lunes, 30 de julio de 2012

EN EL PRIMER ENCUENTRO DE HISTORIA DE LAGUNA DE PIEDRA


Edgardo Malaspina

  El 9 de junio del año en curso estuve en el Primer Encuentro de Historia de San José de Tiznado y Laguna de Piedra, lugares con pasado histórico importante: surgieron del hato El Totumo, propiedad de la familia de Bolívar; la negra  Matea vivió allí; y el Rincón de los Toros, paraje de ingrato recuerdo, está muy cerca. 


El evento, organizado inmejorablemente en todos sus detalles protocolares por Edgar Blanco, Oscar Zerpa, Oldman Botello y el cronista oficial de Ortiz, Fernando Rodriguez, contó con una nutrida  presencia de los habitantes de Laguna de Piedra y los cronistas ponentes  Leonardo Nazoa, Fernando Rodríguez, Felipe Hernández, Ubaldo Ruíz, Eduardo López Sandoval, Manuel Botello, Oldman Botello ,Ramón Ramírez,  Zoraida, María Izquiel, y  quien estás líneas escribe.


 Laguna de Piedra surgió como emporio agrícola y pecuario en 1961, producto de la política progresista del Instituto Agrario Nacional, ente que  adquirió las tierras , previó pago justo a su amo, y luego procedió a parcelarla y repartirla a treinta familias. No hubo invasiones traumáticas, y eso explica, de manera palmaria, que hoy en día el poblado cuente con más de cuatro mil habitantes, muchos de  ellos trabadores del campo, cuyas tierras feraces les retribuyen  sus esfuerzos con  abundante  sabrosa  mies  y frutos variados.


 Un hecho destacado de la historia viva resultó la presencia de Don Andrés Cruces, de noventa  y cuatro años, uno de los fundadores del pueblo.
   En mi ponencia hablé de algunos tópicos históricos de la medicina relacionados con los Tiznados:  En 1796 un médico trata de averiguar si un soldado de Tiznados es un simulante cuando dice estar enfermo para no servir en el ejército. En 1811 un señor reclama ante un tribunal el uso de una alfombra para su esposa (sólo los mantuanos tenían ese privilegio)  y poder  arrodillarse en la iglesia  con el alegato de estar enferma de las rodillas. Durante la guerra de independencia José Domingo Díaz, el médico realista que pidió a Boves fusilar a Vicente Salias, hizo unas investigaciones demográficas que incluía a los Tiznados.
 Por último la gente organizadora  del evento nos halagó  con arepas, pisillo de chiguire mediante; bocadillos y dulces artesanales; manjares que nos hicieron evocar  a Don Andrés Bello por eso de la ambrosía.


viernes, 8 de junio de 2012

CAPITÁN PEDRO MEDINA SILVA, VALLEPASCUENSE LÍDER DE EL PORTEÑAZO

FELIPE HERNÁNDEZ G.
UNESR/Cronista de Valle de La Pascua
 
            El martes 20 de marzo de 2012, falleció en Caracas el capitán de fragata Pedro Medina Silva, guariqueño, nacido en Valle de la Pascua el año 1924. Estudió para maestro normalista, y luego entró a la Marina donde alcanzó el grado de capitán de navío. Haber sido maestro le dio la connotación de humanista que caracterizó su vida. Siguió de cerca el desarrollo político del país postgomecista y tomó partido con la natural vehemencia de un verdadero combatiente que con sus razones y su buena fe, conjugó una visión que consideró correcta dado el momento histórico que vivía Venezuela.
Medina Silva, conjuntamente con el capitán de navío Manuel Ponte Rodríguez comandó el alzamiento de Puerto Cabello (El Porteñazo), el 02 de junio de 1962 y luego fundaron las FALN (Fuerzas Armadas de Liberación Nacional), junto a los partidos de izquierda y algunos militares de la época.
Por su participación en El Porteñazo fue sentenciado a 26 años de cárcel, y a dos años más por haber involucrado en los actos conspirativos a sus subalternos, sentencia que lo llevó a decir: “De aquí en adelante conspiraré con los almirantes”. Estando preso en el Batallón Carabobo, siguió sus luchas escribiendo sus proclamas en un periodiquito que bautizó “El Cimarrón”, y que por carecer de una máquina escribía a mano.
Trasladado a la Isla de Tacarigua o Isla del Burro, suerte de infierno, donde los zancudos, las moscas, los malos olores y el trato despiadado de los guardias conformaban un verdadero infierno. De este lugar escapó el 24 de diciembre de 1963, con ayuda de algunos compañeros de cárcel y de oficiales activos simpatizantes de su proyecto, junto con él también escapan el mayor Manuel Azuaje Ortega, Gastón Carvallo y Germán Lairet.
Siguieron años de lucha clandestina, que lo llevaron a ocupar el cargo de comandante general de las FALN en Julio de 1964, cuando fallece en la cárcel el capitán Ponte Rodríguez, actividad que desempeñó sin tregua alguna hasta el momento de deponer las armas al considerar que “esa guerra había terminado”. Participó en Vietnam al lado de Ho Chi Min y del general Vo Nguyen Giap. Luego en China conoció a Mao y en Corea a Kim Il Sung.
En enero de 1966, en Cuba participó en la Conferencia Tricontinental ocupando una de las tres vicepresidencias en representación del continente americano, relacionándose con Fidel Castro, Salvador Allende y otros líderes de la izquierda mundial.
Después de ese periplo, a muchos años de distancia y sin evadir su responsabilidad, Pedro Medina Silva expresaba, que “el idealismo que inspiró aquella lucha, no alcanzó ningún éxito tangible y naufragó en la esterilidad de errores tercamente cometidos”. Sus críticas a ese proceso las expresaba sin resentimientos ni amargura y consideraba que el proceso de pacificación constituyó “el fin de una coyuntura histórica”, que lo llevaron a deslastrarse de todo prejuicio ideológico, a rechazar por principio la intolerancia y la arbitrariedad y a ver en el diálogo y la discusión constructiva el mejor camino para el entendimiento. Preceptos que convierten  a este guariqueño en un claro ejemplo de la dignidad, la justicia y la tolerancia.
Valle de la Pascua, abril de 2012.

jueves, 7 de junio de 2012

Geografía de errores


José Obswaldo Pérez


ES DE VIEJA data los problemas limítrofes de Venezuela. Pero más aún son los del estado Guárico. Así lo advierte el profesor Noel de J. Lugo, en su libro Problemática limítrofes del Estado Guárico, sus municipios y parroquias (2012); publicado recientemente por la Editorial El Perro y la Rana, en su colección Agustín Codazzi.
El profesor Lugo – excoordinador ad-honores del área de geografía del Centro de Estudios del Llano de la Universidad Rómulo Gallegos (CELLUNERG), a través de este trabajo minucioso ha detectado serios errores en la representación de nuestro territorio, los que se consideran lesivos a la Soberanía Nacional y en clara violación a las normativas legales vigentes.
Pero lo más grave es que estas violaciones parten del mismo Estado, que a través de sus instituciones cometen y repiten tales errores en la documentación histórica territorial.
Esos deslices en la problemática limítrofe guariqueña se observan en municipios como Ortiz, Las Mercedes y Chaguaramas. Así como también en Camaguán y Guayabal, entre otros.
En este sentido, el investigador argumenta, en su introducción al libro, las causas de diversos problemas de tipo limítrofes en la región de Guárico. Y sugiere, entre estas, la consideración de fallas en “la imprecisión al momento de repartir y demarcar los diferentes territorios”.
A juicio del autor, los responsables (denominase gobernador, alcalde, legislador o concejal) tienen un desentendimiento o una indiferencia sobre este tema, que hoy requiere de ser debatido por las instancias competentes, llamase concejos municipales o concejos legislativos.
Lugo cita como ejemplo la Gaceta del Estado Guárico, un instrumento legal que presenta incontables errores (tanto de fondo como de forma) en la designación de los linderos de los municipios y de la propia entidad con sus estados vecinos, amén del mal manejo de la terminología correspondiente que requiere de una revisión profunda por parte del cuerpo legislativo regional.
El libro del profesor Lugo es bienvenido y será una referencia para el estudio e investigación de nuestros municipios y parroquias del estado Guárico. Las conclusiones y recomendaciones del investigador son un valioso papel de trabajo que está en deuda con los pueblos guariqueños.
Desde ya reconocemos este fruto, cosecha de una esmerada paciencia por comprender nuestros linderos y colindantes que forman nuestra pertinencia, permanencia y pertenencia de nuestra entidad regional.

jueves, 10 de mayo de 2012

TIPS (# 26): SOBRE LA EDUCACIÓN EN TIEMPOS LEJANOS HA.


Manuel Soto Arbeláez


*En declaraciones que don Pedro María Chacín-Escala Gimón Arveláiz (1846-1934), dadas en su ancianidad al señor cronista de Zaraza don Francisco Gustavo Chacín  en 1932, aquél le aseguró que en 1875 existía en esa localidad la “Sociedad Mutuo Auxilio” que se ocupaba de la asistencia al menos pudiente, sobre todo en materia educativa ya que para mucho antes de 1875 tenía bajo su tutela una escuela particular nocturna para enseñar a la pobrecía a leer, escribir y las operaciones aritméticas fundamentales. Los miembros de la “Asociación” que estuvieran en condiciones, eran sujetos de obligatorio cumplimiento de dar por lo menos una semana de su tiempo, para impartir las clases de acuerdo a un currículo educativo organizado por ellos mismos. Es de importancia el dato debido a que el decreto de instrucción pública, gratuita y obligatoria de Guzmán Blanco data de junio de 1870 y comenzó a tener presencia en el Guárico a partir de 1875; es de suponer, entonces, que la escuela de la “Asociación Muto Auxilio” funcionó antes de aparecer el famoso Decreto, inspirado en uno previo que dictó Dalla Costa siendo gobernador de Guayana en 1866. Posiblemente la información aportada por F. G. Chacín de que en 1877 se fundó en esa localidad una banda municipal de música, con su escuela paralela para enseñar los elementos de esta actividad cultural a los jóvenes, también le fuera dada por el mismo Pedro María Chacín. Según el dato la dicha banda se creó por decreto del jefe civil y político del Cantón Unare, general José Manuel Hernández Ron. La Banda y la Escuela de Música, fueron puestas bajo la dirección del profesor Jesús María González “Quien tocaba muy bien la flauta y todavía se recuerda (en 1950 cuando escribió F. G. Chacín sus notas) al contrabajo don Carlos Apodaca, alumno de esta escuela, que llegó (también) a tocar este difícil instrumento y a dominarlo a la perfección”(..).
**Documentalmente se sabe que en Valle de la Pascua existió la actividad de la enseñanza particular antes que en Chaguaramal de Perales (Zaraza) y que en Chaguaramas; en efecto, en diciembre de 1829 el cura párroco de Chaguaramas, presbítero José Feo, escribía una carta al arzobispo de Caracas diciéndole, palabras más, palabras menos “En Chaguaramas no existe la educación es en balle de la pasqua donde florece esta actividad impartida por particulares en su casa”(..) En 1835, a la venida del arzobispo de Caracas Ramón Ignacio Méndez de la Barta, el secretario del prelado anotó que SSE fue recibido a los acordes musicales de una banda local. En el caso de Zaraza hemos visto que la primera reseña sobre instrucción se debe a la presencia de un maestro de escuela, llamado Ezequiel Pérez, quien estaba de paso pero fue convencido y contratado por la Junta Comunal para que se encargara de fundar una escuela subvencionada por dicha Junta la cual funcionó de 1839 a 1844, cuando Ezequiel se tuvo que ausentar definitivamente para su terruño guayanés debido a problemas familiares. La escuela funcionaba bajo el régimen de semi privacidad, de tal manera que los padres pudientes pagaban, mientras que los más pobres no.
MSA. Fax (0212) 285 8957. E-Mail: manuelsotoarbelaez@yahoo.com Los libros El Guárico Oriental 1, 2 y 3 en la Librería La Llanera, calle Guásco frente a la plaza Bolívar, Valle de la Pascua. El tomo 1 y el 3 en papel. El tomo 2 en CD.

DON PEDRO RAMÓN SALCEDO, LA HUMILDAD HECHA POETA

FELIPE HERNÁNDEZ G.
UNESR/Cronista de Valle de la Pascua


            El viernes 16 de marzo de 2012 fue bautizado en los espacios de la Casa de la Cultura “Lorenzo Rubín Zamora” de Valle de la Pascua, el poemario SENDERO, LLANO Y AMOR de Pedro Ramón Salcedo Herrera, poeta llanero natural del caserío Santa Clara de Manapire, en las inmediaciones de Santa Rita, el parque Aguaro-Guariquito, Cabruta y el Orinoco medio, donde nació en 1935, aquerenciado en Valle de la Pascua, donde ha echado raíces sin olvidar las vivencias de aquellas inmensidades donde el horizonte uniéndose con las nubes es el límite. 
            El poemario fue publicado por la Fundación Editorial el perro y la rana del Sistema Nacional de Imprentas, Colección Ernesto Luis Rodríguez, que en Guárico preside el poeta Salvador Lara, quien a su vez fungió de presentador en el acto.  
            Leer esta producción poética, es comprender que la única forma de ser poeta es ser uno mismo. Cuando se intenta ser los otros, gustar a los otros, sorprender a los otros, deja de tener valor la poesía, porque la autenticidad de la poesía está en el descubrimiento sustancial del recorrido por los intersticios de la condición humana, resultado de la inmersión en el abismo de las angustias, de las vivencias y de los recuerdos. En la obra de Pedro Ramón Salcedo se evidencia que la poesía tiene valor solo si descubre la teluridad que brinda su experiencia en la vida campechana, puesta al servicio de su frágil condición de ser humano con arraigados sentimientos por lo autóctono, que es lo que siente suyo.
            Considérese, que la poesía no es sino el canto afinado del hombre en su largo camino hacia la eternidad. Manifestación de impotencia para mantenerse en el silencio primordial de las cosas. Por eso la poesía de Pedro Ramón Salcedo es un grito modulado de sus vivencias llaneras, así están expresadas en su poemario SENDERO, LLANO Y AMOR. Poesía de la tierra escrita con la humildad de un hombre sencillo que desde su finitud, brinda a quien quiera leer su producción poética con su fuerte amor por la tierra que lo vio nacer, por el llano guariqueño que le marcó el sendero desde sus entrañas. En sus versos puede palparse como una marca indeleble, la teluridad que antes marcó el destino de otros bardos compenetrados con el terruño, como Francisco Lazo Martí, Julio César Sánchez Olivo, Alberto Arvelo Torrealba, Germán Fleitas Beroes y tantos otros poetas llaneros. Es el legado innegable de un hombre de la sabana lanzado a los cuatro vientos del llano.
            Estas afirmaciones nos remiten a una poética con un fondo manifiesto de añoranza no como paisaje, no como ecología, sino como patria, como vientre del hombre. Esa conciencia de que las palabras son aproximaciones hacia un fondo común que nos pertenece a los seres humanos solo por serlo, solo por formar parte de él. En el poema “La brisa del morichal” escribe:
            La brisa del morichal / suspira con las palmeras, / se mueve sobre las olas / en las lagunas llaneras, / palpitan los pajonales / en tiempos de tolvanera, / alegra los mastrantales / en noches de primavera...
            En tales términos, la palabra inspiración sale sobrando para Herrera. Más que estar inspirados es necesario sentir la vida, palparla por encima de la técnica. Que el oficio y la técnica sean alas y no la cárcel de la palabra. Y si los sentimientos no se dicen, de cualquier modo se sufre, pues la trayectoria vital de Pedro Ramón Salcedo trasluce que como poeta escribe por necesidad fisiológica y ontológica, como por un fatalismo, porque para él, la poesía, más que una vocación, es un canto, un destino o una misión por todo lo vivido.
            Por eso en Herrera se aprecia que el acto poético es un acto de reconocimiento de si mismo, tal como lo plasma en el poema “Enamorando el estero”, cuando dice:
            Soy brioso como un corcel / corriendo por la sabana, / dueño de la tierra llana / cuando la veo florecer, / decir llano es un placer / para el hombre cantador, / y para mí es un honor / al llano pertenecer, / como cada amanecer / refulgente como el sol.
            Versos en décimas, que para este guariqueño son sentidas añoranzas de lo que hemos sido, lo que somos y esperamos seguir siendo.
            Valle de la Pascua, abril 2012.

sábado, 21 de abril de 2012

EL HATO SANTA JUANA DE LA CRUZ: NUCLEO INICIAL DEL POBLAMIENTO DE VALLE DE LA PASCUA

FELIPE HERNÁNDEZ G.
UNESR/Cronista de Valle de la Pascua
El espacio geográfico donde surgió Valle de la Pascua formaba parte del gran latifundio “Santa Juana de la Cruz”, extensa propiedad de don Francisco Carlos Herrera, notable terrateniente caraqueño de finales del siglo XVII y primeras décadas del siglo XVIII, cabildante y encargado del gobierno como alcalde ordinario, poseedor de fortuna heredada de sus padres y de los cuantiosos bienes de su esposa, doña Mercedes Mesones, hija del gran terrateniente de Orituco, el capitán de campo, don Pedro Mesones. Gozaba Francisco Carlos de Herrera de la confianza y protección de la corona española, que lo validaban para desempeñar altos cargos en el cabildo y el regimiento de Caracas y le hacían merecedor de los privilegios propios a tales cargos.
Formaba parte el capitán Francisco Carlos de Herrera de la aristocracia territorial caraqueña (1), relacionada con los grupos esclavistas y propietarios de esclavos negros. Clase social formada por los hacendados y terratenientes-encomenderos, amos del suelo, que fundamentaban su condición de estrato poseyente y privilegiado en el control de clase social, a través de las tierras incorporadas al dominio privado, cuyo cuadro de preeminencia de clase social poseyente y casta privilegiada, lo complementaba el control que ejercían sobre las instituciones de poder político en los centros urbanos (2). En este caso, en Caracas y San Sebastián de los Reyes.
El latifundio de Santa Juana de la Cruz fue una de las concesiones obtenidas por el capitán Francisco Carlos de Herrera, apoyado en las figuras jurídicas que representaban los repartimientos y mercedes de tierra.
Los linderos del hato santa Juana de la Cruz eran los siguientes: ... desde el camino real que lleva a San Sebastián de los Reyes hasta la Nueva Barcelona, desde el paso que en dicho camino se ofrece de la quebrada o río de Otocuao, hasta el paso de Quebrada Honda, y de allí quebrada arriba, hasta ponerse frente al cerrito que llaman Tucusipano y de allí cortando derecho los cerros de Lomas Azules y los Paurayes hasta llegar al río de Manapire y de allí río arriba hasta donde se entra Otocuao hasta ponerse en el camino real con todas las vertientes, altos y bajos (3).
Según lo expuesto, Santa Juana de la Cruz comprendía un área aproximada de 506.581,66 hectáreas, que se extendía por el Norte, desde el paso del río Otocuao hasta el paso del río Quebrada Honda, unos 96,910 Kms aproximadamente. Por el Este, desde el paso del río Quebrada Honda hasta el cerro de Tucusipano, 90 Kms aproximadamente. Por el Sur, desde el cerro de Tucusipano hasta el río Manapire, pasando por los cerros de Lomas Azules y los Parajes (cerros El Macho y La Casimira en la actualidad), 67,79 Kms aproximadamente, y por el Oeste, desde el río Manapire aguas arriba hasta donde le entra el río Otocuao y pasando por el camino de Barcelona, 74,74 Kms aproximadamente.
En el extenso latifundio se fueron estableciendo en el tiempo, hatos y fundaciones ganaderas mediante las figuras de compra-venta de particulares a los herederos de Francisco Carlos de Herrera; así se puede evidenciar en los documentos de compra-venta realizadas por doña Catalina Álvarez, viuda de don Pedro del Hoyo y Arzola a su yerno Juan González Padrón y a su hijo Joseph Thomas Arzola en 1768 en el sitio de La Vigía, y por Juan Florencio Muñoz, viudo de Doña María Isabel de Herrera en el sitio de Morichito en 1777.
Ytt. Declaro que la parte de tierras que me toco de las que compro mi marido al Dr. Dn. Carlos de Herrera en este citio del valle de la pasqua las he vendido a mi hijo Thomas JPH Arzola y a mi yerno Dn. Juan González como consta de la escriptura... (4)…Yo, Don Juan Florencio Munóz vezino de la ciudad de Caracas y residente en el citio de Morichito jurisdicción dela desan Sebastián de los Reyes digo que por cuanto contraté y vendí a Don Jacob Ramírez una poseción de tierras viniendo de mi difunta espoza Doña María Isabel de Herrera...(5)
Para el año 1799 el hato Santa Juana de la Cruz era una extensa propiedad, y los Herrera poseían varias fundaciones, así lo señala J.A. De Armas Chitty: En 1799, Martín Eugenio de Herrera -de los Herrera terrateniente- expuso ante el obispo Viana que le librara de pagar dos veces los estipendios a la iglesia, pues en la división eclesiástica se le obligaba a pagar en un vecindario lejano y en otro de su hato Santa Juana, y el Obispo le atendió de inmediato adscribiendo el hato Santa Juana con sus fundaciones de Vivoral, Santa Teresa y Corozalito, al nuevo curato de Valle de la Pascua (6).
Esta problemática ocurría por la separación del curato de Valle de la Pascua del de Chaguaramas, decretada por el obispo Martí en 1783 y hecha efectiva a partir del 10 de febrero 1785. Para 1765 Juan Manuel de Herrera poseía ocho hatos, todos en el oriente del Guárico en los predios del gran latifundio, a saber: “Santa Juana, El Macho, Las Peñas, Guanipa, El Flamenco, Santiago, Cartanal y Carángano” (7). En ellos Herrera mantenía un cuerpo de tropas de 300 hombres de milicia y tropa reglada enviada por el gobernador don Felipe Ricardos a perseguir a Juan Francisco de León.
En las 506.581,66 hectáreas que aproximadamente constituían el espacio territorial del hato Santa Juana de la Cruz hoy se encuentran localizados buena parte de los terrenos de los municipios: Valle de la Pascua, Chaguaramas, Las Mercedes del Llano, Tucupido, El Socorro, Santa María de Ipire y Zaraza. De lo que fue el hato Santa Juana de la Cruz en la parte que corresponde al municipio Infante, la ciudad de Valle de la Pascua ocupa una porción de ese espacio geográfico, incluidos los sitios y caseríos: Corozal, Jácome Arriba, Jácome Abajo, Las Rositas, Corozalito, Mamonal, Mahomito, Los Algodones, La Dormida, Mata e’ Rancho, Coco e’ Mono, La Clemencia, Los Vivorales, Las Babitas, Apamate, Las Dos Palmas, El Burro, Vivoral, Carro viejo, Bandera Blanca, La Pereña, El Carito, La Malquerida, El Banco Telésfero, Las Garzas, Santa Juana, Los Leones de Fajardo, Mata Redonda, Potrerito, El Barbasco, El Corozo, Roblito, Maniral, Zanjonote de Espino, Manirito, El Palito, Los Recuerdos, y muchos otros.
Don Pedro José del Hoyo y Arzola, quién llegó a la Provincia de Venezuela el año 1699 en la comitiva del capitán general don Eugenio de Ponte y Hoyo, se radicó en jurisdicción de la posesión de Santa Juana de la Cruz, en virtud de haber comprado tierras a don Carlos de Herrera en el sitio denominado La Vigía, al lado norte del camino de la Nueva Barcelona. Allí, además de su vivienda, construyó instalaciones pecuarias junto con su esposa, doña Catalina Álvarez, natural de Caracas, de cuya unión nacieron catorce hijos, a saber: María Apolonia, Miguel José, María Francisca, Ana de Santiago, Tomás José, Juana Rosa, Pedro José, Nicolás, Paula Petronila, Margarita Antonia, María Manuela, José Ramón, Juan Manuel, y María Altagracia. Son estos los ascendientes de la numerosa familia Arzola que hasta hoy residen en Valle de la Pascua y en el oriente del Guárico.
Para el año 1730 existían alrededor del sitio varios fundos pecuarios habitados por pequeños propietarios de origen canario, blancos de orilla y mestizos procedentes principalmente del Orituco y San Sebastián, que apoyados en los haberes económicos obtenidos a través de intercambio comercial vinieron a los llanos a participar de la riqueza territorial como medianos y pequeños propietarios. Esas fuerzas estaban representadas por las familias Del Hoyo-Arzola, Sánchez Sajonero, Zamora, Requena, Trejo, Arévalo, Navarro, Álvarez, Rengifo, Ledezma, Herrera, Hernández, Fernández, entre otros. Ellos constituían la fuerza moral y material del asentamiento poblacional de Valle de la Pascua (8).
REFERENCIAS
1) Francisco Carlos de Herrera, además de amo de esclavos, beneficiario de antiguas encomiendas, poseía los títulos y cargos siguientes: Capitán, Maestre de Campo, Juez de Llanos, Miembro destacado del Cabildo de Caracas y Alcalde.
2) Cf. FEDERICO BRITO FIGUEROA. (1979): Historia Económica y Social de Venezuela. Tomo V. Caracas: Universidad Central de Venezuela. Ediciones de la Biblioteca. Cuarta edición, p. 1102.
3) Archivo General de la Nación. Sección Tierras. Tomo I. Letra H. Año 1783. Folios 16 al 39.
4) Registro Subalterno. Altagracia de Orituco, año1768. Bloque 5.
5) Registro Subalterno. Altagracia de Orituco. Libro de Instrumentos Públicos, Serie s/n, año 1784. Folios 8 al 13.
6) J. A. DE ARMAS CHITTY. (1982): Historia del Estado Guárico. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República, p. 53 // HERNÁNDEZ G. Felipe. (2006): Historia de Valle de la Pascua. Caracas: Tipografía de Miguel Ángel García e hijo.
7) J. A. DE ARMAS CHITTY. (1982): Semblanzas, Testimonios y Apólogos. Caracas: Academia Nacional de la Historia, p. 221.
8) Cf. FEDERICO BRITO FIGUEROA. (1986): A Propósito de las Clases Sociales en Venezuela. Caracas: Fondo Editorial Lola de Fuenmayor, p.49.

miércoles, 11 de abril de 2012

LIBERTAD DE ESCLAVOS EN EL GUÁRICO COLONIAL Y EN LOS INICIOS DE LA REPÚBLICA

(A propósito de los 158 años de la firma del decreto que abolió la esclavitud en Venezuela)
FELIPE HERNÁNDEZ G.
UNESR/Cronista de Valle de la Pascua
El 24 de marzo de 1854 el general José Gregorio Monagas dictaminó el ejecútese del Decreto de Abolición de la Esclavitud en Venezuela, una vez que fuera aprobado por el parlamento venezolano, se ponía fin al padecimiento de quienes sufrían este sistema de explotación económica y social que se constituyó en la base del sistema colonial en nuestro país y del continente. De esta manera, lo que comenzó con una proclama de emancipación de los esclavos en Ocumare en 1816, así como los planteamientos hechos en Angostura y Cúcuta por parte del Libertador Simón Bolívar, tendrían su espacio realizable en 1854.
Ese año, la oligarquía criolla protestó la medida, puesto que toda su riqueza agrícola estaba basada en tan oprobiosa práctica. Entre los casos contrarios a la decisión, es reconocida la actitud irreverente del general Ezequiel Zamora, tenido hasta nuestros días como adalid de la libertad, la igualdad y la justicia social, quien se negó a darles libertad a sus esclavos. Con este mandato cumplió tiempo después cuando se convenció que el imperio de la ley era inexorable. Ese gesto innoble, contrasta con la actitud generosa del Libertador Simón Bolívar, quien liberó a sus esclavos mucho antes de comprometerse con el presidente de Haití, Alejandro Petión, a ponerle fin a tan odiosa práctica en Venezuela y la Nueva Granada.
Sin embargo, antes de la histórica fecha de 1854, en el Guárico, hay antecedentes de esclavos liberados en el período colonial y en las primeras décadas del período republicano. Muchos fueron los casos de manumisión en artículo de muerte, debido a que no pocos propietarios, antes de morir y “para estar en paz con su conciencia”, otorgaban papeleta de libertad a algunos de sus esclavos que habían explotado en vida, quienes continuaban trabajando las tierras de los descendientes de sus antiguos amos. A continuación se presentan algunos casos significativos localizados en fuentes documentales, de los tantos que se que se dieron:
1) En un legajo testamentario fechado en 1784 en el Juzgado de Llanos y Caminos de “La Parroquia del Glorioso San Gabriel del Chaguaramal”, doña Luisa Seferina Belisario Sánchez Albertos de Gómez Román, natural de San Sebastián de los Reyes, pero residenciada en Chaguaramal, donde casó con Dionisio Gómez Román, ya viuda, anciana y sin hijos por haber muerto en la infancia su única hija, establece en el ítem Nº 5 de su testamento:
“Declaro tener hechas cartas de libertad a María Juliana y a María Gregoria, todas hermanas y las dichas se hallan casadas con calidad que las referidas han de ser esclavas durante mi vida y los hijos que estas han tenido hasta el presente, y los que tuvieren en adelante, es mi voluntad que sean libres, los que han tenido hasta el presente están mandados a asentar por libres en los libros parroquiales y si en algún tiempo hubiere una equivocación sobre las partidas, declárolo, que se cumpla esta cláusula en todo y por todo por ser así mi voluntad, declárolo para que conste…”.
Un año después, en 1785, doña Luisa Seferina Belisario agregó un codicilo a su testamento, incluyendo la libertad de otros esclavos… declara ser dueña de más de diez leguas de tierra en los sitios de La Yeguera y El Colegio. Buena parte de los bienes los lega a la iglesia, con dos propósitos expresos y tácitos: que se forme una capellanía en honor a su difunto esposo y que la misma solo podría ser dirigida por un sacerdote nativo de Chaguaramal, mayor de 28 años, con prioridad por su sobrino José María Thoro al ordenarse de sacerdote. A la sazón, Thoro era todavía un niño…
2) En el año 1813, Juana Josefa Esparragoza, importante propietaria de los Valles de Aragua y los Llanos del Guárico, después de declarar en su testamento que las tierras que tenía en el sitio de Los Marines fueran puestas a censo y tributos redimibles en beneficio de la Iglesia, otorgaba libertad a sus catorce esclavos: María Segunda, Potenciana, Luciana, Juan Francisco, María Gregoria, Petronila, José de las Nieves, María de la Merced, Juan María, José Inocencio, Juan Clemente, José Landerico del Carmen, Ana Josefa y Francisco, permitiéndoles el cultivo de la “parte principal de la posesión Guarumen en los llanos, que heredé de mis padres desde el sitio de Rompe Cojón para abajo en el centro de las dos galeras por las filas hasta bajar de las bocas”. Declara igualmente la otorgante, que el ganado que tenía en su propiedad fuera distribuido “en partes iguales entre sus esclavos”.
3) En el año 1918, en el periódico tucupidense “Tamanaco”, se reseña otro caso de liberación espontánea de esclavos por su dueño en la cuenca del Unare. El mismo hecho es relatado por don Lorenzo Antonio Zaraza en 1933, al respecto informa, que el señor Leonardo Moleiro y Lara de “mancomún e insolidum” con su esposa doña Ana Rodríguez, dan la libertad a veinte y más esclavos en octubre de 1837, en Chaguaramal de Perales (la actual Zaraza), firmando como testigos, don Ildefonso Itriago, don José Vicente Velutini y don Bonifacio Gómez. La misma información con algunas variantes es recogida por el historiador J. A. De Armas Chitty, quien hace referencia a una esclava liberada en el año 1839. Don Leonardo Moleiro y Lara era hijo de don Joseph Moleiro y doña Manuela Lara, dos blancos criollos nacidos en Aragua de Barcelona, quienes se divorciaron en 1810, quedando doña Manuela con la custodia de los tres hijos habidos del matrimonio, de nombre José Pío, Leonardo y Agustín. Los dos primeros se residenciaron en Zaraza y el último en Aragua de Barcelona.
REFERENCIAS:
ARCHIVO ARZOBISPAL. (1813): Juana Josefa Esparragoza. Sección Testamentaria.
BRITO FIGUEROA, Federico. (1979): Historia Económica y Social de Venezuela. Tomo I. Caracas: Universidad Central de Venezuela. Ediciones de la Biblioteca. Cuarta edición. p. 98.
CAMACHO, Antonieta. Comp. (1979): Materiales para el estudio de la cuestión agraria en Venezuela (1810-1865). Mano de obra: legislación y administración. Compilación, notas y estudio preliminar de Antonieta Camacho. Caracas: Universidad Central de Venezuela, Facultad de Humanidades y Educación, 1979. Tomo 4, Vol. I, 736 p.
RAMOS GUÉDEZ, José Marcial. (1999): Simón Bolívar y la abolición de la esclavitud en Venezuela 1810-1830. Los Teques: Centro de Investigaciones Bibliográficas Venezolanas. 18 p.
SOTO ARBELÁEZ, Manuel. (1996): Primeros esclavos liberados en el Oriente del Guárico. Diario El Nacionalista: San Juan de los Morros, jueves 21 de marzo de 1996. p. 4.
Valle de la Pascua, 19 de marzo de 2012.

jueves, 29 de marzo de 2012

GERMANA PIÑA, DESTACADA MUJER PARDA DE LA ÉPOCA COLONIAL EN LA VILLA DE CALABOZO

Ubaldo Ruiz*





Para las décadas finales del siglo XVIII, cuando la sociedad venezolana se aprestaba a encarar la gesta independentista, el grupo social denominado entonces “pardo” era el más numeroso dentro del variado espectro de castas o clases sociales, que según ciertos autores, como Antonio Mieres (1968; 241), componían la población de la futura República de Venezuela. Dice el citado autor que aunque algunos han utilizado el vocablo “pardos” para referirse a “cualquier tipo de miscegenación racial”, él prefiere darle el significado que entonces le otorgaba la legislación española, es decir, considerar en el referido grupo solo a aquellos “que tuvieran sangre negra en cualquier grado”; y remataba afirmando que “de manera general, pardo significa de color oscuro, moreno”. El grupo social de los pardos fueron de importante actuación durante la época colonial; por ejemplo, es sabido que las localidades de Curiepe, en el hoy estado Miranda, y Nirgua, en el actual estado Yaracuy, fueron fundadas por gentes de ese origen étnico.

En el caso de la Villa de Todos los Santos de Calabozo, las Matrículas Parroquiales (ARCHIVO HISTÓRICO DE LA ARQUIDIÓCESIS DE CARACAS, AHAC) revelan, que para el año de 1796, de una población total de 4.495 habitantes, existían 2.022 pardos; 1.639 blancos; 458 esclavos; 154 indios; 147 mestizos; y 75 negros libres. Allí se refleja lo que se afirma al principio acerca de lo numeroso de los pardos con relación a los demás grupos sociales; lo cual quiere decir que Calabozo no constituía una excepción, sino una afirmación de la situación presentada en la Capitanía General de Venezuela. Es importante considerar que en la Calabozo de finales del período colonial los pardos representaban casi la mitad de la población total de la Villa, tal como ha podido observarse.

Pero los pardos se destacaban no solo por su presencia cuantitativamente mayoritaria; es conocido que muchos integrantes de clases segregadas, como los mestizos y los pardos, lograron conquistar posiciones económicas y sociales originalmente reservadas a los blancos. Es ilustrativo el caso del mestizo Juan Germán Roscio, graduándose de abogado en la Real y Pontificia Universidad de Caracas, e ingresando al Colegio de Abogados. Muchos pardos llegaron a ser dueños de haciendas y hatos, y de otros bienes muebles e inmuebles. El historiador Lucas Guillermo Castillo Lara refiere que en Calabozo, desde la época de su fundación, algunos pardos que se avecindaron en el recién erigido pueblo, se incorporaron como poseedores de fundos rurales. Castillo Lara (1996). El mismo autor afirma que con motivo de la instalación del primer cabildo calaboceño, un grupo de pardos intentó infructuosamente formar parte de ese primigenio ayuntamiento, reservado exclusivamente a los blancos; igualmente solicitaron construir un templo aparte. Esos datos hablan de un conglomerado social que de cierta forma hacía sentir su presencia dentro de una sociedad estratificada y segregacionista.

Durante esas décadas finales de la época colonial se formó en la Villa de Todos los Santos de Calabozo una comunidad ubicada hacia los límites orientales de la población, la cual fue conocida desde esos tiempos como el “barrio Arriba”. Este sector de la ciudad estuvo habitado desde un principio, de acuerdo a la interpretación hecha de algunos documentos de la época, por personas que no formaban parte de los grupos sociales considerados como de los principales de la Villa, es decir, de los blancos. En ese barrio se construyó, entre 1797 y 1804, el templo de Nuestra Señora de la Merced o las Mercedes, por lo que desde entonces se ha conocido al sector referido con ese nombre de advocación mariana. Durante la edificación de ese templo, los sacerdotes que dirigieron la construcción, afirmaron numerosas veces que ello se hacía con las limosnas que ofrendaban aquellas gentes, a pesar de sus “indigencias y falta de decencia” (AHAC); igualmente escribe el Presbítero Francisco Betancourt al Obispo el 18 de mayo de 1801, que “son los vecinos de este referido templo gente pobre y la mayor parte ruda e ignorante…”, que sin embargo lograron levantar una iglesia que hoy en día constituye un buen ejemplo del arte colonial venezolano. Las opiniones de los religiosos revelaban, no la pobreza material de los vecinos de la Merced, sino más bien su pertenencia a grupos sociales que no eran los blancos o principales de la Villa, que si tomamos en cuenta la proporción de la población parda, no sería descabellado suponer que esos vecinos pertenecían a este mayoritario grupo social.

El barrio Arriba o barrio de la Merced, que ocupó el lado Este de la antigua Villa de Todos los Santos de Calabozo, se comenzó a formar a partir de la segunda mitad del siglo XVIII con población de origen pardo, y llegó a constituir el sector más extenso de toda la ciudad de entonces. Partiendo de la plaza principal, se contaban tres calles hacia el Norte, en lo que después se llamó barrio del Río; hacia el Sur llegaron a existir dos calles, en un sector que llegó a denominarse barrio de la Sabana primero, y más tarde barrio del Cementerio; hacia el Poniente se formó el barrio Abajo, después llamado del Carmen, el cual contó con tres calles; pero hacia el Naciente, en donde se ubicó el ya mencionado barrio Arriba o de la Merced, la vieja villa colonial contaba, para finales del siglo XVIII, con al menos seis calles, en una de las cuales tuvo su casa de habitación la extraordinaria mujer objeto de este trabajo. Tenemos entonces que el sector más populoso y extenso del Calabozo colonial era el que estaba habitado por los pardos.

El fenómeno descrito, de una villa llanera de finales del ochocientos, cuyo sector urbano más importante, demográficamente y en extensión territorial, estaba conformado por los pardos, formaba parte de una realidad que armonizaba con lo que ocurría en otras localidades de la Capitanía General. Según afirma Manuel Alfredo Rodríguez en su discurso de incorporación a la Academia Nacional de la Historia ANH (2002; 11 y ss.), los pardos de finales de la época colonial representaban “un papel muy similar al jugado en la contemporánea por la llamada ´clase media´”, y agrega además, que “adquirieron la habilidad técnica necesaria para elaborar materias primas, aprovecharon los prejuicios de la época para señorear numéricamente todos o casi todos los gremios artesanales”. El autor citado señala que, al igual que hizo la burguesía en Europa, los pardos libres de Venezuela favorecieron el proceso de urbanización en las principales ciudades de la provincia. A Calabozo habría que incluirla en ese proceso, pues en 1780, de acuerdo a lo que revela el intercambio epistolar entre el Teniente Justicia Mayor de la villa y el Gobernador de la provincia, contaba esta ciudad llanera entonces con dos compañías urbanas de blancos, y dos de pardos AGN (Gob. y Cap. Gen. 1780); además, la existencia de gremios de pardos se infiere por la presencia aquí de varios alarifes y albañiles, como es el caso del pardo Andrés José Carrera, quien participó en la construcción de dos iglesias dentro de la villa, durante el período estudiado.

La presencia de esas dos compañías urbanas de pardos en la villa de Calabozo es algo más importante de lo que parece a primera vista. Considérese que en la ciudad de Caracas, según se afirma en el Diccionario de Historia de la Fundación Polar (1988; Tomo E-O; 928), se congregaron, para el año de 1696, “seis compañías, de las cuales 3 eran de blancos, 2 de pardos libres y una de negros”; además, el hecho de que fueran urbanas, significaba que eran formados por los vecinos, quienes las sostenían con sus propios recursos; dice la misma fuente (p. 929) “En los textos y documentos consultados, con frecuencia hallamos referencias sobre milicias urbanas, milicias regladas y milicias disciplinadas. Las primeras eran aquellas unidades formadas por vecinos, sin sujeción a reglamentos y, por lo general, sostenidas a expensas de sus integrantes”. Imagínese una pequeña ciudad llanera que tuviera la capacidad de mantener el mismo número de milicias urbanas de pardos que la ciudad capital unos ochenta años antes. Definitivamente era importante la presencia urbana de los pardos en el Calabozo de finales de la colonia.

En ese barrio de la Merced, o barrio Arriba, vivió una mujer, parda precisamente, cuyo nombre ha permanecido enterrado en el olvido, pero que en su momento se destacó dentro de esa pequeña sociedad llanera de finales de la colonia. Aunque no realizó ninguna hazaña (que se sepa), solo vivió su vida cotidiana, muy probablemente de ama de casa; y aunque no se ha obtenido abundante información para elaborar una semblanza completa de este personaje, sí se tiene la suficiente como para asegurar que fue una mujer destacada. Esa mujer se llamó Germana Piña.

El historiador Lucas Guillermo Castillo Lara (1996; 67) dice que uno de los fundadores del pueblo de Todos los Santos de Calabozo, avecindado aproximadamente en el año de 1726, fue el pardo Francisco Ignacio Aparicio, y agrega que con él debió llegar su yerno Juan Francisco “Piña o Peña”. Ambos obtuvieron solar y tierras de labor. Por cierto que el mencionado historiador afirma que uno de los linderos que separaba las tierras de ambos personajes era una quebrada llamada de Juan Pobre, “nombre que tendría su origen en la pobreza de Peña”. No se sabe si este “Piña o Peña” fue pariente de Germana, aunque por lo poco abundante del apellido, existe mucha probabilidad de que lo fuera. El solar de este pardo debió ubicarse muy cerca de la plaza principal (hoy plaza Bolívar), pues alrededor de ese sitio se trazaron las primeras manzanas. En el proceso de consolidación del pueblo, con el paso de los años, ha debido acentuarse la estratificación social, originando el desplazamiento de la gente no blanca hacia las orillas de la población. Ello ha podido resultar en la formación de los primeros barrios de Calabozo, uno de los cuales fue el ya nombrado barrio Arriba o de la Merced, en donde tuvo su residencia Germana Piña.

Las Matrículas Parroquiales del 1790 AHAC (Mp. 10) revelan la existencia en la Villa de Todos los Santos de Calabozo de una casa, consagrada a San Ubaldo, la cual estaba habitada, entre otros, por Francisco Noriega, Germana Piña, “su mujer”, y un hijo de ambos, Juan Merced, todos pardos, y desde luego, sin la partícula de “don” o “doña”. Se ignora dónde estaba ubicada exactamente dicha casa. Como puede apreciarse, Germana Piña era una mujer casada y con hijos; sin embargo, y a pesar de su condición social, y de ser mujer en una sociedad patriarcal, su nombre destacó más que el de su consorte, según se advierte en los documentos consultados. Por ejemplo, por esos años de 1790 el albañil Andrés José Carrera vendió un solar a Germana Piña. El documento, ubicado en la Sección Real Hacienda del Archivo General de la Nación AGN, del mes de octubre de 1801, dice a la letra que “En veinte y dos de dicho mes me hago cargo de cuatro pesos y cuatro reales, que he cobrado de Andrés Carrera, alcabala doble, de cuarenta y cinco pesos en que vendió un solar a Germana Piña ha más de diez años, y por no haberlos pagado se le exigió doble”, y firman, Cousin, el funcionario, y Andrés José Carrera. Nótese cómo en el contrato no se menciona a Francisco Noriega, sino a “su mujer” Germana Piña.

Tal como se comentó en el caso de la casa de habitación de Germana Piña, aquí tampoco se conoce dónde estuvo ubicado ese solar; pero si consideramos que Andrés José Carrera fue un albañil, que participó en la construcción de la iglesia hoy Catedral Metropolitana, y en la de la Merced, y que su nombre nunca se escribió acompañado de la partícula “don”, ambas circunstancias serían reveladoras de que él no perteneció a los blancos, sino que por el contrario debió pertenecer al grupo de los pardos, quienes para la época se dedicaban a ese tipo de oficios. Y si se toma en cuenta que la Merced fue un barrio de pardos, podríamos suponer, que tanto la casa de Germana Piña, como el solar comprado al mencionado albañil, han debido estar ubicados en el barrio Arriba o de la Merced. Ello, además puede deducirse de la información obtenida en el Registro de Calabozo (RC).

El tradicional Registro de Calabozo (RC) contiene documentos desde el año de 1825, pero en algunos de ellos se menciona que el origen de las casas y solares se remonta a la época colonial. De esos documentos se ha tomado información que permite afirmar que en el año de 1833 existía una calle en el barrio de la Merced, llamada “de las Piñas”, en donde tuvo su casa Germana Piña. Esa circunstancia obliga a formularse preguntas relativas a si el nombre de la calle en cuestión se tomó de esta mujer. Esa calle corresponde a la actual carrera seis de Calabozo, y la residencia de nuestro personaje estuvo ubicada en la esquina que forma esa vía al cruzarse con la hoy calle cinco, antigua calle Real y después de Bolívar. Existe alta probabilidad de que tal nombramiento haya sido por la costumbre de la gente de señalar algunos sitios con el nombre (o apellido en este caso) de personas muy conocidas; el plural sugeriría que existieron varias mujeres con el citado apelativo, pero la presencia de Germana en numerosos documentos hacen inclinar la opinión hacia una preponderancia de ella.

La importancia que pudo haber alcanzado Germana Piña para el imaginario colectivo del antiguo barrio de la Merced se puede percibir en el hecho de que su nombre se utilizaba para ubicar las direcciones que se daban entonces; aun en documentos legales, como los de protocolo de compra-venta de casas y solares, se utilizaba el nombre de Germana Piña en el sentido mencionado. Por ejemplo, en uno de los citados papeles se puede leer que el diez de marzo de 1831, la señora Ceferina Hernández le vendió un solar a la señora María del Carmen Laya el cual, según indica textualmente el documento (RC), “está situado en la esquina arriba de la Merced frente de la señora Germana Piña, calle de Bolívar”. Y en un aparte se señala que el mencionado solar fue heredado por la vendedora de su legítima madre, la señora Cecilia de León, en 1794, dato que habla de lo remoto que era la existencia de esa calle que después se llamó “de las Piñas”.

Algo de especial ha debido tener Germana Piña para que tales cuestiones ocurrieran. Es probable, que por alguna razón se haya convertido en la persona más conocida del sector, o que haya realizado alguna labor social (como partera, artesana, etc.); quizás representó para la gente del barrio, una especie de matrona o mujer ejemplar en algún sentido; también habría que considerar su personalidad, que la llevó a realizar contratos de compra-venta de propiedades inmuebles, en vez de su marido (al menos no se ha localizado ninguno en donde este aparezca contratando), personalidad que estaría presente en la mente de los vecinos, cuando su nombre se utilizaba para bautizar calles, hecho aceptado hasta por las instituciones de la ciudad, como el Registro inmobiliario. En todo caso, que una mujer como Germana Piña se haya destacado en el seno de la sociedad colonial, caracterizada, entre otras cosas por ser patriarcal, y por su férrea estratificación y segregación racial, no deja de ser algo excepcional para alguien que, además de ser mujer, perteneció a la casta desdeñada de los pardos. Hoy habría que señalar el lugar en donde estuvo ubicada su casa, y recordar que la calle en donde vivió Germana Piña se llamó “de las Piñas”. Sería un acto de justicia para la memoria de alguien que mereció de sus contemporáneos ese reconocimiento, pero también constituiría un acto de justicia para esta ciudad de Calabozo, a fin de que su memoria histórica no corra la misma suerte de Germana Piña.

REFERENCIAS


BIBLIOGRÁFICAS:

CASTILLO LARA, L. G. (1996) Villa de Todos los Santos de Calabozo. El Derecho de Existir Bajo el Sol. Calabozo: Fondo Editorial Carlos del Pozo.

FUNDACIÓN POLAR (1988) Diccionario de Historia de Venezuela. Caracas: Fundación Polar.

MIERES, Antonio (1968) Historia de Venezuela. Documentos Adjuntos. Primer Año de Humanidades. Caracas: Editor A. Mieres.

RODRÍGUEZ, Manuel Alfredo (2002) Discurso de Incorporación a la Academia Nacional de la Historia. Caracas: Academia Nacional de la Historia.

RUIZ, Ubaldo (2007) Un Símbolo Calaboceño. Iglesia y Parroquia de las Mercedes. 1795-1858. Caracas: Fondo Editorial Ipasme.


DOCUMENTALES:

ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN AGN.

Secciones: Real Hacienda; Gobernación y Capitanía General.

ARCHIVO HISTÓRICO DE LA ARQUIDIÓCESIS DE CARACAS

Secciones: Matrículas Parroquiales Mp. 10 Calabozo; Parroquias 19 Pa. Calabozo.

REGISTRO DE CALABOZO RC.

Libros de Protocolos.

*Profesor de la Maestría Historia de Venezuela (UNERG-Venezuela)

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