jueves, 25 de agosto de 2011

RECUERDOS DE NUESTROS LOCOS

PONENCIA PRESENTADA EN EL VII ENCUENTRO DE HISTORIADORES,

CRONISTAS E INVESTIGADORES

ORTIZ. 20 de Agosto del 2011


FERNANDO AULAR DURANT


MARÍA DE LA PAZ

En el año 1972 cuando por motivo de trabajo me fui a vivir con mi familia a Valle de la Pascua, le pregunté a una persona del lugar que quién era María de la Paz y me respondió que era una loca que se la pasaba deambulando por la plaza Bolívar.

¿Quién era María de la Paz? El 24 de junio de 1831 se reunieron en Valle de la Pascua los generales José Antonio Páez, jefe del Poder Ejecutivo y José Tadeo Monagas, quien se había levantado en defensa de la memoria del Libertador y de la Gran Colombia y allí acordaron la reconciliación con la que se evitó una guerra civil.

Ambos generales acordaron en honor al memorable suceso de pacificación, darle a Valle de la Pascua el nombre de “Villa de la Paz” y para que el tratado quedara grabado en la memoria de la historia, el Gobierno Nacional decretó la erección de una estatua en la Plaza del Pueblo, la cual se llamaría “Nuestra Señora de la Paz”. La estatua fue realizada por un escultor italiano en una piedra traída del río Tamanaco. Era de tamaño natural, un poco regordeta y vestida a la moda parisién. Llevaba en la mano izquierda una palma y con la derecha señalaba el sitio donde se había sellado aquel pacto histórico. El pueblo la bautizó como “María de la Paz” y así la llamaba. Años después fue demolida, quién sabe por qué ignorante. El decreto del cambio del nombre nunca fue cumplido.

En Valle de la Pascua hay un lugar que recuerda este suceso: la casa del obispo en la Urbanización Magisterio, llamada “Villa de la Paz”.

UN TIRO Y A LA PATA DE UN PALO

El general Emilio Arévalo Cedeño nació en Valle de la Pascua en 1882 y allí murió el 1965 a los 83 años. De profesión telegrafista y comerciante fue el primer y último caudillo que se levantó en contra de la tiranía gomecista. Fue presidente del Estado Guárico y durante su administración creó escuelas, instituciones culturales, construyó hospitales, instaló molinos de vientos e inició el transporte motorizado del ganado y escribió su obra “El Libro de mis Luchas”. En sus últimos días, pobre, abandonado se paseaba por las calle y en su demencia senil, tal vez recordando sus viejas hazañas guerrilleras, exclamaba: -¡Un tiro y a la pata de un palo!

DOS CIENTÍFICOS LOCOS

Cuando Juan Chávez y Luís Solórzano estudiaban bachillerato se la pasaban haciendo extraños experimentos de química. Cierto día improvisaron un pequeño laboratorio en un cuartito en la casa de doña Manuela Reggio de Durant, “Mamá Vieja”, lugar que quedaba al lado de la habitación donde desde hacía varios años estaba postrado en un chinchorro el tío Manuel, hijo de doña Manuela, quien había quedado tullido por extraña enfermedad, según decían porque había cogido un pasmo por bañarse después de haber estado candeleándose cerca de los hornos donde se cocían los ladrillos y tejas. Como quiera que la viejecita criara pollos y gallinas, solía haber allí una plaga de piojillos que molestaban al enfermo.

Cierto día los químicos bisoños o locos, mezclaron unas sustancias que al calentarlas hicieron explosión, lanzando partículas de fuego entre vapores malolientes y espesa humareda, salpicando piso, paredes y techo. Estuvieron a punto de quemar la casa.

Doña Manuela y el pobre Manuel se iban muriendo del susto y cuando fui a visitar a mi abuela para enterarme de lo sucedido, me dijo: -Mijo, dígale a esos muchachos locos que no sigan haciendo esas cosas en mi casa, que me iban quemando a Manuel.

Los dos culpables recogieron sus matraces, morteros, tubos de ensayo y otros trastes y no volvieron más. Al poco tiempo la abuela me dijo:

-Mijo, dígale a esos muchachos que vuelvan, que desde que explotaron esa cosa los piojillos se fueron y no han vuelto más.

Luís Solórzano, el loco egregio, se graduó de ingeniero, es un famoso concertista de cuatro y guitarra, inventó un marcapaso cardíaco y hoy nuevamente está en la palestra internacional por la invención del motor de aire.

MARÍA, LA BABA

Cuenta Jesús Chucho Villarroel en artículo publicado en el periódico El Reportero, que en Valle de La Pascua, por los lados del caño de La Vigía vivió una señora de nombre María, a la que por mal nombre la llamaban La Baba. Cuando le decían este sobrenombre se tornaba agresiva. Se ignora el origen del mote o qué relación o semejanza tendría la mujer con ese crocodilino llamado baba (Caiman sclerops) o caimán de anteojos.

Según la narración, Emilio García, a quien le decían Pataruco o también “El Mangoré Criollo”, este último mote lo usaba en programas radiales como cantante y guitarrista de la Publicidad Guárico, era un hombre muy chusco, bohemio y serenatero.

Una madrugada de misa de aguinaldo, venía en compañía de un compadre cuando por los lados del Caño de la Vigía vieron a la señora que le decían la Baba, entonces García le propuso una apuesta al compadre de que él le diría el sobrenombre, cosa que era peligrosa porque la susodicha se disgustaba y lanzaba maldiciones y pedradas. Hecha la apuesta, Emilio agarró la guitarra y comenzó a cantar en son de aguinaldo:

“La Virgen María

lavaba, lavaba,

y el buen San José

planchaba, planchaba”

Al principio la señora no caía en cuenta por lo que no se daba por aludida. Emilio insistió con el aguinaldo y haciendo énfasis en el mote:

La virgen María

La Baba. La baba…

Pero esta vez María paró el oído, se dio cuenta que era con ella y enseguida respondió:

Y el c…. de tu may

planchaba, planchaba.

Y arremetió a insultos y pedradas contra los burlones.

UNCIO

A Carmelo García le dicen Uncio porque según se cuenta su locura comenzó cuando lo reclutaron y se lo llevaron a pagar el servicio militar y para evadirlo se hizo pasar por loco, adoptando conductas desquiciadas como llamar a los oficiales con el sufijo que derivó en su apodo: -¡A su orden mi coroneluncio!, -Si, mi capitanuncio. Al principio esto era interpretado como faltas de respeto a los superiores y le valió varios castigos, pero al final dijeron: -¡Suelten a ese pobre loco antes de que lo maten a palos! Y ya afuera continuó con la maña de llamar a todos uncio y se quedó con la tecla floja.

En cierta oportunidad pasaba Uncio por la calle Bolívar entre González Padrón y Mascota y se detuvo en un pequeño negocio llamado Asunglo, perteneciente a las hermanas Herrera, dos señoritas muy bondadosas, trabajadoras y extraordinarias costureras. Gloria, la mayor, era maestra de corte y costura en la Escuela de Artes y Oficios San José; de aparente carácter fuerte pero en el fondo muy sereno y dadivoso y Asunción la menor, de carácter apacible y dulce. Uncio, dirigiéndose a Asunción le dijo:

-¿Madrinita, me puede dar una agüita?

-¡Como no, Uncio! –le respondió Asunción y fue y le trajo un vaso de agua. Uncio se bebió el agua y le dijo: -¿Madrinita, me puede dar un cafecito?

-¡Como no, Uncio! –y le trajo una tacita de café que éste se tomó y de nuevo insistió:

-¿Madrinita, si me dio agüita y cafecito, no me podrás dar cuquita?

-¡Como no Uncio! –le respondió Asunción y fue y le trajo una catalina que al verla Uncio le dijo: -¡De esa no, madrinita!

Gloria que estaba oyendo el diálogo y vio el gesto lascivo del loco avispado, agarró una escoba y la emprendió a escobazos contra el falta de respeto que se dio a la fuga perseguido por la furibunda costurera.

Asunción muy candorosa, al regresar Gloria de darle los escobazos a Uncio, le dijo: -¡Pobrecito! ¿No ves que es loco?

Y le respondió Gloria: -¡Loco y pidiendo cuchara!

CARMELO GARCÍA “UNCIO”

EL PÁJARO PICHÓN

En Valle de la Pascua hay un hombre al que llaman “El loco Paraco”, uno más de esos pobres seres que una vez que pierden la razón los propios familiares los lanzan a la calle a deambular y a padecer. Pero Paraco es un loco tranquilo, no es agresivo y más bien se las da por barrer las calles, adornar los ventanales con flores, por colocarse en los brazos y piernas ramos de flores atados con cinchos y pintarse la cara y el cuerpo con colorantes vegetales. Moreno, de cuerpo enjuto y cara aindiada.

Un día se montó en la azotea de un edificio situado en la avenida Libertador entre Bolívar y Flores, casi al frente de la prefectura y desde allí gritaba que quería volar, que él era un pájaro, al tiempo que agitaba los brazos como alas.

La gente que por allí pasaba, creyendo se trataba de un suicida, se detenía a mirarlo y desde abajo le gritaban que no se tirara. Él insistía gritando que era un ave y que quería volar. Mucha gente se fue aglomerando en el sitio para esperar el desenlace, cuando atinaron a pasar por allí varios estudiantes que venían del liceo José Gil Fortoul, situado unas tres cuadras al sur de allí, muchachos alegres y traviesos que cuando oyeron al presunto suicida gritar: -¡Yo soy un pájaro y quiero volar! A su vez le gritaron: -¡Anda, tírate y vuela! ¡Te queremos ver volar!

El orate les respondió: -¡No puedo!

-¿Por qué no puedes? ¡Anda, vuela! ¿Acaso no eres un pájaro?

-Si soy un pájaro. Pero no puedo porque no sé volar. ¡Es que soy un pájaro pichón!

EL LOCO PELÓN

Eduardo Rengifo, en su tranquila demencia vivía con su madre doña Eustaquia, en una casa situada en una esquina adyacente a la plaza Bolívar entre las calles Ribas y Gabante, donde se la pasaba cantado rancheras o de donde salía a trabajar con una carretilla. Pero unos muchachos burlones desde la esquina le gritaban: -¡Guaro pelón! ¡Loco pelón! Lo que lo enfurecía y entonces salía corriendo en su persecución y a veces hasta les lanzaba pedradas.

Doña Eustaquia cansada de tan molestosa conducta de los zagaletones que enardecía y alteraba a su hijo, se quejó ante la prefectura, la cual le quedaba a media cuadra de allí en la calle Ribas frente a la plaza Bolívar. El prefecto destacó a un policía para que desde la esquina del mamón de la plaza vigilara para que los mocetones no molestaran a Eduardo, lo cual surtió efecto por lo que éstos desistieron de sus burlas.

Eduardo, sin las chanzas de los muchachos cayó en un estado de depresión y de tristeza: no quería comer, no cantaba sus rancheras ni salía a trabajar con la carretilla, por lo que doña Eustaquia fue de nuevo a hablar con el prefecto.

-Doña Eustaquia, pero si yo puse un agente a su servicio y del de su hijo para que esos vagabundos no lo molesten.

-No, señor prefecto, es que vengo a pedirle que quite al policía y mande a buscar a los muchachos para que le echen vaina a Eduardo, porque si no se me va a morir de tristeza.

LA MASCOTA DE LA SUERTE

En Valle de la Pascua vivió un personaje muy popular a quien llamaban Jopo, cuyo verdadero nombre era Rodolfo Antonio Bolívar Méndez, de quien se decía que traía la buena suerte, muy distinto de esas personas u objetos que dicen ser pavosas. Jopo sufría de retardo mental secuela de alguna afección cerebral posible meningitis o fiebre tifoidea. Tenía por manía morderse las mangas de la franela de mangas largas como las solía usar además de pantalones de kaki enrollados hasta las rodillas y sostenidos por tirantes, alpargatas y sombrero de cogollo.

Por eso de que traía buenos augurios, los chóferes solían montarlo en sus autos y muchas personas se le acercaban en procura de obtener este beneficio . También existía la creencia de que si jopo se enamoraba de una muchacha, ésta a los pocos días encontraba novio y se casaba bien, por lo que las muchachas casaderas lo buscaban y le hacían carantoñas con el fin de que jopo se fijara en ellas, se enamora y con ellos obtener buenas nupcias. Se cuenta que fueron muchas las núbiles vallepascuenses que corrieron con la buena suerte.

Jopo era muy querido por todos en el pueblo y para la posteridad quedó su imagen retratada en el lienzo de la pintora y cantante doña Mireya Infante de Salazar.

CALDITO CON PRESAS

Pura es una mujer campesina con cierta deficiencia mental pero con mucha picardía. En cierta oportunidad llegó de visita a la casa de una vecina, en un caserío rural de la zona. Como venía caminado bajo un solazo y tenía mucha sed pidió que le dieran una agüita y le dieron una totuma llena de agua la que se tomó a grandes y sonoros tragos y al terminar expresó enfática: -Tenía sé. ¿Verdá?

Entonces la dueña de la casa muy servicial y humanitaria le ofreció de comer por lo que le dijo a una de sus hijas: -¡Mira muchacha, monta a calentá la sopa pá que le des un caldito a Pura!

A lo que le aclaró la visitante:

-¡Y presa tambien!

LA CASA DE PICASSO

En agosto del 2005, en compañía de nuestra amiga Egleé Barrios, abogada venezolana que casada con Miguel un español andaluz, vive en Torremolinos, fuimos a la ciudad de Málaga en la costa del sol. Allí visitamos la Alcazaba, la catedral, el Museo de Bellas Artes en el antiguo palacio de los condes de Buenavista, el Museo Picasso y la casa donde nació este famoso pintor, ahora convertida en museo, en ésta fuimos pasando por varias salas donde exhibían cuadros pertenecientes a la época azul llamada así por el predominio de este color, por lo estilizado del dibujo y porque en ellos se abordan temas como la soledad y la muerte. Todo esto nos lo iba explicando Egleé.

Seguimos observando cuadros, ahora de la época rosa, de la fase oscura y así proseguimos viendo máscaras, dibujos, curiosas esculturas y llegamos hasta las pinturas del estilo cubista: caras deformadas, con doble nariz, ojos y bocas distorsionados. Egleé al llegar allí se paró frente a uno de los cuadros y nos dijo: -Picasso hasta aquí pintaba bien. De aquí en adelante se volvió loco.

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