martes, 1 de septiembre de 2009

EL MANTUANAJE CARAQUEÑO Y LA CONSOLIDACIÓN DE LA PROPIEDAD TERRITORIAL EN EL VALLE DE LOS TIZNADOS*

DR. FELIPE HERNÁNDEZ G.
(UNESR
felipehernandez56@yahoo.es

felipehernandez56@hotmail.com)


Desde finales del siglo XVI se comprueba la presencia de dueños de tierras en el Valle de San Antonio de La Platilla, se trata de los primeros y principales terratenientes de estos lares liderizados por el capitán don Juan de Grezala y Oñate, quien era Juez privativo de los Llanos de San Sebastián de los Reyes. Las familias o clanes económicos como los Bolívar, Ponte, Tovar y Mijares de Solórzano, entre otros, representan el mejor ejemplo de los que se posesionaron y se convirtieron en los Dueños del Suelo Tiznaeño.


El topónimo Tiznados según expone en su obra el cronista fray Pedro de Aguado (1535-1589), fue un nombre puesto por los españoles: “...a causa de que la gente de aquella provincia todos traían los rostros pintados de ciertas sajaduras que en ellos se hacían, haciéndose y sacándose alguna sangre, sobre la cual ponían tizne o carbón molido y zumo de yerba mora, y quedaban las pinturas señaladas siempre. De esta manera de galanía usan algunas naciones de moros de la costa de Berbería”.
Hidrográficamente El Tiznados es un importante río que descarga sus aguas en el río La Portuguesa, y al igual que el río Chirgua, el Mapire y otros cursos de agua grandes, medianos y pequeños, inunda todas las tierras del Valle de los Tiznados donde florecieron importantes hatos y explotaciones de ganado mayor durante el período colonial de Venezuela.
Es el proceso expansivo desde Caracas hacia San Sebastián de los Reyes, y de ahí hacia todos los confines del llano, lo que determinó, que a través de los Ayuntamientos de las mencionadas ciudades o por simple derecho de conquista, los primeros conquistadores fueron haciéndose dueños de las tierras llaneras.
En ese sentido, se tienen noticias que señalan que hacia el año 1681 las tierras de Los Tiznados eran propiedad de don Juan de Mijares y Solórzano y Monasterios, primer Marqués de Mijares, dueño del hato Las Lajas, al sureste de San José de Tiznados y actual límite con el municipio Miranda. Para el año 1711, las tierras permanecían en manos de sus diez hijos, a saber: don Francisco Mijares de Solórzano, segundo Marqués de Mijares, Margarita, Juana, Juan, Pedro, Josefa, Teresa, sacerdote José Ignacio, María Teresa, que fue casada con el maestre de campo Lorenzo Antonio de Ponte y Martínez de Villegas, y Francisco Nicolás. Fue el primer Marqués de Mijares el fundador del hato Las Lajas.
También a finales del siglo XVII, don Pedro de Ponce y Rodríguez de Ibargoyen fundó en la zona de Tiznados, al sur del pueblo de San José, el hato El Limón. Ponce y Rodríguez de Ibargoyen fue casado con doña Margarita de Aguirre y Guevara, después de su muerte, el hato fue heredado por su hija doña Melchora de Ponte, quien fue casada con el capitán don Nicolás de Liendo y Ochoa. Una vez viuda, doña Melchora fundó en su propia casa de habitación en Caracas, el convento de las monjas concepciones, orden en la que profesó, dando nombre a una de las esquinas de la actual Asamblea Nacional, conocida en la actualidad como esquina de Las Monjas, este convento fue clausurado por el general Antonio Guzmán Blanco durante su primer gobierno, conocido como el Septenio. El Limón fue vendido luego a doña Isabel María de Tovar y a su hijo el capitán Ruy Fernández de Fuenmayor y Tovar.
En investigación realizada por Lucas Guillermo Castillo Lara (1984) y por Oldman Botello (1998), se señala que los límites del hato El Limón eran: hacia el este El Rincón de San Pablo (hoy San Pablo, al sur de Ortiz) hasta juntarse con el río Guárico; hacia el oeste el río Tiznados; norte, desde el desembocadero de Antón Pérez (sitio y caño de Antón Pérez, al sur de Dos Caminos), terrenos de los herederos de don Lorenzo Sedeño de Albornoz y otros vecinos, al sur “todo lo que había entre los ríos Guárico y Tiznados, vaqueaderos de los herederos del Marqués de Mijares, tío de Fernández de Fuenmayor”. En la solicitud de composición de tierras se habla de la rinconada entre los ríos Guárico, Paya y Tiznados, la cual “… tenían como suya exclusivamente, porque no habían otras vecindades…” En el año 1713 el juez de tierras don Francisco Alonso Gil les entregó sin ningún obstáculo el sitio de El Limón con una legua a los cuatro vientos “… para que en ella otro ninguno se pueda poblar sin su consentimiento, reservando los pastos y aguas que son comunes a todos…”. Agregándoseles a las tierras entregadas un corral que tenían cerca de la quebrada de Las Váquiras “en el cerrito nombrado de Las Yeguas y el otro en un sitio llamado la laguna de Vera” conocida hoy como la laguna de Los Galápagos, al suroeste de San José de Tiznados. Por la composición, los herederos del Marqués de Mijares y Solórzano apenas pagaron sesenta y dos pesos en el año 1729, es decir muy tardíamente.
Desde punto de vista histórico, Tiznados fue un antiguo sitio y hato que perteneció a don Agustín Cevallos, en el siglo XVII. Para 1722, en este lugar existía una capilla pública que funcionaba como la “matriz y la principal”, junto a siete capillas aledañas. La unidad geográfica inmediatamente precedente al lugar fue el hato, cuyo nombre y perímetro sirvió para configurar y denominar el Valle de Los Tiznados.
Para 1763 otro de los considerados entre los más antiguos propietarios de tierras en Tiznados, es el alférez don Luis José de Bolívar y Martínez de Villegas, uno de los integrantes de las principales familias caraqueñas, hermano del abuelo del Libertador, don Juan de Bolívar y Martínez de Villegas, fundador de Villa de Cura. Don Luis José fue casado con doña Isabel Antonia de Uribe y Gaviola, y es el portador del apellido Bolívar más antiguo de que se tengan noticias en el Guárico Central. Era propietario de tierras con unas 200 reses vacunas “en los llanos de Tiznados”, además de tierras y cacaotales en Ocumare de la Costa, Cata, caña de azúcar en Mamera, entre otras propiedades.
Sobre lo expuesto, valga señalar, lo que al respecto expone Federico Brito Figueroa (1979):
”… constituían auténticos latifundios ganaderos; la frase no es simplemente literaria, corresponde a la realidad de la propiedad territorial en las comarcas llaneras, caracterizado por el monopolio de la tierra, mano de obra regida fundamentalmente por relaciones de servidumbre, a veces de esclavitud, y el desarrollo de actividades ganaderas que en lo general no pasaban de la fase pastoril-recolectora…”. Agregando Luego: “Sobresalía en el cuadro general de las relaciones de producción la figura del mayordomo, en la mayoría de los casos negros libres o esclavos. En el hato ganadero, el mayordomo representaba el punto de equilibrio necesario que permitía la sujeción de la población móvil, que integraba la peonada”.
El mayordomo o capataz, que a pesar de ser en la mayoría de los casos un negro esclavo, gozaba de prerrogativas y tenía, inclusive, poder de decisión, ya que suplía la ausencia del amo, seleccionaba el personal o peonada necesarios para las faenas, además que era el mayordomo el que conocía realmente la situación del hato, con todos los beneficios que ello representaba, ante la posibilidad de escoger los mejores trabajadores o peones; el que hacía crecer el rebaño de su amo, que a su vez era amo del suelo, por la sumatoria de orejanos que “ingresaba” cada año, como consecuencia de la aplicación de la ley de llano.
En los llanos del Guárico, al igual que en Apure, Barinas, Cojedes y Portuguesa, las tierras fueron concentrándose en manos de un minoritario número de propietarios, la mayoría familias caraqueñas o sansebastianeras, unidas por intrincados lazos genealógicos de consanguinidad o afinidad. Sirva a modo de ilustración, según relación presentada por el historiador J. A. De Armas Chitty (1981), los apellidos siguientes, vinculados de manera directa o indirecta con la propiedad territorial en el Valle de Los Tiznados, son ellos, los: Blanco Villegas, Alejandro Pío Blanco, Ortuño de Tovar, Manuel Felipe y el Conde de Tovar, Mateo Blanco Ponte, Marco José Ribas, Florencio de la Plaza, Juan Vicente Bolívar y Ponte, Juan Antonio Solórzano; además, los Palacios, Ponte Uribe, Arrechedera, Mijares, Rodríguez del Toro, Báez, Nieves, Gamarra, Ledezma, Tovar, entre otros.
En otro trabajo, J. A. De Armas Chitty (1959) expone: Los Blanco son “los representantes más conspicuos de la oligarquía central que poseían hatos en el Guárico: el Conde de San Javier, Catalina del Toro, Agustín y Juan Manuel de Herrera, los Blanco Villegas, Alejandro Pío Blanco, Ortuño de Tovar, Manuel Felipe y el Conde de Tovar, Diego Monasterios, Mateo Blanco Ponte, Marco José Ribas, Florencio de la Plaza, Juan Vicente Bolívar, y Juan Antonio Solórzano”. Llamados tradicionalmente hasta la actualidad, “Los amos del valle” de Caracas, tal como quedó registrado en la obra de ese nombre, escrita por el eximio escritor venezolano Francisco Herrera Luque.
Lo expuesto sirve de fundamento para afirmar, que con la apropiación de la propiedad territorial y la riqueza agrícola que ella generaba, la descendencia de esa casta oligárquica se constituyó progresivamente en una aristocracia criolla, génesis y núcleo de lo que luego vino a denominarse “mantuanaje” caraqueño, por el uso de las mantas que acostumbraban las señoras de este linaje al acudir a las misas y otras ceremonias religiosas.
Dentro de las costumbres de una ciudad pequeña y provincial, enclavada en un cerrado valle, la asistencia a los actos religiosos y las costumbres que conllevaba, eran de enorme importancia en una sociedad cada vez más dividida por el sistema de castas sociales, que se fue intensificando en Venezuela hacia el final de la era colonial. Desde mediados del siglo XVII comenzaron los caraqueños a interesarse por las manifestaciones más importantes de la Nobleza española, como era la posesión de títulos de Castilla o ser admitidos a las principales órdenes de Caballería de la Corona Española, destacando los descendientes de la estirpe mantuana. Virtualmente toda la nobleza colonial venezolana, entre ellos los Marqueses de Mijares, Condes de San Javier, Marqueses del Valle de Santiago, Condes de la Granja, y los posteriores Marqueses del Toro.
Descendientes de esta estirpe enlazaron con Gobernadores y Capitanes Generales de Venezuela, como en el caso de los Gobernadores Ruy Fernández de Fuenmayor, cuyo nieto, hijo de Baltazar Fernández de Fuenmayor y Berrio, llamado también Ruy Fernández de Fuenmayor y Tovar, fue casado con la sobrina del obispo fray Mauro de Tovar, doña Isabel María de Tovar y Mijares de Solórzano. Así como don Francisco de Berroterán y Gainza, Marques del Valle de Santiago, quien se casó en Caracas el 23 de diciembre de 1700 con Luisa Catalina de Tovar y Mijares de Solórzano.
Otros destacaron en la administración eclesiástica colonial, como en el caso de Fray Juan de Arechederra y Tovar, Obispo Gobernador de las Islas Filipinas; y el Padre José Ignacio Mijares de Solórzano y Tovar, Obispo electo de la ciudad de Santa Marta, en la Nueva Granada.
Uno de ellos, don Jerónimo de Ustáriz y Tovar, II Marques de Ustáriz, caraqueño llegó a alcanzar las más altas posiciones en la Monarquía, ocupando el cargo de Ministro del Consejo Supremo de Guerra de España, y de Asistente en Sevilla, donde falleció presidiendo el Cabildo de esa ciudad.
Asimismo, destacan el historiador don José de Oviedo y Baños, quien casó en Caracas, el 19 de marzo de 1698 con Francisca Manuela de Tovar y Mijares de Solórzano; al igual que uno de los primeros escritores militares de nuestra historia, como lo fue don Nicolás de Castro Álvarez Maldonado, quien contrajo matrimonio en Caracas con Rosalía Pacheco y Mijares de Solórzano y Tovar, hija del Conde de San Javier, El 23 de octubre de 1755.
Cotejando estos apellidos y otros, de manera objetiva con los padrones de hatos correspondientes a los llanos y particularmente a los llanos del Guárico a finales del siglo XVIII, encontramos que de ellos se desprende una valiosa información sobre sus propietarios, la toponimia, el nacimiento de pueblos y asentamientos humanos, los mayordomos y su condición jurídica, entre otras.
En razón de lo expuesto, parafraseando al historiador francés Marc Bloch, compartimos la tesis que expresa, que los nombres de los pueblos sirven para recorrer la línea de los tiempos en sentido inverso. Los topónimos, expresan nombres propios de lugar y reflejan la flora, la fauna, la topografía e hidrografía de la antigüedad; trazando contornos borrosos de viejos hatos, pueblos y caseríos; proyectando patrones de colonización y de explotación de la tierra; reafirmando diluidas herencias y persistencias indígenas; y exhuman remotos colonizadores para develarnos su hablar, sus costumbres, sus imperativos, sus devociones, y por qué no, sus mentalidades.
Pero ¿Cuál era la situación de la propiedad territorial en el Valle de los Tiznados a finales del siglo XVIII? Apoyándonos en información documental sobre de Padrones de Hatos – Propietarios y Mayordomos en jurisdicción de San José y San Francisco de Tiznados en los años 1791 y 1793, encontramos que en 24 sitios de hatos registrados para 1793 en el llamado Valle de Tiznados, 12 negros esclavos administraban en calidad de mayordomos y suplían la ausencia del amo del hato, 4 sitios de hatos eran administrados por sus mismos dueños, 4 por morenos libres; 3 blancos familiares por consaguinidad o por afinidad del dueño del hato con el calificativo de “don” eran encargados de 3 sitios de hatos para cría de ganado mayor, y de uno no se indica la condición jurídica.
El diagnostico documental y analítico de la información expuesta en un inventario de hatos del año 1793, se puede apreciar que muchos de los nombres de los propietarios que aparecen reflejados, han dejado su impronta a través del tiempo, recordándoseles en los topónimos, el surgimiento de sitios, caseríos y pueblos; la vastedad de sus propiedades, y por su vinculación con el llamado mantuanaje caraqueño y sansebastianero. Entre ellos merecen señalarse los casos siguientes:
El hato El Totumo, de don Juan Vicente Bolívar y Ponte, prominente patricio caraqueño, padre del Libertador, Simón Bolívar, quien para 1793 ya había muerto. El hato El Totumo pertenecía a sus herederos. En su obra Los Tiznados (1998), expone Oldman Botello lo siguiente: “El Totumo era uno de los hatos más importantes de la zona en su tiempo y posteriormente; vinculado por mil títulos a la historia venezolana. Su extensión en 1794 cuando ya pertenecía a los descendientes del coronel don Juan Vicente Bolívar y Ponte, era de 35 leguas, equivalentes a 3.040.000 varas cuadradas de tierra, extendiéndose por el naciente río Tiznados; por el sur la punta de La Mesa (hoy jurisdicción de El Rastro) y al norte y poniente con tierras propias también de los Bolívar, es decir, El Limón y Laguna de Piedra, entre otros. Tenía 1752 caballos, 1222 reses, 36 mulas, un burro hechor y 12 esclavos”. Para 1788 tenía 48 esclavos y 3000 reses en 1791. En 1793 el mayordomo de El Totumo era un esclavo negro, de nombre Félix.
El hato Las Lajas, de don Juan Blanco y Plaza, perteneciente al mantuanaje caraqueño, emparentado con El Libertador por su madre doña María Concepción Palacios y Blanco. Para el año 1676 Las Lajas eran propiedad del Provincial Juan de Solórzano y Rojas, quien lo fundó como sitio de hato en 1680. Para 1710 era propiedad del Primer Marqués de Mijares, don Juan Pacheco y Mijares, según composición requerida en 1711 por don Lorenzo Antonio de Ponte y Villegas, esposo de Josefa Mijares de Solórzano, hija del fundador don Juan de Solórzano y Rojas. En el año 1780 tenía 11 esclavos, en 1791 tenía 500 reses. En 1793 el mayordomo era un esclavo negro de nombre Joseph. Para el año 1815 este hato era propiedad de don Rafael Blanco.
El hato La Soledad, propiedad de don Luis Fernando Nieves, seguramente emparentado con la madre del prócer Juan Germán Róscio Nieves, doña Paula María Nieves Martínez de Róscio. Para 1780 el hato era de don Agustín Espinoza, lo que habla de un caso típico de transferencia de la propiedad territorial. En el año 1791 este hato tenía 1000 reses. Para 1793 su mayordomo era don Francisco Antonio Delgado, tildado blanco, posiblemente emparentado con el propietario del hato.
El hato Santa Bárbara, propiedad de don Agustín Espinoza, con 500 reses en 1791, y cuyo mayordomo en 1793 era un moreno libre de nombre Diego Alfaro. Don Agustín Espinoza había sido antes dueño del hato La Soledad.
El hato El Carito, propiedad de don Juan Tavares, estaba administrado por Félix Pantoja, moreno libre que hacía de mayordomo. En 1791 tenía 400 reses. Hoy día El Carito es un caserío localizado en jurisdicción de San Francisco de Tiznados.
El hato Chirgua, de don Luis de Ribas. Hato que antes fue de don Pedro de Tovar, emparentado con don Martín de Tovar y Blanco, mejor conocido como el Conde de Tovar y Vizconde de Altagracia, y con el Conde San Javier, don Juan Jacinto Pacheco y Mijares, y con don Juan Pacheco y Mijares, Primer Marqués de Mijares y propietario del hato Las Lajas, según composición solicitada en 1711. Por ende, también emparentado por vía materna al igual que los Ribas, con El Libertador.
Para 1780 el hato era de don Lorenzo de Ribas y finalmente desde 1791 de don Luis de Ribas. Este también es un caso típico de transferencia de la propiedad territorial entre familias mantuanas caraqueñas, emparentadas por reconocidos lazos de consanguinidad. Para 1793, el mayordomo del hato Chirgua era un negro esclavo de nombre Santo.
El hato El Jagüey propiedad de don Juan Antonio de Solórzano, emparentado con el Marquesado de Mijares y Solórzano a través del Marqués don Francisco Mijares de Solórzano, constituye otro caso de vinculación a través de lazos de consanguinidad con una familia mantuana caraqueña con títulos nobiliarios. Para 1793 el mayordomo del hato El Jagüey era un negro esclavo de nombre Juan Bautista.
El hato La Montuosa, propiedad de don Bartolomé Sanojo, para 1780 era propiedad de don José Sanoja. Su mayordomo era un negro esclavo de nombre Juan Tomás. Según una matrícula de 1758, para ese año La Montuosa era un hato de don Sebastián de Arrechedera, emparentado con los Solórzano y Mijares, puesto que don Juan de Arrechedera, que fue casado con doña Luisa Catalina de Tovar y Mijares de Solórzano, era dueño del hato San Diego de Chiguigui, al sur de Las Lajas y del sitio donde se fundaría la Villa de todos los Santos de Calabozo en el año de 1724.
Don Bartolomé Sanojo del mantuanaje calaboceño, cuyo nombre completo era don Bartolomé Francisco Hernández - Sanojo Rodríguez Camejo, quien fue casado con su prima doña Ángela Manuela Rodríguez Camejo, que a su vez era nieta del capitán de campo, don Adrián Francisco Delgado, de los primeros pobladores del sitio donde se fundó la Villa de todos los Santos de Calabozo.
Con don Bartolomé Sanojo estaba emparentado familiarmente, el reconocido jurista calaboceño, licenciado Luis Sanojo; así como la excelsa novelista venezolana Ana Teresa Parra Sanojo, conocida como Teresa de la Parra, considerada, junto a Rómulo Gallegos, la novelista más importante de la primera mitad del siglo XX en nuestro país. Autora de las novelas Ifigenia y Las Memorias de Mamá Blanca. Su padre, Rafael Parra Hernáiz, fue cónsul de Venezuela en Berlín; y su madre, Isabel Sanojo Ezpelosín de Parra, descendía de una rancia familia de la sociedad caraqueña. "Tanto mi madre como mi abuela pertenecían por su mentalidad y sus costumbres a los restos de la vieja sociedad colonial de Caracas", escribía Teresa de la Parra en 1931, en una breve reseña autobiográfica.
Son descendientes de los Hernández - Sanojo Rodríguez Camejo, los Villamediana radicados en Valencia, de donde proviene Judith Villamediana quien fuera hace algunos años directora del Ateneo de Valencia.
Don Bartolomé Sanojo falleció el 16 de agosto de 1816.
El hato Guaytoco, propiedad de Marcos Coronado, fue antes propiedad de Juan de Ceballos. Su mayordomo era un negro esclavo de nombre Joseph. El hato devino en un topónimo que según el historiador y periodista orticeño, el licenciado José Obswaldo Pérez:
“Históricamente, el caserío Guaitoco fue una antigua posesión mucho antes de 1728, que perteneció a Don Juan de Cevallos y que, posteriormente, fue heredada por su hermano don Pedro de Cevallos, en 1762. Tuvo una capilla que fue muy importante. Desde 1818, esta pequeña localidad rural del municipio San Francisco de Tiznados, aparece en cartografía nacional”. El caserío Guaitoco se encuentra localizado en jurisdicción de la parroquia San Francisco de Tiznados del municipio Ortiz...
La palabra Guaitoco es de origen aborigen y hace alusión a un árbol de construcción, de madera amarillenta, algo fibrosa, poco pesada, y de grano fino, abundante en la zona. Se le conoce también como guaitoito, guai, y Ceiba (Ceiba pentandra) en algunas otras regiones del país.
Marcos Coronado además del hato Guaitoco, también fue propietario del hato Corralito, donde en 1791 tenía 2000 reses, lo que indica su importancia social, fundamentada en el poder económico. El mayordomo del hato Corralito era un moreno libre de nombre Medardo de la Fuente.
El Hato La Ceiba de don Juan Feliciano de Arana, con apenas 50 reses en 1791, su mayordomo era un negro esclavo de nombre Gregorio Brito.
El hato Canuto también de don Juan Feliciano de Arana, quien lo administraba personalmente, dos años antes había sido propiedad de Manuel de Arana que tenía 200 reses. El hato Canuto devino en un caserío localizado en la parroquia San Lorenzo de Tiznados del municipio Ortiz, conocido hoy como La Unión de Canuto. El topónimo San Lorenzo de Tiznados, le viene por don Lorenzo Antonio de Ponte y Villegas.
El hato Cucharito, conocido también como La Platilla, fue propiedad del presbítero Nicolás Colón y de don Cayetano Montenegro, en 1791 en sus predios pastaban 500 reses y su mayordomo era un negro esclavo de nombre Alejandro Colón.
La Platilla es un topónimo localizado al noroeste de la población de Parapara. Titula el cronista Oldman Botello (2007), “La Platilla: un pueblo frustrado en la serranía”; e informa: La Platilla Pereña llaman al lugar porque las primeras haciendas las fundó la familia Pérez de Ávila, entroncados después hasta configurar la parentela Pérez de Araña o Pérez de Arana. Pero la muerte del obispo viajero (Mariano Martí) frustró la posibilidad de fundar La Platilla que sería un pueblo serrano… eran numerosos los caseríos del área: Platilla de los Pérez, Platilla Abajo, San Antonio de Abajo y San Antonio de Arriba, Cucharito, Casanga, La Ceiba, Carrizalito, El Roble, Agua Hedionda, Verruga o Versuga y Bruscal”. Fue precisamente gracias al padre Nicolás Colón dueño en el sitio del hato Cucharito, que el Obispo Martí inició las diligencias poblacionales que se interrumpieron a causa de su muerte en 1792.
Según el DRAE: la palabra Platilla significa: Especie de lienzo delgado y basto.
Hato Mapurite de don Andrés Báez de Simancas, donde tenía 500 reses y estaba administrado por su pariente consanguíneo don Rafael Báez, blanco con calificativo de don. Se cuentan los Báez entre los primeros fundadores y pobladores de Calabozo y de San Juan de los Morros. Emparentados con los Arana también de Calabozo.
En conclusión, desde finales del siglo XVI se comprueba la presencia de dueños de tierras en el Valle de San Antonio de La Platilla, se trata de los primeros y principales terratenientes de estos lares liderizados por el capitán don Juan de Grezala y Oñate, quien era Juez privativo de los Llanos de San Sebastián de los Reyes. Las familias o clanes económicos como los Bolívar, Ponte, Tovar y Mijares de Solórzano, entre otros, representan el mejor ejemplo de los que se posesionaron y se convirtieron en los Dueños del Suelo Tiznaeño; la declaración de tierras que poseían o decían poseer, manifiesta la magnitud extensiva de dichas posesiones heredadas por “estrategias matrimoniales” que permitían la estabilidad de la estructura de propiedad, mediante unos vínculos de parentesco.
La ocupación, mantenimiento y reproducción de estas grandes propiedades se logró a lo largo de dos siglos, destacándose entre estas familias la formación de un gran grupo endogámico, a través de dichas alianzas como forma de protección del capital para no disgregar o desmembrar la riqueza lograda por sus antepasados, y para no regar la sangre. Estas alianzas matrimoniales constituían, en fin, alianzas territoriales que en consecuencia originaban la formación y constitución de latifundios familiares; por otra parte, también se aprovecharon de los altos cargos que ocuparon en el Cabildo de Caracas para así aplicar estrategias que le permitieron la apropiación y garantía de sus posesiones.
En el caso de Tiznados y su jurisdicción, la importancia continua de los hatos reside en su historia, denominados en los documentos como “sitio de hato” o “hato de ganado”, constituía una unidad productiva sustentada en el binomio ganadería-usufructo de la tierra donde se generaba una relación de peonaje entre un terrateniente, dueño de los medios fundamentales de producción y un trabajador, parcialmente separado de esos medios y con posibilidades de usufructuar la tierra a quien denominamos peón.
Finalmente, con la acumulación de la riqueza agrícola, la descendencia de los primeros dueños de la propiedad territorial en el Valle de los Tiznados se constituyo progresivamente en una aristocracia criolla, génesis y núcleo de lo que luego vino a denominarse “mantuanaje” caraqueño.

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*Tomado de: http://fuegocotidiano.blogspot.com/feeds/posts/default?alt=rss

2 comentarios:

zandra perez dijo...

Muy interesante este articulo

Dr maria Rosa dijo...

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 Dra. Maria Rosa

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