentes, distintos a la cortesía criolla, debieron parecerle un horror de mala educación a Roscio. Ahora bien las iniciativas políticas del Miranda por el mundo estaban plagadas de zigzags, impuestos por las maniobras propias de la política internacional, aparte que implicaban de fondo la peligrosa tutela de las potencias europeas. Todo esto generaba mucha suspicacia, y daba soterrados argumento a sus opositores dentro del bando independentista. Ahora el uso del ardid de decir algo para ganar tiempo y hacer posteriormente lo contrario es la norma usual que ha dictado la conveniencia entre los políticos, digamos que esa misma estratagema es la que usan hábilmente los patriotas frente a España, simulan en un primer momento defender los derechos de Fernando VII, y posteriormente de acuerdo a como evolucionan los acontecimientos en la península las cosas en Caracas van derivando ha desatar paulatinamente el nudo colonial.
El otro elemento a destacar son las aseveraciones que Roscio emite sobre la Sociedad Patriótica y las actuaciones de Miranda en esta. De este organismo dice:
Tolerada por el gobierno la tertulia patriótica con el deseo de que trabajase algunos planes de Constitución, de Confederación, o de otro objeto importante a caracas y Venezuela, tomó algún cuerpo, y degeneró en un mimo de gobierno, o censor de sus operaciones. Pero este exceso nació de algunos miembros del Congreso, que lo eran también de la tertulia, y que resentidos de no haber prevalecido su opinión en el Cuerpo Legislativo, la reproducían en aquella sociedad, hallaban apoyadores, y censuraban las resoluciones de la Diputación General de Venezuela. Algo se ha moderado este exceso. Su número pasa de 200 y nada ha hecho en utilidad de Venezuela ni de ninguna de sus provincias. (Bello, Andrés (1984) Pág. 32, tomo XXV)
Roscio rechaza de plano las actuaciones de la Sociedad Patriótica, la considera un organismo de extremistas que pretenden acelerar imprudentemente el proceso de transformación social y político. Una especie de cofradía de jacobinos criollos alborotadores. Roscio más adelante, en la misma carta, informa con cierto sarcasmo que el mismo Miranda habiendo sido propuesto como presidente de la Sociedad Patriótica no llegó ni alcanzar los votos para vicepresidente. Que solo a través de maniobras de prensa, la ayuda de los Ribas y haber ganado la opinión de los pardos puedo obtener finalmente la presidencia de la misma, Roscio remata llamándola velorio patriótico. Califica a sus miembros de “…jugadores de gobierno, semejante a muchachos que remedan las Juras, los avances, los ensayos militares, las maromas y volantines, los diablitos y gigantes, las tarascas y otras funciones religiosas, y profanas.” (Bello, Andrés (1984) Pág. 33, tomo XXV) Realmente estos calificativos que achacan infantilidad política a los miembros de este nutrido club responden en Roscio a una concepción particular del ejercicio de la política donde la mesura y el cálculo marcan el ritmo de sus acciones. En cambio Miranda se mueve como pez en el agua dentro del mundo contradictorio del club patriótico. Hombre formado bajo fragor idealista de la ilustración, ama la polémica y el debate de las ideas. El pensamiento político de Roscio se alza sobre un piso teológico de revolucionaria amplitud pero que mantiene el carácter sobrio de la religión católica dominante. Miranda es el sospechoso de masonería, tiene la calificación de ateo, es llamado irreligioso por Roscio, sin embargo, hay que decirlo, es un convencido creyente de la libertad en las prácticas religiosas. Es un diletante político, un entusiasta que sabe que hacer política es un constante tejemaneje, una interminable maraña haceres. La desmesura del verbo mirandino toma su mejor prueba en los debates del Congreso donde llega hasta sufrir la agresión de una bofetada por parte del presbítero y diputado Ramón Ignacio Méndez, y todo por su encendida e impaciente propuesta de asumir sin más dilaciones la independencia. Es interesante apreciar a través de esta carta que a pesar de estar unidos en el negocio público de la independencia hay una especie de distanciamiento moral entre las familias mantuanas caraqueñas, se señala de un lado a los escandalizadores y del otro a los decentes: Roscio al final de la carta, después de una disgregación en otros temas, dice: “Vuelvo a Miranda para decir a V. que su actual conducta trae la desconfianza de la mayor y mas sana parte del vecindario. Sus amigos más notables son los Toros, los Ribas Herrera y los Bolívares. Diseminador de la discordia y chisme, no da un paso de conciliación.” (Bello, Andrés (1984) pág. 38, tomo XXV) Vaya patota de amigos que tenía Miranda, esta camada alborotadora son los muchachos que comandaran los destinos inmediatos del país. Esta cita deja traslucir lo tan humano que eran estos hombres que toman la iniciativa de fraguar las bases políticas de Venezuela, personalmente los percibos más próximos, me identifico más con ellos, porque los siento mis iguales morales al momento de confrontar nuestras virtudes y miserias históricas.
Vemos entonces, para finalizar, dos concepciones distintas de lo político, cruzadas de la acritud lógica de las diferencias, pero que es un asunto circunstancial, porque como siempre los criterios políticos están atrapados bajo el imperio de las circunstancias. Puede que para junio de 1811 la desconfianza y la pugnacidad marcara los pareceres, pero por esa magia que dan los acontecimientos ya para el 31 de julio Roscio tiene una opinión distinta de Francisco de Miranda, dice en la carta de esa fecha: “Después de mi prolija carta entró Miranda en el Congreso como diputado de uno de los territorios capitulares de Barcelona, y su conducta en este encargo le granjeó mejor concepto. Se portaba bien y discurría sabiamente…” (Bello, Andrés (1984) Pág. 40, tomo XXV) Párrafos más adelante Roscio habla de las opiniones divididas ante la acción militar de Francisco de Miranda en la toma de la alzada Valencia, como siempre los pasos del Generalísimo van tener exaltadores y vituperadores al mismo tiempo. Esta expresión de que Miranda ahora se portaba bien tiene su explicación lógica, ya Miranda para el momento está en una situación distinta, ya está más dentro del aparato gubernamental y ejerce funciones hasta militares, forma parte de la porción más comprometida del gobierno. Al año siguiente los dos forman parte del triunvirato y tienen que decir juntos el espinoso asunto de la capitulación ante Monteverde. Dos caracteres distintos marcados por la exclusión racial de la sociedad mantuana, pero que desde el principio al fin las circunstancias los reúne para trazar un párrafo importante de la historia venezolana.
BIBLIOGRAFIA
Bello, Andrés (1984) Obras completas. Caracas: Fundación La Casa de Bello.
Bolívar, Reinaldo José (2010) Los olvidados del Bicentenario. Juicio final al mestizo Juan Germán Roscio Nieves. Caracas: Fundación Editorial El perro y la rana.
Cardozo, Manuel (1991) Juan Germán Roscio, prócer de la moral y el civismo. Caracas: Ediciones Trípode.
Flores, Jonás (2007) Postura de la iglesia católica en el proceso de emancipación de Venezuela. Caracas: Fundación Editorial El perro y la rana.
Pernalete, Carlos (2008) Juan Germán Roscio. Caracas: El Nacional.
Picón Salas, Mariano (S.f.) Francisco de Miranda. S.c.: Cuarto Festival del libro venezolano.
Quintero, Inés (2006) Francisco de Miranda. Caracas: El Nacional.
Rodríguez, Adolfo (2007) Juan Germán Roscio, el máximo constituyente venezolano. San Juan de los Morros: Alcaldía Bolivariana de Roscio.
Roscio, Juan Germán (1983) El triunfo de la libertad sobre el despotismo. Caracas: Monte Ávila.
Ugalde, Luis (1992) El pensamiento teológico político de Juan Germán Roscio. Caracas: La Casa de Bello.
domingo, 1 de junio de 2008
DE CAMINO A LOS MORROS DE SAN JUAN*














