sábado, 14 de marzo de 2009

MI AMIGO GERARDO CAMERO


Alberto Hernández*

(a Nicolás Soto, a Juan Félix García, a Rafael Silveira, a Luis Fernando Melo)



1.-

Una nube se atraviesa en la puerta.

Retorno, luego del correo de Nicolás, a las desoladas calles de mi pueblo. Retorno desde el rincón donde escribo esta nota.

La puerta se abre para mostrar más nubes. Una tormenta interior destaca a cierta distancia. Nuestro amigo, hermano y compañero de estudios del Liceo “José Gil Fortoul”, el entrañable gordo Gerardo Camero Calcurián, se marchó a otra dimensión. Salió por esa puerta y se deslizó hacia el infinito.

Vuelvo a aquellas rúas de la infancia. De la adolescencia que aún cuelga de la manga de la memoria. Vuelvo a las calles Shettino, La Mascota, Atarraya, Guasco, Leonardo Infante, Descanso…vuelvo frío, marcado por una punzada que me hace sentar en un banco de la Plaza Bolívar de La Pascua, frente a El Mastranto, con Dios de vecino, dado a mofarse de esta amargura que me causa la muerte de mi amigo.


2.-

Mi condiscípulo y amigo Nicolás Soto Arveláez me envió una nota donde me comunicó la noticia. Entonces se me revolvió una polvareda interior, un remolino en el patio de aquella juventud que –me da la gana- no termina de irse.

¡ Cuántas aventuras, cuántas caminatas de La Pascua al Ánima de El Picapica a pagar supuestas promesas por las notas alcanzadas en julio¡ Se trataba sólo de eso, de aventurar, de desafiar los kilómetros. El pobre Gerardo, tan alto, tan gordo, terminaba con las entrepiernas llagadas por el calor y el esfuerzo. Luisa, aquella amable y temible a la vez señora llanera que lo atendía en su casa, le colocaba hielo y cremas para evitar que el dolor terminara de mostrar al niño gigante que teníamos frente a nosotros. Las veces que también fuimos a Mamonal, a la casa de mi tío Gregorio Loreto, sólo para caminar y recoger mangos, sarrapias y corozos. Y la señorita Lourdes, preocupada por Gerardo…y Gerardo despreocupado. Y Luisa bondadosamente urticante.

Con Gerardo disfruté lo que en esos tiempos era imposible disfrutar en mi casa de La Mascota. Debo decirlo: La señorita Lourdes y Gerardo Camero suavizaron muchas hambres y necesidades de éste quien escribe. Con Gerardo oí por primera vez a Los Beatles. Desde ese instante aprendí a amar a John Lennon, al Sargento Pimienta. También supe de Los Monkeys, aquel grupo de duró poco pero que hinchó a una generación, aquella generación maravillosa de los años 60. Creo que hasta el bossa nova entró por la hendija de aquellas días de sueños, cuando nos veíamos médicos, abogados, ingenieros o instalados en Londres, como siempre nos decía Nicolasito, quien de niño se destacó como excelente estudiante y creador de tiras cómicas, allá en el Colegio “Juan Germán Roscio” del padre Chacín.

En 1967, el terremoto nos atrapó en el Cine Manapire. Veíamos una película de James Bond. Con nosotros estaba el profesor Luis Fernando Melo, quien casi al oído me sopló ¡Temblor, temblor¡ Y salimos en carrera, pero con los ojos en la pantalla mientras las palomas del local cruzaban despavoridas la iluminada pared. Un rato en la calle nos desalojó del miedo. “¿Qué hacemos, gordo?”. Nada, entramos de nuevo, me dijo. Más tarde, aterrorizada, apareció aquella mujer que se entregó en cuerpo y alma a la educación, Lourdes Camero: -“¡Gerardo, se te cayó el closet. Vamos a la casa”. Pero el gordo se quedó quieto. “Más tarde, tía”, respondió. La pobre señorita se marchó sin nosotros, sin Gerardo. Sean Connery nunca supo de ese bamboleo en aquel cine de pueblo, que –creo- todavía muestra su fachada a los desprevenidos peatones.

En efecto, el closet de la habitación del gordo se había agrietado. Polvo del techo y cascajos de una ventana en el suelo. La cama y el chinchorro marcados por el movimiento de tierra.


3.-

Pasaron muchos años. Los sueños, algunos, se hicieron realidad. Un día de 1971, en Londres, creí ver en una calle de esa ciudad a Nicolás, pero se trataba de un chileno despistado.

Mis amigos seguían –siguen- instalados en mis recuerdos. No nos veíamos. De Gerardo me decían que había desaparecido al campo, que se había ido del país, entre tantos inventos. Un celaje me lo mostró en Naguanagua. Hace unos cinco años nos topamos sin querer en el periódico donde aún laboro. Él me reconoció. Yo no. Había perdido Gerardo su frondosa cabellera. Su casi uno noventa lo mostraba más delgado. Pero tenía el mismo tono de voz y la acidez de muchas de sus palabras. Quedamos en reunirnos. Hablamos por teléfono varias veces, pero no pudimos tomarnos los tragos que nos teníamos amenazados. Ese día el hueco de aquella ausencia se llenó e intentamos someternos al escrutinio de nuestra alegría. No pudimos sentarnos como Dios manda.

Hoy, repaso imágenes casi borrosas. Describo la casa, el pequeño patio, el zaguán, las puertas, las matas, el colegio de la señorita Lourdes. La tarde de la muerte de mi querida Marina Villasana. La carrera desde la calle La Mascota hasta la casa de Gerardo y luego hasta la de los padres de Marina donde la velaban. Allí estaban el gordo, el profesor Vidal Guía, quien me pidió leyera un texto que Juan Félix terminó leyendo. Yo no pude. El aplomo de nuestro hoy destacado médico ayudó a entender que la muerte es una orilla que nos pellizca, como la tumba donde quedó Marina, muy pegada a la línea de una calle del cementerio, un barranco desde donde se veía el viejo y amable Hospital Guasco de Valle de la Pascua, hoy desaparecido por la estupidez de los encargados de borrar paisajes.

Hoy, en medio de tanta telaraña, de tanto ruido, me siento a recoger parte de la gelatina del tiempo que hoy golpea la puerta que –aún abierta- nos muestra parte de nuestro destino.

Maracay, 14 de marzo de 2009.

*Escritor, periodista y poeta (Maracay, estado Aragua)

1 comentario:

Anónimo dijo...

Guárico tiene quien le escriba, si señor

El Motor de aire desafía la segunda Ley de la Termodinámica. Invento de un guariqueño.